No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

11

Edward la observaba sin poder apartar la vista. Estaba fascinado. Aquel color oscuro resaltaba la palidez de su piel y el peinado la favorecía especialmente. El corte del vestido era muy sencillo y casi no llevaba adornos. Su auténtica belleza consistía en cómo se ceñía a las formas de su dueña. El corpiño abrazaba unos pechos firmes, dejando al descubierto una buena parte del escote. La falda, que arrastraba por el suelo, la hacía parecer más alta. Las mangas, cortas y abombadas, no llegaban hasta el extremo de los guantes blancos, permitiendo ver unas cuantas pecas en los brazos que a Edward le parecieron deliciosas.

Sintió un gran deseo, como un hombre que lleva demasiado tiempo sin comer pero no se da cuenta del hambre que tiene hasta que le ponen delante un plato de comida.

Una voz masculina interrumpió sus pensamientos.

—Me alegro de ver que no soy el único que ha perdido todo el sentido del decoro.

Edward apartó la vista de Bella para ver quién se había dirigido a él.

—Lord Brimley —saludó Westfield—. Me alegro de verle.

Mientras su amigo hacía las presentaciones, Edward estudió al barón Brimley con su meticulosidad habitual. Éste era bastante más bajo que ellos dos, y también menos musculoso. Aunque el hombre estaba perdiendo el pelo a una velocidad lamentable, supuso que era más joven de lo que aparentaba.

—Qué sorpresa verlo por aquí, Westfield —dijo Brimley, tras saludar a Edward—.¿Le había llegado noticia de la transformación de la señorita Swan?

—De hecho —respondió el conde con aristocrática desgana—, eché las invitaciones para esta noche en un sombrero y saqué una. La transformación, como usted la llama, ha sido una sorpresa inesperada pero muy agradable.

—El señor Tomlinson opina que la señorita Swan ha decidido quitarse de encima la etiqueta de solterona —comentó Brimley.

—Tal vez —sugirió Edward con un fuerte sentimiento de propiedad— se haya fijado en algún hombre y espere animarlo a actuar.

—¿Usted cree? —El barón abrió mucho los ojos—. ¿No sabrá por casualidad en quién?

—No, me temo que no. Todavía no conozco a todas las polillas que revolotean a su alrededor.

—Qué poético, aunque admito que la imagen es adecuada. Bien, me encargaré de descubrirlo personalmente.

Westfield le dio una palmada en la espalda.

—Espero que comparta sus descubrimientos.

Brimley se hinchó.

—Por supuesto, Westfield.

Edward no aguantó más. Con una leve reverencia, se excusó:

—Si me disculpan, caballeros.

—No tan de prisa, Cullen —dijo Westfield—. Te acompañaré a agasajar a la encantadora señorita Swan. Discúlpenos, Brimley. Y, sobre todo, manténganos al día de las novedades.

Los hombros de Edward se tensaron todavía más. No sabía por qué lo inquietaba tanto que Westfield se fijara en Bella, o que ella se fijara en su amigo, pero no podía evitarlo. Recordó las palabras de ella, al admitir la súbita hostilidad que había sentido hacia la señorita Tolliver al verla con él en el museo y admiró aún más su honestidad.

Bella lo vio mientras se le acercaba. Gracias a su generoso escote, Edward pudo ver cómo contenía el aliento y un delicado rubor cubría su piel luminosa. Se lo quedó mirando sin parpadear y él se sintió inundado por una sensación de triunfo muy masculina. Era obvio que le gustaba lo que estaba viendo y Edward no había hecho ningún esfuerzo consciente para provocarle esa reacción.

Al llegar a la parte exterior del círculo que la rodeaba, se detuvo. Sus admiradores le abrieron paso a regañadientes.

—Señorita Swan.

Ella bajó la vista y lo saludó con una reverencia.

—Buenas noches, señor Cullen .

Edward le presentó a Westfield y luego se echó hacia atrás. Durante un rato, se limitó a observarla en ese nuevo entorno, sonriendo cada vez que una de sus respuestas directas hacía que alguien a su alrededor perdiera el hilo de la conversación. Aunque su aspecto había cambiado drásticamente, seguía siendo Bella.

Mientras los demás comentaban animadamente su accidente en la Royal Academy, ella fruncía el ceño, como si le costara relacionar las historias que estaba oyendo con lo que había sucedido realmente. Lo buscaba a menudo con la vista, como si saber que estaba cerca le diera fuerzas y ánimo.

Edward recordó que, poco antes, había estado pensando en lo cómodo que ella lo hacía sentir en circunstancias en las que habría debido sentirse fuera de lugar.

No eran tan diferentes, a fin de cuentas. Lo que más lo atraía de ella era la afinidad que sentían en temas muy íntimos.

La madre de Edward había querido que recibiera una buena educación, y lo había pagado con su orgullo y con su vida. Él había protestado, sabiendo que no se lo podían permitir, pero ella había permanecido firme en su decisión. Finalmente, Edward había aceptado, aunque no compartía los motivos de su madre. El objetivo de él había sido poder mantenerla al acabar los estudios. Lo que ella quería era que impresionara a su padre, un hombre que destacaba por su habilidad a la hora de ignorar a sus numerosos hijos bastardos.

Edward culpaba al opio de la incapacidad de su madre para ver lo inútil de su empeño. Porque nadie en plenas facultades mentales habría soñado siquiera que un hijo atractivo y bien educado pudiera despertar el menor orgullo paterno en un canalla libertino como el difunto conde de Montague.

Sí, Edward hablaba bien y tenía modales refinados. Sabía leer y escribir y no se le daban mal los números, aunque no sentía por ellos el mismo amor que sentía Bella.

En resumen, podría haber encajado en la buena sociedad, pero no lo hacía. Y sabía que a ella le pasaba algo parecido. Un violín empezó a ensayar, señalando que la pausa de la orquesta había llegado a su fin. Los invitados se situaron en fila a lo largo de la sala de baile. Bella le dirigió una mirada intensa y él supo que estaba a punto de bailar su vals.

Mientras iba hacia el centro de la sala junto a sir Richard Tolliver, Edward no podía dejar de mirarla. Bella caminaba con gracia y elegancia. La falda de su vestido era más larga y voluminosa que las de las demás invitadas. A Edward le pareció adecuado.

La personalidad de ella tenía más peso que la de cualquiera de las presentes.

La orquesta empezó a tocar las primeras notas del vals y Bella posó su mano sobre la de Tolliver. Con gesto elegante, éste se puso en movimiento, guiándola por la sala.

Edward frunció el ceño, pensativo. En la exposición había habido dos Tolliver. Se habían marchado poco después que Bella y en su misma dirección. En la lista de pretendientes que ella le había proporcionado, Richard Tolliver estaba colocado más arriba que Montague, ya que tenía una hermana que necesitaba dinero para su dote.

Volviéndose, Edward buscó con la mirada a esa hermana. No podía estar muy lejos.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23