No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
13
Bella salió a la terraza por el ventanal más cercano, esperando que su vestido oscuro se confundiera con la noche, dándole así algo de privacidad. Sintió la mirada de Edward clavada en su espalda y reprimió el impulso de salir corriendo. No porque quisiera huir de él, sino porque era la reacción que le provocaba siempre la mirada de un depredador.
Comprobó que los instantes previos a la captura eran muy excitantes. El vello de la nuca se le erizó, así como la piel que no quedaba cubierta por los guantes. Cuando una mano grande le sujetó el codo, sintió un escalofrío.
—Señorita Swan. —La grave voz de Edward le encogió el estómago. Con naturalidad, la guió por la terraza, donde varias parejas conversaban en voz baja—.Podías haberme avisado de que planeabas robarme el aliento.
—Gracias.
A diferencia de los halagos de Tolliver, él no la hizo sentir incómoda. Al contrario. Le hizo sentir una especie de vértigo y un agradable calor en las entrañas.
—Cambiar de imagen para provocar reacciones ha sido una estrategia excelente—prosiguió Edward, mirándola con admiración—. Por si se me ha olvidado mencionarlo hasta el momento, me encanta tu manera de pensar.
Bella se ruborizó.
—¿Te gustaría menos si te dijera que lo he hecho para impresionarte con mi aspecto tanto como con mi intelecto?
—No, me sentiría muy halagado.
—Pues yo me siento muy estúpida —reconoció Bella—. No me gusta tener que admitir que provocas en mí reacciones que nunca habría esperado tener.
Edward sonrió y a ella le pareció tan guapo que sintió una opresión en el pecho.
—¿Te sentirías mejor si te confieso que he estado mirando y remirando cada pieza de mi vestuario cada vez que tenía que verte? Creo que forma parte del ritual de apareamiento.
Edward se detuvo al llegar al límite de la zona iluminada por las grandes lámparas de la sala de baile. Había unas cuantas antorchas en la terraza, pero sólo las suficientes para ver por dónde se bajaba al jardín.
—Dime, ¿forma parte de la estrategia?
—Nunca he fingido cuando estoy contigo, Bella.
No sabiendo cómo coquetear con comodidad, ella decidió cambiar de tema.
—¿De qué conoces a lord Westfield?
—Lucian Remington nos presentó una noche.
Bella se sorprendió al saber que Edward formaba parte de un club tan exclusivo como el de Remington, pero en seguida recordó que éste era el hijo bastardo del duque de Glasser. Era de todos sabido que en su club no importaban los orígenes familiares, sólo ser capaz de pagar la elevada cuota. Los miembros de la aristocracia toleraban esta decisión sólo porque Remington era un hombre muy distinguido al que le gustaba rodearse de lo mejor, y no querían privarse de ciertos lujos.
—¿Hace mucho que os conocéis?
—No, no demasiado.
Aunque no se movió, Bella percibió su cambio de actitud. De repente se puso en alerta. Fue como si le hubieran echado encima un jarro de agua fría. A ratos se olvidaba de que apenas conocía a Edward Cullen y que la abrumadora atracción física que sentía por él le daba una engañosa sensación de intimidad.
—Perdona que me haya metido en temas personales —se disculpó, tratando de sonar despreocupada—. No es de mi incumbencia.
Tenía que aprender a mantener la conversación en terrenos poco comprometidos.
Edward trabajaba para ella. Lo único que era y sería en el futuro era su empleado. No podía permitirse el lujo de olvidar eso.
Al fin y al cabo, era más difícil ahogarse en una balsa poco profunda.
Aunque ella no lo demostró abiertamente, Edward supo que Bella se había retraído, decepcionada. Las relaciones personales eran complicadas justo por ese motivo. En algún momento, todas las mujeres esperaban que sus parejas se abrieran emocionalmente. Era algo que él nunca había entendido.
Pero no quería perder el terreno que había ganado, así que si tenía que ceder un poco, lo haría.
—Lo conocí hace dos años —explicó—. Mi trabajo le resulta interesante y, gracias a ese interés, nos hicimos… amigos.
—No lo dices muy convencido.
—No estoy acostumbrado a tener amigos.
Ella asintió. Edward notó que su actitud hacia él se suavizaba, tanto física como emocionalmente.
—Lo entiendo.
Edward miró al suelo. Por supuesto que lo entendía. Entre ellos había una afinidad francamente curiosa. Estaba seguro de que, vistos desde fuera, no podían ser menos adecuados el uno para el otro. Pero al quedarse a solas, se sentían muy a gusto juntos.
—Ah, ahí está, señorita Swan —dijo una voz segura y familiar.
Al volver la cabeza, Edward vio a lord Montague salir a la terraza. Llevaba una chaqueta de terciopelo verde esmeralda y un montón de adornos con diamantes que le daban un aspecto solvente y seguro. El hecho resultaba todavía más destacable porque Edward conocía sus auténticas finanzas, que no podían ser más inestables.
Sin embargo, su sonrisa amplia y sus ojos brillantes revelaban que se alegraba sinceramente de ver a Bella. Que fuera por ella misma o por su fortuna, ya era otro asunto.
Edward enderezó la espalda. Nunca había envidiado a su hermano menor por el título y los privilegios que lo acompañaban… hasta ese momento. Su posición era un obstáculo que se interponía entre Bella y él. Edward podía ofrecerle cosas intangibles, como pasión, aceptación, aventura, pero ella acababa de descubrir esas cosas que nunca antes le habían interesado. Igual que el sexo. Y si por culpa de él llegaba a la conclusión de que debía casarse para poder tener sexo en su vida…
Cabía la posibilidad de que al seducirla la estuviera empujando hacia el matrimonio.
Edward extendió la mano y esperó a que Bella le ofreciera la suya para inclinarse sobre ella. Maldijo el guante que separaba la blanca piel de ella de su boca.
—Te dejo con tu admirador —murmuró, apretándole los dedos.
Aunque no le gustaba, lo cierto es que la mejor manera de que Bella se diera cuenta de las diferencias entre Montague y él era que pasara tiempo con el conde.
Inclinó levemente la cabeza al pasar junto a su rival, regocijándose por el hecho de tener la escritura de su propiedad en su poder sin que él lo supiera.
Se dirigió a la sala de juego. Era tan buen momento como cualquier otro para fijarse en cuál de los pretendientes de Bella dependía más de los caprichos del azar.
Al menos en ese campo no tenía rival.
—El señor Cullen es un hombre muy guapo —dijo lady Collingsworth desde el asiento de enfrente.
El carruaje de los Collingsworth se abría camino lentamente por las calles abarrotadas. La mayor parte de los coches de caballos llevaban a sus ocupantes de un acto social a otro, pero Bella y la dama se retiraban ya a sus respectivos domicilios.
—Sí, ya me lo has dicho antes.
Se quitó los guantes y los dejó sobre el regazo. Le había gustado ver a Edward tan arreglado. Le habría gustado volver a verlo antes de marcharse. La conversación en la terraza había sido demasiado corta. Sólo había servido para avivar sus ganas de estar con él.
—Hay personas que tienen un tipo de belleza que te hace pensar que has exagerado su atractivo en tu mente. Y cuando vuelves a verlos y compruebas que efectivamente son más hermosos que tus adornos de encaje, resulta imposible no comentarlo.
Aunque las lámparas del carruaje daban una luz muy tenue, Bella vio que su amiga estaba sonriendo.
—Tienes razón. Ese hombre me deja sin palabras —admitió—. Sir Tolliver se ha sentido obligado a advertirme que un hombre tan guapo como el señor Cullen sólo podría fijarse en mí por mi dinero.
—¡Por favor! —La espalda de Regina, siempre muy recta, se enderezó aún más—. Tolliver está ciego o desesperado. O ambas cosas. Hoy he estado muy pendiente del señor Cullen y es innegable que siente algo por ti. Hasta tal punto que teme no ser capaz de hacerte feliz.
—¿De dónde has sacado esa idea?
—Me lo ha dicho él mismo.
Bella alzó mucho las cejas.
—¿Ah, sí?
—Oh, sí. ¿Te parece un candidato aceptable?
—Para responder a esa pregunta, necesitaría conocerlo un poco más.
Lady Collingsworth juntó las manos sobre el regazo.
—Cuidar de ti es más que una responsabilidad para mí. Es un honor. Ya sabes que tu madre era una persona muy importante en mi vida. La quería como a una hermana.
Y espero estar a la altura contigo.
—Siempre te has portado maravillosamente conmigo.
Se sintió tentada de decirle que se había portado mucho mejor con ella que su madre, pero se mordió la lengua. Nunca entendería qué había visto la dulce y generosa Regina en la egoísta y veleidosa Georgina. Fuera lo que fuese, había inspirado una gran amistad y una lealtad que se había mantenido firme a pesar de su muerte. Bella había aprendido en seguida que no debía hablar mal de su madre delante de ella, porque hacerlo era buscarse una regañina y una nueva ración de halagos hacia su madre.
—Eres muy amable. —Lady Collingsworth sonrió—. Y te pareces tanto a Georgina con ese vestido… Cuando te he visto, me he quedado de piedra. Por un momento he pensado que había retrocedido en el tiempo.
Bella era incapaz de ver el parecido más allá del color de pelo y de los ojos, pero volvió a guardarse su opinión. Aunque luego se dio cuenta de que tal vez Regina estaba esperando un comentario a lo que para ella debía de ser un halago.
—Gracias —dijo.
—Eres una joven muy sensata —siguió diciendo la dama—. Eres cautelosa y no te gusta correr riesgos. Pero el matrimonio se basa en arriesgarse. ¿Sabes cuánto tiempo pasamos juntos Collingsworth y yo antes de que me pidiera matrimonio? Si juntamos los pocos momentos a solas, unas cuantas horas. Asistimos a bailes, cenas, picnics y actos por el estilo, pero siempre con otras personas alrededor, lo que nos impedía mantener una conversación en condiciones. Has hablado de conocerlo mejor, pero en realidad lo que necesitas saber no es mucho. ¿Existe atracción entre vosotros?
¿Deseáis ver al otro feliz o, al menos, razonablemente contento? Si tenéis eso, tenéis todo lo que necesitáis para que un matrimonio funcione.
—Pero ¿y si hay cosas importantes de su personalidad que me está ocultando? ¿Cómo puedo confiar en él sin conocerlo?
—¿No hay partes de ti que prefieres no compartir con nadie? —la provocó Regina—. ¿Cosas de las que prefieres no hablar? Por supuesto que sí. Las mujeres tenemos derecho a guardar secretos. Francamente, hay secretos que son demasiado dolorosos como para andar hablando de ellos.
Bella pensó sus palabras. Tenía razón. Había cosas de las que ella prefería no hablar. Tenía lógica pensar que Edward también tuviera recuerdos que prefiriera ignorar. Toda persona estaba modelada por los acontecimientos del pasado, pero eso no significaba que rigiera su conducta por esos acontecimientos. No era justo que ella juzgara a Edward por ellos.
—Si quieres dominar a un hombre —le aconsejó Regina—, tienes que alabarlo mucho. El orgullo es muy importante para ellos. Convéncelo de que la idea que quieres llevar a cabo es suya y la seguirá hasta el final. Si sabes cómo manejarlo, el matrimonio es una institución muy útil para una mujer.
—En mi opinión, la estrategia que propones cuesta demasiado esfuerzo.
Aunque tal vez valiera la pena para conseguir a un hombre como Edward Cullen .
Bella se sorprendió al darse cuenta de que últimamente parecía no hacer otra cosa que plantearse a todo lo que estaba dispuesta a renunciar por él.
—Querida niña, para cosechar hay que sembrar. —Lady Collingsworth se echó hacia delante en el asiento—. El dinero es una compañía muy triste durante las noches frías y las comidas solitarias. Quiero un futuro feliz para ti. Quiero que encuentres a alguien que te cuide. Que tengas hijos a los que amar. Este mundo es un mundo de hombres, Bella, nos guste o no. No podemos evitarlo. Crees que tienes dinero e independencia, pero el matrimonio te permitirá hacer más cosas de las que haces ahora. Y el señor Cullen parece tener sus propios recursos económicos. Tal vez una unión con él sólo te reporte ventajas.
El carruaje se detuvo frente a la casa de los Melville.
Bella apretó la mano de la dama con afecto.
—Muchas gracias, Regina. Pensaré bien en lo que me has dicho.
—Si me necesitas, ya sabes que siempre puedes contar conmigo.
Mientras Bella subía los escalones hacia la puerta principal, pensó que su vida había dado un vuelco durante los últimos días. Sentía como si hubiera estado durmiendo en un carruaje en marcha, sin importarle hacia dónde se dirigía. Pero ahora se había despertado y de pronto tenía la necesidad de cambiar de rumbo. Por desgracia, no sabía hacia dónde quería ir. Sin embargo, algo le decía que tener a Edward a su lado haría que el viaje fuera mucho más interesante.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
