No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
14
—Ésta es la última —dijo el señor Reynolds, consultando el fajo de papeles que tenía en el regazo—. Como le dije en nuestro último encuentro, señorita Swan, la nueva inquilina fabrica jabones perfumados, aceites de baño y velas. Ahora mismo no tiene muchos compradores, pero he adquirido alguno de los artículos de la señora Pennington para mi esposa y creo que su clientela pronto aumentará.
Edward tenía la mirada clavada en Bella, sentada enfrente de él en el carruaje. Eran casi las dos de la tarde. Llevaban casi tres horas visitando sus propiedades, lo que le daba una idea de su nivel de riqueza.
Cada vez entendía mejor a los que se sentían irresistiblemente atraídos por su fortuna. De todos modos, si un pretendiente conocía el alcance de ésta, era porque tenía que haberlo investigado previamente. Bella era muy cuidadosa a la hora de mantener el anonimato en sus negocios.
—Iré a comprar algo —dijo Bella, mirando por la ventanilla del carruaje de Edward. Era un vehículo perfecto para pasar inadvertida, ya que era cerrado y sin ningún escudo de armas—. Será interesante ver qué fragancia elige para mí.
Él reprimió la tentación de decirle que le gustaba exactamente cómo olía. No habría sido correcto con el señor Reynolds delante. Aparte de las cuestiones relacionadas con la seguridad, la visita de ese día estaba sirviendo para reafirmarlo en lo mucho que disfrutaba de la compañía de Bella. Le gustaba conversar con ella y escuchar su opinión sobre las cosas.
Le habría gustado poder expresarse libremente, pero le parecía mejor mantener en secreto su acuerdo. A ojos de Reynolds, él era simplemente un amigo de Melville y un posible inversor interesado en participar en los planes de modernización de Bella de algunas de sus fincas más antiguas.
—¿A qué distancia queda la tienda? —preguntó.
—A unas manzanas —respondió Reynolds—. Casi hemos llegado.
Edward golpeó el techo del carruaje para que el conductor se detuviera.
—Iré andando desde aquí, pues. Mejor llegar por separado para que no nos relacionen.
Bella lo miró con extrañeza un momento, pero luego asintió. Más tarde ya le preguntaría qué era lo que no había entendido. Edward bajó del coche y cogió el bastón que ella le alargaba por la puerta entreabierta.
—Es el local con la marquesina a rayas rosa y blancas —le aclaró Reynolds.
—Gracias. —Tras saludar a Bella llevándose los dedos al sombrero, Edward se puso en marcha.
Ese día, además de darse cuenta de la auténtica magnitud de su fortuna, había descubierto otras cosas sobre Bella. Aunque ni ella ni el señor Reynolds lo habían dicho abiertamente, él se había enterado de que Bella alquilaba sus locales preferentemente a mujeres. Suponía que, si investigaba el asunto, comprobaría que se trataba sobre todo de viudas y solteronas.
Le parecía una labor social encomiable y la admiró aún más por ello. Sin embargo, la posibilidad de que sus problemas fueran causados por un inquilino insatisfecho le parecía cada vez más remota. Lo más probable era que éstos estuvieran agradecidos, no resentidos. Tendría que incluir en la red de investigados a los candidatos que habían sido rechazados.
Cada día que pasaba sin encontrar una buena pista, se ponía más nervioso. No era por el trabajo, sino por la sensación de peligro y amenaza que se apoderaba de él cada vez que perdía a Bella de vista.
Al cabo de unos minutos, vio la alegre marquesina y su carruaje esperando en la entrada. Esta vez fue Reynolds quien se quedó en el coche mientras Bella entraba en la tienda.
Una de las lecciones más valiosas que Lynd le había dado había sido la de que se rodease de gente de confianza y les pagase bien para que estuvieran contentos.
«Mejor contar con dos personas a las que les confiarías la vida que con una docena por las que no pondrías la mano en el fuego», le había dicho.
Al parecer, Bella era de la misma opinión. Terrance Reynolds estaba muy bien pagado, hecho que quedaba demostrado por la calidad de su atuendo y de sus complementos, desde el reloj de bolsillo de oro a su maletín de cuero. A cambio, él parecía sentir un auténtico afecto por Bella y un sincero interés por servir sus intereses.
Al entrar en la tienda, la campanilla anunció su llegada. El local tenía las dimensiones perfectas para un establecimiento enfocado al sentido del olfato. El ambiente era fragante sin resultar agobiante. Sobre varias mesitas distribuidas por toda la tienda había muestras de productos, formando grupos muy alegres y coloridos.
Se quitó el sombrero.
—Buenas tardes, señor.
La voz le llegó del lado izquierdo, donde la tendera estaba colocando unos artículos en el mostrador, frente a Bella. Era una mujer joven y bonita, rubia y de ojos azules. Tenía la figura de una cortesana, pero la cara de un ángel.
Él la saludó con una leve inclinación de cabeza y volvió su atención hacia Bella.
El color de su pelo llamaba más la atención que el cabello rubio de la propietaria del negocio, pero no tenía las exuberantes curvas de ésta ni sus rasgos clásicos. A pesar de todo, a él le resultaba mucho más agradable a la vista.
Desde el primer instante se había sentido físicamente atraído por ella. Entre los dos existía un magnetismo innegable que Edward no había sentido con nadie más.
Acostarse con ella no calmaría el deseo que le despertaba, sería más bien una celebración del mismo. Era la primera vez que alguien le provocaba esas sensaciones.
Con ella no se trataba de lograr un objetivo, sino de disfrutar del proceso.
—Señorita Swan, qué casualidad encontrarla aquí. Hace un día precioso, ¿no le parece?
—Estoy totalmente de acuerdo, señor Cullen —respondió ella, con los ojos brillantes.
La manera que tenía de mirarlo, sin disimular el placer que le producía su presencia, lo conmovía y excitaba a partes iguales. Le encantaba que no sintiera la necesidad de fingir en su presencia.
No podía quitarle los ojos de encima.
Bella se ruborizó y se mordió el labio inferior, lo que hizo que a Edward le aumentara la temperatura. Podía excitarse sólo con mirarla. ¿Sería consciente Bella del efecto que tenía sobre él?
—¿Puedo ayudarlo a encontrar algo en concreto? —le preguntó la rubia, tras excusarse con Bella. Se limpió las manos en el delantal que llevaba atado a la cintura y señaló a su alrededor—. ¿Busca algo floral o afrutado? ¿Con aroma a especias o a almizcle? Si me dice la edad y el sexo de la persona para la que quiere adquirir algo, puedo indicarle el producto más adecuado. O crear uno especial.
—¿Qué me sugiere para una joven apasionada, inteligente y con muy buen gusto?
Nada común ni predecible.
—¿Es su esposa o su amante?
Edward guardó silencio. Primero porque la pregunta le pareció indiscreta y, luego, buscando una posible respuesta.
—Es importante saberlo —explicó la vendedora mirando a Bella—. Si dispongo de toda la información, podré ofrecerle un producto que asegure el éxito de su compra. Y si queda satisfecho, me recomendará a sus conocidos, y eso ahora mismo me hace mucha falta.
—¿Cómo negarme entonces, señorita…?
—Señora Pennington.
Edward se fijó en que no parecía mayor que Bella.
—¿Qué le parece si echo un vistazo mientras usted atiende a la señorita Swan?
—La señorita Swan está seleccionando sus aceites esenciales favoritos, que es lo mismo que me gustaría que usted hiciera.
—Empezaré por lo mismo que ella, pues.
La señora Pennington le hizo un gesto para que la siguiera. Mientras dejaba espacio libre en otro mostrador, iba mirando a Bella furtivamente. ¿Tendría miedo de que le robara las muestras?
Edward permaneció en silencio. No quería distraerla para poder acabar cuanto antes. Cuando la joven le dio instrucciones para elegir el aroma adecuado, él le aseguró que podría elegir sin ayuda.
La señora Pennington regresó entonces junto a Bella. Edward se fijó en si la vendedora lo miraba a él de reojo, como había hecho con ella, pero no fue así. La que lo miró varias veces fue la propia Bella.
Nunca se habría imaginado que sería tan excitante que lo observaran. Suponía que era porque, hasta ese momento, nunca lo había observado la persona adecuada.
Cuando Bella llegó a casa, se quitó los guantes y revisó el correo que el mayordomo había dejado en una bandeja de plata sobre la consola. Dejó las que le parecieron cartas personales para su tío y se llevó el resto para leerlas en la habitación. Quería comer algo y tomar una taza de té, pero pediría que se lo subieran.
A mitad de camino, oyó que Melville la llamaba desde abajo. Volviéndose, le sonrió.
—¿Sí, milord?
—¿Podría hablar un momento contigo? —le preguntó, tratando de enderezarse el chaleco sin éxito, porque lo tenía mal abrochado.
—Por supuesto. —Mientras bajaba la escalera, Bella miró al mayordomo y pidió—: ¿Podría decirle a la señora Potts que lleve el té al laboratorio del señor conde?
El sirviente desapareció rápidamente para cumplir sus instrucciones.
Bella siguió a su tío, desviándose un momento para recoger su correspondencia.
Pasaron frente al despacho de ella y, al llegar al final del pasillo, giraron a la derecha.
Allí estaba la estancia donde el conde pasaba la mayor parte de su tiempo.
Bella chasqueó la lengua al darse cuenta de que las cortinas estaban aún corridas a pesar de la hora que era. La habitación estaba iluminada por numerosas velas que producían luz, pero también humo.
—Hace un día precioso —lo reprendió ella, dejando la correspondencia sobre una de las mesas alargadas, antes de dirigirse hacia las ventanas.
Tras descorrer las cortinas, abrió todas las ventanas una por una.
—Demasiada luz —protestó su tío, parpadeando como un búho.
—Necesitas luz. Los humanos no prosperamos en ambientes oscuros, no somos champiñones.
—¡Champiñones! —exclamó lord Melville, chasqueando los dedos—. ¡Brillante, Bella!
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
