No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

16

Bella sintió que Edward se relajaba, algo que ella no consiguió. ¿Cómo hacerlo cuando acababa de aceptar entregarse a un hombre al que apenas conocía? Por primera vez en su vida, había ignorado la razón y había actuado siguiendo sus sentimientos.

«Justo lo que habría hecho mi madre…».

Apartó esa idea de su cabeza. Había tomado una decisión y no iba a echarse atrás.

—¿Qué habrías hecho si te hubiera dicho que no?

—Intentar hacerte cambiar de opinión —respondió él, soltándole el cierre de la capa.

Cuando ésta se deslizó sobre sus hombros, Edward la sujetó con un elegante ademán.

Volviéndose hacia él, Bella vio que la dejaba sobre el respaldo de uno de los sofás, tapizados de color azul pálido.

—He aceptado algo que desconozco —aclaró ella—. Tal vez cambie de opinión.

Edward se acercó y le sujetó la cara entre las manos.

—En ese caso, no insistiré. Pero confieso que mi intención es oírte rogar que no me detenga.

Su respuesta física a sus palabras fue tan violenta que la pilló por sorpresa. Él aprovechó la ocasión, uniendo sus labios en un beso apasionado y hundiendo la lengua en su boca profundamente.

Bella se agarró de sus muñecas para mantener el equilibrio, mientras el resto de su cuerpo permanecía inmóvil, como paralizado por el asalto. Cuando un gemido escapó de sus labios, Edward lo ahogó con un gruñido.

La soltó tan bruscamente como la había agarrado, dando un paso atrás y dejándola tambaleándose en medio de la habitación. El pecho de él subía y bajaba rápidamente, al ritmo de su respiración alterada. La miraba intensamente, con los párpados entornados.

—Éste es mi estudio —le explicó—. Cuando estoy en casa, lo más habitual es que esté aquí.

Sorprendida por la súbita distancia y el cambio en la conversación, Bella tardó unos momentos en procesar lo que le había dicho.

—Es… muy acogedor —logró decir.

—Vamos. —Edward le ofreció la mano.

La llevó de vuelta al vestíbulo. Allí había un alto reloj de pie, una consola con una bandeja para la correspondencia y una repisa para el bastón. Era un espacio funcional, sin adornos.

—El salón está aquí —explicó él, pasando sobre una alfombra redonda Aubusson que cubría el suelo de mármol.

Desde la puerta vio el fuego encendido en la chimenea y naipes esparcidos sobre dos mesitas. Daba la sensación de que hubiera habido gente reunida allí hasta hacía poco y que tuvieran previsto volver después. La estancia estaba decorada en varios tonos de amarillo y crema. Había bastantes muebles, grandes y de aspecto sólido. Sin embargo, el espacio tenía un aire aséptico y ordenado.

—Mis empleados se reúnen aquí cuando no están ocupados. Esta parte de la casa suele ser muy ruidosa, llena de risas y conversaciones subidas de tono. Ésta es la primera vez que la veo vacía en años.

—Oh… —Bella entendió que había echado a los sirvientes por ella—. ¿Cuándo volverán?

—Tardarán horas.

Las palmas de las manos se le humedecieron, una reacción que Edward tuvo que notar, ya que le tenía una sujeta.

—¿Tan seguro estabas de mi capitulación?

—En absoluto, pero no podía actuar como si ya hubiera fracasado. —Tirando de ella, salió de la habitación—. En esta planta también hay un comedor y una sala de baile, pero como no los uso, no están amueblados.

Regresaron a la escalera y empezaron a subirla. A cada escalón que ascendían aumentaba la excitación de Bella. La respiración se le aceleró y sintió mucho calor en la cara. Aquella ascensión tenía un objetivo inconfundible, como si su destino hubiera sido fijado y no hubiera vuelta atrás.

Pero en vez de sentirse atrapada se sentía liberada.

Se había pasado la tarde pensando en su tío, en Regina, en Montague, sopesando sus palabras y sus consejos. Había sentido la presión de su entorno para que cediera, se amoldara a lo establecido y se olvidara de su independencia.

—La segunda planta tiene tres habitaciones y el cuarto de los niños, que ahora mismo se usa como habitación de invitados —explicó Edward—. A veces, mis hombres se quedan a dormir aquí, por varias razones. Pero en estos momentos no están ocupadas. Si quieres verlas, te las puedo mostrar.

Si lo que pretendía era darle tiempo para cambiar de opinión, no estaba funcionando. Cada vez estaba más inquieta. Impaciente. Agitada.

—¿Por qué?

Edward la miró.

—¿Hay alguna cosa en mi casa que te resulte chocante?

—Es preciosa —respondió ella—. Está muy bien decorada. Pero al mismo tiempo transmite una sensación de asepsia. No hay adornos en las paredes ni encima de las mesas. No hay retratos de seres queridos ni paisajes bonitos. Esperaba descubrir cosas sobre ti con esta visita, pero hay pocas cosas aquí que me hablen del hombre que eres.

—Uno tiene que desear algo para comprarlo. Y nunca he deseado nada. Nunca, ante el escaparate de una tienda o en casa de alguien, he sentido la necesidad de poseer algo que viera. —Se detuvo—. Creo que puedes entenderme perfectamente.

Siempre te vistes de manera práctica, no por vanidad. No volviste a amueblar el despacho de Melville cuando pasó a ser tuyo, sino que usaste los muebles que ya había.

—Mucha gente obtiene consuelo y placer del arte y los objetos sentimentales. Yo también poseo algunos que me gustan, aunque no sirvan para nada.

—¿Eso soy yo para ti? —preguntó Edward, con una emoción indeterminada ensombreciéndole la mirada—. ¿Un placer poco práctico?

—Sí.

Él siguió subiendo escalones. Al llegar al primer piso, Bella miró el pasillo y tampoco allí vio ningún cuadro ni un adorno. Aparte de las lámparas, no había nada que rompiera la monotonía del damasco color verde de las paredes.

El paso de Edward se volvió cada vez más lento.

—Nunca he deseado bienes materiales. Sólo cosas intangibles. Salud y felicidad para mi madre, justicia para los crímenes, satisfacción por un trabajo bien hecho… ese tipo de cosas. Nunca he entendido por qué los demás se obsesionan tanto por los objetos. De hecho, hasta ahora nunca había comprendido la obsesión de ningún tipo.

Ni el deseo abrumador que lo nubla todo.

Hablaba sin inflexión. Su tono de voz no delataba sus sentimientos, pero Bella notó la fuerza tras sus palabras.

—¿Por qué me estás contando esto? —preguntó en voz baja, apretándole la mano entre las suyas.

—Soy el único ocupante de esta planta. Aparte de mi habitación, las demás están vacías.

Ella se estaba cansando de que no respondiera a sus preguntas. No entendía su estado de ánimo. Con sus propias emociones hechas un lío, lo último que necesitaba era tener que descifrar las de él.

Llegaron hasta unas puertas dobles, abiertas. Con un gesto, Edward la invitó a pasar delante.

Respirando hondo, Bella cruzó el umbral. Igual que en su habitación en la casa de su tío, el color predominante era el borgoña, combinado con crema para aligerar el resultado. Pero a diferencia de su habitación, aquélla era eminentemente masculina.

No había borlas ni estampados en la ropa de cama y la madera de las patas y los brazos de sillas y mesas no estaba tallada.

El aire olía a él. Bella inspiró su aroma, notando que le calmaba los nervios. Al mirar hacia la izquierda por otra puerta abierta, el estómago se le encogió al ver el dormitorio.

—A las mujeres les gusta jugar a ciertos juegos —murmuró Edward, con una mirada tan ardiente que Bella sintió su calor—. Son pruebas para comprobar el grado de interés de un hombre.

—¿Qué clase de juegos?

—Se aseguran de que su cortejador sepa cuál es su flor favorita, su color preferido o sus fechas importantes. Luego comprueban si ellos lo recuerdan y los premian si es así.

Bella se retorció las manos, nerviosa. ¿Debería sentarse o quedarse de pie como él? Sin saber qué otra cosa hacer, se centró en la conversación.

—Lo que gusta a hombres y mujeres son a menudo cosas muy distintas. Esperar que un hombre demuestre sus sentimientos de un modo que para él es antinatural es un experimento con muchas posibilidades de fracasar. ¿Por qué no aceptar sus gestos espontáneos de afecto? Sin duda revelan más cosas sobre él y, sobre todo, son mucho más sinceros.

La sonrisa de Edward la dejó sin aliento.

—¿Tienes idea de lo sexualmente estimulante que me parece tu manera de pensar? Un día me gustaría seguir hablando del tema clavado en tu interior. Sospecho que será muy erótico.

Bella se ruborizó.

Él cerró la puerta que daba al pasillo. Bella sintió retumbar el suave chasquido en su interior.

—Hoy te he puesto a prueba —dijo Edward, todavía de cara a la puerta—. Teniendo en cuenta lo irritantes que me parecen esos jueguecitos, me sorprende mucho haber caído tan bajo.

—¿Y la he pasado?

Él se volvió, quitándose la chaqueta.

—Estás en mi casa, así que diría que sí.

Se desabrochó entonces los botones del chaleco. Bella fue incapaz de apartar la vista de sus rápidos dedos, a pesar de la vocecita en su cabeza que la reprendía, hablándole de modestia virginal y de respeto a la intimidad.

Carraspeó para poder hablar:

—Me has enviado una nota diciendo que querías verme sin contarme el motivo.

—Si la nota hubiera sido de Montague, ¿habrías ido a su casa?

—No, claro que no. Él no trabaja para mí.

Edward se tensó y se quitó el chaleco con impaciencia.

—Si hubiera sido de Reynolds, ¿habrías ido?

—No.

—Pero Reynolds sí trabaja para ti.

Era evidente que él no esperaba respuestas de compromiso. Quería la verdad.

—No habría ido a casa de ninguna otra persona —admitió ella con la boca seca, mirándolo desatarse el nudo del pañuelo, lo que le dejó el cuello al descubierto.

La visión le resultó muy provocativa. La piel de Edward era más oscura que la suya, más firme. Sentía unos grandes deseos de tocarlo, de notar cómo su garganta tragaba bajo sus dedos.

Él se quitó entonces los zapatos con hebillas.

—Ésa era la prueba. Necesitaba saber si me pondrías en la misma categoría que los demás hombres. También sentía curiosidad por ver hasta dónde te llevaba tu espíritu aventurero.

—Yo no tengo espíritu aventurero.

—Eso es lo que quieres creer. —Edward tiró el pañuelo al suelo y luego se quitó la camisa sin desabrocharla, por encima de la cabeza.

A Bella le temblaron las rodillas. Tambaleándose se acercó a la silla más cercana y se dejó caer en ella.

Dios, qué guapo era. De esos hombres que quitan el aliento. Recordó cuando la había animado a tocarlo, la vez que la había besado. Había sentido su cuerpo bajo los dedos, duro como una piedra. Ahora entendía por qué. Se llevó la mano a la garganta.

Hacía un momento tenía la boca seca, pero ahora estaba casi babeando.

Nunca había visto el esbozo de un cuerpo masculino que se pudiera comparar con aquél. Los músculos de su torso y abdomen le recordaron una tabla de lavar. El vello que le cubría el pecho y que se estrechaba hasta convertirse en una fina línea era una novedad, pero una novedad deliciosa. Siguió la dirección del vello con la vista hasta donde éste desaparecía bajo la trabilla de los pantalones.

Y más abajo…

Allí también estaba duro, al parecer. En el ante expertamente trabajado de sus pantalones se marcaba una erección, gruesa y prominente. El estómago de Bella se apretó con más fuerza. Era una criatura tan masculina… Primitivo en las cosas más vitales. Un macho cuyos apetitos eran sin duda fieros y efusivos. ¿Cómo podría ella, que no sabía cómo usar su feminidad, satisfacer a un hombre como él?

Al darse cuenta de que Edward no se movía, alzó la vista. La estaba observando.

Cuando sus miradas se encontraron, él sonrió y se sentó en el sofá, ante ella. Se dio cuenta de que le había permitido observarlo a placer. Sin avergonzarse de la prueba del deseo que sentía. Con un descaro absoluto.

Se quitó los calcetines con calma.

—Necesito que tengas espíritu aventurero, Bella. No me tolerarías durante mucho tiempo, ni a mí ni a mi profesión, si no lo tuvieras.

—Hago algo más que tolerarte —susurró ella. Había perdido las fuerzas para hablar más alto.

Cuando él se levantó, Bella no pudo apartar los ojos de la visión de su cuerpo.

Había perdido la cabeza completamente por aquel hombre. No cambiaría nada de él, ni el más mínimo detalle de su cuerpo. En esos momentos, pagaría lo que le pidieran para poder seguir mirándolo indefinidamente. Las sensaciones que la invadían eran adictivas. Se preguntó si sería posible sentirse así cada día.

Acercándose a ella con la mano tendida, Edward le dijo:

—Desde el momento en que te vi por primera vez, te deseé y supe que tenía que poseerte. Desde entonces, me he dado cuenta de que no es un simple deseo de posesión. Es algo más profundo. Te deseo a ti como persona. Nunca había deseado nada hasta ahora. Nada. Las posesiones materiales no tienen valor para mí. Son cosas que se ganan o se pierden. Son intercambiables.

—Lo comprendo. —Bella permitió que tirara de ella hasta que estuvo de pie—.Pero no sé qué conclusión debo sacar de ello.

Él hizo un gesto con los dedos para que se diera la vuelta.

—Yo ya he dejado de intentarlo. No puedo perder más tiempo tratando de comprender algo que no es racional. Lo único que sé es que tengo que hacer lo que estoy haciendo. Tú eres lo único que deseo en el mundo, y si puedo tenerte, lo haré.

Además, carezco de escrúpulos, así que haré lo que haga falta para que te quedes en mi vida. Ya nos ocuparemos de los detalles más adelante, cuando pueda pensar en algo que no sea meterte en mi cama.

Buscó los botones que le cerraban el vestido por la espalda y se los desabrochó a una velocidad notable.

—¿Y yo no tengo nada que decir en todo esto?

Él le dio un beso en el hombro y le susurró al oído:

—Si piensas decir que no tienes nada que objetar, habla libremente. Si no es así, te rogaría que me dieras unas cuantas horas antes de exponer argumentos que me hagan las cosas más difíciles.

Bella miró al frente. Y lo que tenía delante era la cama de Edward. Parecía hecha a medida. Cuando el vestido estuvo lo suficientemente abierto, él se lo deslizó por los hombros hasta que cayó al suelo.

—Sal de ahí —le ordenó él.

Ella obedeció, demasiado abrumada para resistirse.

—Me estás dando demasiado tiempo para pensar —se quejó, apartando la mirada de la cama.

Edward se rió suavemente, lo bastante como para aliviar la incertidumbre que se estaba apoderando de ella.

—¿Preferirías que te asaltara?

—Lo que preferiría sería no estar tan nerviosa.

—Otro día te asaltaré —dijo Edward, aflojándole las cintas del corsé—. Pero hoy no. Esta noche es necesario que ninguno de los dos dude de que has venido voluntariamente.

Bella cruzó los brazos sobre el pecho para evitar que el corsé cayera al suelo. Él la hizo girar y cuando estuvieron frente a frente, retrocedió un par de pasos.

—Estoy casi desnuda —señaló, para que Edward hiciera algo. ¿Por qué estaba tan lejos? Aunque extendiera los brazos, no alcanzaría a tocarlo.

—Soy plenamente consciente de ello —dijo él, bajando la mano y acariciándose la evidente erección por encima del pantalón.

—¿Es que no tienes vergüenza? —le preguntó ella, alterada.

Era virgen, por el amor de Dios. Le estaba dando demasiado espacio. Era consciente de todo lo que la rodeaba, cuando lo único que quería era perderse en una marea de sensaciones.

—Ninguna. Y me gustaría que tú tampoco la tuvieras, Bella —le dijo Edward con suavidad—. ¿No me he explicado bien? ¿No entiendes lo importante que eres para mí? ¿Te preocupa que dejar al descubierto tu cuerpo te haga vulnerable? No debe preocuparte, pues. Soy yo el que quedará expuesto por la experiencia.

Ella permaneció quieta, expectante, con los labios temblorosos. La estaba obligando a razonar el único día en que no quería pensar nada en absoluto.

Sus ojos oscuros la observaban con intensidad. Su cuerpo parecía de oro a la luz de las velas. ¿Cuántas veces habría estado en aquella situación anteriormente para mostrarse tan despreocupado? ¿Docenas? ¿Más? No le extrañaría. ¿Qué mujer podría resistirse?

Ella lo estaba haciendo. Apretó los dientes con fuerza. Edward tenía razón. No estaba bien que tratara de librarse de la responsabilidad de lo que estaba haciendo.

Era su decisión y tenía que reconocerlo. ¿Por qué engañarse diciendo que estaba actuando por instinto cuando no era cierto?

No era como su madre. No se dejaba arrastrar por la pasión. Sabía exactamente lo que hacía.

Se abalanzó sobre él. Con dos pasos y un salto alcanzó su destino. Edward la recibió, riendo. Levantándola del suelo, avanzó con ella en brazos hacia la cama.

—La que decía que no tenía espíritu aventurero —bromeó, dejándola al pie de la cama.

La miró con una mezcla de orgullo y posesión tan grande que a Bella se le hizo un nudo en la garganta.

Edward cerró la puerta del dormitorio con llave.

—Pensaba que estábamos solos —dijo Bella, con el corazón desbocado, antes de dar un simbólico salto al vacío.

—Estás asumiendo que quiero evitar que la gente entre, pero lo que quiero es impedir que tú salgas.

La idea de estar prisionera la excitó. Había entrado voluntariamente en la guarida del león y ahora no había escapatoria.

Él se apoyó en la puerta con un tobillo sobre el otro. Era la viva imagen de la familiaridad y la despreocupación. Pero a ella no la engañaba. Sabía que tras aquella fachada se escondía un auténtico depredador. Lo había visto desde el primer día y lo veía en ese momento. Tenía el cuello y las mejillas encendidas, una fina capa de sudor en el pecho, las ventanas de la nariz abiertas, la mirada fija…

Un movimiento en falso podía provocar su ataque.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23