No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

17

Bella se llevó las manos al pelo y empezó a quitarse las horquillas. Las dejó caer al suelo a medida que las retiraba, como él había hecho con el pañuelo. Había algo curiosamente liberador es ese gesto negligente. Era un símbolo. Se estaba desprendiendo de las ataduras que la encorsetaban.

En aquella habitación, a solas con Edward, podía deshacerse de las confusas normas de la sociedad y ser lo que siempre había querido ser: libre e independiente.

Cuando la última horquilla hubo caído, sacudió la cabeza, disfrutando del cosquilleo. Sólo llevaba puesta la camisola y los calzones, pero no sentía vergüenza ni frío. Era imposible sentir frío bajo la ardiente mirada de Edward.

Éste no se movió y apenas parpadeó. Cuando el silencio se prolongó, ella perdió la confianza y se protegió juntando las manos ante el vientre.

—Eres tan hermosa, Bella. —Edward se llevó la mano al pecho y se lo frotó, como si le doliera—. Adoro tus pecas. ¿Las tienes por todas partes?

Mordiéndose el labio inferior, ella asintió.

—Es la maldición de las pelirrojas.

—Las besaré todas —prometió él—. Las encuentro deliciosas.

—Bobadas —refunfuñó ella—. A nadie le gustan las pecas.

Los ojos de Edward brillaron a la luz de las velas que había sobre las mesitas de noche.

—¿No hay ninguna parte de mi cuerpo que te guste especialmente, alguna que te gustaría besar?

—Creo que me gusta cada centímetro de tu cuerpo —admitió Bella, con fervor—.Adoro cómo hueles. Tu corte de pelo. Tu mandíbula. Pero lo que más me gusta son tus manos. Cada vez que me tocas, noto la fuerza que tienen. Podrías romperme los huesos si quisieras y, sin embargo, eres siempre tan delicado conmigo…

Edward alargó las manos, ofreciéndoselas. Ella se las cogió inmediatamente, sabiendo que su contacto la calmaría y la distraería.

—A veces tengo miedo de hacerte daño —reconoció él, emocionado.

Llevándose sus manos a la boca, Bella le dio un beso en cada palma.

—¿Por eso estás tan quieto?

—Sí.

—¿Qué harías si no necesitaras controlarte?

Edward colocó la mano de ella sobre su pecho, para que notara los latidos de su corazón.

—Te arrinconaría contra la puerta y te tomaría, de prisa y con fuerza. Luego te tumbaría en el suelo, te separaría las piernas y te tomaría otra vez. Lentamente. Hasta el fondo. Tal vez luego llegaríamos a la cama, pero no puedo asegurártelo.

—Eso suena… salvaje.

—Es como me haces sentir. Si pudiera desearte con menos intensidad lo haría, pero no puedo. Tal vez después de esta noche pueda controlarme un poco. Eso espero.

A ella la aspereza de su voz le resultó tan grata como una caricia. Libre de la opresión del corsé, los pezones se le endurecieron. Los de Edward quedaban a la altura de sus ojos, y Bella se preguntó si serían tan sensibles como los suyos. Las areolas estaban contraídas, como si se hubiera estremecido. Sin poder resistir el impulso,

Bella se inclinó hacia él y le pasó la lengua por uno de ellos.

—¡Maldita sea! —exclamó Edward, sorprendido.

De repente, la hizo girar con tanta fuerza que Bella se mareó un poco. La tela de la camisola al romperse en dos resonó como un trueno en el silencio de la habitación, y pudo sentir el aire en la espalda, seguido por el cosquilleo de la melena. Los calzones siguieron el mismo camino. La cinta que se los ataba a la cintura se le clavó en ésta unos instantes antes de ceder y romperse. La tela de color carne se partió en dos mitades y quedó sujeta sólo por los tobillos.

Casi sin darse cuenta de que la pérdida de control de Edward la había excitado, notó una de sus manos en la parte baja de la espalda, empujándola. Subió los tres escalones que había al pie de la cama y se encontró sobre el colchón.

A cuatro patas, avanzó sobre la colcha color borgoña, muy consciente de todo lo que le estaba mostrando. Cuando había llegado a la mitad aproximadamente, él la agarró por el tobillo. Ella se dejó caer sobre la cama, tratando de preservar un mínimo de intimidad, pero Edward le arrancó el resto de los calzones y los tiró al suelo.

Bella permaneció inmóvil, casi sin atreverse a respirar.

—¿Tienes miedo? —preguntó él, con voz ronca.

Ella tuvo que hacer un esfuerzo para racionalizar lo que estaba sintiendo.

—No… no lo sé.

Edward se tumbó a su lado y extendió un brazo. Con la otra mano, la hizo volverse hasta quedar con la espalda pegada a su pecho sudoroso. Echándose hacia delante, le apoyó la mejilla en el hombro.

Bella notó la caricia de su pelo contra la piel. Rodeándole la cintura con un brazo, la atrajo hacia él y se quedó así, quieto. Poco a poco, Bella se fue tranquilizando, en gran parte gracias a su aroma, que se intensificaba gracias al tremendo calor que desprendía su cuerpo. También ella se sentía febril a su lado.

Pasado un rato, la temperatura de él pareció normalizarse, igual que su respiración.

—¿Edward?

La mano que había mantenido en su cintura hasta ese momento ascendió y le cubrió un pecho. Bella se tensó ante la sensación desconocida.

—Chis —chistó él para tranquilizarla.

Su aliento en la oreja la excitó, haciendo que el pezón se le endureciera contra su mano. Edward gruñó y no pudo evitar apretar la mano un poco más.

—Deja que te muestre lo que me haces —murmuró, apartándose lo suficiente para que ella quedara tumbada de espaldas en la cama.

Bella lo miró a la cara, asombrada una vez más de lo guapo que era. ¿Cómo era posible que un hombre así la encontrara atractiva?

No le importaba. No necesitaba entenderlo. Sólo dar las gracias por su buena suerte.

Sin previo aviso, él agachó la cabeza y le rodeó un pezón con la boca, húmeda y caliente. Ella arqueó la espalda, ahogando un grito, sorprendida por la violencia de su reacción. Su lengua le rodeó el pezón varias veces antes de succionárselo. Esa vez, Bella no pudo evitar gritar y clavar las uñas en la colcha de terciopelo. Entonces Edward hizo rotar suavemente el otro pezón entre sus ásperos dedos antes de tirar suavemente de él.

Bella empezó a jadear.

—Edward.

Él gruñó y succionó con más fuerza, rodeándoselo con la lengua al mismo tiempo. La carne entre sus piernas empezó a palpitar al ritmo de su boca, apretando con fuerza y haciéndola sentirse vacía. Las caderas se le levantaron de la cama, buscándolo. La mano que le había estado torturando el pecho se deslizó por su vientre hasta alcanzar los rizos pelirrojos de entre sus piernas.

Ella se quedó paralizada por la sorpresa. Nunca había notado esa parte de su cuerpo tan sensible, tan húmeda e hinchada.

—Tócame —le ordenó él con una voz tan ronca que Bella apenas la reconoció.

Sin esperar, Edward le agarró la muñeca y le llevó la mano hasta su erección. Le enseñó cómo quería que lo acariciara, frotándolo con la palma arriba y abajo. Ella sintió el calor que le transmitía; un calor que le ascendió por el brazo y se extendió por todo su cuerpo, aliviando la tensión de los músculos.

Aprovechando que estaba distraída, Edward reanudó su exploración, deslizando los dedos por la frágil barrera de sus muslos. La cubrió con la mano, reclamando esa parte de su cuerpo que hasta ese momento había sido terreno privado.

Levantó la cabeza para contemplarla mientras sus dedos se movían buscando la entrada a su interior.

—Ábrete a mí —susurró—. Déjame notar lo húmeda que estás.

Al ver que dudaba, la besó apasionadamente. Le resiguió el contorno de los labios con la lengua, antes de provocarla con varios lametones juguetones. Ella separó los labios con voracidad, levantando la cabeza de la cama para besarlo más profundamente. Pero él se separó en seguida, negándole la posesión que anhelaba.

Cuando Bella soltó un gemido de frustración, los dedos de Edward tamborilearon sobre su sexo.

Comprendiendo lo que quería, separó los muslos y colocó una pierna sobre la suya, sin esconderle nada.

—Así me gustas —susurró él, acercando los labios a su boca—: descarada.

Su lengua y sus dedos la penetraron al mismo tiempo. Bella se retorció al notar la doble intrusión, gimiendo y empezando a sudar. Apretó su erección con ansia. Nunca se habría imaginado que pudiera ser tan atrevida.

—Tan prieta —la azuzó él, empujando con el dedo y retirándolo. Cuando lo volvió a hacer, ella abrió más las piernas y elevó las caderas—. Muy prieta y muy caliente.

Los dedos de Bella encontraron la aterciopelada punta del pene que le asomaba por la cintura de los pantalones. Exploró la cabeza satinada con fervor, fascinada por su calor y la suavidad de su textura. Notó una gota de humedad en la punta. Deseó asirlo con fuerza y acariciarlo desde la base hasta el extremo.

—Ya basta —le dijo él, bruscamente, apartándole la mano.

Ella trató de agarrarlo otra vez, sin éxito. Edward se echó hacia abajo en la cama, lejos de sus labios ansiosos y sus pezones atormentados.

—¡Edward! —protestó Bella, intentando incorporarse. Pero él deslizó los hombros bajo sus piernas, haciéndola perder el equilibrio.

Por un instante fue consciente de lo que planeaba, pero perdió la capacidad de pensar en cuanto su lengua inició su sensual asalto. La protesta murió antes de poder salir de sus labios. No tenía fuerzas para detenerlo, ni siquiera para acallar su escandalizada conciencia. Lo único que podía hacer era gemir y mover las caderas contra su boca, tratando de adaptarse a su ritmo, intentando silenciar el terrible anhelo que crecía en su interior.

—Así, muy bien —la animó él, levantándole un poco más las caderas.

Su lengua separó los tiernos pliegues de su sexo, abriéndolos, lamiéndola a veces con suavidad, a veces con firmeza. Jugó con ella, acariciándole la zona más sensible con la punta de la lengua.

Bella levantó las caderas bruscamente. Quería más. Necesitaba más. Sabía que tenía que haber algo más y gimió desesperada.

Edward volvió a penetrarla con el dedo, esta vez con más facilidad. Sus tejidos internos le dieron la bienvenida, presionando su dedo con avidez.

—Oh —gimió ella, cerrando los ojos con fuerza ante la intensidad de las sensaciones—. ¡Oh, Dios!

Dentro y fuera. Clavándose y retirándose. Bombeando en su interior. Bella se retorció, pero Edward la apresó con un brazo y le impidió moverse antes de añadir un segundo dedo.

Ella se estremeció violentamente ante la nueva invasión. Él la siguió besando, lamiendo, succionando…

Bella alcanzó el orgasmo con un grito escalonado. Sus dedos se aferraban con fuerza a la colcha mientras las piernas le temblaban sin control.

En el momento álgido del clímax, Edward hundió los dedos profundamente y los separó, rompiendo la barrera de su virginidad. Ella apenas sintió dolor, perdida en el placer que le proporcionaba su hábil lengua.

Gruñendo, como si compartiera sus sensaciones, Edward no se detuvo hasta que Bella no le apartó la cabeza, incapaz de soportar más placer.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23