No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
18
Edward besó una peca en el muslo de Bella antes de deslizarse hasta el suelo por los pies de la cama. Ella estaba tumbada de lado, temblorosa y sofocada, hecha un ovillo.
Siguió sus movimientos con la mirada. Tenía un aspecto saciado y aturdido a la vez.
A él la sangre le circulaba a toda velocidad por las venas; su miembro palpitaba.
Se desabrochó los pantalones y se los bajó. Apartándolos de una patada, se agarró el pene con una mano, acariciándolo arriba y abajo. Vio unos hilos de sangre en sus dedos. Eran la prueba de su virginidad. La imagen lo excitó, atrayendo el semen hacia la punta de su verga.
Sabía que había sido demasiado brusco e impaciente, pero no había podido esperar más. Necesitaba librarla de su virginidad para poder tomarla como deseaba.
Había tratado de avisarla, pero sabía que sus palabras no le podrían haber sido de gran ayuda a una mujer abrumada por las sensaciones de su primera experiencia sexual.
Se había aprovechado de su inexperiencia, sabiendo que Bella sería incapaz de resistirse a la intensidad del deseo. Recordaba la desesperación de su primera vez. Lo recordaba bien porque así era como ella lo hacía sentir: excitado, caliente, impaciente.
A grandes pasos, se dirigió al lavamanos y cogió un montón de paños recién planchados. Mientras volvía a la cama, cogió también una botella de aceite que había comprado en la tienda de la señora Pennington. Dejando los paños sobre la cama, se echó unas gotas de aceite en la mano.
Lentamente, se las frotó, dejando que el aroma a especias y bergamota impregnara el aire. Había elegido aquella masculina esencia expresamente. Quería que a Bella se le quedara grabada en la mente para poder excitarla más adelante.
Quería que cada vez que la oliera recordara las cosas que le había hecho.
Ella no había tenido que sufrir la tortura de imaginar todas las cosas que él llevaba días queriéndole hacer, pero eso iba a cambiar muy pronto. Ya fuera haciendo balance de los libros de contabilidad o bailando con sus jodidos pretendientes, quería que estuviera pensando en sexo. En sexo con él.
Bella lo miraba hipnotizada mientras él se agarraba la polla desde la base y se la meneaba de abajo arriba. Nunca la había tenido tan dura e hinchada. Gruesas venas la recorrían en toda su longitud, dándole un aspecto salvaje y brutal. Tenía las pelotas duras y prietas, pegadas a la base, y su semen pugnaba por salir.
Ella profirió un sonido de inquietud.
—¿Tienes miedo? —le preguntó otra vez.
Sabía que tenía que estar asustada. Sabía que debería ser mucho más delicado y no mostrarle lo grande que era hasta que pudiera apreciarlo. Pero estaba dispuesto a renunciar hasta a su última gota de caballerosidad para conseguir su objetivo: distinguirse de los demás pretendientes que querían apartarla de él.
A Bella le gustaba observarlo. Estaban conectados a un nivel básico. Tal vez a su mente le costara asumir lo que estaba viendo, pero su cuerpo lo entendería… y reaccionaría adecuadamente.
—Sí —respondió ella en voz baja, pegándose las rodillas al vientre—. Siempre he sabido que serías demasiado grande para mí.
—Pero me deseas igualmente. Date la vuelta.
Bella obedeció, dándole la espalda. Se encogió, pegando los pies a las nalgas. El descubrimiento de su voluptuoso trasero había sido una agradable sorpresa cuando se había encaramado a la cama. Aparentaba ser más moderada en lo físico que en el carácter, pero también en ese aspecto su parte más pintoresca quedaba oculta a la vista. Tenía el culo más perfecto que había visto nunca.
—¿Quién se iba a imaginar que escondías un trasero tan voluptuoso bajo esas faldas? —murmuró Edward, acercándose y besándole un grupo de pecas que tenía en el hombro.
—Te burlas de mí —dijo ella, insegura.
—Fuiste tú la que me dijiste que algunos hombres prefieren a las mujeres con un color de pelo determinado —replicó Edward, rodeándole la estrecha cintura con un brazo—. ¿Tan difícil es creer que yo tenga mis propias preferencias?
—¿Te gustan las pecas y los culos?
—Me gustas tú, Bella. Me gusta todo de ti. —Cuando ella se arqueó hacia él, Edward inhaló su aroma profundamente, lo que lo inflamó aún más—. Hoy no voy a poder ser paciente contigo —reconoció con voz ronca—. Has puesto tu vida en mis manos. Sé que te fías de mí. ¿Puedes seguir haciéndolo un poco más, por favor?
Confía en que sabré darte placer, aunque pueda parecerte brusco o impaciente.
Ella lo miró por encima del hombro. Tenía los ojos entornados y se estaba mordiendo el labio inferior, pero asintió.
Sin más preliminares, Edward se agarró el miembro con la mano y echó las caderas hacia delante. Bella ahogó una exclamación al sentir la gruesa punta separarle los pliegues y deslizarse sobre ellos hacia arriba y luego hacia abajo. Al bajar, la parte inferior de su miembro se trababa un instante antes de proseguir su camino. Al subir, la hinchada cresta la rozaba hasta llegar al clítoris.
Edward volvió a acariciarse con fuerza, desde la base hasta la punta. Una gota de líquido preseminal se derramó en su sensible carne. Gimiendo, Bella se arqueó.
Edward la inmovilizó poniéndole una mano en el pecho al mismo tiempo que luchaba contra su propio impulso de clavarse en ella y eyacular violentamente para saciar aquella lujuria que lo estaba devorando.
Sentía una desesperación difícil de explicar. No podía librarse de la sensación de que alguien iba a arrebatársela antes de hora. Era demasiado pronto. La necesitaba demasiado. No podría soportarlo.
Bella le cubrió la mano con la suya.
El pezón se le había contraído deliciosamente. Al apretarle el pecho, notó cómo se estremecía por entero y echaba las caderas hacia atrás. Separó las piernas, enlazándole un pie detrás del tobillo para poder apretarse contra él.
Por fin se había descontrolado y era aún mejor de lo que Edward se había imaginado. Murmuraba su nombre. Él se echó hacia atrás y buscó la entrada de su cuerpo. Su mente eligió justo ese momento para recordarle que Bella estaba por encima de él socialmente. Que no era lo bastante bueno para ella.
Apretó los dientes. Con decisión, se clavó en su estrecha hendidura. Estaba empapada y muy caliente.
—¡Dios! —exclamó entre dientes, sintiendo cómo su sedosa y ardiente carne lo abrasaba. Sus músculos internos tiraban de la sensible punta de su miembro. Un escalofrío lo sacudió.
Bella echó la cabeza hacia atrás, golpeándole el pecho, y le clavó las uñas en el brazo con que la sujetaba por la cintura. Descontrolada, empezó a apartarse de él y a juntar las piernas, pero Edward se lo impidió, desplazando la mano desde el pecho hasta su entrepierna rápidamente.
—Confía en mí —le pidió, clavándose más hondo—. Respira.
Al darse cuenta de la tremenda tensión que había en la voz de él, Bella trató de obedecer, tragando grandes bocanadas de aire, que se resistían a entrar en sus pulmones contraídos. A pesar de la tensión de sus tejidos internos, Edward se hundió aún más en ella.
Ahora entendía para qué había usado el aceite. Su cuerpo no tenía manera de resistirse a la invasión.
Soltó el aire entrecortadamente y cerró los ojos. Tenía la mente ocupada por imágenes de Edward al pie de la cama, totalmente desnudo, con la piel brillante, los músculos ondulando por los movimientos que hacía con la mano sobre su impresionante erección.
Sabía que no podría acogerlo en su interior, pero había querido intentarlo.
Necesitaba intentarlo.
Él se retiró un centímetro. Cuando ella trató de respirar, Edward echó las caderas hacia delante, hundiendo el rígido pene en su canal. Bella soltó un gemido roto, sorprendida por la sensación de ser tan profundamente poseída.
—Dios. —Edward se quedó inmóvil, jadeando. Su pecho se movía como un gran fuelle contra su espalda. Le acarició la sien con la mejilla—. ¿Te estoy haciendo daño?
—No, pero estoy… muy llena. —Se notaba tan llena que casi le dolía, pero no sentía dolor.
—Puedes acogerme —la tranquilizó él, acariciándola entre las piernas, lo que le despertó una oleada de calor—. Déjame entrar, Bella. No te resistas.
Ella notó que le escocían los ojos, como si estuviera a punto de llorar, pero no hizo caso. Con cuidado, echó las caderas hacia atrás. Muy poco, apenas un centímetro, pero él lo aprovechó para penetrarla un poco más.
—Sí —la animó, retirándose—. Así.
Bella se obligó a relajarse, se apoyó en su pecho y cambió el ritmo de la respiración. Inspiró hondo y soltó el aire despacio. Se concentró en sus caricias; en cómo le rozaba el clítoris con sus dedos encallecidos, forzando a sus agotadas terminaciones nerviosas a rendirse al placer.
Cuando volvió a respirar, Edward se hundió en su interior hasta que sus muslos estuvieron completamente pegados. Ella echó la cabeza hacia delante y gimió.
—¡Bella!
Santo Dios, estaba tan dentro.
Se retiró muy despacio y volvió a llenarla. Con cada nueva embestida, sus movimientos eran más fluidos, más fáciles. Era un hombre muy experto. Sabía exactamente hasta dónde debía retirarse, hasta dónde podía penetrarla para volverla loca de deseo.
Bella estaba cada vez más entregada al placer que Edward le causaba. Pronto aprendió a sincronizar sus movimientos con los suyos para aumentar la sensación de plenitud que anhelaba.
Oyó una voz vibrante a su espalda.
—Sí, estás disfrutando. Te gusta —dijo él.
Ella ahogó una exclamación al recibir una embestida particularmente experta. Lo que hacía un momento le había parecido una erección amenazadora, ahora le resultaba deseable. Su miembro era largo y grueso, lo que aseguraba que acariciara cada punto sensible de su vagina, despertándole un deseo feroz.
Se revolvió entre sus brazos, luchando contra la fuerza que la aprisionaba y le impedía clavarlo en su interior como deseaba.
—Dime que te gusta —la animó Edward moviendo las caderas y los dedos al mismo tiempo, excitándola con tanta habilidad que Bella apretó los músculos internos alrededor de su miembro—. Dilo.
—Sí —gimoteó, atormentada cada vez que se retiraba de su cuerpo—. Pero…
—Puedo darte lo que deseas —la interrumpió él con voz ronca y cargada de erotismo—. Dime lo que quieres y te lo daré.
—Más —le rogó ella, sin ninguna vergüenza ni pudor—. Dame más…
La mano de Edward se cerró sobre su sexo hinchado, acercándola a sus caderas, mientras se clavaba en su interior al mismo tiempo. Bella sintió una intensa oleada de calor. Él incrementó el ritmo. Tenía la mano plana apoyada en su entrada para estimularla desde el exterior y el interior a la vez. Los dos estaban bañados en sudor.
Sus pieles resbalaban, desprendiendo con la fricción la fragancia del aceite y el aroma de Edward, que impregnaban el aire.
La habitación había aumentado de temperatura. La colcha estaba húmeda. El calor y la humedad creaban una atmósfera exuberante que intensificaba la experiencia. Edward le susurró algo atrevido, con la voz distorsionada por el placer.
Flexionaba el abdomen y los muslos con fuerza mientras se hundía en ella.
Bella tenía los ojos llenos de lágrimas. Estaba tan tensa que creía que iba a romperse en cualquier momento.
—Por favor —sollozó—, ¡por favor!
—Ya estamos —gruñó él, manteniéndose hundido en su interior con fuerza, sin moverse—. Ya estamos llegando.
Ella se arqueó violentamente. El clímax la asaltó, nublándole la vista hasta que dejó de ver por completo. Abrió la boca en un grito mudo. Por dentro se convulsionó, apresándolo en el más íntimo de los abrazos. La sangre le circulaba a tanta velocidad por las venas que la ensordeció.
Sintió un ola de calor inundarle las entrañas. Maldiciendo, Edward se convulsionó a su espalda, estremeciéndose con cada nuevo chorro.
Bella lo oyó pronunciar su nombre mientras se vaciaba en su interior, con la boca pegada a su hombro en una dulce y quebrada letanía.
No había lugar para Bella Swan en la vida de Edward.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
