No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

19

Éste permanecía con la cabeza apoyada en la mano, observándola mientras dormía. Varios mechones de su precioso pelo se le habían pegado a las mejillas y a la frente húmeda. Tenía los labios entreabiertos y el pecho le subía y bajaba acompasadamente. Estaba tumbada boca abajo, dejando a la vista dos hoyuelos gemelos sobre las curvas de sus tremendamente atractivas nalgas.

Expuesta como estaba, desnuda y con la piel rosada, era fácil imaginársela para siempre en su lecho. Pero era una ilusión. Edward alzó la vista y miró a su alrededor.

La habitación estaba casi vacía. Aparte de la cama y el lavamanos, sólo había un armario ropero y un par de sillas.

Hasta esta noche, nunca había pasado tanto rato despierto en el dormitorio desde que se había mudado a aquella casa. En un día normal, le llegarían voces y risas desde el piso de abajo. Seguiría su riguroso horario, trabajando todas las horas posibles para aumentar sus ingresos. Al fin y al cabo, necesitaba dinero para conseguir sus objetivos.

No podía imaginarse a Bella en ningún otro lugar de la casa que no fuera el dormitorio. Los hombres que trabajaban para él eran rudos y a veces maleducados.

No sabrían cómo tratar a una dama como ella.

No tenía ni siquiera una mesa de comedor donde invitarla a sentarse. Ni una salita donde recibir a los pocos invitados que se dignaran visitarla allí. Su casa era la mitad de grande que la de Melville y, aunque estaba situada en un barrio aceptable, no era una zona refinada.

Las cosas iban a tener que cambiar drásticamente.

Bella hizo un ruidito. Al mirarla, vio que se estaba despertando. Parpadeó y se frotó los ojos. Cuando sus miradas se encontraron, Edward advirtió el instante preciso en que ella recordaba lo que había pasado entre ellos. Se quedó muy quieta, mientras se ruborizaba por completo.

—Ah —murmuró él, con una sonrisa—. Pareces escandalizada.

—A ti en cambio se te ve muy satisfecho —lo acusó ella, aunque su mirada era cálida.

—¿Ah, sí? —Le acarició la espalda con una mano. No podía resistirse cuando lo miraba así—. Pues tú también deberías estarlo.

Edward sabía que buena parte de los sentimientos de Bella estaban provocados por la resaca de bienestar causada por el orgasmo, pero otros eran más profundos. Lo cierto era que nunca había esperado ni deseado que nadie lo amara, pero si los sentimientos de ella hacia él se afianzaban, tendría más oportunidades de que se quedara a su lado.

Bella se miró los dedos, con los que jugueteaba con la colcha.

—Yo no he hecho nada.

Edward le dio un golpecito en la punta de la nariz.

—Vas a tener que fiarte de mi palabra en este asunto. Hay muchas maneras de practicar sexo, que van desde muy decepcionante a muy agradable. Pero lo que tú y yo hemos hecho va mucho más allá. Hace falta que las dos personas tengan una química muy especial para alcanzar el grado de compenetración que hemos conseguido nosotros.

Ella permaneció callada.

—Seis peniques por tus pensamientos —dijo él, tensándose ante su silencio—.¿Te estás arrepintiendo de lo sucedido?

—No, no me arrepiento —respondió Bella, con una mirada cautelosa—. El día que nos conocimos, mencionaste tus habilidades en la cama y es obvio que no exagerabas. ¿Qué mujer se arrepentiría de haberlas probado?

—Tu opinión es la única que me importa.

—No lo entiendo. Ni siquiera te he tocado. Tú has hecho todo el trabajo…

Edward se echó a reír y le dio un beso en el hombro.

—Cariño, eso no puede considerarse trabajo.

—Pero ¡yo tendría que haber hecho algo! —protestó ella, venciendo su timidez.

Apoyó la barbilla en una mano, dejando al descubierto la parte superior de sus pechos—. No he estado a la altura.

Edward se sorprendió por la rapidez con que se excitó sólo con verla e imaginársela haciendo algo por él.

—Tonterías. Si hubieras participado más activamente, habría acabado antes incluso de estar dentro de ti. Por eso te he pedido que me dieras la espalda.

—¿Para que no pudiera participar? —Bella frunció el ceño—. Me parece muy poco deportivo por tu parte.

—¿Poco deportivo?

Edward sonrió, disfrutando inmensamente de su compañía, como siempre. Nunca hasta ese día había encontrado a una mujer que quisiera esforzarse más por complacerlo. Al menos ninguna que no le hubiera cobrado por ello.

Se señaló el pene, que tenía semierecto. No entendía cómo podía volver a excitarse tras el galvánico orgasmo que acababa de experimentar.

—Los hombres nos excitamos con relativa facilidad. Cuesta mucho más esfuerzo excitar a una mujer. Por eso muchas de ellas se quedan insatisfechas. En la carrera por alcanzar el clímax, el hombre siempre recorre la distancia más de prisa.

—¿Insatisfechas? ¿Cómo es posible?

—Hace un rato me pedías más, ¿te acuerdas? Imagínate que te hubiera dado menos o, lo que es peor, que te hubiera dicho que yo ya había terminado y que era una lástima que no hubieras podido seguirme el ritmo.

—Oh… pero tú nunca harías eso.

—No, yo nunca haría eso. —Aunque le costara la vida cada vez que se acostara con ella.

Bella se incorporó un poco más, dejándolo casi sin sentido con la visión de sus pechos perfectos. No eran ni demasiado grandes ni demasiado pequeños. Edward siempre había creído que le gustaban los pechos grandes, pero acababa de descubrir lo equivocado que estaba. Cuando ella se sentó sobre los talones, con las manos sobre las rodillas, él se quedó sin habla.

De pronto, a Bella se le abrieron mucho los ojos y se mordió el labio inferior, ruborizándose. Hizo un movimiento, como si quisiera saltar de la cama.

Edward la cogió de la muñeca.

—¿Qué pasa?

—Necesito una toalla —susurró Bella.

Sentándose, él cogió una. Con la otra mano le indicó que separara las rodillas.

—Edward —protestó ella, avergonzada.

—Es mío —contestó él, señalándose el hombro para indicarle que se agarrara de allí—. Deja que yo lo limpie.

La polla se le endureció otra vez ante la evidencia de lo explosivo que había sido su orgasmo. Estaba repleta de su semen. Gruesos regueros le caían por los muslos.

Casi no se creía que volviera a estar listo. Debería estar completamente seco.

La limpió con toda la delicadeza de la que fue capaz.

—Tenías toallas preparadas —comentó Bella, ahogando una exclamación cuando Edward le secó los rizos pelirrojos entre las piernas—. Debería haberte sugerido que también tuvieras condones de tripa de oveja. No se me ha ocurrido antes. No pensaba con claridad.

—Forma parte de mis responsabilidades.

—Es mi cuerpo.

—Sólo en público y cuando estás vestida. Cuando estás desnuda, tu cuerpo me pertenece.

Ella alzó la barbilla.

—¿Y el tuyo? ¿Me pertenece cuando estás desnudo?

—Desnudo y vestido, durante todo el tiempo que quieras. —Y esperaba que fuera mucho—. Siempre uso condones, Bella —siguió diciendo, mirándola a los ojos—. La única vez que no lo hice fue hace muchos años, cuando era muy joven y no sabía lo que hacía.

—¿Y hoy por qué no? ¿Te has olvidado? ¿Te has quedado sin?

—Nunca me olvido. —Dejó de limpiarla—. Mañana, cuando hayas reposado y vuelvas a estar en plena posesión de tus facultades, hablaremos de lo que ha pasado esta noche.

Ella le clavó las uñas en el hombro.

—¿Has derramado tu semilla en mi interior deliberadamente? ¿Acaso no te preocupan las consecuencias? ¿Tan poco te importo?

Soltando la toalla, Edward la abrazó por la cintura y la ciñó contra su cuerpo.

—Haría cualquier cosa por ti. Me saltaría las leyes, violaría las normas, jugaría sucio para avanzarme a mis competidores…

—Montague —lo interrumpió ella, comprendiéndolo todo de repente—. Sabías que ha ido a ver a Melville y para qué.

—¡Montague puede irse al diablo! —exclamó Edward con vehemencia—. Te deseo. Eso es todo.

—Y yo me he entregado a ti voluntariamente. —Ella trató de soltarse—. No hacía falta que… me marcaras, como si fuera un territorio conquistado.

—Sí, tenía que hacerlo. —La sujetó con delicadeza pero con firmeza—. Desde el momento en que me viste, supiste lo que era. No me digas que mi naturaleza depredadora te pilla por sorpresa.

—Pero ¡te contraté para que me protegieras!

Él inspiró hondo, herido por sus palabras, aunque eran la pura verdad.

—¡Maldita sea, Bella! —exclamó, soltándola.

Ella no aprovechó para huir. Se quedó quieta, observándolo y respirando entrecortadamente. Con el rostro y los hombros pálidos enmarcados por sus rizos cobrizos, era la criatura más deliciosa que había visto nunca.

—Lo siento —musitó Edward, pasándose una mano por el pelo.

—Supongo que no te arrepientes de lo que has hecho, sino porque yo me he enfadado.

Él guardó silencio. Era inútil mentir a Bella.

El silencio se alargó. Estaban a escasos centímetros de distancia, ambos de rodillas. Edward estaba sentado sobre los talones, Bella no, por lo que sus ojos quedaban al mismo nivel. Él esperaba ansioso su reacción. ¿Querría marcharse? Y si era así, ¿qué podría hacer para evitarlo?

Seducir a una mujer enfadada solía acabar en sexo apasionado, pero después el enfado se multiplicaba. No podía arriesgarse a apartarla de su vida.

Maldición, daría cualquier cosa por saber en qué estaba pensando.

—Casi puedo oír tu cerebro —dijo Bella, estudiándolo con atención—. ¿Te importa decirme qué piensas?

—Mi cerebro no es tan refinado como el tuyo, así que no me ayuda mucho. Dime qué puedo hacer para que dejes de estar enfadada conmigo.

—Lo que estoy es desconcertada por tu instinto de posesión. Podrías tener a cualquier mujer que quisieras. —Bella tragó saliva con dificultad—. Lo único que me distingue de las demás es mi fortuna. ¿Es eso lo que deseas con tanta intensidad?

—No me creo que creas eso —replicó él—. Y perdona que te diga que tú también podrías tener a cualquier hombre que quisieras.

Bella le dio un empujón en el hombro.

—Túmbate.

Edward se tumbó de espaldas sin pensárselo, deseando hacer lo que ella le pidiera para que lo perdonara. Sin embargo, su pene no parecía compartir su arrepentimiento, ya que se alzaba descaradamente, llegándole casi al ombligo. Había pasado de estar semierecto a erecto del todo en cuanto Bella se había puesto agresiva.

—Ya que, según tus propias palabras, tu cuerpo me pertenece —murmuró ella—,me gustaría examinarlo.

Él permaneció inmóvil, sometiéndose… de momento.

Bella le señaló el pene.

—Me gustaría verlo en reposo alguna vez.

—Pues no va a ser fácil. Sólo pensar en ti, me pongo como una piedra. —Tal vez debería expresar sus sentimientos con más delicadeza, pero la lujuria que ella le despertaba era tan descarnada que le parecía más honesto expresarlos así.

Alargando la mano, Bella le acarició el bíceps. Cuando el músculo se contrajo bajo sus dedos, ella se apartó, alarmada.

Edward le cogió la mano y volvió a ponérsela sobre su brazo.

—Sin miedo. Hagas lo que hagas me gustará.

—No me conformo con que te guste —replicó ella, mirándolo fijamente—.Quiero ser excepcionalmente buena complaciéndote. Quiero ser inolvidable.

Él soltó el aire bruscamente. Todos sus instintos de posesión se despertaron de golpe ante su alusión a un posible final de su relación.

Bella le acarició el brazo con los dedos. Armándose de valor, apretó.

—Eres tan duro y fuerte —susurró. Con la vista, le recorrió el pecho y el abdomen. Sus manos siguieron el camino abierto por sus ojos. Se entretuvo en la zona del estómago, trazando cada músculo—. Y tan grande. Eres como un animal grande y elegante. Un animal muy masculino.

Se estremeció al decirlo, lo que provocó una respuesta similar en él.

—Y a ti te gusta que sea así.

—No debería gustarme. Eres demasiado salvaje e indisciplinado. No soy lo bastante mujer para domarte.

—Si me dejara domar, no te gustaría. —Edward le cogió la mano y se la puso sobre el miembro, animándola a rodearlo con sus dedos. Su contacto, aunque cuidadoso, le causó el efecto de un rayo. El vello de las piernas se le erizó—. Una parte de ti se escandaliza por mi actitud primitiva ante algunas cosas, pero a otra parte de ti no le gustaría si fuera de otra manera.

—Eres muy arrogante.

—No creo que sea mérito mío resultarte atractivo. Mi apariencia se la debo a mis padres, igual que mi falta de escrúpulos. Les estoy agradecido, ya que esas cualidades te han traído a mi lado. En contra de lo que crees, eres la mujer perfecta para mí.

La otra mano de Bella se unió a la primera.

—¿Qué te ha atraído de mí? —preguntó ella, resiguiendo una gruesa vena con el dedo.

—Tu honestidad y se… sentido común —respondió él entre dientes, estremeciéndose cuando ella llegó hasta la punta y se la acarició—. Tu mente ágil y tu manera de pensar por ti misma. Y cómo respondes físicamente a mi presencia. Nunca me cansaré de eso. Te derrites por mí, y eso hace que se suavicen las aristas con que mantienes a los demás a distancia.

Bella se pasó la lengua por el labio inferior. Tenía los párpados entornados y no podía disimular lo mucho que estaba disfrutando al tocarlo tan íntimamente. O tal vez disfrutaba de sus palabras. Edward alzó una mano y le cubrió un pecho con ella.

Cuando le tiró del pezón con dos dedos, ella gimió suavemente.

—Túmbate sobre mí —le ordenó Edward con la voz ronca.

Al ver que titubeaba, le mostró cómo hacerlo, sujetándola por la cintura mientras ella deslizaba su esbelto cuerpo sobre el suyo. Agarrándola por la nuca, la atrajo hacia él y la besó con la boca abierta, devorándola ávidamente. Ella le devolvió el beso con el mismo entusiasmo, agarrándose a la colcha con ambas manos.

Edward gruñó. Volvía a desearla, pero de momento no quería hacer más que besarla. No era suficiente, pero al mismo tiempo era demasiado. Era un beso dulce y erótico al mismo tiempo. La sensación de su peso tan ligero sobre su cuerpo era deliciosa, igual que los delicados besos que ella empezó a darle alrededor de la boca.

No pudo evitar echarse a reír de felicidad.

—Lo siento —se disculpó él. No sería capaz de renunciar a esa felicidad. Haría lo que fuera preciso para conservarla. Suplicaría si hiciera falta—. Cometeré muchos errores. No sé cómo ser lo que tú mereces.

Bella lo besó en los labios para hacerlo callar.

—Nos lo enseñaremos el uno al otro —susurró—. Quiero ser la mujer que llegue a tu alma. La mujer a la que no puedas olvidar.

Enredando los dedos en su pelo, Edward la atrajo hacia sí y le dio un beso largo y profundo. No tenía ni idea de qué hora era y no le importaba. Lo único que sabía era que no quería que aquella noche terminara nunca.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23