No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
20
Hasta ese momento, Bella nunca había apreciado las auténticas cualidades curativas de las sales de baño. Edward había insistido en que se diera un baño antes de irse y le había sugerido que se diera otro por la mañana. Tras hacer caso de su consejo, se sentía mucho mejor, aunque todavía le dolían algunas partes de su cuerpo que prefería no nombrar.
Estaba muerta de hambre, como si hubiera estado practicando alguna actividad física extenuante. Desayunó más de lo habitual y se quedó sentada a la mesa un rato cuando su tío ya se había retirado.
A la luz del sol de la mañana que entraba por la ventana, a su espalda, leyó el periódico para distraerse un rato. Sabía que tenía cosas importantes en que pensar, pero no quería hacerlo todavía. En vez de eso, empezó a pensar en el vals. Pensó en su estructura y en cómo había aprendido a bailarlo ella y luego pensó en cómo mejorar esa técnica de enseñanza.
Edward la visitaría aquella misma mañana para recibir su primera clase de baile.
Bella estaba impaciente por enseñarle, para así poder bailar con él en público. Se estremeció al pensar que estaría entre sus brazos a la vista de todo el mundo. Sería un desafío delicioso mantener una actitud decente mientras estaba pegada a su cuerpo.
Pasó una página del diario y movió un pie al ritmo de la música que sonaba en su cabeza. La noche anterior había regresado a casa a las diez de la noche y ya no había vuelto a salir. Le bastaba con leer las crónicas de los distintos actos sociales en los periódicos. Hacía ya un tiempo que había llegado a la conclusión de que las crónicas eran más entretenidas que la realidad.
—Bella.
Alzó los ojos y vio que su tío había vuelto.
—¿Sí, milord?
Él rodeó la larga mesa con el ceño fruncido. Ella se fijó en que llevaba todas las piezas de ropa en su sitio, lo que no era demasiado habitual y tenía mucho mérito por parte de su ayuda de cámara.
—El conde de Westfield está aquí —respondió Melville, deteniéndose a su lado.
—¡Oh!
—Me ha expresado su deseo de proponerte matrimonio.
Ella se quedó mirando a su tío y luego parpadeó.
—¿Perdón?
—Quiere casarse contigo. Y hablar contigo. Te espera en la salita.
Bella dobló el periódico con cuidado mientras sus pensamientos echaban a correr en todas direcciones, tropezándose unos con otros. Con el cerebro incapacitado por la sorpresa, se centró en el tapete de encaje que adornaba la mesa. La mirada se le desvió luego hacia el candelabro que había en el centro de la mesa. Estaba rodeado por una corona de rosas, igual que ella, que de repente estaba rodeada de proposiciones de matrimonio.
Melville se aclaró la garganta y le apartó la silla para que se levantara.
—No era consciente de que tuvierais una relación tan cercana.
Ella se levantó.
—Casi no nos conocemos.
—Sería un enlace excelente; mucho mejor que con Montague.
—Desde luego —corroboró Bella, agarrándose del brazo de su tío y yendo con él hasta la puerta.
Westfield era guapo, rico y muy respetado. Y también era un buen amigo de
Edward, lo que hacía que su proposición fuera aún más curiosa.
—¿Qué piensas? —le preguntó su tío en el pasillo.
—No sé qué pensar. Creo que lo mejor será que hable con él. ¿Qué le has dicho?
—Le he deseado suerte.
—¿Y a mí? ¿Me deseas suerte?
—Deseo que seas feliz, querida. La forma de conseguirlo depende de ti. —La besó en la mejilla—. Vamos, no hagas esperar a Westfield.
Bella recorrió sola el resto del trayecto hasta el salón. A esas horas del día, el sol ya estaba lo suficientemente alto como para no entrar por los cristales que rodeaban la puerta principal. El silencio habitual de la casa era reconfortante, pero en ese momento lo que hacía era subrayar el revuelo causado por la inesperada visita del conde. La segunda proposición de matrimonio en dos días. Le costaba creerlo.
Al entrar en el salón, Bella sintió una gran inquietud. El conde tenía una magnífica presencia. Además transmitía una energía vibrante, muy distinta de la
contenida y vigilante de Edward.
—Buenos días, milord.
—Señorita Swan —la saludó él, levantándose. Era tan alto como Edward, aunque no tan fuerte ni musculoso. Si le pidieran que lo definiera con una sola palabra, Bella elegiría «elegante»—. Está usted radiante.
—Gracias. Usted también tiene muy buen aspecto.
Westfield se echó a reír.
—¿Cómo está? Espero que se encuentre bien. Anoche todo Londres la echó de menos.
Ella se sentó en una butaca tapizada de terciopelo amarillo claro que quedaba frente a la puerta y se alisó la falda del vestido floreado. El conde se sentó delante de ella con natural gracia. Se notaba que era un hombre acostumbrado al poder y a los privilegios.
Rectificando su percepción anterior, Bella decidió que la palabra «refinado» le hacía más justicia que «elegante». Edward, por el contrario, tenía una elegancia mucho más sencilla.
—Estoy bien —respondió—. Me quedé en casa por voluntad propia, no por ningún problema de salud. Me temo que los actos sociales no me gustan tanto como a la mayoría.
Eso último lo dijo con toda la intención, sabiendo que el conde iba a necesitar una esposa que fuera buena anfitriona, para alcanzar sus objetivos sociales y políticos.
—No me extraña —replicó él—, teniendo en cuenta el riesgo que corre cada vez que acude a alguno.
—¿Cómo dice?
—Estoy al corriente de la naturaleza de su relación con el señor Cullen.
Bella se quedó tan sorprendida que ni siquiera parpadeó.
—Oh.
—Por favor, no se lo tenga en cuenta. Cullen confió en mí porque sabe que puede hacerlo sin problema.
—Entiendo que se fíe de usted para sus asuntos personales, pero preferiría que lo hubiera consultado conmigo antes de confiarle los míos.
Se preguntó hasta qué punto estaría también al corriente de su relación. Teniendo en cuenta que le estaba proponiendo matrimonio, se temía que estuviera al corriente de mucho.
—Lo entiendo, se lo aseguro, pero…
Westfield se interrumpió y miró con asombro a la señora Potts cuando ésta entró con el té y lo dejó en la mesita baja que había entre ellos.
Bella estaba acostumbrada a esa reacción. El ama de llaves era alta y muy delgada. Parecía que sus brazos, delgados como juncos, iban a ser incapaces de sostener el peso de la bandeja, pero era más fuerte de lo que parecía. A veces levantaba pesos con los que el propio Melville tenía dificultades.
Cuando la señora Potts se hubo retirado, Westfield siguió hablando.
—Mi intención es ayudarlos, a usted y a Cullen . Y a mí de paso, por supuesto.
—¿Pretende resolver un problema temporal ligándome a un problema permanente? —preguntó ella, empezando a preparar el té.
—Acaba de llamarme problema permanente —señaló él secamente.
—No me refería a usted —replicó Bella, echando las hojas—. Me refería al matrimonio con usted. Apenas nos conocemos. Y si pusiéramos en común lo que sabemos el uno del otro, dudo que llegáramos a la conclusión de que somos compatibles.
—Sé que me gustó su reacción cuando estuvieron a punto de romperle la crisma con una estatua —argumentó el conde, echándose hacia delante en la silla—. Me pareció que mostraba una gran fortaleza y valor. Me demostró que es una mujer capaz de enfrentarse a cualquier circunstancia, señorita Swan, una característica que hasta ese momento había pasado por alto.
Tomándose más tiempo y cuidado del necesario, Bella colocó con precisión un colador encima de una taza. Su mente seguía dándole vueltas a cómo se sentía al saber que Edward había traicionado su confianza. Sabía que no era un asunto que debiera tratar a la ligera, sobre todo teniendo en cuenta las pésimas decisiones que había tomado su madre cuando tenía la mente nublada por la pasión, pero se sorprendió buscando excusas para justificar su comportamiento.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
