No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

21

Seguro que tendría también alguna buena razón para contarle a Westfield lo que había sucedido entre ellos la noche anterior, aunque en aquel momento no se le ocurrió ninguna. Le costó decidir si estaba mostrando fe o falta de sensatez.

—Comprendo que mi deseo de mantenerme libre de cargas matrimoniales resulta incomprensible para muchos —dijo finalmente—. Se supone que todas las jóvenes quieren un marido, igual que quieren un sombrero o una capa nueva, ya que un marido es un accesorio necesario, pero ése no es mi caso. Yo no necesito a nadie que me mantenga, ni económicamente ni de ninguna otra manera. Tengo casi todo lo que necesito. Y lo que no tengo lo puedo comprar. Francamente, milord, aunque su solvencia es una característica muy original entre mis pretendientes, creo que no lo necesito en mi vida.

—¿No? —El conde sonrió de medio lado. Bella sabía que a muchas mujeres les resultaría una sonrisa muy atractiva—. Conmigo se libraría de los pretendientes que la acosan, señorita Swan, incluido Montague, que se está impacientando. Las intenciones de Cullen son buenas, pero está cegado por sus motivos personales. Ahora, esos motivos están influyendo en su vida, señorita Swan. Verla casada con alguien de su plena confianza es la manera más responsable de solucionar esa situación.

—No me gusta que me hagan leer entre líneas, milord. Carezco del talento necesario para traducir y descifrar lo que me está diciendo. Dudo que me esté proponiendo matrimonio por amistad, sean cuales sean las circunstancias, pero le agradecería mucho que fuera más claro.

Bella se cuidó mucho de aclarar a qué circunstancias se estaba refiriendo, ya que no tenía claro qué sabía y qué no sabía Westfield. Suponía que debía de estar al corriente de su indiscreción. Tenía lógica. Pero aun así, ¿qué lo llevaba a proponerle matrimonio?

El conde rechazó el azúcar con un gesto de la mano.

—No crea que estoy siendo totalmente altruista. Es usted una mujer sensata, atractiva, dispuesta a hacer lo que sea necesario para conseguir lo que desea.

—Le aseguro que no soy la única mujer con esas características.

—También es rica, inteligente y decidida —siguió enumerando él sus virtudes—.Es de buena familia, pero sin pesadas y caras cargas familiares, como por ejemplo hermanas. Habla con claridad y me obliga a hacer lo mismo. ¿Qué más podría pedir?

—¿Deseo? ¿Sentimientos elevados? ¿Juventud? —Por su expresión, Bella se dio cuenta de que al menos la primera pregunta lo había sorprendido mucho. Sin embargo, a ella le pareció pertinente, dada la naturaleza de su conversación.

—Veinticuatro años es una edad perfectamente aceptable. Respecto al resto, una vida entera es mucho tiempo para comprometerse con alguien basándose sólo en sentimientos, sean éstos elevados o primarios.

—Ésa no es la razón que lo ha llevado a proponerme matrimonio. Estoy segura de que ve en mí una oportunidad, pero no creo que sea la de obtener una esposa aceptable.

Westfield enderezó la espalda. Aunque no entornó los ojos, la miró con más intensidad.

—¿Y de qué podría tratarse?

Fue su tono provocador lo que le indicó que iba por buen camino.

—Tal vez está buscando una barrera; un escudo. Alguien que atraiga la atención de los demás y haga que no se fijen en usted. O una persona inofensiva que llene un hueco que le resulta doloroso.

—¿Puedo añadir «imaginativa» a la lista de sus atributos?

El sonido de voces masculinas hizo que ella volviera la cabeza hacia la puerta abierta. Un instante después, el mayordomo entró llevando una tarjeta de visita. Sin necesidad de leerla, una rápida ojeada al reloj le dijo que se trataba de Edward. Como siempre, llegaba puntual.

Asintió en dirección al mayordomo, indicándole que hiciera pasar a su visita.

—Ha llegado el señor Cullen , milord —le dijo a Westfield mientras lo esperaban. Cuando Edward apareció en la puerta, Bella apretó los dedos con fuerza sobre el regazo. Para lo grande que era, se movía con una discreción asombrosa. Iba vestido de manera sencilla, combinando varios tonos de gris. Sus botas competían en brillo con su pelo. Tenía las piernas separadas, lo que acentuaba la solidez de su aspecto, proyectando la imagen de un hombre fuerte y bien anclado en la tierra.

Se había detenido en el umbral y miraba a Westfield como si no lo sorprendiera encontrarlo allí. O bien los hombres que vigilaban la casa le habían advertido de su presencia o había sido el propio conde quien lo había avisado. Bella no sabía qué pensar ni cómo sentirse.

Lo que sí sabía era que su relación había cambiado sin remedio. Aunque él iba totalmente tapado, desde el cuello hasta los dedos de los pies, en su mente lo veía como lo había visto la noche anterior: sudoroso, despeinado, desnudo y vulnerable.

Se había mostrado tan abierto entonces, tan dispuesto a mostrarle sus pensamientos y sus sentimientos a pesar de no entenderlos. Haber descubierto ese lado oculto de su personalidad había hecho crecer el deseo de Bella. Tenía la sensación de conocerlo.

No era una reacción razonable, ya que apenas sabía nada de su vida y de su pasado, pero no era su mente la que había llegado a esa conclusión.

Por cómo la estaba mirando, diría que él también estaba recordando la noche anterior. Pero si sentía su misma conexión, ¿por qué había enviado a Westfield?

—Señorita Swan. —Edward se inclinó, mientras su voz resonaba en el aire durante un delicioso instante. Al incorporarse, se volvió hacia Westfield—. Milord.

El conde se levantó.

—Cullen . Qué oportuno.

—¿Ah, sí? ¿Por qué? —preguntó, mirando a Bella.

Por su tono de voz, ella se dio cuenta en seguida de que estaba enfadado. Tras unos instantes de duda, respondió:

—Lord Westfield ha venido a ofrecernos su ayuda.

Aunque exteriormente no hubo ningún cambio en Edward, la tensión con que pronunció sus siguientes palabras fue muy expresiva.

—¿En qué?

Bella se volvió hacia el conde, pasándole así la pelota.

Edward se cruzó de brazos.

Westfield sonrió.

—Sólo estoy poniendo en práctica lo que hablamos ayer noche. Ver a la señorita Swan casada resolvería buena parte de los problemas de todos los presentes.

—¿Casada con quién?

—Conmigo, por supuesto.

—Por supuesto. —Edward se movió ligeramente, como un animal que empieza a despertarse.

Bella, que no entendía lo que estaba pasando, decidió que lo mejor sería permanecer callada por el momento.

A medida que el silencio se prolongaba, la sonrisa del conde fue perdiendo brillo.

Edward se volvió hacia ella.

—¿Le ha dado ya una respuesta, señorita Swan?

—Todavía no, señor.

—¿Por qué tarda tanto? Lord Westfield es un candidato adecuado en todos los aspectos.

Tensándose al notar un agudo dolor en el pecho, Bella alzó la barbilla.

—Tal vez estaba esperando contar con su aprobación, señor Cullen.

—¡Pues puede esperar sentada!

Ella parpadeó.

El conde también pareció sorprendido.

—Cullen , ese tono no es adecuado para una dam…

—¿Cuál es tu respuesta, Bella? —lo interrumpió Edward, tuteándola y mirándola fijamente, como si estuvieran solos.

Ella le miró las manos. Apretaba los puños con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. Se obligó a apartar la vista y centrarse en lord Westfield. Aunque no era muy experta en relaciones sociales, sabía lo suficiente como para darse cuenta de que lo que estaba a punto de hacer era un error por muchos motivos. Pero también sabía que Edward necesitaba oír que lo quería. Necesitaba que lo dijera en voz alta. Delante de testigos.

Tan seguro y agresivo como era cuando estaba en su elemento, estaba tan perdido como ella cuando se trataba de temas del corazón.

Respiró hondo antes de decir:

—Me siento muy honrada por su proposición, milord, pero debo rechazarla. Mis sentimientos ya están comprometidos con otra persona.

Westfield alzó las cejas.

—Muy bien —dijo Edward, rompiendo el silencio—. Largo de aquí, Westfield.

Nos veremos esta noche. Ven temprano, tenemos muchas cosas que aclarar.

—Mi oferta seguirá en pie hasta el final de la temporada, señorita Swan — replicó el conde, con el ceño fruncido—. Por lo que a ti respecta, Cullen —lo miró con dureza—, estoy de acuerdo. Tenemos muchas cosas que aclarar.

Sin darse mucha cuenta de lo que hacía, Bella alargó la mano hacia Westfield, que se la besó con labios firmes. Ella podría haber dicho alguna frase hueca de despedida, pero estaba tan asombrada por la intensidad de la mirada que Edward le estaba dirigiendo, que no oyó lo que el conde le dijo. Era una mirada escrutadora, una a la que no podía responder.

Lord Westfield se marchó, seguido de Edward, que lo acompañó hasta la puerta.

Bella aprovechó el momento de soledad para beber un sorbo de té, que se había quedado frío.

Cómo echaba de menos aquella calma y ecuanimidad tan suyas. Sentirse tan confusa e inquieta había sido anatema para ella durante muchos años. Ahora se encontraba inmersa en una situación que a su madre le habría encantado. Justo el tipo de situación que Bella se había jurado evitar.

—Bella.

—¿Qué le has contado? —Bella levantó la cabeza para mirarlo a los ojos, pero la bajó de nuevo cuando él dobló una rodilla ante ella. El corazón se le desbocó. Apretó la mano que le quedaba libre en el regazo.

Edward se la cogió y le abrió los dedos uno a uno.

—Lo único que sabe es la razón por la que me contrataste. Necesitaba conseguir invitaciones para los actos a los que acudías y él me las facilitó.

—Lo comprendo —dijo ella. Cuando Edward le acarició la mano, el hormigueo que le subió por el brazo no se debió totalmente a la sangre que volvía a circular—.¿No sabías que pensaba pedirme matrimonio?

—No.

—He pensado que igual era idea tuya, para protegerme de las consecuencias de lo de anoche.

Él le quitó la taza de la otra mano.

—No soy tan altruista. Además, lo que pasó queda entre nosotros. Nunca se lo contaré a nadie.

Bella tragó saliva con dificultad.

—¿Por qué estás de rodillas?

Él sonrió con una sonrisa burlona, pero como si se burlara de sí mismo.

—Si lord Melville me diera su bendición, ¿me aceptarías como esposo?

—¡Edward!

—Westfield tiene razón. Que estuvieras casada resolvería muchos problemas. Yo tendría más acceso a ti; la persona que quiere hacerte daño tendría menos y dispondríamos de más tiempo para…

—¡Casi no nos conocemos! —protestó ella, a pesar de que una corriente de cálidos y dulces sentimientos llenaba su pecho.

—Contamos con lo más importante: sinceridad y deseo. —Edward se llevó las manos de Bella a los labios y se las besó, mirándola con una honestidad desgarradora—. Tú tienes dinero y clase. Yo trabajo con las manos. Mi sangre no vale nada. Pero la derramaría por ti.

Bella inspiró entrecortadamente.

—¿Qué quieres decir?

—Cásate conmigo.

—No quiero casarme con nadie.

—Pero me deseas. —Edward la sujetó con delicadeza por la nuca, acariciándole el cuello, donde el pulso le latía sin control.

—¿Por qué no puedo tenerte sin necesidad de tener también un anillo?

Él se echó a reír.

—Sólo tú podrías preferir ser la querida de un hombre en vez de su esposa.

—¡Tú también deberías preferirme así!

—¿Mientras los hombres hacen cola a tu puerta para reclamar unos derechos que me pertenecen? No cuentes con ello.

—Dentro de un mes acabará la temporada…

—Pero nuestra relación continuará. Aún no te has dado cuenta, pero lo que pasó anoche te cambió para siempre. Cuantas más veces te posea, más cambiarás, y los hombres cada vez se sentirán más atraídos por la nueva Bella.

Ella reflexionó sobre sus palabras, sorprendida al pensar que los demás podían notar la exuberante languidez que llevaba sintiendo toda la mañana. Observó a Edward con atención, buscando signos de cambios también en su apariencia.

La sonrisa de Edward se hizo más amplia.

—Estoy de rodillas a tus pies, Bella. Si eso no te parece una señal de que he cambiado, no sé qué te lo parecerá.

—Por favor, no bromees. Tú tampoco quieres casarte. Me dijiste que en tu vida no había lugar para una esposa.

—Pero puedo crear uno para ti. Los dos hemos pensado en el matrimonio como algo que nos limitaría la vida, pero también puede resultar útil a veces. Una mujer casada disfruta de más libertad que una soltera.

—¿Y a ti para qué te serviría?

—Me aportaría estabilidad. —Bajó la mano para acariciarle la mejilla—. Durante los últimos días, he tenido la mente dividida entre dos fuerzas igual de poderosas: el trabajo y tú. Si fueras mía, estarías cerca y podría protegerte. Y así podría concentrarme en el trabajo del modo como acostumbro.

Ella le apretó la otra mano con fuerza en el regazo.

—Tal vez lo mejor sería que dejáramos de vernos y volviéramos a nuestras vidas tal como eran antes.

Edward gruñó, frustrado.

—Bella, no me pidas que te ofrezca razones sólidas y argumentos racionales, como Montague y Westfield. Si me obligaras a hacerlo, tendría que admitir que no existen buenos motivos para casarnos.

—Lo sé.

—Pero puedo hacerte feliz. Nos parecemos en muchas cosas, aunque nos diferenciamos en otras, por lo que nos complementamos bien. Tú puedes enseñarme a ser más prudente; yo puedo ayudarte a ser tan aventurera como quieras.

Bella sintió un burbujeo de felicidad en el pecho. Lo mismo que el champán, la hizo sentir un poco mareada.

—Yo no tengo tan claro que pueda hacerte feliz. Mucha gente me encuentra demasiado callada y distante. No se me da mal tocar el piano, pero soy un desastre cantando. Y…

Edward se echó a reír y le besó la punta de la nariz.

—No quiero que me distraigas cantando o tocando instrumentos. Te quiero a ti. Tal como eres.

—Te preocupa que pueda estar embarazada.

—No es un tema que me tome a la ligera, pero no es la razón principal. ¿Por qué pedirte que te cases conmigo ahora, sin saber si lo estás o no? —Se echó un poco hacia atrás—. Dime la verdad, Bella. ¿Tu fortuna es un obstáculo entre nosotros? ¿Crees que me importa?

Ella negó con la cabeza sin dudarlo. Al ver que él seguía esperando, lo dijo en voz alta:

—No.

—Bien. —Edward la soltó y apoyó las dos manos en la rodilla que no tenía en el suelo—. Hagamos un trato. Yo convenzo a Melville para que nos dé su bendición y tú me dices que sí. ¿Qué te parece?

—Edward, te cansarías de mí en seguida.

—Publiquemos las amonestaciones al menos —insistió él—. Eso nos dará tiempo para encontrar al causante de los ataques, asegurarnos de si estás embarazada o no y conocernos mejor. Si transcurrido ese plazo sigues pensando que casarnos no es buena idea, cuando termine la temporada rompemos el compromiso. ¿Te parece razonable?

—Romper un compromiso no es tan fácil.

—Pero tampoco imposible.

—Me dices que no quieres usar la razón y, sin embargo, me presentas un plan perfectamente razonado que me permite sacar mis propias conclusiones. —Bella suspiró—. Tengo ante mí dos alternativas igual de difíciles: o tomo una decisión ahora mismo, sin disponer de toda la información necesaria, o seguimos adelante, sumergiéndonos en esta relación mucho más profundamente de lo que pretendía al contratarte.

—Es una lástima que no seas impulsiva —bromeó él—. En ese caso te convencería para que te fugaras conmigo y te ahorrarías todas esas cavilaciones.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? —protestó Bella—. ¿Por qué no puedo estarlo yo también?

—Yo tomo las decisiones con las tripas —respondió él, señalándose el abdomen—. Son decisiones instantáneas. Tú, en cambio, las tomas con el cerebro. —Le dio unos golpecitos en la sien con el dedo—. Y eso requiere más tiempo. Estoy intentando darte el que necesitas, haciendo algo para contener mi propia impaciencia.

Creo que anunciar nuestro compromiso está en el punto medio que ambos necesitamos.

Mordiéndose el labio inferior, Bella buscaba el valor para hablar.

—Dime lo que piensas —la animó él.

—No soy capaz de decidir si es el deseo lo que me empuja a aceptar tu propuesta.

Y me preocupa que si nos acostamos más veces, el sexo pierda el atractivo de la novedad y dejes de sentirte atraído por mí. Me da miedo que después de la boda nos demos cuenta de que sólo se trataba de lujuria y que, una vez saciada, no haya nada que nos una.

Las ventanas de la nariz de Edward se abrieron mucho.

—Si eso te preocupa, te demostraré que estoy interesado en muchas más cosas, aparte del sexo. No te pediré que volvamos a acostarnos hasta después de la boda, pero estaré disponible para ti siempre que tú lo desees. No me guío por la caballerosidad o por las costumbres de la sociedad por lo que a ese asunto se refiere.

Hace tiempo que aprendí a no reprimirme. Prefiero que se fastidien los demás a fastidiarme a mí mismo. Creo que es una parte de mi personalidad que debes conocer antes de que nos casemos.

Menuda sensación ser amada tan intensamente. Bella por fin entendió por qué su madre se había vuelto adicta a la pasión. Era tan tentadora. Y Edward tan irresistible…

Poder disfrutar de él siempre que lo deseara… La idea de poder reclamarle sexo donde y cuando ella quisiera era muy excitante.

—Bella —murmuró él, devolviéndola a la realidad—. Por una vez en la vida, date permiso para disfrutar de lo que quieres. Tal vez te guste más de lo que esperas.

Pero eso era precisamente lo que le daba miedo. Aunque no lo suficiente como para mitigar los recuerdos de la noche anterior, ni la felicidad que había sentido al despertarse.

—Habla con mi tío —aceptó ella al fin—. Y vuelve a pedírmelo después.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23