No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

22

—Nunca habría esperado algo así de ti —dijo Westfield, balanceándose sobre los talones.

—Pues ya somos dos —replicó Edward secamente.

La sala de baile de los Valmont era bastante grande, pero ni su extensión ni los techos de diez metros aliviaban la opresión causada por la multitud. Y aún más que la multitud, lo que lo agobiaba era la sensación de ser observado. Edward se había pasado casi toda la vida tratando de pasar inadvertido, por lo que el hecho de ser el centro de la atención le resultaba aún más incómodo.

Pero la noticia de que la señorita Bella Swan se había comprometido al fin, después de haber anunciado repetidamente su intención de no casarse, era un tema de conversación demasiado apetitoso. Todo el mundo lo estaba observando detenidamente, como si la explicación de la decisión de Bella pudiera verse a simple vista.

Se había esmerado al vestirse para no avergonzarla. Había elegido un traje negro para no parecer tan corpulento. La chaqueta y los pantalones estaban excepcionalmente bien cortados y la tela era de primera calidad, igual que el diamante que adornaba su aguja de corbata o el zafiro de su anillo. Transmitía una imagen de elegancia y riqueza sin ostentaciones, que esperaba que ayudara a mitigar las especulaciones sobre su interés por la señorita Swan.

—Eres del todo inadecuado para ella —siguió diciendo Westfield.

—Estoy de acuerdo.

Edward miró a su alrededor hasta que vio a Bella. Parecía serena, aunque algo irritada. La expresión de su cara dejaba entrever tanto ese sentimiento como su confusión. A Edward le encantaba que fuera tan transparente y expresiva.

—Estaría mucho mejor conmigo —añadió Westfield—. ¿Cómo esperas que una mujer tolere tu modo de vida?

—Supongo que la señorita Swan y yo tendremos que ir descubriendo la respuesta por el camino.

Su amigo se puso ante él y se dio la vuelta para atraer su atención.

—¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar en tu empeño por arruinar a Montague?

—Esto no tiene nada que ver con él.

—Claro que tiene que ver.

—Sólo tangencialmente —admitió Edward, dando un paso al lado para seguir observando a Bella.

—Espera. —Westfield volvió a taparle la vista de su prometida—. Cuando anoche hablabas de desear algo con fuerza… ¿te referías a ella?

—Sí.

En ese instante la deseaba más que nunca. Bella se había puesto otro de los vestidos de su madre. Éste era de color rosa pálido. El corte era tan sencillo como el de color zafiro que había llevado días atrás, pero le quedaba muy ajustado a la cintura y el escote era provocativamente bajo. Era tan hermosa y esbelta que contemplarla le causaba un gran placer.

—¡Maldita sea! —Westfield la miró por encima del hombro—. ¿Te has enamorado de ella?

—Disfruto de su compañía y sé que puedo hacerla feliz.

—Lo dudo bastante. No a la larga. ¿Y qué importa que disfrutes de su compañía?

Yo disfruto de la compañía de media docena de mujeres cada semana y no por eso voy proponiéndoles matrimonio.

—Ahí radica la diferencia entre tú y yo —replicó Edward—. Yo he disfrutado de muy pocas cosas en la vida. Y de ninguna he disfrutado tanto como de la compañía de la señorita Swan.

—Reconozco que me siento intrigado —comentó su amigo—. Siempre me preguntaré qué me he perdido con la señorita Swan.

—No, no lo harás. Te olvidarás de ella como mujer y sólo pensarás en ella como mi esposa. Punto.

—Hum… —Westfield se volvió y miró a su alrededor—. No he visto a Montague. Me gustaría ver cómo reacciona al enterarse de la noticia de vuestro compromiso.

A Edward no le importaba lo que pensara.

Al darse cuenta, sintió un escalofrío. Apretó los dientes y los puños. Pronto podría olvidarse de Montague, pero todavía no había llegado el momento. El conde todavía tenía que pagar por sus pecados y los pecados de su padre.

Bella. Bella hacía que se olvidara de todo lo demás. Ésa era una de las razones por las que la necesitaba en su vida. Pero en ese momento no podía permitírselo. Aún no.

Tras años de frustrante espera y de incontables horas de trabajo, su plan estaba en la etapa final.

—Señor Cullen .

Al volver la cabeza, vio que sir Richard Tolliver se acercaba. Aunque Edward había pensado que el joven no podía estar más delgado, al parecer se había equivocado. Le sobraba un buen trozo de chaqueta en los hombros y el sencillo chaleco se le abombaba.

—Buenas noches, sir Richard.

—Al parecer, tengo que felicitarle —dijo Tolliver, aunque su expresión era más bien lúgubre.

—Así es. Gracias.

—Qué casualidad que la señorita Swan haya decidido casarse tan poco tiempo después de que usted haya regresado a su vida. Es como si lo hubiese estado esperando todos estos años.

—Qué poético —se burló Westfield—. Tal vez si hubiera mostrado ese talento para la poesía con la señorita Swan habría tenido más suerte con ella, Tolliver.

—¿Qué talento empleó usted? —replicó Tolliver dirigiéndose a Edward.

—Tenga cuidado cuando me critique —le advirtió Edward con suavidad—. No vaya a criticar también a la señorita Swan sin darse cuenta, porque le aseguro que no me lo tomaré bien.

El joven deslizó la punta del pie por el suelo, mirándosela.

—Es raro que, con la larga amistad que une a su familia con los Tremaine, la señorita Swan sepa tan pocas cosas de usted.

—¿No las sabe o no quiere contarlas? —lo provocó Edward—. La señorita Swan valora la discreción y la privacidad. Es una de sus muchas cualidades. Vamos, deje de molestar y vaya a buscar otra heredera a la que cortejar.

Tolliver permaneció clavado en el sitio durante unos momentos. Finalmente, dijo entre dientes:

—Buenas noches, señor Cullen . Y buenas noches a usted también, milord. —Y, volviéndose, se marchó.

—Caramba. Estás haciendo muchos amigos esta noche —comentó Westfield, mirando cómo Tolliver se alejaba—. Lo cierto es que nunca pensé que tuviera tanto carácter. Tal vez sus sentimientos por la señorita Swan fueran sinceros, después de todo.

—No creo que su interés sea tan romántico.

Edward echó los hombros hacia atrás para liberar la tensión.

Aquello era exactamente lo que pretendía. Atraer la atención de quien fuera que estuviera detrás de los ataques a Bella. Pero no había contado con sus propios celos.

Tolliver había despertado su instinto de posesión, y se temía que las cosas iban a empeorar en las próximas horas.

Al oír el nombre de Montague, se volvió hacia la puerta.

—Ha venido —murmuró—. Empezaba a ponerlo en duda.

—Mira a tu alrededor —replicó Westfield con un gesto de la barbilla—. Hacía mucho tiempo que lady Valmont no veía a tanta gente en su casa. Los curiosos han acudido en masa para contemplar la transformación de la señorita Swan y al hombre responsable de dicha transformación. Ha cambiado por ti, ¿no es cierto?

—Lo hizo por la investigación. Al menos al principio… —Edward volvió a buscarla con la mirada. Estaba dividido entre sus dos objetivos: ganarse el corazón de Bella o culminar su venganza—. Esta noche creo que lo ha hecho por mí.

—Entonces no mentía al decir que sentía algo por otra persona. —Su amigo resopló—. ¿Me pregunto qué demonios verá en ti?

—Ojalá lo supiera. Le daría una ración doble.

Era fácil seguir el avance de Montague por la sala, por el modo en que la gente se agolpaba a su alrededor. Parecía ir directo hacia Bella, que estaba en el otro lado de la estancia.

Edward se dirigió hacia allí, con Westfield a su lado. Juntos se abrieron paso entre la multitud, aunque su camino se vio interrumpido varias veces por personas que felicitaban a Edward.

—¿Crees que tu matrimonio asegura la destrucción de Montague? —le preguntó Westfield.

—No del todo. Me he enterado de que está organizando un grupo de inversores para la explotación de una mina de carbón. —Cogió un vaso de limonada de una bandeja de bebidas que le pasó por delante.

—¿Crees que ése puede ser el motivo que lo llevó a contactar conmigo para recuperar la escritura de propiedad?

—Espero tener pronto la respuesta. O se salvará o se hundirá todavía más en la miseria.

Agarrándolo por el codo, el conde hizo que se detuviera.

—Cullen.

Edward arqueó las cejas en respuesta.

—¿No te has planteado iniciar una nueva vida con la señorita Swan y dejar el futuro de Montague en manos del destino? Según mi experiencia, los tipos que se lo merecen suelen encontrar su castigo por méritos propios.

—Yo soy su castigo —replicó Edward, acabándose la bebida de un trago y lamentando que no fuera algo más fuerte, que lo ayudara a soportar el escrutinio al que estaba siendo sometido.

—Me alegro mucho por ti —dijo lady Collingsworth, radiante como una madre orgullosa.

Llevaba una auténtica cascada de zafiros, y plumas blancas en el pelo, y se movía con la confianza propia de una reina que transmite su gracia a los accesorios, en vez de depender de ellos.

—Gracias. —Bella, algo mareada, se llevó una mano al estómago.

—Te admiro por haber seguido los dictados de tu corazón —siguió diciendo Regina—. Sé lo mucho que te has resistido a la idea del matrimonio.

—He tratado de entender por qué me resultaba tan poco atractiva. No es que yo conozca secretos sobre el matrimonio que las demás mujeres desconocen.

—Por supuesto que sí. Sólo tú has vivido con tu madre.

Bella abrió mucho los ojos. Era la primera vez que la condesa decía algo que podía considerarse una crítica hacia Georgina.

—¿Por qué te sorprendes tanto, querida? Soy muy consciente de lo que piensas de ella y de las decisiones que tomó en la vida. Se casó con dos hombres porque los amaba y ninguno de los dos matrimonios acabó bien. El hecho de que su segundo marido fuera un cazafortunas acabó de forjar tu opinión sobre la institución matrimonial. Entiendo que has tenido que sobreponerte a prejuicios muy arraigados en tu interior para aceptar la proposición del señor Cullen . —Fijó la vista en un punto detrás de Bella—. Sólo espero que la indecente forma en que te mira haya tenido algo que ver en tu rendición. Su anhelo eleva la temperatura de la habitación.

—¡Regina! —Ella resistió el impulso de buscar a Edward con la vista, sabiendo que si lo hacía se ruborizaría y le costaría concentrarse. Era consciente de que durante toda la noche la había estado desnudando con la mirada.

—¿Qué? —se defendió la condesa—. Lo que pasa en la intimidad del lecho es igual de importante que lo que pasa fuera. Un matrimonio no funciona si no hay armonía en el dormitorio.

—¿Y puede sobrevivir si se basa sólo en el placer?

—Mi querida niña, el placer es precisamente lo que falta en la mayoría de los matrimonios. No lo desprecies.

—Es que me parece una razón muy frívola para unirse a otra persona —murmuró Bella.

—Eres demasiado lista para tomar decisiones frívolas. Estoy segura de que si hicieras una lista de virtudes y defectos del señor Cullen , las virtudes superarían con mucho a los defectos.

Sin poder resistirse por más tiempo a la tentación, Bella se volvió buscándolo, pero entonces vio una alta y familiar figura que se acercaba.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23