No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

23

El conde de Montague estaba atravesando la multitud e iba directamente hacia ella, con una atractiva sonrisa en la cara. Sin embargo, su llegada se veía interrumpida por las numerosas personas que lo saludaban.

—El conde parece estar de buen humor —comentó Regina—. Fue muy amable por tu parte anunciarle el compromiso personalmente.

—Dejárselo a mi tío habría sido demasiado arriesgado. Y distante. —Le dirigió a su amiga una sonrisa llena de agradecimiento—. No me habría atrevido a hacerlo sola. Muchas gracias por acompañarme.

—¿Acompañarte adónde?

La voz de Edward a su espalda le causó una agradable sensación de calor. Los ocupantes del salón desaparecieron para ella y el ruido que hacían se convirtió sólo en un murmullo de fondo. Se volvió hacia él.

—Al parque esta tarde.

—¿A reunirte con Montague?

—Sí, a contarle que me había comprometido contigo.

El rostro de él se ensombreció.

—No deberías haberlo hecho.

Bella se tensó al oír su tono de voz. No estaba acostumbrada a que la contradijeran.

—Se merecía una explicación.

—No tienes ni idea de lo que se merece.

—Cullen.

El susurro de advertencia de Westfield captó la atención de Bella, que se volvió hacia el conde, que estaba justo detrás del hombro de Edward. Al igual que Montague, era un hombre muy guapo y elegante, y la estaba mirando con amabilidad.

Dos pares del reino. Ambos atractivos, solícitos y deseosos de casarse con ella. Y sin embargo había elegido a un plebeyo salvaje de orígenes desconocidos. Un hombre al que nunca podría domar. Un escalofrío de inquietud le recorrió la espalda.

Edward apretó los dientes como si hubiera notado sus dudas. El afecto que había visto en sus ojos cuando se había reencontrado hacía un rato ya no era tan evidente.

La distancia entre los dos se había vuelto algo tangible.

Regina carraspeó.

—¿Me acompañaría a la mesa de refrescos, lord Westfield? Tengo la garganta seca.

—Por supuesto. —Con una mirada de advertencia en dirección a Edward, el conde se alejó con lady Collingsworth.

Él dio un paso hacia Bella.

—¿Cómo puedo protegerte si te pones en peligro deliberadamente?

—¿Qué peligro? Me he reunido con Montague en un lugar público, acompañada por lady Collingsworth. Tus hombres me estaban siguiendo sin duda. ¿O no? ¿Es por eso por lo que estás de tan mal humor?

—Me contrataste para que investigara a tus pretendientes. Y luego vas y te reúnes con uno de ellos a solas para decirle que ha perdido cualquier posibilidad de acceder a tu dinero. Es decir, poniéndolo en una situación desesperada.

—¿Qué podría haberme hecho?

—Raptarte. Pedir un rescate por ti. Cualquier cosa.

—¿Montague? —se burló ella—. Un hombre de su posición nunca…

—No lo conoces, Bella. No sabes lo que es capaz de hacer.

—¿Y tú sí?

—Mantente alejada de él.

Ella alzó las cejas.

—¿Es una orden?

Edward apretó los dientes.

—No conviertas esto en una lucha de voluntades.

—Eres tú el que está tratando de limitar mi libertad. No es razonable que me rinda sin luchar por ella.

Él la agarró por los codos y la acercó escandalosamente, como si estuvieran solos y no rodeados de centenares de ojos curiosos.

—Estoy intentando mantenerte a salvo.

—Consejo recibido, gracias. —Bella sabía que lo estaba provocando, pero las respuestas tensas de él empezaban a hacerle sospechar que lo que pretendía precisamente era que discutieran.

—Tienes que obedecerme. —Los ojos de Edward se habían oscurecido tanto que parecían negros.

—Tu preocupación es infundada. No veo por qué lord Montague y yo no tendríamos que volver a vernos, a no ser en actos sociales.

—Me da igual. Quiero que te mantengas alejada de él —insistió Edward, soltándola—. Y de Tolliver también.

Bella no pudo reprimir más su irritación.

—¿Puedo saber por qué?

—Porque se ha tomado muy mal la noticia de nuestro compromiso.

—¿Y Montague? Cuando se lo he contado ha sonreído y me ha deseado que sea feliz.

—Al conde no podría importarle menos la felicidad de los demás. Sólo se preocupa de la suya.

—¿Y yo tengo que aceptar tu palabra al respecto sin una explicación?

—Sí.

—¿Ya estás ejerciendo tu derecho conyugal de controlar mis actos? —preguntó ella, apretando el abanico con tanta fuerza que la madera crujió.

—No consentiré que conviertas una charla sobre tu seguridad en una discusión sobre la independencia de la mujer y las desventajas del matrimonio.

—¿No lo permitirás? Ya veo. ¿Y eso cómo funciona? ¿Es recíproco? ¿Puedo yo prohibirte que te reúnas con lord Westfield?

—Me estás provocando deliberadamente.

—Sólo estoy tratando de entender dónde están los límites y si se aplican a los dos por igual.

—Westfield no supone un peligro para nadie.

—Tal vez yo sepa algo de él que tú desconoces —siguió provocándolo Bella—. Y si sigo tu ejemplo, no tengo por qué contarte de qué se trata.

Volvió la cara para ocultar las lágrimas que le asomaban a los ojos y vio que lord Montague se acercaba. Echó los hombros hacia atrás.

—Señorita Swan. —El conde le besó la mano, inclinándose ante ella con una reverencia impecable. Luego se volvió hacia Edward—. Señor Cullen , ¿puedo ofrecerle mis felicitaciones?

Él mostró los dientes en algo parecido a una sonrisa.

—Puede, milord. Las acepto complacido.

Bella sabía que su propia rigidez delataba que habían estado discutiendo, pero estaba demasiado frustrada para que le importara.

—¿Sería demasiado optimismo por mi parte esperar que aún tenga un espacio libre en su carnet de baile, señorita Swan?

—El próximo vals es suyo —respondió ella, sintiendo una amarga satisfacción al ver el tic en la mandíbula de Edward.

Había reservado los dos valses, no para Montague, sino para estar junto a Edward.

Había decidido que no volvería a bailar el vals con otro hombre, aunque él tardara semanas en aprender.

—Parece que yo también soy un hombre afortunado —dijo Montague—. Aunque, desde luego, no tanto como usted, señor Cullen.

—Eso parece. —Su cara parecía tallada en granito.

La orquesta empezó a tocar para alertar a los bailarines de que el siguiente baile estaba a punto de comenzar. Aliviada, Bella se excusó y fue en busca de su pareja, el barón Brimley. Mientras se alejaba de la enorme tensión que emanaba de Edward, empezó a respirar con más facilidad. Pronto recuperó la capacidad de pensar, seguida de cerca por el arrepentimiento. No le gustaba nada haber discutido con él. Peor aún.

No le gustaba nada su propio comportamiento.

Edward observó a Bella mientras se alejaba apresuradamente y se reprendió por haber provocado su primera discusión. Sabía que tenía que tratarla con cuidado o se arriesgaba a que ella le lanzara a la cara argumentos como el dinero o la independencia, pero había perdido el control al enterarse de que había cometido semejante imprudencia.

Había sido la sorpresa de saber que se había visto con Montague a sus espaldas lo que lo había impulsado a hablarle así, aunque sabía que la culpa era suya. Lynd se había presentado sin avisar y él había cometido el error de dejar de leer los informes diarios para recibir a su viejo mentor.

¿Cómo podía haber sido tan descuidado? Si su vida se regía por esquemas rígidos y horarios fijos era por una razón: para evitar incidentes y hacer que todo en su vida fluyera a la perfección.

Pero descargar en ella el enfado que debería dirigir hacia sí mismo no hacía más que empeorar las cosas. Había abierto una brecha entre los dos que no se podía permitir.

—Imita usted la pose melancólica de Byron a la perfección —comentó Montague—. Lástima que no se me ocurriera esa táctica mientras cortejaba a la señorita Swan.

Edward volvió la cabeza lentamente, dejando su rostro vacío de toda expresión. Su hermanastro y él eran casi de la misma altura. Y las similitudes entre ellos no se limitaban a eso. De hecho, se parecían tanto que Edward se alejó un poco para poner cierta distancia.

—No puedo decir que lamente que no la consiguiera.

El conde sonrió y se balanceó sobre los talones. Parecía no darse cuenta del parecido entre ellos, ni del parentesco al que se debía.

—Es usted una persona misteriosa, señor Cullen .

—Pregúnteme lo que quiera. Tal vez le responda.

—¿Qué opina del carbón?

Una oleada de satisfacción lo inundó. ¿Iba a ser tan fácil obtener la información que necesitaba?

—Es un bien necesario. La vida sin él sería muy incómoda.

—Estamos de acuerdo. —El joven le dirigió una sonrisa sincera—. Tengo un negocio en ciernes que puede resultarle interesante.

Apartando a Bella de su mente, Edward se volvió hacia Montague y logró sonreír.

—Soy todo oídos, milord.

Cuando el conde de Montague fue a buscar a Bella para bailar su vals, el enfado de ella se había desvanecido. Sin embargo, seguía muy alterada. Se dio cuenta de que, tras la muerte de su madre, su vida se había visto libre de conflictos. Nunca discutía por nada. No tenía que dar explicaciones ni ponerse de acuerdo con nadie.

Como resultado de esa independencia, había perdido la capacidad de discutir. Podía hacerlo, pero su cuerpo reaccionaba mal. Le dolía la cabeza y se notaba el estómago revuelto.

—Está usted preciosa esta noche, señorita Swan —murmuró Montague, apoyándole la mano en la cintura.

—Gracias —replicó ella, con la vista clavada en el elaborado nudo del pañuelo de él.

El conde iba vestido ostentosamente, con una chaqueta de terciopelo azul brillante y un chaleco multicolor. Aunque su estilo no podía ser más distinto del de Edward, notó que tenían muchas cosas en común. Su talla y color de pelo eran prácticamente idénticos.

Bella aprovechó esa similitud para tomar nota de cómo él resolvía su diferencia de tamaño a la hora de bailar. Era muy experto y la guiaba con facilidad. Ella tomó notas mentales para usarlas luego en las clases particulares de baile con Edward, agradeciendo esa actividad, que le permitía olvidarse de sus conflictos emocionales, aunque fuera temporalmente.

—Admito que ha despertado mi curiosidad —dijo él.

—¿A qué se refiere?

—A sus habilidades como casamentera.

Bella frunció el ceño.

—Nunca he dicho que fuera una gran casamentera. Sólo dije que podría encontrarle una candidata mejor que yo.

—¿Alguna sugerencia? —preguntó el conde con los ojos brillantes.

—Creo que cualquier mujer soltera cumpliría los requisitos.

—Debería darle vergüenza —replicó él, echándose a reír, lo que hizo que varias cabezas se volvieran hacia ellos—. Mire que darme esperanzas y luego derribarlas con una broma cruel…

—Bobadas. Podría casarse con quien quisiera.

—Menos con usted.

Bella tardó unos momentos en darse cuenta de que estaba bromeando.

—¿Qué me dice de Aurora Winfield? —sugirió.

—Su risa me saca de quicio.

—¿Jane Rothschild?

—La asusto. Cada vez que hablo con ella se ruboriza y tartamudea. La mejor conversación que hemos logrado mantener fue durante una fiesta campestre. Yo hablé sin parar para llenar el incómodo silencio y ella asentía vigorosamente cada vez que yo decía algo.

—Pobrecilla. Tal vez si pasaran más tiempo juntos superaría la timidez.

—Sería una tortura para los dos. Demasiado esfuerzo, francamente.

—¿Qué tal Sarah Tanner?

Él negó con la cabeza.

—¿Qué defecto le encuentra?

Montague dudó un momento antes de responder:

—Es… demasiado… atrevida.

—Oh, entiendo. —Bella no supo qué decir. Estaba segura de que había muchas más candidatas adecuadas, pero en aquel momento no se le ocurría ninguna—. Tal vez lo mejor sería esperar a la temporada que viene. Con nuevas debutantes.

—Ayer le habría dicho que no podía esperar tanto.

—¿Y hoy?

—Hoy tengo nuevas esperanzas. Creo que podré esperar hasta conocer a alguien que pueda reemplazarla. He encontrado una inversión que creo que dará buenos resultados. El señor Cullen me ha dicho que tal vez participe. Hemos quedado en que mañana hablaríamos del tema.

—¿Ah, sí?

¿Por qué se plantearía Edward invertir en el fondo de Montague después de haberle dicho que no se fiaba de él y sabiendo que el conde era insolvente? No tenía sentido.

Y ésa no era su única preocupación. ¿Qué experiencia tenía Edward con las inversiones? ¿Sabría dónde se estaba metiendo?

Por la mañana le pediría a Reynolds que se informara sobre el potencial del fondo de Montague. Luego le pediría explicaciones a Edward. Si se negaba a dárselas, le plantearía un ultimátum: o le contaba las cosas o la perdería.

Con tantos secretos nunca funcionarían como pareja.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23