No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

24

—Lo siento.

Bella, que había estado mirando el jardín trasero desde los ventanales, se volvió y vio a Edward, que entraba con decisión en la sala de baile de Melville House. Aunque todavía los separaban unos treinta metros, sintió su presencia con fuerza.

—Cierra la puerta —le pidió ella.

Él se detuvo en seco. La gran sala sólo estaba iluminada por la luz de la mañana, que entraba de manera indirecta por los ventanales. Lo oyó inspirar hondo antes de volverse y hacer lo que le había pedido.

Cuando el clic de la cerradura resonó en la sala, Bella preguntó:

—¿Has dormido bien?

—No. —Edward retomó su camino hasta los ventanales, pasando junto a los numerosos murales sin mirarlos—. Pero no es raro. Nunca duermo bien. Hay demasiadas cosas que hacer y muy pocas horas en el día.

—Yo tampoco he dormido bien.

Trató de asimilar la oleada de sensaciones que siempre la inundaba al verlo.

Intercalados entre los murales con escenas campestres había largos espejos con marcos de color crema. Como resultado, la imagen de Edward se multiplicó, igual que la reacción de ella.

—Siento lo de anoche —repitió él, abrazándola y juntando sus bocas en un beso.

Pero no había ni rastro de remordimiento en ese beso apasionado, fiero y cargado de lujuria. Edward la animó a separar los labios y le acarició el interior de la boca con la lengua. Su sabor desató una poderosa fiebre en los sentidos de Bella, una gran necesidad de poseerlo.

Se aferró a él con desesperación, rodeándole los hombros con los brazos. Le hundió los dedos en el pelo, agarrándoselo. Los pechos se le hincharon y se olvidó de golpe de la irritación que aún notaba de vez en cuando entre las piernas. Quería desnudarlo, besarle el torso, acariciarlo con las manos y con su cuerpo.

Él interrumpió el beso con un gruñido de frustración.

—¿Edward?

—Ayer actué mal —dijo él, apoyando la sien contra la de ella—. Sé que no consentirás que te imponga mi voluntad.

Bella ya no tenía ganas de hablar, pero sabía que debían hacerlo. No podían arreglarlo todo recurriendo a la pasión.

—¿Có… cómo lo sabes?

—Porque te presto atención —respondió Edward, dando un paso atrás—. Y no se me da mal juzgar a la gente.

—Ahí juegas con ventaja. Yo no sé nada de ti, aparte de cómo te ganas la vida y que quieres casarte conmigo.

—Sabes qué aspecto tengo cuando me quito la ropa. Y qué se siente al tenerme dentro de ti.

Bella deseaba sentirlo en su interior en ese momento. Deseaba sentir la deliciosa fricción, la sensación de plenitud, la incendiaria avalancha del clímax y la maravillosa saciedad que venía después.

Con las manos a la espalda, Bella comenzó a caminar a su alrededor. La amplia falda verde del vestido se movía a un lado y a otro.

—Cuando estoy tranquila y serena, eso no me basta. Cuando estoy contigo, actúo de un modo que me cuesta reconocer. Sé que eres el catalizador de esos cambios en mi persona y, sin embargo, sigues siendo un enigma. Ni te imaginas el esfuerzo que me supone experimentar todo esto sin poder achacarlo a ninguna base sólida.

Edward volvió la cabeza para no perder el contacto visual.

—Sé que parece que yo no he cambiado tanto o no he tenido que sacrificar tantas cosas como tú.

—Tú no eres el único que siente lo que pasó anoche. Yo también dije cosas de las que me arrepentí en seguida. Estaba enfadada y reaccioné sin pensar.

—Las relaciones están llenas de este tipo de situaciones. Es del todo normal.

—Pues espero que no sea lo normal en la nuestra, o no quiero seguir adelante.

Edward separó las piernas.

—¿Qué me estás diciendo?

Deteniéndose delante de él, Bella lo miró de la cabeza a los pies. Iba vestido con traje de montar, con unos ajustados pantalones de ante y unas botas relucientes. Los músculos de los muslos y las pantorrillas quedaban perfectamente delineados. Al cruzar los brazos como si se estuviera preparando para una confrontación, los bíceps forzaron las costuras de la chaqueta, de color gris oscuro.

Era el hombre más guapo y con más atractivo sexual que había visto nunca.

—No puedo negar lo mucho que te deseo —respondió ella con voz ronca—.Quiero meterme en tu cama ahora mismo, aunque estemos en pleno día. Te deseo tanto que estoy ardiendo por dentro.

—Bella…

—¿Ves cómo me has cambiado? Yo antes habría sido incapaz de decir estas cosas en voz alta. Pero no me casaré contigo sólo por deseo. Si fuera así, insistiría en que nos limitáramos a ser amantes. —Volvió a dar una vuelta a su alrededor—. Si acepté tu proposición fue porque fuiste honesto conmigo. Aunque no me has contado muchas cosas de tu vida, en lo que me has dicho hasta ahora has sido sincero.

Él la agarró del brazo para obligarla a detenerse.

—Yo también estoy teniendo que hacer ajustes. Yo también he cambiado desde que estoy contigo. Nos acostumbraremos.

—No, a no ser que aprendas a contarme las cosas. Un día me dijiste que el pasado y el futuro eran irrelevantes, pero desde entonces todo ha cambiado, ya que me has pedido que una mi futuro con el tuyo. Que creemos un futuro en común. Nuestro futuro. Pero para que eso sea posible, tienes que mostrarme por qué camino discurre tu vida. No puedo seguirte a ciegas. Si no te comprometes a compartir tu vida conmigo, esta relación habrá muerto antes de nacer.

—El pasado influye en el futuro —admitió él, tragando saliva con esfuerzo—.Temo que mi pasado cambie la opinión que tienes de mí. El riesgo de que te alejes de mí es demasiado grande.

Bella le acarició la mejilla. Cada vez que respiraba, inhalaba el amado aroma de su piel.

—¿Qué clase de vida llevaríamos si seguimos diciendo y haciendo cosas que lamentamos? Es la peor clase de falsedad. La he vivido de cerca y sé que acaba en dolor y arrepentimiento. No quiero un futuro así para ti ni para mí. No quiero que vivamos de ese modo.

Edward le cogió la mano y le besó la palma.

—¿Te refieres a tus padres?

—Había muchos secretos entre ellos. Se enamoraron y se casaron, pero la atracción que los unía no superó la fachada tras la que se ocultaban. Discutían a menudo y se decían cosas que les hacían daño. Con el tiempo, las disculpas dejaron de ser suficiente. La grieta que los separaba era cada vez más grande. Era imposible de reparar porque, aunque se pidieran perdón, volvían a cometer el mismo error. —Bella le acarició los firmes labios con los dedos—. Nunca fueron sinceros sobre lo que deseaban el uno del otro. Tal vez podrían haber sido felices juntos.

—En cuanto te alejaste de mí anoche, me arrepentí de haberte hablado así. Pensé en escalar la pared hasta tu dormitorio para asegurarme de que me recibirías hoy.

—¿Me habrías contado la verdad entonces?

Edward sonrió con tristeza.

—Lo dudo. Probablemente, al verte en la cama me habría olvidado de todo.

—Qué poco te cuesta ser sincero cuando el tema no está relacionado con el pasado.

Él la atrajo hacia sí y le dio un beso en la frente. Luego se volvió, diciéndole por encima del hombro:

—Quítate las horquillas del pelo. Hablaré durante el tiempo que te lleve acabar de quitártelas todas.

—¿Qué juego es éste?

—Voy a aprender a bailar contigo. No podemos permitir que los acontecimientos se interpongan en las lecciones, por muy urgentes que éstas sean. Necesitamos un sistema para calcular el tiempo que le quitamos a la clase de baile.

—¿Y no podríamos usar tu reloj de bolsillo?

—No sería tan divertido.

Levantando los brazos, Bella hizo lo que él había sugerido. Lentamente, se quitó una horquilla y la dejó caer al suelo.

Edward asintió con aprobación y empezó a caminar resiguiendo la pared.

—Hay personas que no sienten ningún tipo de empatía por los demás. Son incapaces de crear o mantener conexiones emocionales y su visión del mundo se limita a su punto de vista. Para ellos no hay ningún otro.

—Mi padrastro era así. Chilcott sólo pensaba en él.

Edward alzó la voz para compensar la creciente distancia entre ellos.

—Aparte de ese defecto, Montague tiene un apetito sexual aberrante.

Bella, que estaba a punto de quitarse otra horquilla, se detuvo en seco.

—¿Cómo lo sabes?

—He hablado con mujeres que han tenido la mala suerte de cruzarse en su camino. Prefiere acostarse con las que oponen resistencia y disfruta causándoles dolor. Por lo que tengo entendido, si no es así, es incapaz de… funcionar en la cama.

—Que oponen resistencia… —A Bella se le encogió el estómago al pensar en ser obligada a realizar los actos propios de la intimidad sexual con alguien cruel y despiadado—. ¿Cómo puede nadie disfrutar con algo así?

—Tal vez sea un problema hereditario. O un defecto del alma. —Se encogió de hombros—. ¿Quién sabe?

Ella bajó los brazos y se acercó a él con el pelo a punto de soltársele sobre los hombros en cualquier momento.

—¿Por qué no me lo contaste antes? ¿Cómo has podido ocultarme algo así?

—¿Cuándo querías que te lo contara?

—¡No me vengas con evasivas!

Edward cambió de rumbo para reunirse con ella a mitad de camino. Aunque él llevaba botas y ella zapatillas de baile, los pasos de él eran más sigilosos que los de Bella.

—Daría cualquier cosa por ahorrarte la sordidez del mundo. Sabía que eras contraria a la idea del matrimonio, lo que hacía que fuera poco probable que tuvieras que sufrir a manos del conde.

—Pero ¡si lo hubiera sabido, no habría salido con él! —Al llegar junto a Edward, puso los brazos en jarras—: Y tú y yo no habríamos discutido.

—Tenía miedo de la reacción de Montague si se daba cuenta de que estabas al corriente de su naturaleza. ¡Tu cara es tan expresiva, Bella! No habrías sido capaz de disimular la condena en tu mirada, y él es un hombre desesperado. Su buen nombre es lo único que le queda. No puede permitirse el lujo de perderlo, por mucho que se defendiera diciendo que eran rumores.

Aunque no le gustaban sus métodos, Bella no se vio capaz de discutir con él sobre ese asunto. Sabía que quería protegerla por encima de todo.

—¿Crees que Montague es quien está detrás de los ataques?

—No me extrañaría. —Edward la atrajo hacia sí doblando un dedo—. Está al borde de la ruina total. Ha vendido o perdido a las cartas todas las propiedades que no van ligadas al título y no tiene recursos económicos para mantener las que le quedan.

Tiene tantas deudas que ya no le conceden créditos. Pronto no tendrá a quién acudir.

—Y a pesar de todo, te estás planteando invertir con él. —Entró en el círculo de sus brazos—. ¿Qué pretendes?

Edward apoyó la barbilla en su cabeza.

—Arruinarlo. No puedo permitir que encuentre una solución a sus problemas. Si fingir interés me permite conseguir la información que necesito para boicotear sus planes, me parece un precio barato.

Su voz estaba tan llena de odio que a ella le costó reconocerla. Se echó hacia atrás para mirarlo.

—¿Por qué?

—Por venganza por… una amiga.

—¿Una amante?

—No. —Edward le acarició la espalda—. Antes de ti sólo había tenido sexo. Tú has sido mi única amante.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23