No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
25
Bella le enderezó el nudo del pañuelo con fuerza.
—¿Y seguiré siéndolo?
—¿Me estás preguntando si te seré fiel? Por supuesto.
—¿Cómo puedes responder con tanta seguridad?
Edward sonrió, divertido. Tenía una boca preciosa.
—¿Sospechas que es una respuesta ensayada? Y yo que pensaba que creías que siempre era honesto contigo…
Ella bajó la vista con timidez.
—La idea de que otra mujer te disfrute como te he disfrutado yo me resulta muy molesta.
—¿Molesta? —repitió él, sonriendo.
—Intolerable —se corrigió Bella.
—Eso no podemos consentirlo. Por lo tanto, tendré que serte fiel.
No muy satisfecha con su respuesta, lo provocó:
—Seguiré tus pasos al respecto, igual que los he seguido en los demás aspectos de nuestra relación.
—Pero bueno, señorita Swan. Si no te conociera mejor, juraría que me estás amenazando.
Bella se miró los dedos, apoyados en la blanca tela de la camisa.
—Sólo si me engañas.
Echándose a reír, él la agarró por la cintura y dio unas vueltas con ella.
—¡Edward! —Bella lo miró con los ojos muy abiertos. Mientras lo hacía, su expresión cambió y se ruborizó.
—Me encantas —dijo él con voz ronca.
—Tú me confundes. Y me hechizas.
—Y te excito.
—Con demasiada facilidad —admitió ella, acariciándole el pelo, incapaz de resistirse a la tentación.
—Yo te deseo hasta cuando estamos separados. ¿Puedes decir tú lo mismo?
—Sí, te deseo siempre, menos cuando estoy reprendiéndome por haber tomado una decisión tan importante con los ojos cerrados.
Dejándola en el suelo, Edward le acarició el cabello con reverencia.
—Tu mente quiere comprender lo que sientes. Yo he renunciado a hacerlo, pero tú te resistes. Es una de las cosas que más admiro de ti. Pero te pediría que si tienes dudas o preocupaciones, las consultes directamente conmigo. Dime lo que necesitas y encontraré una manera de proporcionártelo.
Bella creyó en su sinceridad. Le hacía sentir que era importante para él.
Necesaria. Nunca antes se había sentido necesaria para nadie. Era una sensación nueva y aún le costaba asimilarla.
—Lo que necesito —replicó, cogiéndole una mano y colocándole la otra sobre el hombro— es que aprendas a bailar el vals. Quiero bailar contigo.
Edward le puso la mano en la cintura.
—Es justo. Saber bailar siempre ha estado en tu lista de requisitos para pretendientes.
—Pero sé que con ninguno de ellos disfrutaré tanto como contigo —reconoció ella con una sonrisa—. Tienes un aura de peligro y un modo de moverte muy seductor, que encaja a la perfección con la sensualidad del vals.
La sonrisa de Edward hizo que se le acelerara el corazón.
—Quiero encargar un vestido nuevo para ti, para que lo estrenes el día que bailemos el vals en público por primera vez. ¿Te lo pondrías?
Encantada de que quisiera hacerle un regalo, asintió. Hacía mucho tiempo que no recibía un regalo de un ser querido. Su tío no solía saber ni qué día de la semana era; era imposible que recordara las fechas especiales.
—No sé si podré esperar hasta entonces —susurró él, enderezando la espalda—.Enséñame rápido.
—Será un placer. —El tono de voz de Bella cambió. Con frases cortas y directas, empezó a darle instrucciones—: En el vals alemán hay nueve posiciones. Y no puedes olvidarte de la regla básica en ningún momento. Debemos mantener siempre esta distancia entre nosotros.
—Estás demasiado lejos —se quejó Edward, mirando el espacio que los separaba.
—Tonterías. Durante el vals, las parejas se alejan del grupo y se centran el uno en el otro. Es imposible un mayor grado de intimidad.
—Fuera de la cama.
Bella reprimió una sonrisa. No debía alentar sus inclinaciones canallas, por mucho que le gustaran. Él era distinto de los demás hombres que conocía. Era un demonio, en el mejor de los sentidos.
—Con cuidado —lo reprendió Bella, con cierta severidad—. Cuando apoyes el pie en el suelo, tienes que volver las puntas hacia fuera. —Se lo mostró—. Y debes levantar la pierna.
Ella no perdía la concentración a pesar de sus continuos comentarios provocativos. Le enseñó cada una de las posiciones y los pasos. Al principio parecía que le diera miedo moverse. Cuando Bella se lo hizo notar, él refunfuñó:
—No quiero pisarte, maldita sea.
Pero pronto fue adquiriendo confianza. Ella respondía con facilidad a sus movimientos. Los pasos cada vez le iban saliendo de manera más natural, y colocaba los brazos con más elegancia. Cuando su postura era perfecta, Bella lo alababa y, cuando no lo era, se burlaba de él.
A medida que fue pasando el rato, el aire a su alrededor se impregnó de su aroma a especias y bergamota. Los movimientos hacia delante y hacia atrás del baile se convirtieron en una especie de preliminares para Bella. Los giros le calentaban los músculos, mientras que los breves instantes en que sus cuerpos entraban en contacto despertaban sus sentidos. Al notar los poderosos hombros de él flexionándose bajo sus dedos, era casi imposible no recordar lo deliciosos que eran esos hombros cuando estaba desnudo y excitado.
La respiración se le agitó.
Edward le dirigió una enigmática sonrisa.
—Me gusta.
—¿El baile?
—Cómo me sigues al bailar. Me gusta notar que tu cuerpo se mueve como yo le ordeno que se mueva, con sólo una ligera sugerencia por mi parte.
—Te gusta tener el control.
Él se detuvo en seco. Se estaban mirando fijamente. Sus labios casi se rozaban.
—Y a ti te gusta que yo tenga el control.
—Tal vez —admitió ella, bajando la vista hasta sus labios—. Aunque mi objetivo es perder el control.
La mano de Edward le sujetó la cintura con más fuerza.
—¿Me está haciendo proposiciones deshonestas, señorita Swan?
—Y si fuera así, ¿qué harías?
—Lo que tú quisieras.
Edward dio un paso al lado para que sus cuerpos quedaran frente a frente, totalmente alineados. Era tan alto y fuerte que, a su lado, Bella se sentía pequeña y delicada, aunque nunca amenazada.
—Ya sabes lo que quiero —susurró ella, ruborizándose.
—¿Un beso? —preguntó él, quitándole una horquilla que se le había quedado en el pelo—. ¿Un abrazo?
—Más.
—¿Cuánto más?
Cuando Bella se mordió el labio inferior, Edward le levantó la barbilla con un dedo.
—La timidez no tiene cabida entre nosotros.
—No quiero ser… demasiado atrevida.
—Cariño —la tranquilizó él con su voz suave y cálida—, ¿aún no eres consciente de lo mucho que disfruto de tu estima y tu deseo? ¿No te he dicho todavía lo mucho que me complacen, el gran placer que obtengo de ellos?
—Como si yo fuera la única mujer que te admira —contestó ella con sarcasmo.
—Eres la única mujer cuya admiración me interesa.
—¿Por qué? No tengo nada especial. Acepto que poseo algunas características agradables, pero hay cien mujeres que me superan en todas ellas.
—Pero no las combinan como tú. —Deslizó la mano por su mandíbula hasta cubrirle un pecho y observó su reacción al acariciarle el pezón con el pulgar—. Me encanta que seas hermosa e inteligente y que me desees constantemente. Eres perfecta.
El cuerpo de Bella reaccionó instantáneamente a su hábil caricia. Los pezones se le contrajeron hasta convertirse en dos guijarros doloridos y la carne entre sus piernas le empezó a palpitar.
—Dime qué deseas —la animó él, sujetándola con fuerza por las caderas. Con dos dedos, le retorció la punta del pezón, tirando de él, pero lo hizo con tanta delicadeza que Bella no obtuvo ningún alivio.
Se sentía encendida, sin voluntad. Como embriagada. Llevaban a solas casi una hora, prácticamente pegados. Edward se había estado moviendo todo ese tiempo. Ver cómo lo hacía era una provocación constante. No podía evitar desearlo. Y estaba demasiado enamorada para contenerse.
—Quiero verte desnudo —murmuró.
Él hizo un sonido que a ella le recordó al ronroneo de un gato.
—¿Por qué?
Bella lo agarró por las solapas, sin poderse reprimir.
—Quítate la chaqueta.
La sonrisa traviesa de Edward mientras se quitaba la costosa prenda y la dejaba caer al suelo le robó el aliento.
—¿Mejor así?
—No es suficiente. —Le acarició los brazos por encima de la camisa. En el espejo que quedaba detrás de ellos disfrutó de la visión de sus nalgas y sus muslos.
La vista, el olfato, el tacto… todo le resultaba estimulante.
Él miró por encima del hombro.
—Sigues sorprendiéndome muy agradablemente. ¿Quieres que cuelgue un espejo encima de la cama?
—Edward… —Un escalofrío de placer y vergüenza la recorrió—. No me atrevería a mirar.
—Pues yo creo que no podrías apartar la vista. ¿Quieres que te lo demuestre?
Bella se quedó inmóvil.
—¿Aquí?
—¿Crees que tu tío nos interrumpirá?
Ella negó con la cabeza.
—Pero ¿cómo? —preguntó, con la cabeza llena de imágenes, tratando de imaginarse cómo copular sin una cama.
—Tienes unos pezones preciosos —murmuró Edward, atrayendo la atención de ella hacia su corpiño. Estaba excitada, eso era innegable—. Tan pequeños y delicados.
Cuando trató de cubrirse con las manos, él se lo impidió.
—No es justo que te tapes cuando yo no puedo hacerlo.
Siguiendo el gesto de su mano con la vista, se encontró con su descarada erección, que luchaba por abrirse camino entre sus pantalones. Se le escapó un gemido de deseo. Deseaba estar a solas con él; ver su poderoso cuerpo sobre el suyo, flexionándose, presionándose contra ella, y su largo y grueso pene hundiéndose en su interior. Aunque aún tenía alguna molestia, la atracción del orgasmo era demasiado grande como para resistirse.
Edward se acarició descaradamente por encima de los pantalones.
—No puedo darte lo que deseas tan pronto.
—¿Por qué no? —preguntó ella, olvidándose de sus inhibiciones a causa del deseo.
—Aún estás dolorida y no llevo un condón encima.
Consciente de que a Edward le costaba resistirse a sus deseos, se le acercó más.
Con una mano lo sujetó por la nuca y con la otra le agarró posesivamente una nalga, mientras se frotaba contra él como un gato.
El pecho de él retumbó al echarse a reír, lo que estimuló aún más los pezones de Bella.
—Descarada —le dijo al oído, antes de doblar las rodillas y apretar su erección contra el sexo hinchado de ella. Aprovechando su dureza, se frotó repetidamente justo donde Bella más lo necesitaba.
—Sí —jadeó ella, clavándole las uñas—. Esto es lo que quiero.
Los labios de Edward volvieron a buscarle la oreja.
—No puedes tenerlo todavía, ya te lo he dicho, pero puedo hacer que te corras. ¿Te gustaría?
—Por favor —respondió Bella, febril.
—¿Estás lo bastante húmeda para mí?
—¡Edward!
—Muéstramelo. —Se alejó dando un paso atrás—. Levántate las faldas y deja que te vea.
A pesar de la intensidad del deseo que sentía, le daba mucha vergüenza cumplir su petición. Una cosa era perder el control entre sus brazos y otra muy distinta estar sola y desnuda, exhibiéndose como una mujerzuela.
—No puedo.
—Te prometo que, si lo haces, recompensaré tu valor.
Bella luchó contra años de educación y contra los recuerdos de la promiscuidad de su madre. Después de tanto tiempo creyendo que la intimidad se conseguía tras un largo período de convivencia, estaba descubriendo que también podía basarse en la confianza.
Se agarró las faldas con las manos.
—Supongo que has visto innumerables calzones antes.
A Edward le temblaron los labios mientras luchaba por no echarse a reír.
—¿Innumerables? ¿Tan depravado crees que soy?
—Lo bastante depravado como para pedirme que haga esto.
—Es verdad —concedió él con una inclinación de cabeza—, aunque en realidad no te lo he pedido.
Bella deseó reñirlo por ser tan arrogante, pero en ese momento su cerebro recordó algo que la distrajo. «Y muchos de esos hombres son tan hábiles en ese campo que las mujeres se olvidan de todo lo demás», había dicho Edward el día que se conocieron.
Había conseguido que uno de esos hombres quisiera practicar sus habilidades con ella. Sería una idiota si no aprovechara la ocasión.
Antes de poder cambiar de idea, se levantó la falda del vestido.
La mirada de Edward hizo que se le erizara el vello de la nuca.
—Qué valiente eres —la elogió.
Animada por sus palabras, se desató la cinta que le sujetaba los calzones a la cintura. La prenda, con adornos de encaje en la parte de abajo, cayó al suelo y quedó alrededor de sus tobillos.
—Bella, dulce Bella —murmuró Edward. Con el pie, desplazó la chaqueta que había tirado al suelo, hasta que quedó delante de ella—. Eres más generosa de lo que merezco.
Se dejó caer de rodillas sobre la chaqueta.
Mientras observaba sus rizos de color rojo oscuro entre sus piernas, Bella se excitó tanto que perdió el equilibrio y se tambaleó ligeramente. Él le sujetó la cadera con una mano. Con la otra, le cogió la cinturilla de los calzones y tiró de ellos para acabar de quitárselos.
Le separó las piernas y, cuando ella trató de cerrarlas, le colocó el pie donde él quiso y se lo mantuvo fijo en el suelo con fuerza. Deslizó una mano entre sus piernas, separándole los húmedos pliegues y acariciándoselos con delicadeza.
—Creo que fuiste hecha para mí —dijo con voz ronca—. Mira qué húmeda estás.
Ella movió las caderas sin poder evitarlo.
—Edward…
Éste se inclinó hacia delante, hasta que su aliento alcanzó los rizos mojados. Bella se tensó, expectante.
—Vamos a ver si puedes humedecerte aún más.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
