No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

26

Bella vio cómo Edward se echaba hacia delante y le pasaba la lengua delicadamente por la carne temblorosa que quedaba expuesta entre sus dedos. La sensación era un auténtico tormento, pero un tormento delicioso. Le temblaban los muslos. Verlo de rodillas ante ella, dándole placer con tanta ternura, era demasiado excitante como para poder soportarlo mucho rato. Era un hombre tan atractivo. Grande y fuerte. Tan seguro y controlado. Verlo sometiéndose a su deseo la llenó de un sentimiento de poder femenino desconocido hasta entonces.

Y había sido Edward quien le había dado ese poder. Le había mostrado su existencia. Y disfrutaba al verla ejercerlo. Su amor por él aumentó por ese regalo y por la confianza que había depositado en ella.

—Ábrete —dijo él suavemente, señalándose el hombro.

Bella tardó unos instantes en comprender lo que le estaba pidiendo. Edward le ofreció la mano para ayudarla a mantener el equilibrio, mientras ella levantaba una pierna con cuidado. Cuando la corva de su rodilla quedó sobre el hombro de él, su sensación de poder aumentó.

Sintió una oleada de calor en todo el cuerpo. Tenía los pechos tan hinchados que pugnaban por salírsele del corpiño. La naturaleza ilícita de lo que estaban haciendo la excitó aún más. Se sentía llena de promesas eróticas, fluida, lánguida, inquieta y sensual.

Edward echó la cabeza hacia atrás para mirarla. Al ver su expresión, de lujuria mezclada con afecto y admiración, a Bella se le hizo un nudo en la garganta.

—Has descubierto tu capacidad para esclavizar a un hombre —dijo él—. Y te gusta.

Ella le pasó las manos por el pelo, dando gracias por tener el derecho de hacerlo.

—Parece que contigo me gusta todo.

Él le acarició el muslo con delicadeza pero con firmeza al mismo tiempo.

Volviendo la cabeza, la besó justo encima de la liga. Sacando la lengua, le dio un lametón tan rápido y ligero que Bella pensó que se lo había imaginado.

—No me provoques —le suplicó—. Ya estoy bastante ansiosa.

—La paciencia es una virtud.

—¿Te parezco virtuosa en este momento? —protestó, ella, tan frustrada que tuvo que apartar la vista.

En ese momento, el espejo que había a la espalda de Edward atrajo su atención. La imagen que se reflejaba le hizo contener la respiración: su pierna colgando posesivamente del hombro de él; los dedos de los pies contraídos a la espera de las delicias que iban a llegar; las manos sujetándole la cabeza, tratando de guiarlo hacia la ansiosa carne de entre sus muslos.

—¿Estás mirando? —preguntó Edward, con un toque de endiablada provocación en la voz.

—Sí…

Bella no pudo apartar la vista mientras él ladeaba la cabeza y se inclinaba hacia ella. Un segundo más tarde, su boca le rodeaba el clítoris en un ardiente beso. Al acariciarla con la lengua, ella gritó, no pudiendo resistir en silencio los espasmos que la recorrieron.

Él se echó hacia atrás, lamiéndose los labios.

—Un día, pronto, te abriré las piernas en mi cama y me daré un banquete que durará horas, sólo para oír los sonidos que haces cuando te doy placer.

Sus palabras formaron unas imágenes en la mente de Bella que la hicieron humedecerse aún más.

Con un gruñido de aprobación, Edward volvió a inclinarse hacia ella, manteniéndola agarrada por las nalgas. El control que había demostrado tener hasta ese momento desapareció de golpe, transformándose en un asalto voraz de labios y lengua, que destrozó cualquier pensamiento racional.

Bella se sujetó de su cabeza y balanceó las caderas, convertida en un ser irracional gracias a la pasión. Su reflejo era el de una mujer agresiva y lujuriosa, con la pantorrilla apoyada en la espalda de su amante, animándolo a seguir. Tenía la cara sofocada, la boca entreabierta, los ojos vidriosos y el pelo alborotado. Nadie que la viera tendría la menor duda sobre lo que había estado haciendo. Nunca se habría imaginado que pudiese tener un aspecto tan sensual.

Parecía una mujer capaz de esclavizar sexualmente a un hombre como Edward Cullen.

Él la levantó un poco más, sin esfuerzo aparente, obligándola a sostenerse de puntillas. Cuando la penetró con la lengua, ella gimió, sintiendo un hormigueo en todas las terminaciones nerviosas. Penetrándola con fuerza y rapidez, la lengua de Edward separó las barreras de los tejidos y bebió el flujo aterciopelado que dio la bienvenida a su nueva invasión.

El espejo no dejaba de reflejar sus frenéticas convulsiones. Se apretaba contra la boca de él buscando desesperadamente el alivio del orgasmo. Edward retiró la lengua de su interior y le atrapó el clítoris en un beso caliente y húmedo. Gracias a la succión y a su habilidad, Bella alcanzó un orgasmo tan intenso que por unos momentos lo vio todo negro. En medio de violentas sacudidas, se desplomó sobre Edward, tratando de liberarse de su boca, pero sin poder huir de su asalto. Cuando el éxtasis disminuyó de intensidad, él succionó con fuerza una vez más, lanzándola de cabeza a una furiosa réplica.

Bella le clavó las uñas en los hombros. Tenía los ojos cegados por las lágrimas y el sudor que brotaba de su piel ardiente creaba una especie de bruma a su alrededor.

Cuando empezó a desplomarse hacia un lado, Edward salió de debajo de su pierna y se dejó caer en el suelo, arrastrándola en la caída para que quedara tumbada sobre él.

Bella se le abrazó sin fuerzas, murmurando su nombre.

—Tranquila —la calmó Edward, acariciándole la espalda temblorosa—. Te tengo.

Y era cierto.

Tumbado en el suelo, Edward contemplaba los murales de ramas de olivo entrelazadas que rodeaban los tres enormes candelabros de la sala de baile de Melville House. Sabía que el tiempo pasaba mientras permanecía sin hacer nada sobre el duro mármol, con Bella tumbada exhausta sobre él. Sin embargo, era incapaz de preocuparse ni por el paso de las horas ni por la incomodidad de la postura.

No había otro lugar en el mundo donde hubiera preferido estar en ese momento.

Bueno, no le haría ascos a una cama.

—¿Edward?

Bella, que generalmente hablaba con frases cortas y directas, estaba ronca por la pasión y había pronunciado su nombre arrastrando las letras. Eso a él le gustó tanto que le dio un beso en la frente.

—¿Sí? —dijo, acariciándole el alborotado cabello.

Ella levantó la cabeza para mirarlo.

—¿Cómo puedes hacer que una simple sílaba suene tan engreída?

—¿Y por qué no iba a hacerlo? Acabas de derretirte en mi boca.

Entornando los ojos, ella se sentó sobre los talones y apoyó las manos en las rodillas. Su expresiva cara adoptó un aire calculador. Cuando el examen visual alcanzó la zona de las ingles, la erección de Edward pareció volver a la vida con fuerzas renovadas. Contuvo el aliento, preguntándose hasta dónde sería capaz de llegar su atrevida Bella.

—No puedo dejarte marchar con eso —manifestó.

Edward sonrió, mientras su adoración por aquella mujer se multiplicaba.

—Oh, pero me temo que va pegado a mí. Por suerte, pronto estaremos casados y tendrás más fácil acceso.

Bella le dio un empujón en el hombro.

—No me refería a tu pene, tonto, me refería a tu erección.

—Ah… pero es que cada vez que me despido de ti, me voy con una.

Los ojos azules de ella se abrieron como platos.

—No puede ser.

—Lo es. No tan grandes como ésta, pero en mayor o menor grado, siempre está ahí.

Bella ponderó la información atentamente.

—¿Es algo habitual en ti?

—Sólo desde que te conocí. Antes saciaba mis necesidades con un par de visitas a la semana al local de Remington —respondió él, acariciándole un mechón de pelo rojo y recordando el aspecto de su gloriosa melena extendida sobre su almohada.

—¿Cortesanas? —Una de las manos de ella se posó en su vientre—. ¿Ninguna mujer especial? ¿Ninguna a la que desearas volver a ver?

—Bueno, con algunas estaba más cómodo que con otras. Prefería a las que se saltaban la conversación e iban directas al grano. Pero de ahí a hablar de relación o afecto… No. Ninguna.

—Sexo sin afecto… Suena muy solitario.

—No sé lo que es la soledad.

Edward se removió incómodo, pero respondió a sus preguntas con sinceridad, a pesar de que no estaba acostumbrado a hablar sobre sus sentimientos.

Cuanto más hablaba, más segura parecía Bella. Sólo por eso ya merecía la pena.

—Tengo unos objetivos que cumplir y mucho trabajo que hacer. No tengo tiempo para pasarlo deseando cosas que no tengo. Tú eres la excepción.

—Nunca entenderé por qué te gusto tanto. —Cuando ella sonrió, el hoyuelo que Edward había visto el día que la conoció lo saludó—. Pero no pienso quejarme.

Cautivado por su hoyuelo, le cogió la mano y tiró de ella.

—Bésame.

—Te gusta mucho besar. No me estoy quejando, no me malinterpretes. Además, se te da muy bien.

—Nunca he sido demasiado aficionado a los besos antes de conocerte, pero ahora no puedo parar. A veces, la tentación es tan fuerte que lo paso mal para reprimirme.

—¿De verdad? —Bella volvió a abrir mucho los ojos—. Pues no entiendo tu indiferencia. Yo adoro tus labios. Y tus besos.

—Nunca me había planteado que mi boca pudiera tener atractivo erótico. Otras partes de mi anatomía solían atraer más la atención.

—¿Puedo besarte en otras partes? —preguntó ella, ruborizándose—. ¿Tal vez aquí?

Su mano descendió y lo acarició por encima de los pantalones.

—¡Joder! —exclamó él, sorprendido por la intensidad de su reacción ante la atrevida e inesperada caricia.

—¿Me he pasado de la raya? —susurró ella, retirando la mano.

—No.

Edward se la cogió y volvió a colocársela donde la había tenido, reprendiéndose mentalmente por alarmarla. No quería cohibirla. Deseaba que lo tocara. Lo deseaba muchísimo. El grado de confianza que Bella demostraba tenerle —desde hablar con franqueza a cumplir todos sus caprichos sexuales— lo maravillaba.

—Haz lo que quieras conmigo. Te lo ruego.

Ella le recorrió el cuerpo de arriba abajo, acariciándolo con la mirada. Edward sintió la intensidad de esa mirada como si fuera una caricia tangible.

—Enséñame a complacerte. Muéstrame cómo ser la única mujer que necesites o desees.

Edward se abrió los pantalones de un estirón y se los bajó junto con los calzoncillos. Su pene se liberó de un salto y se quedó levantado hacia su ombligo, en un despliegue de arrogancia masculina.

—Santo Dios —susurró Bella—. Todas las partes de tu cuerpo son espléndidas.

Su tono de voz maravillado le hizo sentir un gran alivio, seguido de un deseo irresistible. No perdió detalle mientras ella alargaba la mano y le rodeaba el ardiente miembro ardiente con sus dedos, delgados y blancos y tan suaves que le parecieron de seda.

Edward echó el cuello hacia atrás y apretó los dientes para no perder el control. Si se ocupara él mismo del asunto, en un momento habría acabado. Desde que la había visto a ella presa del desenfreno hacía unos pocos minutos, estaba a punto de estallar.

Seguía teniendo su aroma pegado a los labios. Cada vez que respiraba lo aspiraba, manteniendo su lujuria en niveles desconocidos por él hasta entonces.

Los dedos de Bella se deslizaron delicadamente por su miembro, arriba y abajo, explorando. Edward soltó el aire bruscamente. Tenía los testículos tan prietos que, al no encontrar salida, el semen se le derramó soltando una gota en la punta del pene.

Ella la tocó con la punta del dedo y se la llevó a la boca.

—Tal vez no te guste —le advirtió él—. A algunas mujeres no les gusta.

Bella alzó una ceja, desafiante, y se metió la punta del dedo en la boca. Cuando hizo un ruidito de aprobación, Edward perdió el control.

—Tómame en tu boca —le ordenó con brusquedad—. Rodea la punta con los labios.

Ella hizo lo que le pedía sin dudarlo. La melena, casi suelta del todo, le caía sobre los hombros, arremolinándose sobre el estómago de él. Con una mano, Edward le apartó el pelo que le dificultaba la visión. No quería perderse detalle.

Vio cómo ella inclinaba la cabeza, abría la boca y hacía desaparecer su pene en su interior. Cuando apretó los labios sobre la mullida cabeza, él gruñó y respiró entrecortadamente. El calor de su boca y la suave succión eran una tortura.

—Muy bien —jadeó—. Un poco más.

Los labios de Bella se deslizaron un poco más abajo, haciendo penetrar la punta del pene más profundamente en el estrecho canal de su boca.

—Chupa. Ah… sí, así. —Tenía la frente y el labio superior cubiertos de sudor—. Dios, tu lengua…

Ella gimió y él notó un temblor recorrerle la verga.

Cualquier rastro de preocupación por si a Bella no le gustaba lo que estaba haciendo se desvaneció al oírla. Deslizó la mano y le sujetó los testículos, mientras con la lengua le acariciaba la parte inferior del miembro.

Empezó a subir y bajar rítmicamente la cabeza mientras succionaba con tanta fuerza que Edward podía oírla. El sonido resonó en la gran sala de baile hasta que él lo notó vibrando en su interior.

Bella parecía tan frenética ahora como cuando estaba a punto de alcanzar su propio éxtasis. Le estaba comiendo la polla como si estuviera muerta de hambre.

Hambre de él. Ver su entusiasmo, sentirlo en sus manos y su boca, oírlo en los sonidos que hacía… El resultado era tan erótico que no podía resistir más.

—Me pones duro como una piedra —gruñó—. Déjame acabar a mí.

Como respuesta, ella lo tomó aún más profundamente en su boca. Haciendo palanca con la lengua, clavándolo a su paladar, manteniéndolo aprisionado mientras succionaba con tanta fuerza que a Edward le temblaron los muslos.

—¡Dios! —exclamó, levantando las caderas del suelo.

Le pareció que el primer chorro de semen que brotaba le salía directamente de la columna vertebral.

Bella tragó y con la mano bombeó lo que quedaba, tragándose hasta la última gota. Gruñendo y sudando, él echó la cabeza hacia atrás y le folló la boca, corriéndose en un orgasmo tan intenso que resultaba doloroso. Parecía que las oleadas no iban a terminar nunca.

A ella no parecía importarle. Al revés, lo animaba con sus gemidos apagados.

Edward se derrumbó con los brazos abiertos a los lados. Los músculos se le contraían desde los hombros a las pantorrillas sin poderlos controlar, mientras sus pulmones luchaban por respirar entrecortadamente.

Aunque su pene, exhausto, empezaba a disminuir de tamaño, Bella seguía ocupándose de él. Trató de introducirle la lengua en el pequeño orificio de la punta, tragando la última gota de semen que le quedaba.

Edward cerró los ojos, sintiéndose embriagado y saciado como nunca antes.

—Ven aquí —murmuró. Necesitaba abrazarla.

Cuando ella se acurrucó a su lado en el mármol, enredando las piernas con las suyas, Edward no reconoció la emoción que lo había embargado.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23