No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
28
Levantándose, Edward apoyó las dos manos sobre el escritorio de Bella y examinó las cinco cartas. Obviamente, todas habían sido escritas por la misma persona; a juzgar por la caligrafía, una mujer.
Miró al conde y a Bella, que estaban sentados frente a él.
—¿Hay alguna más?
—Sólo hemos encontrado éstas —respondió ella, que parecía bastante tranquila dadas las circunstancias.
—¿Alguna idea de cuándo llegó la primera? ¿O la última?
Bella negó con la cabeza.
Edward tamborileó con los dedos sobre el escritorio.
—Esto lo cambia todo.
—Sí —murmuró ella—, así es.
En cada una de las cinco cartas le decía a Melville que se retirara al campo con su sobrina o ella pagaría las consecuencias. Eso contradecía la teoría original de Bella, que había pensado que alguien trataba de empujarla al matrimonio.
Edward se volvió hacia el conde.
—¿Cree que podría conseguir una licencia de matrimonio rápidamente?
Ella se sobresaltó.
—¿Cómo dices?
—¿Una licencia de matrimonio? —repitió Melville, frunciendo el ceño y rascándose la cabeza—. ¿Quién se casa?
—Me lo tomaré como una negativa —respondió Edward, pensando que nunca había visto el pelo del conde tan alborotado como ese día—. Tal vez Westfield pueda ayudarnos con eso.
—Edward. —Bella parecía nerviosa—. ¿Qué estás tramando?
Enderezando la espalda, él puso los brazos en jarras.
—Al parecer, hay una mujer por ahí que te ve como una amenaza. Probablemente esté interesada en uno de tus pretendientes.
—Qué interés tan malsano.
—Ojalá sea Montague quien la haya enamorado hasta el punto de volverla loca y agresiva.
Bella lo miró alzando una ceja.
Él sonrió con descaro.
—En cualquier caso, si te casas, dejará de verte como a una competidora y dejarás de correr peligro.
—Tal vez con que le llegue la noticia de nuestro compromiso sea suficiente.
—Me quedaría más tranquilo si durmiéramos bajo el mismo techo.
Eso no era cierto. De hecho, dudaba que pudiera pegar ojo en toda la noche con Bella en su cama, pero no era correcto hablar de eso delante de lord Melville.
Éste asintió.
—Tiene razón. Yo he demostrado no estar capacitado para cuidar de ti.
Ella bajó la vista hacia su regazo.
—Bella —dijo Edward, tratando de mantener la calma—. Me gustaría conocer tu opinión sobre este tema.
Ella respiró hondo.
—No estoy preparada para dejar a mi tío solo ahora mismo.
—¿Es él tu única preocupación?
—Sí. ¿Me olvido de algo importante?
—No —respondió Edward, relajándose—. Yo podría instalarme aquí como tu esposo hasta que termine la temporada.
La mirada de agradecimiento de Bella valía mucho más que cualquier sacrificio, pero no iba a decírselo.
—¿Harías algo así?
—Haré cualquier cosa que necesites.
—Gracias. —La sonrisa de ella iluminó la habitación.
Una ola de adrenalina le recorrió el cuerpo. Bella sería suya esa misma semana.
—Haz los preparativos que necesites, pero procura no salir de casa a menos que sea imprescindible.
Ella asintió.
—Yo me ocuparé de esto —añadió Edward, con un último vistazo hacia las cartas.
Sintió que la furia volvía con fuerza. Encontraría al autor o autora de las amenazas y se aseguraría de que no volviera a ser un peligro para Bella. El matrimonio no sería el último acto de aquella obra.
Edward sacudió las riendas para alejarse del palacio de Lambeth, la residencia del arzobispo de Canterbury. Con una última mirada hacia la cerca de ladrillo y la torre de Lollard, se tocó la licencia especial que acababa de conseguir, para asegurarse de que ésta seguía en su bolsillo interior, y partió.
Colocándose a su lado, Westfield dijo:
—Todavía tienes que contarme qué decían las cartas. Ya que han sido las culpables de que tengamos que hacer esta visita relámpago al arzobispado, lo menos que puedes hacer es satisfacer mi curiosidad.
—Eran misivas breves, de pocas líneas, casi como poemas. En todas se aconsejaba que Bella se fue ra al campo. En dos había referencias veladas a sillas de montar y al lago de Hyde Park, ambas cosas relacionadas con los accidentes sufridos por la señorita Swan.
—¿No había ninguna referencia a la estatua del museo? Tal vez aquello fuera un accidente de verdad.
—Tal vez. Me falta mucha información. No sé cuándo llegaron las cartas. Si hubiera sido antes de los accidentes, podrían considerarse amenazas. Pero si son posteriores podrían ser burlas.
—¿Y dices que están escritas por una mujer? —Westfield silbó—. Bueno, tiene sentido. Si se tratara de un hombre, le resultaría más fácil comprometer a la señorita Swan para impedir que se casara.
—Dudo que ella se hubiera casado con su atacante, por mucho que la hubiera comprometido. Odia que la manejen contra su voluntad y su respeto por las normas de la sociedad tiene un límite.
—¿De veras? —El conde se bajó el ala del sombrero para protegerse del sol del crepúsculo—. Cuantas más cosas descubro de ella, más me gusta. ¿Quién se podía imaginar que una solterona iba a inspirar tantas intrigas en su sexta temporada?
—Lo que hace que uno se pregunte: ¿por qué ahora? Las cartas de Melville llevaban años acumulando polvo. El ama de llaves trajo un buen montón más de otras de años anteriores y en ninguna había amenazas. Las advertencias son todas de esta temporada.
—¿Dejarás la investigación a medias para irte de luna de miel?
La mención de la luna de miel llenó su mente de imágenes lujuriosas.
—Ojalá tuviera tanta suerte.
—Tienes mucha suerte.
—¿Ah, sí? —Edward alzó las cejas.
—Reconociste lo que querías y te aseguraste de conseguirlo.
Mirando al frente, Edward se preguntó a qué se debería el tono sombrío de su amigo, generalmente tan alegre.
—¿Todo va bien?
—Por supuesto. En mi mundo siempre todo va bien, Cullen . No hay sorpresas, no hay desafíos. La compostura lo domina todo.
—Eso tiene que ser bueno.
—Aburrido es lo que es.
Edward se echó a reír y puso el caballo al trote, dejando el Támesis atrás. Aún tenía un montón de cosas que hacer antes de que acabara el día.
—Puedes quedarte en mi mundo un rato más, si quieres. No hay tiempo para el aburrimiento.
—Espera a que seas un hombre casado —se burló Westfield.
Al entrar en casa, Edward oyó unas risas estridentes que llegaban desde el salón.
Westfield acababa de entrar en el vestíbulo cuando Herbert Crouch lo vio a él.
Herbert, que estaba apoyado en el quicio de la puerta del salón como si los estuviera esperando, se sacó las manos de los bolsillos y se enderezó. Era uno de los empleados más veteranos de Edward. Tanto que sus dos hijos mayores ya trabajaban también para él.
Se acercó a ellos pesadamente, con una amplia sonrisa asomando entre su poblada y descuidada barba.
Los Crouch eran una familia de apariencia física curiosa. Herbert no era tan alto como Edward, pero sí mucho más corpulento. Sus hijos eran una especie de gigantes.
La cabeza de su padre no les llegaba ni a los hombros.
Herbert se alborotó el pelo rubio con su manaza, deshaciendo la marca que le había dejado el sombrero.
—Tengo noticias que le pueden interesar, jefe.
Señalando el despacho con la barbilla, Edward le entregó el sombrero y los guantes al mayordomo, pero se dejó la chaqueta puesta. No tenía intención de separarse de la licencia de matrimonio que llevaba en el bolsillo.
Mientras se sentaba tras el escritorio, Westfield se acercó a las licoreras y se sirvió un armañac. Herbert se dejó caer en uno de los sofás.
Con una copa en la mano, Westfield se volvió hacia ellos, pero se quedó a un lado, apoyado en el aparador, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos.
—¿Qué tal, Crouch? —preguntó.
Edward se volvió hacia su amigo. El conde parecía estar bebiendo más de la cuenta últimamente. Si seguía así, tendría que sacarle el tema en algún momento. No le apetecía nada, pero empezaba a preocuparse por su salud.
—Todo lo bien que uno puede esperar, milord —respondió Herbert.
No sonrió, lo que no era normal en él, aunque Edward sabía que se sentía incómodo en presencia de la nobleza.
—¿Cómo están la señora Crouch y los niños?
—Todos bien. La señora vuelve a estar esperando.
—¿Otra vez? ¡Santo Dios! —Westfield bebió un buen trago—. ¿Cuántos tienes ya?
—Dieciocho. Hasta que llegue el pequeño.
—Eres más hombre que yo, Crouch.
Herbert se tiró de la barba y miró a su jefe, como pidiéndole ayuda.
Edward se apiadó de él.
—Antes de que empieces, tengo que avisarte de que las cosas han cambiado.
Ahora estamos buscando a una mujer.
—¡Lo sabía! —Herbert se palmeó la rodilla.
—Me lo creo. —Edward estaba muy satisfecho con su equipo. Herbert tenía un gran instinto para notar cuándo algo no encajaba—. ¿Qué has descubierto?
—Todavía me quedan cosas por aclarar sobre alguno de los arrendatarios, pero hay una mujer que no es trigo limpio.
—¿Quién?
—Vanessa Pennington. Aaron y yo hemos estado haciendo preguntas y nadie
conoce al señor Pennington. No lleva ningún anillo. En su casa no tiene papeles, ni cartas, ni retratos…
—Tal vez guarde esos objetos en un sitio privado —sugirió Westfield.
—Ya lo miré.
—¿Cómo…? —Westfield se interrumpió—. Olvídalo.
Edward sonrió.
—Su casa está encima de la tienda, ¿no?
Herbert asintió.
—Aparte del local que le alquiló la señorita Swan, no he encontrado ningún otro documento a su nombre. En cambio, encontré algunos recibos a nombre de Vanessa Chilcott.
—Chilcott. —Edward se echó hacia atrás en la silla—. Maldita sea.
—Son una panda de inútiles, ladrones y malhechores. —Apartándose del aparador, Westfield fue a sentarse frente a Herbert—. Tal vez su éxito con lady Georgina los ha hecho más atrevidos a la hora de acercarse a la familia Tremaine.
—¿Qué relación tiene Vanessa Chilcott con el padrastro de la señorita Swan?
Herbert se encogió de hombros.
—Aparte de halagos hacia su cara y su figura, los demás comerciantes de la zona no han sabido decirme nada sobre ella. Al parecer, es muy reservada.
Westfield resopló.
—Por lo visto, todos los Chilcott son muy guapos. No es algo que a mí me impresione, pero es evidente que no puede decirse lo mismo de todo el mundo, o la familia no tendría tanto éxito con sus trucos.
Edward desvió la vista. Bella era demasiado inteligente como para no haberse dado cuenta de las similitudes entre su relación con él y la de su madre con Chilcott. Había tenido que superar prejuicios importantes para confiar en él, lo que hacía que esa confianza fuera aún más apreciable.
Iba a tener que actuar con cuidado o arriesgarse a perder algo de valor incalculable.
—Quiero que se le haga un seguimiento a la señorita Chilcott las veinticuatro horas del día hasta nuevo aviso —le dijo a Herbert—. Quiero saber con quién habla, adónde va, qué horarios sigue. Y necesito conocer su relación con la señorita Swan.
—Me encargaré de todo —respondió Herbert, levantándose con esfuerzo.
Edward lo observó mientras se retiraba y luego se volvió hacia Westfield.
—Visité la tienda de la señora Pennington con la señorita Swan, y Bella no parecía conocerla de nada. La señorita Chilcott, en cambio, me pareció extrañamente interesada en ella.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
