No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
29
—No me extraña. —El conde hizo un gesto despreocupado, como quitándole importancia—. Vive y trabaja en un local de su propiedad.
—Pero la señorita Chilcott no tendría que haber estado al corriente de esa información. La señorita Swan se toma muchas molestias para mantener el anonimato. Su hombre de confianza se ocupa de todas las gestiones. Cree que así es mejor para todos. —Golpeó la mesa con los nudillos—. Maldita sea, si hubiera guardado el recibo de la compra que le hice, podría comparar la letra de Vanessa
Chilcott con la de las cartas amenazadoras.
—No entiendo por qué a esa señorita puede interesarle impedir que la señorita Swan se case. ¿Por mezquindad?
—La relación comercial entre ambas crea un vínculo que no existiría de otra manera —reflexionó Edward en voz alta—. Un acuerdo legal entre las dos partes trae consigo ramificaciones y responsabilidades. Tal vez la señorita Chilcott le eche algo en cara a la señorita Swan como pariente por vía matrimonial, pero su relación familiar es demasiado lejana para tener validez. Pero como arrendataria, si se creara una situación en la que la señorita Swan pudiera ser vista como responsable de pérdidas en el negocio, tal vez pudiese negociar con ella un acuerdo económico a cambio de no denunciarla.
—Ya veo. En calidad de propietaria pueden sacarle más dinero que por la vía del parentesco. Es un plan retorcido, pero no puedo decir que me extrañe demasiado, teniendo en cuenta la fama de ladrones de esa familia.
—Exacto. Y eso también explicaría por qué la señorita Chilcott ha ocultado su auténtica identidad.
—Pero si su identidad es falsa, ¿no invalidaría eso cualquier demanda ante el juez? —se preguntó Westfield.
—Suponiendo que mi teoría fuera cierta, dudo que la joven tuviera previsto llegar a los tribunales. Si obtuviera cualquier tipo de información que pudiera usar contra la señorita Swan, me imagino que trataría de conseguir un discreto pago, a cambio de guardar silencio. Pero si la señorita Swan se casa, es dudoso que su esposo fuera a dejarse amenazar o manipular con facilidad.
—La extorsión es un asunto muy feo. Lo mejor es no tener nada que ocultar.
—El pedido que le encargué a la señorita Chilcott ya debe de estar listo. Son productos hechos por encargo, al gusto del cliente, por eso han tardado un poco —dijo Edward, dando unos golpecitos en el suelo con el pie, inquieto.
Dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco, Westfield se puso en pie ágilmente.
—Te acompaño. No quiero perderme ni un detalle de esta historia.
—Espero que acabe pronto y que la señorita Swan pueda vivir tranquila. —Se sacó el reloj de bolsillo para consultar la hora y maldijo entre dientes.
—¿Vuelves a llegar tarde? —preguntó su amigo, burlón—. Se está convirtiendo en una costumbre. Yo que pensaba que ibas a pervertir a la señorita Swan y resulta que es ella la que te está pervirtiendo a ti…
Edward decidió mirarlo por el lado bueno. Cuanto más rápido pasara el tiempo, antes sería Bella su esposa.
—Date prisa, Westfield.
Pero apresurarse no les sirvió de nada. Aunque llegaron a una hora en que la tienda debería haber estado abierta, la señorita Chilcott no estaba allí.
—Pues menuda manera de llevar un negocio —murmuró el conde, levantando la vista hacia la marquesina a rayas.
—No me extraña. Por lo que me has contado, los Chilcott no tienen tendencia a ganarse la vida trabajando duro.
Edward esperó a Peter Crouch, que había ido a examinar la entrada trasera, la que daba acceso a la vivienda, situada en el piso de arriba. El joven apareció poco después, negando con la cabeza.
—¡Maldita sea esa mujer! —murmuró Edward—. Que vuelva de una vez. He quedado con Montague en el club de Remington dentro de una hora, para hablar de su absurdo proyecto minero.
Westfield se volvió hacia él.
—A pesar de tu inminente boda y de la malvada señorita Chilcott, ¿sigues sin dejar que el destino se ocupe de Montague a su manera? Sabes tan bien como yo que acabará en la ruina, no hace falta que lo ayudes.
—Él y su familia me lo deben. Quiero destruirlo con mis propias manos y no descansaré hasta que esa escritura de propiedad sea mía sin posibilidad de recuperación.
El conde suspiró, alejándose del edificio.
—Te acompaño hasta la puerta del club, pero esta noche ya no me necesitarás.
Cuando anuncies tu boda con la señorita Swan, se te abrirán todas las puertas de Londres. Yo, sin embargo, necesito una bebida fuerte y una mujer delicada.
—Cuidado con esa bebida —le aconsejó Edward, mientras iban a buscar sus caballos.
—¿Me aconsejas una bebida suave y una mujer fuerte? No es mala idea.
Ninguno de ellos vio a la mujer que los había estado espiando desde el piso de arriba, a través de la ventana entreabierta, sentada en el suelo. Una sonrisa curvó sus preciosos labios. Con un brillo codicioso en la mirada, empezó a idear un plan.
A Bella le estaba costando mucho mantener la calma, sabiendo que se casaría al día siguiente. Sin embargo, el baile de los Cranmore no era un buen sitio para mostrarse inquieta.
Habían pasado varios años desde la última vez que asistió a un evento en casa de los Granmore.
Lady Cranmore era una anfitriona perfeccionista, cuyas ideas para entretener a sus invitados solían ser muy celebradas y copiadas. Su experiencia era evidente esa noche. Las columnas jónicas estaban recubiertas de tul y enredaderas y, cuando la orquesta dejaba de tocar, varios intérpretes distribuidos por las esquinas amenizaban el ambiente con música de arpa, mientras en el jardín trasero varias antorchas ardían con fuerza.
La intención era dotar a la fiesta de un aire de decadencia al estilo de la Grecia clásica, y todo el mundo parecía estar pasando un buen rato.
Bella, por el contrario, estaba muy tensa, dividida entre una gran euforia y un miedo igual de grande. Al día siguiente estaría casada. Tras muchos años de luchar por no cometer los mismos errores que su madre, ya no dejaba que Georgina dominara sus actos desde la tumba. Eso hacía que cada momento del día fuera especial.
—Estoy tan contenta —dijo lady Collingsworth, mirándola con ojos brillantes—.Tengo que confesar que, cuando me dijiste que te casabas tan pronto, tuve miedo de no poder estar a la altura de las circunstancias.
Personalmente, Bella pensaba que una boda con la familia y los amigos más íntimos habría sido lo deseable, pero no quería disgustar a Regina ni quitarle la ilusión.
—Gracias. Te portas muy bien conmigo.
—Tonterías. —Regina sacudió la mano enguantada despreocupadamente—. Ya había perdido la esperanza de verte casada. Me alegro muchísimo de que por fin hayas encontrado a alguien especial, alguien valioso para ti.
—Valioso —repitió Bella, volviendo la cabeza hasta localizar a Edward.
Estaba en un extremo de la sala de baile, hablando con Montague. Al parecer, esa noche no estaba allí Westfield.
—Últimamente estás desconocida —murmuró Regina—. Quién se iba a imaginar que recibirías proposiciones de dos de los solteros más codiciados. Me parece fascinante. ¿Sabe el señor Cullen quiénes eran sus competidores?
—Sí.
—Lord Montague está siendo muy elegante. Fíjate, está hablando educadamente con tu prometido. Menudo par de hombres. Desde aquí podrían pasar perfectamente por hermanos.
—Por lo que he oído, las similitudes entre los dos se limitan a la apariencia física.
Regina se inclinó hacia ella.
—Qué intrigante.
Bella bajó la voz hasta convertirla en un murmullo.
—¿Has oído algún rumor preocupante sobre lord Montague?
—¿De qué tipo?
—Déjalo. Hay cosas que es mejor no saber.
—¡No puedes empezar a decir algo así y dejarlo a medias!
Cuando se convenció de que Bella no diría nada más sobre el tema, lady Collingsworth abrió el abanico con decisión.
—Había pensado que al conocerse la noticia de tu compromiso, tal vez la pobre señorita Rothschild lograría atraer la atención de lord Montague, pero ahora me pregunto si será tan buen partido como pretende ser.
—¿Jane Rothschild? —Bella frunció el ceño.
—Sí, está allí, medio escondida. —Regina señaló hacia una columna, cerca de donde Edward hablaba con el conde—. ¿Ves cómo lo mira, triste y desolada? Siempre la veo cerca de él, como si quisiera que se fijara en ella. Su comportamiento deja mucho que desear, pero hay que excusarla. No viene de buena familia.
Jane era una joven bonita, con los ojos y el cabello de color miel y una figura curvilínea. Sin embargo, desprendía un aire de melancolía. Tal vez fuese por el mohín de su boca, o por su modo de moverse constantemente, como si estuviera tan inquieta por dentro que su desasosiego se manifestase físicamente.
—Montague me comentó que había tratado de cortejarla, pero que ella se había mostrado poco receptiva.
—Me cuesta creerlo. —Regina frunció el ceño—. Sus padres pagarían lo que fuera por conseguirle un título de condesa, y ella… bueno, su comportamiento habla por sí solo.
Bella no podía discutirle ni una cosa ni la otra. Curiosa, se excusó y se acercó a la joven. ¿Por qué le habría dicho Montague que ella no respondía a sus atenciones, cuando la realidad sugería todo lo contrario? Era muy extraño, sobre todo teniendo en cuenta la apurada situación económica del conde y la magnitud de la fortuna de los Rothschild.
Mientras se acercaba, Montague se apartó de Edward y se dirigió hacia los ventanales que daban al jardín. Jane parecía dispuesta a seguirlo, pero Bella se lo impidió, saludándola:
—Señorita Rothschild, ¿qué tal? ¿Cómo está?
La joven dirigió una mirada frenética hacia la espalda de Montague, antes de volverse hacia ella con una débil sonrisa.
—Estoy bien, señorita Swan, gracias por su interés. Y enhorabuena por su compromiso.
Desde cerca, Bella se fijó en que Jane estaba pálida y ojerosa.
—Gracias. ¿Le apetece algo de beber? ¿Una limonada?
—No. —La muchacha volvió a mirar hacia el jardín—. No tengo sed.
—Señorita Swan.
Edward, que la estaba mirando con curiosidad, la llamó.
Jane aprovechó para marcharse.
—Discúlpeme, señorita Swan. Buenas noches.
Bella se quedó mirando cómo salía apresuradamente al jardín.
Colocándose frente a su campo de visión, Edward le preguntó:
—¿Va todo bien?
—Lo dudo.
Él se inclinó. Estaba demasiado cerca para lo que exigían las normas del decoro, pero a Bella no le importaba. Las sensaciones que le despertaba su proximidad bien valían todas las críticas.
—¿Qué sabes de los parientes de tu padrastro? —le preguntó Edward.
—Muy poco. Sólo hablaba con él cuando no tenía más remedio.
Edward la miró atentamente.
—¿Qué tenía que te disgustaba tanto?
—Habrías tenido que conocer a mi madre para poder entenderlo. Georgina era… errática. Impulsiva. Necesitaba a su lado a alguien que tirara de sus riendas de vez en cuando, como mi padre, pero el señor Chilcott era demasiado indulgente. Siempre la animaba, por muy absurdas que fueran sus ocurrencias o sus cambios de plan. Y eso fue precisamente lo que los llevó a la tumba. Ella decidió de pronto que tenían que viajar al norte para celebrar sus seis meses de casados. No hizo caso de las previsiones que advertían del mal estado de las carreteras por causa de lluvias torrenciales, y él no tuvo el sentido común o la voluntad para imponerse.
—Ya veo.
Bella volvió a mirar hacia fuera, pero no vio ni rastro de Jane Rothschild ni de lord Montague. El jardín de los Cranmore, bastante heterogéneo, tenía un laberinto, una pagoda, obeliscos de varios tamaños, la recreación de unas ruinas griegas y un cenador cubierto de rosales. Era muy extenso y no se podía ver entero desde la sala de baile.
—¿Qué miras? —le preguntó finalmente Edward.
—Acompáñame fuera.
Alzando una ceja en una muda muestra de curiosidad, él le ofreció el brazo y la acompañó al jardín.
Al pisar la grava del final de la terraza, siguieron paseando. Había varios grupos desperdigados, pero el lugar era lo bastante grande como para garantizar la privacidad de las conversaciones.
—¿Se puede saber qué estamos haciendo exactamente?
Aunque concentrada en encontrar a Jane Rothschild, Bella se dejó seducir por su sugerente tono de voz.
—Estamos buscando un rincón tranquilo.
—¿Está tratando de ponerme en una situación comprometida, señorita Swan?
—Confieso que la idea es tentadora. Si quisieras llevarme a algún sitio donde nadie nos encontrara, ¿adónde me llevarías?
Edward miró a su alrededor.
—Al laberinto seguro que no. Ni al cenador. El templo no sería un mal lugar, siempre que pudieras controlar esos dulces gemidos que me vuelven loco.
—Tú tampoco eres muy silencioso que digamos.
—Sólo contigo, amor mío. Me haces perder el control.
Bella contuvo el aliento al oír el término cariñoso. Avergonzada por la intensidad de su reacción, apartó la vista… y vio huellas que se apartaban del camino y se adentraban en el césped. Tirando del brazo de Edward, señaló el suelo.
Él contempló las huellas, pensativo.
Dos huellas eran claramente visibles. El resto quedaban ocultas por los helechos.
Un viejo aliso extendía sus ramas sobre ellos, tapándoles la luz de la luna.
Bella le soltó el brazo y, tras mirar a un lado y a otro para asegurarse de que nadie los estaba mirando, siguió las huellas. Aunque no lo oía, sabía que Edward la estaba siguiendo. Al acercarse al tronco, oyó unas voces: una femenina, suplicante; otra masculina, seca.
Agarrándola del codo, él la echó a un lado y le indicó con un gesto que se agachara tras un arbusto de boj. Bella se recogió la falda del vestido color verde pálido para que no se le ensuciara.
La otra pareja seguía oculta tras el tronco del árbol, pero se los oía mucho mejor.
—¡No puedes dejarme así! —exclamó Jane.
—Puedo hacer lo que me venga en gana, ¿aún no te ha quedado claro?
Aunque Bella conocía la identidad de la pareja, Edward no. Ella vio que reconocía la voz de Montague, pero no la de Jane Rothschild.
—No me dejas elección —dijo la joven con firmeza—. Les diré a mis padres lo que me hiciste en la fiesta campestre de los Hammond. Les diré que espero un hijo tuyo.
—¿Ah, sí? ¿Es mío? —replicó Montague sin inmutarse—. Eres una fresca y una promiscua. Estoy seguro de que encontraré a otros que aseguren que han probado también tus encantos.
Edward dio un brinco y Bella se volvió hacia él, preocupada. Al apoyarle una mano en el brazo, vio que lo tenía duro como el mármol. Su cara también parecía de piedra.
Tenía la mandíbula apretada con tanta fuerza que se le marcaban los músculos del cuello. Sin embargo, no parecía sorprendido por lo que estaba oyendo.
—Nadie me había tocado antes que tú —replicó Jane, con más dignidad de la que
Bella habría mostrado en una situación parecida—. Me forzaste, y ahora debes cargar con las consecuencias. No puedo seguir ocultando lo que hiciste.
—¿Me estás acusando de violación? Es una acusación muy grave, señorita Rothschild. De hecho, me parece tan indignante que creo que voy a interponer una alegación en tu contra, por scandalum magnatum. Es un concepto anticuado, pero servirá para proteger mi buen nombre. La pena por difamar a un par del reino es la cárcel. No creo que sea el lugar más indicado para una mujer en tu estado.
—Eres un monstruo. Un canalla inmoral. Un demonio de lujuria y depravación.
Él se echó a reír.
—Y a pesar de todo quieres casarte conmigo. ¿En qué te convierte eso?
—En una mujer desesperada —susurró Jane.
Bella sintió náuseas. Agarrándola del brazo, Edward la ayudó a levantarse y la guió de vuelta al camino de grava, donde prácticamente chocaron contra sir Richard Tolliver y su hermana.
—Vaya —dijo Tolliver—. ¿Qué estaban haciendo tan escondidos, señor Cullen?
—Nos hemos perdido en la oscuridad —respondió Edward, rodeándolos.
—¿Se han perdido? —Tolliver se echó a reír—. Eso es absurdo. ¿No le importa la reputación de la señorita Swan? Por descontado, mi hermana y yo seremos discretos, pero…
—Agradecemos mucho su discreción. Si nos disculpan… —Con una rápida reverencia, Edward se alejó en dirección a la casa, obligando a Bella a caminar a una velocidad indecorosa para seguirlo.
Mientras se alejaban, echó la vista atrás y vio que Tolliver charlaba animadamente con su hermana. Al volverse otra vez hacia la casa, vio una fugaz sombra moverse bajo el aliso y sintió un escalofrío.
¿Los habría descubierto Jane Rothschild? O, peor aún, ¿los habría descubierto Montague?
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
