No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
31
Ella se planteó qué estaba sintiendo, algo que no tenía costumbre de hacer.
Siempre se había preguntado para qué servían los sentimientos, si para tomar decisiones era mucho más útil guiarse por la mente. Pero últimamente su corazón se negaba a ser ignorado.
En aquellos momentos, lo que sentía era algo muy parecido a pánico ante la perspectiva de perder a Edward. A pesar de todo lo que había aprendido gracias al ejemplo de su madre y ocupándose personalmente de los negocios, no podía ni imaginar alejarse de él.
No sabía qué motivos ocultaba. Y era consciente de que casarse con un hombre que le escondía tantas cosas era una invitación a que le rompieran el corazón, pero no podía soportar la idea de abandonarlo.
Ella, una mujer razonable que siempre había sido un modelo de compostura y que si de algo había pecado había sido de excesiva prudencia, debía admitir que la única alternativa de futuro en la que soportaba pensar era la más arriesgada e insensata.
Había puesto su confianza en Edward y no iba a retirarla. No podía. Lo amaba demasiado.
—Te he traído esto.
Edward, que estaba eligiendo qué ropa iba a ponerse de entre la que le había dejado su ayuda de cámara sobre la cama, se volvió hacia la voz y sonrió al ver a Lynd. Su mentor llevaba un pañuelo blanco doblado en la mano. Al cogerlo, vio que tenía una letra «L» bordada en una esquina.
—Era de mi abuelo —dijo Lynd, metiéndose las manos en los bolsillos de la recargada chaqueta de lana. Se balanceó sobre los talones, en una muestra de nerviosismo nada habitual en él—. Él se lo regaló a mi padre y mi padre a mí. Quiero que lo lleves el día de tu boda.
La letra se difuminó cuando los ojos de Edward se llenaron de lágrimas. Lynd era lo más parecido a un padre que había tenido nunca. Significaba mucho para él que
Lynd lo viera como a un hijo.
—Gracias.
El hombre hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.
Al ver esa muestra de emoción en su viejo amigo, Edward se acercó y le dio un abrazo. Tras estrecharse con fuerza, se separaron palmeándose la espalda.
—¿Quién se iba a imaginar que te casarías con una heredera? —comentó su mentor con voz ronca—. Y sobrina de un conde para más señas.
Él dejó el pañuelo sobre la cama, con cuidado de que no se arrugara.
—No me lo acabaré de creer hasta que el vicario no lo diga.
—Esa jovencita tiene suerte de llevarse a un hombre como tú. Si tiene un dedo de frente se dará cuenta.
—Esa jovencita es la persona más inteligente que conozco. Con un sentido del humor muy especial. Sincera como pocos. —Mirando a su alrededor, recordó el día que había estado allí con él—. Y apasionada como nadie se imaginaría.
—Yo, desde luego, no me lo imaginaba —murmuró Lynd, haciéndolo reír.
Luego lo miró con una sonrisa irónica.
—Esta mujer te ha cambiado. No me había dado cuenta de que era un matrimonio por amor.
Edward respiró hondo. Hasta ese momento no había admitido sus sentimientos por Bella. Le daba un poco de miedo. La deseaba y la necesitaba y había tenido la suerte de que lo aceptara. Se había conformado con eso.
Volviéndose hacia la cama, señaló un conjunto de pantalón color gris claro, chaleco bordado en hilo de plata y chaqueta gris marengo.
—¿Qué te parece?
Lynd se acercó a la cama y puso los brazos en jarras.
—¿No tienes nada menos sencillo?
Al recordar el comentario de Bella sobre la necesidad de que Lynd se buscara un buen sastre, Edward sonrió, negando con la cabeza.
—No, me temo que no. Este traje es para ti. No puedo consentir que vayas más elegante que yo en mi propia boda.
El hombre lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Me estás invitando a la boda?
—Si no vienes, no me caso. ¿Quién estará a mi lado en este momento si no tú, viejo amigo?
La nariz de Lynd se enrojeció, seguida de sus ojos.
En ese momento, alguien llamó a la puerta abierta y Edward miró por encima del hombro. Patrick Crouch estaba en el umbral, con la cabeza rozando el dintel.
—Una mujer quiere verle. Le he dicho que hoy no recibía a nadie, pero ha mencionado a lord Montague y he pensado que debía comentárselo.
—¿Sigue aquí?
—Sí.
Edward se puso la chaqueta que había dejado sobre una silla.
Lynd se aclaró la garganta.
—Te acompaño.
Bajaron al despacho, donde se acomodaron para recibir a la mujer. Edward se sentó tras el escritorio y se echó hacia delante, mientras Lynd se sentaba en una de las butacas y cruzaba el tobillo sobre la rodilla.
Poco después, una mujer morena y bajita entró en la habitación. Era preciosa, con el pelo negro como el azabache y los ojos de un azul intenso. Mantenía la espalda muy recta y la cabeza alta. Se negó a darle el abrigo y el manguito al mayordomo y examinó el despacho de punta a punta antes de volverse hacia Edward.
—El señor Cullen , supongo.
—Así es.
—Soy la señora Francesca Maybourne. —Pasó la mano enguantada por el inmaculado damasco del sofá antes de sentarse delicadamente en la punta. Luego se sacudió la falda mojada por la lluvia sin ninguna consideración por la alfombra de Edward.
Lynd puso los ojos en blanco.
—Y él es mi socio, el señor Lynd —lo presentó Edward, cruzándose de brazos—.¿Cómo podemos ayudarla, señora Maybourne?
—Espero contar con su discreción —respondió ella secamente.
—No tendría ningún futuro en esta profesión si no fuera discreto.
La mujer ponderó su respuesta durante unos segundos y finalmente asintió.
—Mi hermana tiene problemas, señor Cullen . Ya no sé qué hacer para ayudarla.
—¿Podría ampliar un poco la información?
Ella lo miró fijamente.
—Eloisa es joven e impetuosa y no se niega ningún capricho. Recientemente empezó a coquetear con el conde de Montague. Me pareció una tontería, pero no le di más importancia. Al fin y al cabo, mi hermana es una mujer casada.
Edward alzó las cejas.
—Sin embargo, me he enterado de que lord Montague es un canalla de la peor calaña. —La señora Maybourne arrugó la nariz, lo que la hizo parecer menos severa—. Mi hermana ha venido a verme esta mañana. No podía parar de llorar. Al parecer, el conde le pidió un objeto de recuerdo, como prueba de su afecto. ¡Cuando me lo ha contado me he quedado horrorizada! ¿Cómo se le ocurre dejar pruebas de su indiscreción? No sé en qué estaría pensando.
—¿De qué objeto se trata? ¿Alguna bagatela?
—La bagatela es un collar de diamantes y zafiros de gran valor, señor Cullen . Y por si eso fuera poco, es una herencia familiar por la parte de su marido. Tarde o temprano éste se dará cuenta de su ausencia.
—¿Le ha pedido que se lo devuelva?
—Muchas veces. Hasta hoy, él siempre le había contestado que se lo daría. Pero esta mañana le ha dicho que tiene intención de venderlo. Le ha dado el nombre de la joyería y le ha dicho que a partir de las tres de esta tarde puede ir a ándolo, por supuesto. —La señora Maybourne se retorció las manos—. El collar vale una fortuna, señor. Es imposible recuperarlo sin que su marido lo sepa.
Edward frunció los labios y miró a Lynd. Montague había encontrado la manera de recuperar la escritura de la finca. Pero por un curioso capricho del destino, la información había llegado a sus oídos. Parecía como si los hados quisieran que le parara los pies.
Miró a su nueva clienta.
—Quiere que recupere el collar antes de que él lo venda.
—Exacto.
—Tal vez ya lo haya vendido.
Ella negó con la cabeza, lo que hizo que sus brillantes rizos se movieran a un lado y otro de su esbelto cuello.
—Espero que no. He ido a Bow Street a hablar con los agentes, pero no han querido implicarse al saber que el responsable es un par del reino. El señor Bell me ha recomendado que hablara con usted. Hasta hace una hora aproximadamente, el collar no había llegado a la tienda. El señor Bell me ha asegurado que vigilaría los alrededores de la joyería hasta que usted llegara. Tal vez no estemos a tiempo. Si es así, la única responsable será mi hermana, lo sé, pero si Dios es misericordioso nos dará oportunidad de impedir esta debacle.
—No será fácil —la advirtió Edward.
—Mi hermana no puede permitirse comprar el collar, señor Cullen , pero entre las dos podemos pagar sus honorarios.
—Cullen. —Lynd descruzó las piernas y se echó hacia delante—. ¿Puedo hablar contigo un momento?
—¡No podemos perder ni un minuto! Lynd sonrió educadamente.
—Será un momento.
Edward lo siguió al pasillo.
—¿No te parece raro que me llegue este caso justo ahora, precisamente a mí?
—Tony Bell es un buen hombre y ciertamente una buena fuente de negocio. —Al llegar al centro de la alfombra circular, Lynd se detuvo y se volvió hacia él—. Deja que me ocupe yo de este asunto. Hoy tienes cosas más importantes que hacer, pero no puedes dejar escapar esta oportunidad.
Gruñendo, Edward se pasó la mano por el pelo y maldijo el mal momento en que había llegado el caso.
—No puedo enviarte a detener a un par del reino. Si las cosas salen mal, podrían condenarte a muerte.
—Para eso están los disfraces, amigo mío. —Lynd se echó a reír—. Me pondré el traje que me has preparado y una peluca. Si el conde trata de identificarme luego, describirá a un hombre que no tendrá nada que ver conmigo. Con un poco de suerte, hasta llegaré a tiempo a la boda.
—Montague es mi cruz. Debo cargarla yo.
—Maldita sea. —Lynd negó con la cabeza—. Ya sabes lo que pienso de tu vendetta. A tu madre ya no la ayudas en nada. Sin embargo, estás tan cerca de conseguir tu objetivo que si puedo ayudarte a que dejes el pasado atrás, lo haré. Y supongo que no podrás olvidarte de él hasta que resuelvas el tema de la propiedad de Montague.
Edward dejó caer la cabeza hacia delante. Durante toda su vida, su única motivación había sido vengar a su madre. Tras muchos años de cuidadosos planes, al fin tenía la venganza al alcance de la mano, pero no podía negar que ya no era su principal objetivo.
Deseaba más a Bella. La deseaba tanto que si lo obligaban a elegir entre arruinar a Montague o casarse con ella, la elección estaba clara. Aunque la idea de dejar que el conde se le escurriera de entre los dedos hacía que se le encogiese el estómago y que la piel le empezara a sudar, no era nada comparado con la reacción que tenía al pensar en perder a Bella.
—Sé que no descansaré hasta alcanzar mi objetivo —dijo con voz ronca—. Llevo demasiado tiempo planeando la ruina de Montague. No puedo abandonar ahora que estoy tan cerca de conseguirlo. No podría mirarme al espejo sabiendo que había abandonado mi objetivo en la vida por…
—Por un nuevo objetivo —lo interrumpió Lynd—, mucho más gratificante.
Todavía eres joven. Tienes mucha vida por delante y el mundo entero por descubrir.
Es lo que tu madre habría deseado para ti.
En ese momento, Edward pensó en algo que nunca antes se le había ocurrido.
¿Sería posible que su madre se hubiera asegurado de que recibía una buena educación para que tuviera un buen futuro, y no para que su padre estuviera orgulloso de él?
En cualquier caso, no podía tomar decisiones basándose en los deseos de su madre, fueran éstos los que fuesen. Tenía que seguir su instinto, que tantas veces le había salvado la vida.
—No puedo perder a Bella —dijo finalmente con convicción. A su lado, su sórdido pasado desaparecía. Sólo quedaba el futuro. Un futuro brillante, un futuro que deseaba y necesitaba—. Si puedes ocuparte de Montague, te estaré eternamente agradecido. Yo tengo una boda a la que acudir.
—Muy bien —contestó Lynd, señalando hacia el despacho—. Encárgate de cobrar el anticipo y de obtener la información necesaria mientras me cambio de ropa.
—Gracias —dijo Edward, apretándole el hombro.
Lynd se ruborizó.
—Considéralo un regalo de bodas. Y ahora, largo. Hay trabajo que hacer y unos votos que pronunciar.
Edward llegó a Melville House a las tres en punto. Bella, que estaba a punto de ponerse el vestido de boda, lo dejó todo y bajó a recibirlo. A medio camino, se detuvo a contemplarlo. Llevaba la misma ropa que el día que se conocieron y la sentimentalidad del gesto la emocionó profundamente. Estaba un poco despeinado por el viento y tenía las mejillas arreboladas por el frío. Era tan guapo. A sus ojos, era perfecto.
El amor que sentía por él la hizo suspirar. Al oírla, Edward alzó la vista y, al verla, la expresión de la cara le cambió.
—Bella.
Más que oírlo, ella lo sintió en su interior. Bajó corriendo los escalones que los separaban y se detuvo a escasa distancia.
—¿Cómo estás?
—Mejor, ahora que estoy contigo.
Ella señaló hacia el salón y se dirigió hacia allí. Como siempre, supo que Edward la seguía, a pesar de no oír sus silenciosos pasos. Se sentó en el sofá y él lo hizo a su lado.
Dentro de una hora estarían casados. Bella notó con sorpresa que la alegría superaba a los nervios.
—Me alegro de que hayas venido antes —dijo, resistiendo el impulso de cogerle la mano—. He estado preocupada por ti desde que nos separamos anoche.
Él asintió.
—Montague es igual que su padre. Su manera de hablar es difícil de tolerar.
—¿Su padre?
—He venido pronto porque quería hablar contigo antes de la boda. Hay algo que debes saber antes de que pronunciemos los votos. Sólo espero que, cuando lo sepas todo, sigas queriendo casarte conmigo.
Su tono la dejó tan preocupada como la visita de Reynolds.
—Puedes contármelo todo. Te apoyaré, Edward. Ya no tienes por qué cargar con tus preocupaciones tú solo.
Él la miró con solemnidad.
—Quiero llegar a tu vida libre de cargas. Me estoy esforzando mucho para lograrlo.
Mientras Bella aguardaba, paciente, a que él siguiera hablando, alguien llamó a la puerta de la calle violentamente. El sonido retumbó por toda la planta baja, haciendo que ambos se pusieran en pie a la vez.
Robbins, el mayordomo, llegó antes que ellos, aunque no pareció correr en ningún momento. Abrió y dejó entrar a uno de los hombres de Edward. Era el guapo joven que había acompañado a Bella a casa de Edward la noche que se acostaron. Al verla, se quitó el sombrero. Su mirada asustada la alarmó.
Edward llegó a su lado antes que ella.
—¿Qué pasa?
—La tienda está en llamas.
—¿La de la señora Pennington?
A Bella se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Qué pasa? ¿Qué se está quemando?
—Quédate con ella —le ordenó Edward al joven, mientras bajaba los escalones hasta el caballo de Aaron, cuyas riendas sujetaba un lacayo. Agarrándose a la silla con las dos manos, montó de un salto y desapareció calle abajo.
Bella se lo quedó mirando, confusa y asustada. Aaron se le acercó, tratando de recobrar el aliento. Cogiéndolo del brazo con fuerza, Bella le preguntó:
—¿Adónde va?
—A su finca en Peony Way.
Ella miró a Robbins, que lo puso todo en marcha sin necesidad de más instrucciones. Poco después, un carruaje estaba preparado a la puerta.
Mientras lo esperaba, Bella habló con Regina y con su tío, explicándoles la causa del retraso de la boda y asegurándoles que todo iría bien. No hizo caso de los consejos de ambos, que le pidieron que esperara a Edward en casa.
—Nos casamos dentro de media hora —replicó ella—. No sé dónde ni en qué circunstancias, pero pienso estar a su lado en ese momento.
Aaron la siguió hasta el carruaje.
—El señor Cullen no querría que fuera. Por su seguridad.
—¿Mientras él pone en peligro su vida por mí?
—Está preparado para enfrentarse a ese tipo de situaciones. Estoy seguro de que lo tendrá todo controlado antes de que lleguemos.
—Entonces no tendrá inconveniente en que me acerque —replicó Bella, abrochándose los botones de la capa.
Se estaba atando las cintas del sombrero cuando oyeron llegar a alguien a caballo.
—No me digan que me he perdido la boda —dijo lord Westfield, tirando del ala de su sombrero ladeado.
—El señor Cullen y yo estaremos de vuelta en seguida, milord —anunció Bella, subiendo al carruaje ayudada por el lacayo—. Por favor, espérenos en casa. Lady Collingsworth estará encantada de recibirlo.
El conde desmontó y se acercó al carruaje.
—¿Por qué está tan nerviosa? —preguntó muy serio, sujetando el marco de la portezuela con ambas manos e inclinándose hacia el interior.
—Una de mis propiedades está ardiendo. El señor Cullen se ha adelantado.
—Peony Way —dijo Westfield sin dudarlo.
Bella parpadeó. Aquel asunto era un auténtico rompecabezas y, al parecer, todo el mundo tenía alguna pieza que a ella le faltaba.
—Tal vez podría acompañarme.
El conde asintió y se sentó en el asiento de enfrente. Aaron entró tras él y se sentó a su lado.
Al oír restallar el látigo, los caballos se pusieron en movimiento.
Bella golpeaba el suelo con el pie, nerviosa.
—¿Se puede saber por qué el incendio de Peony Way sólo me ha sorprendido a mí?
—La arrendataria que usted conoce como señora Vanessa Pennington es en realidad la señorita Vanessa Chilcott. Cullen sospechaba que pensaba usar su relación comercial para sacarle dinero.
Bella sintió que la invadía una sensación de extraña calma, como de inevitabilidad, o aceptación. Siempre había sabido que los Chilcott eran mala gente, pero pensaba que se había librado de ellos con la muerte de su madre.
—Con un incendio en la tienda, podría acusarme de ser una propietaria negligente—dijo sin inflexión en la voz.
—Exacto. Cullen pensó que probablemente los Chilcott no querrían pisar los tribunales y que le ofrecerían llegar a un acuerdo económico para evitarlo.
Una sensación de fría furia se apoderó de ella.
—Pero mi matrimonio daba al traste con la posibilidad de una operación discreta.
De ahí la necesidad de actuar hoy.
Al acercarse a Peony Way, vieron que el tráfico estaba cortado por varios carros colocados perpendicularmente a la vía. El humo, denso y oscuro, se extendía en forma de seta, dificultándoles la respiración.
Bella se sacó un pañuelo del bolsito de mano y se cubrió con él la boca y la nariz.
Dejando el carruaje al otro lado de la barrera de carros, recorrieron el resto del trayecto a pie, abriéndose paso entre la multitud de curiosos que luchaban ferozmente por conservar su sitio. Lord Westfield iba delante, mientras Aaron cubría la retaguardia. Ambos hombres se esforzaban por protegerla de la muchedumbre, sin demasiado éxito.
Al llegar frente a la fachada carbonizada, la brigada contraincendios que trabajaba para la compañía de seguros que Bella tenía contratada les impidió el paso. Ella les explicó quién era, con la vista clavada en la tienda. Cuando les permitieron pasar, buscó entre la gente que llenaba la acera hasta localizar a Edward.
—Allí está —señaló.
Sujetándola por el codo, lord Westfield la acercó hacia su amigo. Cuando estaban a punto de llegar, la gente se hizo a un lado, dejando al descubierto a Edward junto a la señora Pennington, es decir, a la señorita Chilcott. Tenía tanto el vestido como el delantal chamuscados y cubiertos de ceniza, y el pelo rubio sucio de hollín, igual que la cara, en la que se veía un cardenal en el ojo izquierdo.
El parecido familiar con su padrastro era tan evidente que era imposible no verlo si uno se fijaba, cosa que Bella no había hecho el día que la había conocido. Tras pasar la mañana con Edward en el espacio cerrado del carruaje, la entrada de éste en la tienda la había distraído demasiado como para prestarle atención a la joven.
Decía mucho de la belleza de Vanessa Chilcott que siguiera resultando atractiva en su estado actual.
Lord Westfield se tambaleó ligeramente cuando la señorita Chilcott se volvió hacia él y soltó el aire con tanta fuerza que Bella lo oyó.
—Bella —dijo Edward, que no pareció demasiado sorprendido al verla—. Ya me imaginaba que no me harías caso.
—Yo voy a donde tú vayas —replicó ella, examinándolo en busca de heridas.
Estaba sucio por el hollín y el humo, como si hubiera estado dentro del edificio, pero no parecía herido.
Más tranquila, se volvió hacia la mujer que estaba a su lado.
—Señorita Chilcott.
Vanessa Chilcott tenía los ojos enrojecidos y ausentes. Con voz ronca por el humo, respondió:
—Señorita Swan.
—¿Qué ha pasado aquí?
Edward se disponía a responder cuando un bombero se acercó.
—El fuego está controlado —dijo—. Hemos encontrado el cuerpo y una lata de parafina, tal como ha dicho la señora Pennington.
—¿Cuerpo? —Bella sintió un escalofrío—. Santo Dios, ¿alguien ha quedado atrapado por el fuego?
Edward asintió.
—La señorita Chilcott ha subido a su piso a buscar un encargo y ha descubierto a Terrance Reynolds provocando el incendio. Han luchado y ella le ha dado un golpe en la cabeza con el atizador del fuego. Apenas ha tenido tiempo de salir antes de que las llamas lo engulleran todo. He tratado de rescatarlo, pero era demasiado tarde.
—¿El señor Reynolds? —repitió Bella, incrédula.
Su hombre de confianza había sido muy cuidadoso con los arrendatarios que elegía para sus fincas. Era tan concienzudo en su trabajo que hasta había descubierto que Edward era el auténtico dueño de la propiedad que Westfield se había apostado contra Montague, y no era algo fácil de descubrir. No se podía creer que se le hubiera pasado por alto algo tan llamativo como que la señora Pennington era en realidad la señorita Chilcott. ¿Por qué le habría ocultado esa información? ¿Qué razón lo habría impulsado a permitir que alquilara una de sus tiendas?
Bella miró a Vanessa fijamente.
—Usted era su seguro. Me ocultó su auténtica identidad por alguna razón que se me escapa. ¿Qué papel ha desempeñado en este montaje?
—Ninguno. —Vanessa alzó la barbilla—. Sé menos de lo que ha pasado aquí que usted.
—¿Qué relación tenía con mi padrastro?
—Usted y yo somos hermanastras, señorita Swan.
Abrumada por la revelación y por las pruebas cada vez más contundentes de la traición de su hombre de confianza, Bella se tambaleó. Edward la sujetó con fuerza.
Ella se agarró a él.
—Lo he visto hace escasas horas. Ha venido a traerme información sobre ti —le dijo a Edward—. Quería que me replanteara la boda.
Él se tensó.
—¿Qué información?
—Tu implicación en la apuesta entre lord Westfield y lord Montague sobre la finca de Essex. Ha sugerido que me habías pedido matrimonio para que Montague no tuviera acceso a mi fortuna y así no pudiera reclamar la escritura.
—¿Y enterarte de eso no ha hecho que te replantearas nuestro casamiento?
—No. Lo que no le ha dejado otra opción que tratar de retrasar la ceremonia mediante un incendio, supongo. —Al alzar la vista, se lo encontró mirándola con pasión—. Aunque tenía que saber que eso sólo serviría para retrasar la boda, no para anularla. ¿Qué pretendía? No pensaba despedirlo tras nuestro matrimonio. Sus circunstancias no habrían cambiado.
—Descubriremos qué secretos guardaba, mi amor —dijo él, protegiéndola entre sus brazos y haciéndola sentir segura como nadie había hecho antes—. Te lo prometo.
Hasta el más insignificante.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
