No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
32
Con la ayuda de Westfield, Edward escoltó a Bella y a la señorita Chilcott a Melville House. Desaliñados y apestando a humo, el aspecto de los cuatro contrastaba con el ambiente elegante de la mansión, preparada para la boda. Los cuatro permanecieron inmóviles en el vestíbulo, tratando de contener la risa.
Lady Collingsworth salió de la sala de baile donde iba a celebrarse la ceremonia y se acercó a ellos.
—Cielo santo —murmuró—. El vicario espera, pero es evidente que habrá que retrasar la ceremonia.
—No —dijo Bella, sorprendiendo a Edward—. Si puede esperar una hora, yo estaré lista para entonces.
Recuperándose, él añadió:
—Yo también estaré listo en una hora.
Lady Collingsworth miró a la señorita Chilcott y parpadeó.
—Regina —dijo Bella con firmeza—, te presento a la señorita Vanessa Chilcott, mi hermanastra. Vanessa, ella es la condesa viuda de Collingsworth.
—Milady —susurró Vanessa, haciendo una reverencia.
Edward se sintió muy orgulloso de Bella. No conocía a ninguna otra mujer que hubiera sido capaz de sobreponerse a los acontecimientos del día con ese aplomo.
Podría haber dejado que la señorita Chilcott se las apañara sola tras haberse enterado de su auténtica identidad. Pero en vez de eso, le había hecho una sola pregunta:
—¿Por qué?
A lo que la joven había respondido:
—Quiero ser autosuficiente e independiente. ¿Qué mejor modelo que usted? Y no podía hacerlo sin librarme del apellido que me ha marcado toda la vida.
Bella le había ofrecido vivir en su casa por el momento, ya que la vivienda y todas las posesiones de la señorita Chilcott se habían perdido en el incendio. Al menos, la tendrían controlada mientras duraba la investigación. Ya se encargarían de los demás detalles al día siguiente.
—La señorita Chilcott necesita un baño y una habitación —dijo Bella—. Si pudieras encargarte, Regina, te quedaría muy agradecida.
—Por supuesto. —Lady Collingsworth se volvió hacia Edward—. Tiene visita, señor Cullen . En la salita.
Al ver que Bella lo miraba, Edward extendió el brazo hacia su prometida. «Yo voy a donde tú vayas», le había dicho ella. A pesar de todo, Bella deseaba casarse con la misma prisa que él. La adoraba por eso, entre otras muchas cosas.
Westfield fue a reunirse con el resto de invitados a la sala de baile mientras ellos dos se dirigían a la sala de visitas. Allí los esperaban cinco personas: los gemelos Crouch, Lynd, Anthony Bell y la señora Francesca Maybourne.
Mirándolos con las cejas levantadas, Edward se preguntó a qué habrían venido.
Estaba a punto de preguntarlo cuando Bella se le adelantó:
—Buenas tardes, señora Reynolds. Después de todo lo que ha pasado, no esperaba volver a verla.
—He ido a la joyería —explicó Lynd—, pero no he visto a Bell por ningún sitio, lo que ha levantado mis sospechas.
Bella escuchaba el relato de la segunda parte de las maquinaciones de los Reynolds con el corazón encogido. Aunque se alegraba de que su plan hubiera fracasado, era consciente de que la causa del peligro había sido la obsesión de Edward por destruir a Montague. ¿Cuántas energías había malgastado en ese empeño a lo largo de su vida? ¿Podría contar Bella con tener todo su corazón o le habría entregado la mayor parte a esa mujer de su pasado a la que Montague había destruido?
Una cosa sin embargo la animaba: había enviado a Lynd en su lugar a perseguir a Montague para él poder casarse con ella.
—A veces —susurró Edward—, cuando algo parece demasiado bueno para ser verdad es precisamente porque no es verdad.
Lynd asintió.
—Has hecho bien en enviar a los Crouch. Entre los tres hemos vigilado la calle durante una hora y hemos visto un coche de alquiler que no se movía. Patrick ha pasado por su lado y, gracias a su tremenda altura, ha visto que la señora Reynolds estaba dentro, esperando con una pistola en el regazo. He enviado a Peter a buscar a Bell para que nos confirmara la historia que ella nos ha contado. Bell no la conocía de nada, pero al parecer la dama sabía lo suficiente sobre ti y Montague como para idear el cebo perfecto para atraerte. La hemos traído aquí sin saber que su identidad era falsa y mucho menos que la señorita Swan sabría quién era en realidad.
Bella miró a Anne Reynolds con algo parecido al odio, una emoción que hasta ese momento le había resultado desconocida.
—¿Pensaba dispararle al señor Cullen ? ¿Iba a matarlo?
La mujer morena se apartó de la cara el pañuelo con el que se había estado secando las lágrimas desde que se había enterado de la muerte de su marido y miró a Edward con rabia.
—No se llama así. De su nombre de pila no sé nada, pero puedo asegurarle que su apellido es Gresham. Es el hijo de Diana Gresham, que fue la puta de lord Montaguehasta que murió tras una larga enfermedad.
Edward permaneció tan quieto que Bella se asustó.
—Le recomiendo que modere su lenguaje —le advirtió él, con una calma amenazadora.
—Lo sé todo sobre usted, señor Gresham —le espetó Anne—. Le dije a mi marido que se lo contara a la señorita Swan. Al fin y al cabo, fue ella la que contrató a mi cuñado para que investigara su conexión con lord Gresham en County Wexford.
Le dije que le contara que usted no es quien dice ser, pero a él no le pareció necesario. Dijo que sólo con que supiera que usted la quería por su dinero sería suficiente para impedir su matrimonio. Tenía miedo de que se preguntara por qué no había hecho volver a Tobias de Irlanda cuando ella se lo ordenó. Pensó que, si descubría que había desobedecido sus órdenes esa vez, sospechara que lo había hecho más veces. Debió hacerme caso.
La tensión en la salita era palpable. Bella se apresuró a hablar antes de que Anne siguiera complicando las cosas.
—Fue usted quien escribió esas cartas amenazadoras a mi tío —dijo sin dudarlo—. ¿Por qué? ¿Qué pretendía obtener?
La mujer levantó la barbilla y apartó la vista.
—No voy a decir nada más. Yo no he hecho nada malo.
—¿Y qué tiene que decir del incidente en la Royal Academy? —añadió Edward en tono glacial.
—Santo Dios, ¿no pretenderán cargarnos con eso también? No somos asesinos.
Ya he tenido bastante —dijo la señora Reynolds, levantándose—. No tienen ningún derecho a retenerme.
—Cuando salgamos de aquí será para ir a Bow Street —dijo Bell, balanceándose sobre los talones. Era un hombre delgado y no muy alto, de aspecto casi frágil—. Ya veremos si el juez opina lo mismo que usted. Hasta entonces, siéntese.
—Lleva una capa muy cara —observó Edward—. Y las esmeraldas del collar y los pendientes llaman la atención. O tenía dinero antes de casarse o la señorita Swan le pagaba muy generosamente a su marido.
Bella, que no estaba acostumbrada a fijarse en ese tipo de cosas, volvió a mirar a la mujer de arriba abajo. La verdad era que el atuendo de Anne Reynolds parecía más caro que su propio vestido.
—Pero ¿cómo? —preguntó, volviéndose hacia Edward—. Me ocupo de la contabilidad personalmente.
—Pero no tratas directamente con los arrendatarios, ¿no? ¿Quién se ocupa de cobrar los alquileres?
—El señor Reynolds.
—Exacto —dijo Lynd—. Posiblemente, lo que usted recibe no coincide con lo que los arrendatarios están pagando.
Bella palideció.
—Supongo que tiene razón —admitió, mirando a Anne, que estaba pálida pero seguía mostrándose desafiante—. Supongo que fue subiendo los alquileres paulatinamente, o cargándoles a los inquilinos algún concepto extra que yo desconocía. Tendremos que preguntárselo a la señorita Chilcott y a los demás. Santo cielo, ellos son tan víctimas de todo esto como yo.
—Probablemente por eso querían matar a Cullen —dedujo Bell—. Una vez casada, lo más seguro es que la estafa saliera a la luz, o que prescindiera de los servicios del señor Reynolds. Lamento no haberle hecho más caso cuando acudió a mí, señorita Swan. Espero que me sirva de lección en el futuro.
Edward permaneció quieto y callado como un cadáver.
—Ésta iba a ser mi última temporada —dijo Bella en voz baja—. Pensaba retirarme al campo con lord Melville y dejar casi todos mis asuntos en manos de Reynolds. Estaban tan cerca de conseguir sus objetivos que mi súbita decisión de casarme con el señor Cullen alteró todos sus planes y los hizo actuar precipitadamente.
—Si se casa con él —intervino Anne con frialdad—, se merecerá todo lo que le pase. Al menos, mi marido se preocupaba de que sus negocios florecieran. Estoy segura de que Gresham pretende despilfarrar su fortuna.
Bella se levantó, incapaz de aguantarla ni un segundo más.
—Lo dejo todo en sus manos, señor Bell. Confío en que me informe de cómo se desarrollan los acontecimientos.
El agente inclinó la cabeza.
—Por supuesto.
—Señor Cullen —murmuró Bella entonces, lo que provocó un resoplido burlón de la señora Reynolds—, ¿me acompaña, por favor?
—Un momento —respondió él—. En seguida iré a buscarte.
Ella salió de la salita con piernas que le parecían de madera. Se preguntó si iría realmente a buscarla o si lo habría perdido para siempre. Aunque tal vez nunca había sido suyo. Aunque habían prometido ser sinceros el uno con el otro, al parecer ambos habían guardado secretos.
Al llegar al final de la escalera, Edward giró a la derecha, siguiendo las instrucciones de lady Collingsworth para llegar a la habitación de Bella. Si a la condesa viuda le había parecido inadecuado que se las pidiera, no lo había demostrado. Al contrario, lo había tranquilizado diciendo que el vicario se lo estaba pasando en grande gracias tanto al champán como a la agradable conversación de lord Westfield, y que había aceptado esperarlos el tiempo que hiciera falta.
Respiró hondo y llamó a la puerta del dormitorio de Bella. Mientras esperaba a que ella respondiera, luchó contra la debilidad que lo invadía. Se sentía como si fuera de cristal, como si pudiera romperse en cualquier momento. Tal vez fuera a causa de la larga retahíla de inesperadas revelaciones. O a los nervios propios de todo novio antes de la boda. O al pánico ante la perspectiva de perder a alguien irreemplazable.
No lo sabía.
La puerta se abrió y allí estaba Bella, vestida con una bata, con la nariz tan roja como los ojos. Recordó que la primera vez que la vio había pensado que era bonita, pero no una belleza. En esos momentos no entendía cómo había podido llegar a esa conclusión. Era preciosa, la mujer más hermosa que había visto nunca.
Ella se echó hacia atrás para dejarlo entrar. Cuando lo hizo, Edward cerró la puerta discretamente.
Se fijó en que sus habitaciones estaban decoradas en los mismos tonos crema y borgoña que las de él y se sintió aliviado en cierto modo. No debía olvidar que se parecían mucho en cosas básicas. Si pudieran dejar a un lado sus diferencias exteriores y pudieran centrarse en lo que los unía…
—Debería habértelo contado… —dijeron los dos a la vez.
Sorprendidos por haber dicho las mismas palabras al mismo tiempo, se interrumpieron y se quedaron mirando el uno al otro. Edward esperó a que ella siguiera hablando. Tras las revelaciones del día, se merecía desahogarse. Estaba dispuesto a aguantar el chaparrón.
Bella se ató el cinturón de la bata con decisión.
—Contraté a Tobias Reynolds cuando te conocí, porque no sabía nada de ti. Me dijiste que podía contestarles a quienes me preguntaran que estabas emparentado con lord Gresham y me dije que sería mejor tener un poco más de información por si alguien lo ponía en duda. Pero cuando nuestra relación se afianzó, le pedí al señor Reynolds que mandara regresar a su hermano de Irlanda, antes de que me diera ningún dato. Quería que fueras tú quien me contaras lo que quisieras y cuando quisieras.
Edward asintió, cruzando las manos a la espalda.
—Y yo debí haberte hablado de mi madre. Pensaba hacerlo, pero me dije que teníamos tiempo…
—Lo tenemos. —Bella se acercó a él—. Todo el tiempo que necesites.
—No, tengo que contártelo ahora, para que puedas decidir si quieres casarte conmigo. No podría soportar que me dejaras después de la boda.
—No voy a dejarte. Te quiero.
Edward cerró los ojos y respiró entrecortadamente.
—Bella…
—No quiero que digas nada hasta que seamos marido y mujer —lo interrumpió ella—. Quiero casarme siguiendo el mandato de mi corazón, no de mi cerebro. Debo aprender a confiar en mi instinto para poder ser lo que tú necesitas. Necesito ser una persona con una relación más sana y completa con su lado instintivo. Y necesito que sepas que te acepto tal como eres, sin dudas ni reservas, para que algún día, Dios lo quiera, puedas amarme.
Bella estaba desafiando todo lo que le resultaba familiar, rechazando hábitos y rutinas de toda la vida, haciendo una concesión tras otra… por él. Estaba decidida a confiar en él por completo, a pesar de todas las pruebas que se lo desaconsejaban.
—Te quiero —repitió.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
