No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.


Orgullo y Placer

33

Edward la miró. Se había sentado en uno de los sofás, con las manos unidas sobre el regazo. Era absurdo, pero verla así lo excitó. Verla tan controlada, sabiendo lo desbocada que se volvía cuando estaba entre sus brazos era un gran estímulo. Más que el placer físico, lo que lo volvía loco era ver cómo le mostraba su auténtica naturaleza cuando estaban a solas.

—Estoy a tu merced —confesó él con voz ronca—. Haría cualquier cosa por poseerte.

Bella se llevó la mano al esbelto cuello, rodeándoselo con los dedos. Cruzando la habitación, Edward le cogió la mano, tan blanca que parecía de alabastro. Empezó besándole el dorso y siguió por los dedos, lamiendo la punta de aquel en el que llevaría su anillo antes de que acabara el día.

Ella se estremeció. Bajando los párpados, entreabrió los labios y suspiró.

Edward le succionó el dedo, acariciándoselo al mismo tiempo con la lengua hasta que ella gimió.

Fue el sonido de la rendición que él esperaba oír para liberarse de las restricciones.

Con la mano que le quedaba libre, se desabrochó los pantalones. Su miembro le cayó pesadamente sobre su mano, tan grueso y contundente que tuvo que agarrárselo con fuerza para aliviarse momentáneamente.

—Edward.

Él le soltó los dedos para decirle:

—Te necesito.

Bella trató de deshacer el nudo del cinturón de la bata, pero le temblaban tanto los dedos que no resultaba nada fácil. Impaciente, Edward se dejó caer de rodillas en el suelo y le levantó la prenda con brusquedad. Luego, sujetando a Bella por las caderas, la atrajo hacia sí hasta que cayó sentada sobre su regazo, cabalgándolo. La abertura de su sexo rozaba la suave y ardiente piel de su pene.

Edward la cogió de la nuca, obligándola a mirarlo a los ojos.

—Necesito estar dentro de ti.

—Sí.

Bella se humedeció al oír su voz excitada. Le encantaba verlo así, descontrolado, loco de deseo por ella.

Él la levantó ligeramente. El grueso glande se deslizó por su sexo hasta apoyarse en su clítoris. Gimiendo, ella se agarró de los hombros de Edward, tensos por la impaciencia y la necesidad.

Cuando apuntó hacia su interior palpitante, Bella se estremeció. Con un gruñido, él embistió, clavándole el tenso miembro profundamente.

La abrazó con fuerza, inmovilizándola y robándole el aliento.

Ella le arañó la espalda, retorciéndose de deseo. El calor de la piel de Edward la quemaba a través de la tela de la camisa.

—Por favor —le rogó, temblando a su alrededor—. ¡Por favor!

Sujetándola con fuerza por las caderas, él la hizo subir y bajar, empalándola en su duro miembro. Arriba y abajo. Presionando, clavándose cada vez un poco más.

Bella gimió de placer.

—¡Sí!

—Haré que te vuelvas adicta a esto —le prometió Edward con voz ronca, peligrosamente oscura—. Te volverás adicta a mí. Pronto serás tú la que venga a buscarme, aunque estemos en público, incapaz de resistir ni un minuto más. Te levantarás las faldas y me rogarás que te dé placer con la boca, con la lengua. Estarás tan desesperada que te dará igual dónde estemos. Necesitarás notar mi sabor. Te dejarás caer de rodillas y me darás placer, tomándome en tu boca y succionándome hasta que me corra dentro de ti, ardiente y loco de pasión.

Ella lo abrazó con fuerza, con los ojos cerrados, mientras él seguía clavándose en su interior. Era una sensación increíble. Nunca se cansaría de hacerlo. El pliegue de su glande rozaba deliciosamente contra las terminaciones más sensibles de sus nervios, provocando un incendio en su sexo.

Él arremetió una vez más, llenándola con su calor y su firmeza. Colmándola de tanto placer que Bella arqueó la espalda sin control. Su posesión era increíblemente erótica. Y tan adictiva como él le había advertido.

Cuando se retiró, se sintió vacía. Cuando volvió a entrar, tuvo que morderse el labio para no gritar. No quería que todos los invitados se enteraran de lo que estaban haciendo.

Pero Edward no estaba dispuesto a consentirle ni una pizca de control.

—Déjame oírte. Quiero oírte —la animó—. Quiero oír cuánto lo deseas.

Le separó los muslos con las manos para poder llegar más adentro. Moviendo las caderas, siguió penetrándola con maestría, volviéndola loca de lujuria, ansiosa por tener más. Siempre más. Por mucho que le diera, no tenía suficiente.

Bella respiró con esfuerzo y le clavó las uñas en la espalda.

—Acaba, por favor.

—No, es demasiado pronto —respondió él, mientras el sudor le resbalaba por la frente.

—Tenemos toda la vida para ir despacio. No me hagas esperar ahora.

Edward se clavó en ella con toda la fuerza que pudo, abrazándola y diciéndole al oído:

—Te quiero, Bella. Te quiero.

Ella alcanzó el clímax con tanta intensidad que se convulsionó. Él la siguió de cerca, moviendo las caderas con rapidez y fiereza. Bella sintió cómo el orgasmo se apoderaba de su cuerpo. Los músculos se le tensaron y los pulmones le trabajaban frenéticamente. Cuando al fin se corrió, el clímax fue violento. El grueso pene se sacudía con cada nuevo chorro de semen que salía de él. Pronunció su nombre entrecortadamente hasta que ella lo besó, tragándose los sonidos de su placer junto con el amor incondicional que brotaba de su corazón.

Una hora más tarde estaban casados. Excepción hecha del vicario, que estaba sofocado y feliz gracias al champán, fue una boda sombría. Si alguien se dio cuenta de lo que acababa de pasar en la habitación, nadie lo comentó. Sin embargo, Bella estaba segura de que al menos Regina lo sabía.

Cuando pronunció los votos, Edward aún tenía el pelo húmedo. Había enviado a los hermanos Crouch a su casa a buscar ropa limpia mientras se bañaba en una habitación de invitados para ganar tiempo.

Los invitados que presenciaron la ceremonia no llegaban a la docena. La celebración posterior fue muy breve, ya que todo el mundo había estado esperando a los novios durante horas.

Bella llevaba un vestido de raso color blanco roto, con delicado encaje adornándole las mangas y el corpiño. Era nuevo, uno de los muchos vestidos nuevos que iban a marcar su transformación. No pensaba volver a esconder la belleza que Dios le había dado. Usaría todas las armas de su arsenal femenino para complacer a su esposo y aumentar su amor por ella.

Cuando llegó la hora de retirarse, Edward se sintió aliviado. Bella abrió camino, tirando de él en dirección a sus habitaciones.

—Tengo una cosa para ti —dijo él, cuando estuvieron a solas.

—Oh. —Ella se mordió el labio inferior—. Yo no me he acordado de comprarte un regalo de bodas.

—Tú eres mi regalo de bodas.

Del bolsillo interior de la chaqueta sacó un anillo. Era un sello pequeño, de mujer.

Alargó la mano y le puso el anillo en la mano derecha.

—Era de mi madre.

Bella lo miró con los ojos brillantes.

—Gracias.

Edward se quitó la chaqueta.

—¿Te apetece una copa? —le preguntó, solícito.

Antes había tomado su cuerpo con tanta urgencia que ahora quería compensarla yendo con calma. Pensaba disfrutarla y saborearla.

—No, me apeteces tú.

Edward sintió una gran satisfacción. Respiró hondo, expandiendo los pulmones. La sangre se le espesó y le circuló de prisa, caliente.

—¿No tienes dudas? ¿Preguntas?

—¿Por qué sigues hablando? —preguntó ella, que se había vuelto de espaldas.

—Nunca dejas de sorprenderme.

Edward se acercó y empezó a desabrocharle el vestido.

—¿No crees que ya hemos tenido que enfrentarnos a bastantes asuntos desagradables por un día? Ya tendremos tiempo mañana de encarar el resto.

Él le besó el hombro, agradecido.

Bella volvió la cabeza por encima del hombro y lo miró con intensidad.

—Si hubieras ido tú a la joyería en vez de Lynd…

—Bella…

Ella se volvió bruscamente entre sus brazos, atrapándole la boca en un beso poco estético, pero lleno de fervor. Él la abrazó con fuerza, levantándole los pies del suelo.

Bella le rodeó el cuello con sus esbeltos brazos, enredándole los dedos en el pelo de un modo que lo enloquecía de pasión.

—Quiero verte desnudo —susurró, provocándole una erección—. Quiero tocarte por todas partes, y la ropa me lo pone difícil.

—No queremos dificultades en el dormitorio —replicó él, reprimiendo una sonrisa.

Sentándola en el borde de la cama, dio un paso atrás y se empezó a desabrochar los botones del chaleco.

—Tómate tu tiempo —dijo ella.

—Te gusta mirar.

—Me gusta mirarte a ti —lo corrigió Bella—. Te encuentro muy hermoso, sensual y deseable.

Edward no supo cómo replicar a eso. ¿Cómo explicarle lo mucho que su honestidad significaba para él? En vez de palabras, se lo agradeció con hechos, reduciendo la velocidad de sus movimientos y sin dejar de mirarla en ningún momento, esperando que leyera en sus ojos lo mucho que la amaba. Cuando se hubo despojado de toda la ropa, se quedó quieto, esperando a que ella le dijera qué hacer a continuación. Antes de la boda la había tomado sin contemplaciones y ella se había entregado sin reticencias. Aunque ella aún tenía poca experiencia sexual, Edward había sido incapaz de tratarla con la delicadeza que merecía. Esta vez sería distinto.

—Voy demasiado vestida —dijo Bella, quitándose los zapatos y dejándolos caer al suelo.

—¿Y qué quieres que haga al respecto?

—Desnúdame. Pero mucho más de prisa de como te has desnudado tú.

Él la agarró por la cintura y la dejó en el suelo. Acabó de desabrocharle los botones del vestido, esta vez con más urgencia. Dejaron el vestido de boda en una silla, con cuidado, pero la camisola y los calzones fueron a parar al suelo de cualquier manera.

Hechizado por la piel pecosa de su espalda, la rodeó con los brazos, doblando las rodillas para quedar a su altura. Apoderándose de un pecho con una mano y cubriendo con la otra los rizos de su sexo, era el dueño de su pasión.

Ella gimió de placer, dejando caer la cabeza hacia atrás.

—Me encanta cómo me tocas. Tus manos son tan grandes y fuertes, callosas pero cálidas.

—Son las manos de un hombre que se gana la vida trabajando —replicó él, recorriéndole la oreja con la lengua.

—Son las únicas manos que me tocarán así.

Con dos dedos, le separó los pliegues del sexo, dejándole el clítoris al descubierto.

—¿Te encontraré húmeda?

Bella jadeó cuando empezó a martirizarle los pezones con dos dedos. Separó las piernas, invitándolo a acariciarla más a fondo.

—Sí, todavía te tengo dentro de mí… de antes.

Pensar en ella húmeda de su semen hizo que su erección creciera aún más.

Empujándola entre sus muslos, gruñó al sentir la humedad que lo recibía.

—Déjame —le pidió, empujándola hacia la cama y animándola a que apoyara los codos en ella.

Al principio, Bella se tensó, pero en seguida se relajó y le presentó las exuberantes curvas de sus preciosas nalgas. Sin poder resistirse, Edward se las apretó.

Luego la ayudó a subir un poco a la cama, le levantó un muslo y se lo apoyó en la colcha, dejándola completamente expuesta. Con una caricia posesiva, le susurró:

—Te quiero.

Ella volvió la cara y apoyó la mejilla en la colcha.

—Dilo otra vez —le pidió, con los ojos cerrados.

Sujetándose el miembro con firmeza, apoyó la punta junto a la diminuta entrada de su sexo sedoso.

—Te quiero.

Con un lento movimiento de caderas, Edward hizo entrar la gruesa cabeza en su estrecho canal. Sintió como si lo apretara un guante de seda. Bella clavó los dedos en el colchón. Su gemido apagado lo excitó aún más.

—Mi esposa —murmuró, hundiéndose más profundamente.

Ella arqueó la espalda como un gato, abrazándolo con los músculos internos con el movimiento. El placer de esos abrazos, que eran como pequeñas olas, unido a la sensación de ser atraído más profundamente hacia su interior, era indescriptible.

Edward gruñó como una fiera salvaje. Encorvándose, la penetró con embestidas rápidas y poco intensas, deslizándose lentamente en su interior hasta llegar al fondo.

Se negaba a permitir que ninguno de los dos alcanzara el clímax hasta que estuvieran totalmente unidos.

Bella ahogó un grito.

—Tan hondo… Te siento tan adentro… —dijo, arrastrando las palabras.

Él se retiró unos centímetros y volvió a embestir, llegando aún más profundamente. Ella lo abrazó hasta la raíz, sumergiendo su miembro palpitante en calor líquido.

Sujetándola por el hombro, Edward la aprisionó contra la cama, cabalgándola con embestidas largas y relajadas. Sus testículos rebotaban a la entrada de su sexo, estableciendo un ritmo regular y muy erótico. Bella gemía con cada nuevo golpe que sentía en el clítoris, dejando el rastro de sus uñas marcado en el terciopelo de la colcha. El pelo se le estaba humedeciendo de sudor.

Cuando le pareció que estaba a punto de estallar, Edward se detuvo en seco, clavado en lo más hondo de su cuerpo, y se mantuvo allí, susurrándole palabras de ánimo mientras ella se derretía a su alrededor. Él también sudaba, tenía el pelo pegado a la cara y el vello del pecho empapado por el esfuerzo de mantenerse duro como una piedra e inmóvil dentro de ella.

El tiempo fue pasando, pero Edward había perdido toda noción del mismo, como le pasaba siempre que estaba con Bella. Sólo sabía que ella había tenido tantos orgasmos que ya no le quedaban fuerzas para agarrarse a la colcha y que sus gemidos eran débiles como los de un gatito recién nacido.

Cuando, con voz ronca, le susurró que lo amaba, Edward no pudo contenerse más.

Con la mejilla apoyada en su glorioso cabello y rodeándola con los brazos, la llenó con chorros de lujuria calientes y desgarrados, que nacían de lo más profundo de su ser. Brotaban de un pozo de amor y esperanza que no había sabido que existía en su interior hasta que la había conocido.


Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo

¶Love¶Pandii23