No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
34
Bella estaba leyendo la prensa de la mañana en la mesa de desayuno cuando Vanessa Chilcott apareció. Su hermanastra iba vestida con ropa del ama de llaves. La camisa de cuello alto le iba algo estrecha en el pecho y la falda un poco larga, pero se movía con innegable dignidad.
—Buenos días —la saludó Bella, antes de volver a leer la información sobre el incendio del día anterior.
—Buenos días, señorita Swan.
A Bella le llevó unos momentos darse cuenta de que la joven permanecía inmóvil.
Frunciendo el ceño, miró por encima del periódico. Con un gesto, señaló la consola cubierta de bandejas y de fuentes tapadas.
—La comida está allí. Sírvase lo que quiera.
Como si hubiera estado esperando su permiso, Vanessa se puso en movimiento.
Cuando hubo acabado de servirse, se sentó a la mesa.
—Felicidades por la boda.
Mordiéndose el labio inferior, Bella dejó el periódico a un lado.
—¿Debí invitarla? Después de lo sucedido en la tienda y de descubrir nuestro auténtico parentesco, no estaba muy segura…Vanessa parpadeó y se la quedó mirando como siempre la miraba la gente al darse cuenta de lo poco que sabía de etiqueta.
—Buenos días, señoras —saludó Edward, entrando en la estancia con paso sensual y relajado, como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Mi mujer ha sido agraciada con una naturaleza extraordinariamente pragmática, señorita Chilcott. Y no pretende ofender a nadie cuando observa, o como en este caso, deja de observar, ciertas costumbres sociales.
La joven asintió y lo observó recorrer la habitación hasta llegar al rincón donde Bella se había sentado. Lo miraba disfrutando de lo que veía, muy consciente del tipo de hombre que tenía delante: implacable y peligrosamente sexual.
Bella supuso que cualquier mujer con sangre en las venas se sentiría atraída por él. Al fin y al cabo, incluso ella, que hasta ese momento había sido inmune a los encantos masculinos, no los había podido pasar por alto.
—No importa —la tranquilizó Vanessa—. Me sentí muy agradecida por tener un techo sobre mi cabeza.
Bella se encogió de hombros.
—Era lo más razonable. Usted perdió más que yo en el incendio.
Edward apoyó una mano en la mesa y otra en el respaldo de la silla de Bella.
—La he echado de menos esta mañana, señora Cullen . Sugiero que en el futuro pida que le suban una bandeja a la habitación.
Bella contuvo el aliento. Edward se había mostrado insaciable a lo largo de la noche, despertándola varias veces para tomarla una y otra vez. De espaldas. Tumbada boca abajo. De lado. Con los pies levantados o los muslos entre los de él.
Profundamente, superficialmente, con fuerza, con delicadeza, con rapidez o con desesperante lentitud… la había poseído de todas las maneras posibles. Su repertorio de delicias sensuales era extenso y sospechaba que sólo le había mostrado una pequeña parte.
Mientras enderezaba la espalda, Bella volvió la cabeza impulsivamente y lo besó en los labios. Edward se tensó un instante, sorprendido, pero en seguida se relajó y ronroneó satisfecho mientras ella lo besaba con dulzura. Su sonrisa le encogió el estómago. Con la punta del dedo, Edward le recorrió la nariz antes de alejarse en busca de su desayuno.
Animada por su presencia, Bella respiró hondo y se volvió hacia su hermanastra.
Vanessa tenía la mirada clavada en el plato, como si quisiera demostrar que no se había dado cuenta del escandaloso comportamiento de la pareja al otro lado de la mesa.
Se aclaró la garganta.
—No sé si era o no lo más razonable acoger bajo su techo a una inquilina que había mentido sobre su identidad, pero sé que la mayoría de la gente no lo habría hecho.
—Pero tú no eres simplemente una inquilina —señaló Bella, tuteándola—. Eres mi hermanastra.
La joven sonrió con ironía.
—Lo que hace que todo sea todavía más incómodo, ¿no?
Edward se sentó a la derecha de su esposa, en la cabecera de la mesa.
No viendo ningún motivo para mentir, Bella asintió con la cabeza.
—Siempre sincera —dijo Vanessa—. A mi padre le gustaba mucho esa cualidad suya, señorita Swan. Le parecía liberadora. Decía que lo inspiraba para ser mejor persona.
—Tutéame, por favor. No quiero ser grosera, pero él a mí nunca me habló de ti.
Vanessa alzó una ceja rubia.
—¿Le diste la oportunidad?
Bella abrió la boca, pero volvió a cerrarla sin decir nada.
—Exacto. —Vanessa cortó su porción de budín negro con cuidado—. No te culpo. Eres lista. Desde el principio debías de saber que se había casado con tu madre por la fortuna que le había dejado tu padre. Lo que se dice sobre los Chilcott es la pura verdad.
Desconcertada, Bella se volvió hacia Edward, cuya cara no revelaba ninguna emoción.
—¿Ves esto? —Vanessa dejó los cubiertos sobre la mesa y alargó el brazo, señalando una marca que tenía en el dorso de la muñeca—. Mi abuela me dijo una vez que los frutos podridos de nuestro árbol genealógico se podían distinguir por estas manchas.
—Ya veo —dijo Bella.
—Lo que no ves, sin embargo, es que hasta la fruta podrida a veces tiene partes aprovechables. En el caso de mi padre era su corazón. Cortejó a tu madre por su dinero, pero se casó con ella porque la amaba.
Bella juntó las manos sobre la mesa.
—Si la hubiera amado de verdad habría sido una buena influencia para ella.
—Eso suena razonable —admitió su hermanastra—, pero el amor no es razonable. El amor es querer ver a la otra persona lo más feliz posible lo más a menudo posible. Al menos así era como mi padre lo entendía. Como bien sabes, no era fácil lograr que lady Georgina fuera siempre feliz. Si no la hubiera querido, habría hecho que la internaran. O la habría llevado al campo y la hubiera dejado allí. O tal vez la habría enviado a Europa. O a América…
—Entiendo lo que quieres decir.
Edward le cubrió las manos con una de las suyas.
—Creo que deberías saber —siguió diciendo Vanessa— que fuiste muy buena influencia para mi padre. Cada vez que venía a verme, me hablaba de las ventajas de llevar una vida virtuosa como la tuya. Me convenció de que podría ganarme la vida honradamente si lo intentaba.
Bella no sabía cómo enfocar la conversación. ¿Qué podía decir que la joven no supiera?
—Siento los problemas que te ha causado el señor Reynolds.
Vanessa se encogió de hombros.
—En realidad, culpo a mi apellido de los actos del señor Reynolds, no a ti. Creo que me alquiló el local con la intención de sacarme el dinero que él pensaba que yo planeaba quitarte a ti. Cuando lo sorprendí prendiendo fuego a la parafina, me dijo:
«No te preocupes. Me aseguraré de que te llegue parte del dinero». En ese momento lo golpeé en la cabeza.
—Dios del cielo —susurró Bella.
—Debió de pensar que yo era un regalo de los dioses que había ido a parar directo a su regazo. Otro Chilcott para conseguir un trozo todavía más grande de tu fortuna.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
