No poseo los derechos de autor. Los personajes son de Stephenie Meyer. La historia es completamente de Sylvia Day.
Orgullo y Placer
35
Edward se volvió hacia Bella.
—Al distraerte con el incendio y quitándome a mí de en medio con una bala, probablemente pretendía que te costara más prescindir de sus servicios. Mientras tanto, se habría ocupado de hacer quedar mal al señor Bell y de levantar sospechas sobre Montague para que no buscaras la ayuda de ninguno de los dos en esos momentos difíciles.
—No se imaginó que renunciarías a una oportunidad de vengarte de Montague por quedarte conmigo —murmuró Bella, con el corazón rebosante de amor y gratitud.
Él le apretó las manos.
Volviéndose hacia Vanessa, Bella le preguntó:
—¿Y ahora qué harás?
—He pasado buena parte de mi existencia tomando decisiones basadas en mi apellido. Incluso cuando me decidí a darle un giro a mi vida, lo hice comparándola con mi vida anterior, lo que es una manera distinta de dejar que ese apellido lo domine todo. Pero no volveré a hacerlo. La tienda era un bonito sueño, pero no estoy segura de que fuera mi sueño.
—Me gustaría que te quedaras aquí mientras decides algo —dijo Bella, sorprendiendo a todos los presentes, incluida ella misma.
—Una Swan invitando a una Chilcott a compartir casa. La historia se repite.
—No me había dado cuenta del paralelismo.
Era cierto. La había invitado porque le había salido del corazón.
Edward le dirigió una sonrisa de ánimo.
—Cuando hayas acabado —le dijo Bella—, me gustaría hablar contigo en privado.
—Por supuesto.
Robbins apareció en la puerta con una tarjeta de visita. Acercándose a los recién casados, dejó la bandeja entre los dos.
—El conde de Westfield ha venido de visita.
—Que pase —respondió Edward.
Poco después, el conde entró en la sala del desayuno, despeinado por el viento y más atractivo que de costumbre gracias a ello.
—Buenos días —les dijo a todos en general, aunque con los ojos clavados en Vanessa—. Qué suerte. No he desayunado.
—Llegas tarde, milord —bromeó Edward.
—No recuerdo la última vez que me levanté tan temprano. Si me he levantado a estas horas de la madrugada ha sido sólo por ti.
—Tal vez debería plantearse la necesidad de acostarse más temprano, milord —le aconsejó Vanessa.
—¿Y eso qué gracia tiene, señorita Chilcott?
Ella permaneció con la vista clavada en el plato.
—Depende de quien más esté en la cama —dijo Bella.
Edward la miró divertido.
—Mi mujer y yo tenemos que retirarnos, pero por favor, pasadlo bien.
Westfield sonrió.
—Eso es exactamente lo que pienso hacer.
—Me pregunto si debo avisar a la señorita Chilcott de que tenga cuidado con Westfield —comentó Edward, mientras Bella y él subían a las habitaciones de ésta.
—Qué casualidad. Yo me estaba preguntando si Westfield no necesitaría una advertencia similar. —La sonrisa que ella le dirigió era tan radiante que Edward casi tropezó—. De todos modos, creo que hacen buena pareja. No creo que ninguno de los dos pueda aprovecharse mucho del otro… aunque está claro que el conde piensa intentarlo.
—Lo pierden las mujeres guapas.
Ella lo miró de reojo.
—Espero que a ti no te pase lo mismo.
—Lo siento, pero me temo que sí. Hay una mujer preciosa con la que comparto la vida. Y he perdido la cabeza por ella completamente.
Entraron en la salita privada. Edward esperaba que se retiraran directamente al dormitorio, al fin y al cabo eran recién casados, pero Bella se sentó en uno de los sofás y se arregló la falda del vestido a rayas como si se estuviera preparando para una larga conversación. Con la nariz y la barbilla levantadas, era la viva imagen de la firmeza y la decisión.
Reconociendo los signos, Edward se quitó la chaqueta.
—Me ha impresionado mucho tu conversación con la señorita Chilcott.
—Entiendo perfectamente lo que dice cuando habla de permitir que fuerzas externas nos condicionen. Durante demasiado tiempo yo permití que la frustración que mi madre me provocaba dominara mis actos y elecciones. —Respiró hondo antes de añadir—: Incluso casarme contigo.
Edward se sentó a su lado.
—No conozco exactamente tus preocupaciones. Supongo que debías de tener miedo de repetir los errores de tu madre, pero creo que lo has llevado todo muy bien.
Si no, a estas horas no llevarías puesto mi anillo.
Bella lo miró mientras él se llevaba a los labios la mano donde el día anterior le había puesto el anillo de rubí y diamantes.
—No lo sé. Había estado tan obsesionada con no casarme para no repetir sus errores que cuando cambié de idea seguí dejándome influenciar por ella. Al luchar para que mi madre no fuera la razón de mi rechazo, se convirtió en la razón por la que te acepté.
Edward no estaba seguro de adónde quería llegar Bella con sus palabras, pero sabía que no le gustaba nada oír que se había casado con él por cualquier razón que no fuera porque lo amaba.
—¿Qué pretendes decirme? —preguntó, sin soltarle la mano.
—El señor Reynolds vino a traerme información que te dejaba en mal lugar, tratando de convencerme de que no me casara contigo. Y lo que yo hice fue acallar mis preocupaciones diciéndome que si no me casaba contigo estaría concediéndole a mi madre una nueva victoria sobre mi vida. ¿Lo comprendes? —preguntó Bella, apretándole la mano.
—Creo que sí. ¿Sigues teniendo dudas? —Él se acarició el pecho, tratando de librarse de la opresión que lo atenazaba.
Bella sonrió.
—No.
Dándose cuenta de que había estado apretando los dientes, Edward relajó la mandíbula para preguntar:
—¿Has creído alguna vez, aunque fuera por un momento, que al casarme contigo mi intención era impedir que Montague tuviera acceso a tu herencia? ¿Pensaste que te usaría para asegurarme de que él no salía del agujero que ha cavado con sus propias manos?
—Quiero que uses todo lo que necesites para lograr tus objetivos —respondió ella en voz baja—. El dinero y lo que haga falta.
Él se la quedó mirando; se había quedado sin palabras.
—Lo que estuvo a punto de pasar ayer —siguió diciendo Bella—, lo de Anne Reynolds y la emboscada fallida… fue tu pasado influyendo en tu vida, definiéndote como persona. Yo no podía entregarme totalmente a ti hasta liberarme de la influencia de mi madre. Lo mismo puede aplicarse a ti.
Él se puso en pie de un salto.
—Mi madre vino a Londres para ser presentada en sociedad. Era una mujer de una gran belleza. Podía haber elegido al marido que quisiera.
—Pero cayó en las redes del difunto conde de Montague.
El tono dulce y amable de Bella fue su perdición. Tenía que controlarse. Nunca le había contado esa parte de su vida a nadie. Lynd la conocía porque había sido testigo directo.
—Sí —respondió Edward, pasándose la mano por el pelo—. A diferencia de la joven que oímos el otro día en el jardín de los Cranmore, mi madre se acostó con Montague voluntariamente.
—Jane Rothschild. —Bella le recordó el nombre de la desafortunada muchacha.
—Y al igual que Jane Rothschild, mi madre se quedó embarazada. —Edward empezó a andar arriba y abajo—. Cuando el conde se negó a casarse con ella, ella se lo contó a su hermano. La respuesta de lord Gresham fue desheredarla.
—Su propio hermano… ¿Por eso no usas su nombre?
—Me lo cambié legalmente. Él la abandonó en Londres y se volvió a Irlanda. Mi madre no tenía a quién acudir.
—No me lo puedo ni imaginar —susurró Bella—. Qué horrible indefensión.
—Y a pesar de todo —replicó él con más dureza de la que pretendía—, ¿me ofreces libremente los medios económicos que te permiten no depender de nadie?
Ella lo miró sorprendida.
—¿Te enfadas conmigo por apoyarte?
—¡No! ¡Maldita sea! Estoy enfadado con Montague por haber ensuciado nuestra relación con dinero. —Al llegar a la pared, se volvió y siguió andando—. Mi madre le pidió ayuda. Le suplicó. Entonces, él la convirtió en su amante y presumió ante todos sus conocidos de haber convertido en su querida a la estrella más brillante de la temporada. Cuando la suerte lo abandonó y perdió una fortuna a las cartas, alguien le propuso pasar la noche con mi madre como pago. Él aceptó.
—Oh, Edward —susurró ella—. ¿Y tú dónde estabas mientras…?
—Durante el día iba a clase y por las noches no me dejaba salir de mi habitación.
Algunos de los hombres que Montague enviaba a casa le traían regalos a mi madre.
La recordaban de cuando era una jovencita con un futuro prometedor y les daba lástima. Ella lo empeñaba todo para pagar mis estudios… y su creciente dependencia del opio.
No se atrevía a mirar a Bella a los ojos, consciente de que, si veía lástima en ellos, sería incapaz de continuar.
—A medida que la situación financiera de Montague empeoraba, también lo hacía la calidad de la vivienda de mi madre, la de los hombres que iban a verla y la de los regalos que le llevaban. Pero ella no estaba dispuesta a que mi educación se resintiera, así que siguió rebajándose cada vez más para ganar dinero.
»Mientras tanto —prosiguió, con voz dura—, yo procuraba aprender todo lo que podía de mis tutores, con el objetivo de arruinar a Montague algún día, del mismo modo que él había arruinado la vida de mi madre. Cuando murió, antes de que yo pudiese vengarme, me puse furioso.
Durante unos momentos ambos guardaron silencio. Sólo se oía la respiración agitada de Bella. Finalmente, fue ella la que habló.
—Lo que le pasó a tu madre es una crueldad tan grande que cuesta de concebir.
Levantándose, se acercó a él. Interceptándolo mientras caminaba, lo abrazó por la cintura, obligándolo a aceptar el consuelo que le ofrecía. Edward permaneció inmóvil, muy rígido, respirando hondo mientras imágenes del pasado que deseaba desesperadamente olvidar cruzaban por su mente. Finalmente, el aroma del perfume de Bella atravesó la niebla de los recuerdos y lo trajo de vuelta al presente. De vuelta a la esposa que nunca pensó tener, pero sin la que ya no se imaginaba la vida.
Le apoyó la mejilla en la coronilla.
—Sé lo que estás sacrificando con tu ofrecimiento. Si me dejara arrastrar por la sed de venganza, fácilmente podría dilapidar todo lo que tu padre y tú habéis trabajado tanto para conseguir. Eres consciente de ello y, a pesar de todo, me quieres lo suficiente como para poner mis necesidades por delante de las tuyas.
—Es verdad. Te quiero y quiero que seas feliz —admitió ella, abrazándolo con más fuerza.
—Yo también te quiero. Lo vi claro cuando envié a Lynd a ocuparse del caso de la señora Reynolds. Me di cuenta de que lo que más deseaba en la vida era estar a tu lado. Y también comprendí que Montague podía arrebatármelo si se lo permitía. —Echándose un poco hacia atrás, la miró a los ojos—. Si le permitía que condicionara quién soy y lo que hago.
Bella tragó saliva.
—¿Qué harás ahora?
—Pienso pedirle a Westfield que le devuelva la escritura y olvidarme del asunto.
Para eso ha venido el conde. He entendido que mi madre preferiría verme disfrutar de una vida de felicidad al lado de una mujer preciosa y unos hijos traviesos pero muy inteligentes. Ésa será su mayor victoria.
Bella le sujetó la cara entre las manos. Los ojos le brillaban con un amor tan intenso que Edward se sintió indigno de ella. Estaba a punto de hablar cuando alguien llamó a la puerta.
—No te muevas —dijo él.
Cuando Bella sonrió y le vio los hoyuelos que se le formaron en las mejillas, estuvo a punto de decirle a quien fuera que los estaba molestando y que volviera más tarde. Horas más tarde. O mejor, días.
Pero abrió la puerta. Era Robbins.
—Discúlpeme, señor Cullen . Ha llegado un agente de Bow Street. El señor Bell. Quiere verlos, a usted y a la señora Cullen.
—De acuerdo, gracias. En seguida bajamos.
Se puso la chaqueta antes de ofrecerle el brazo a Bella. Al pasar frente a la sala del desayuno, oyeron a Westfield hablando con la señorita Chilcott. Sonaba molesto y ofendido.
Se reunieron con el señor Bell en el despacho de Bella.
El detective rechazó el asiento que ella le ofreció. Estaba muy serio.
—Ayer, la señora Reynolds mencionó el nombre de lord Montague varias veces.
Edward logró mantener una expresión neutra, pero se volvió hacia Bella, que asintió.
—Bueno —siguió diciendo Bell—. Aún no sé cuál es la conexión de lord Montague con los acontecimientos, pero he pensado que deberían saber que lo han matado hace una hora.
Bella palideció, pero no dijo nada. Edward también necesitó unos instantes para asimilar la noticia. Tras la sorpresa inicial, sintió un gran alivio al darse cuenta de que no estaba furioso como cuando había muerto su padre. La muerte del conde no le quitaba nada. Todo lo que necesitaba en la vida lo tenía justo al lado.
—¿Cómo? —preguntó finalmente.
—La señorita Jane Rothschild ha acabado con su vida de un disparo al corazón con la pistola de su padre.
Espero que les guste y sigan...estaré por aquí muy pronto xoxo
¶Love¶Pandii23
