Reinicio n.º 17

El edificio arde frente a él como una almenara. Las lágrimas vuelven borroso el mundo, mientras la calle comienza a llenarse de gente. Algunas personas corren lejos del fuego. Deben haber llamado ya a la estación de bomberos y a las ambulancias. Luciel no se puede mover, hasta que una explosión en el interior del edificio, muy por lo alto de su cabeza, hace saltar el cristal de otra ventana en pedazos.

—¿Qué haces ahí? ¿Estás herido?

Se le hacen las mismas preguntas varias veces, porque no hay tiempo para tener sentido en medio del caos. Alguien lo levanta del suelo y lo lleva a donde está el paramédico. Allí, le realizan una inspección rápida. No es grave, hay que atender a otros con más urgencia. Luciel deja la camilla para un hombre que llega chorreando sangre al mismo tiempo que sostiene su cabeza con una mano también ensangrentada.

¿Qué estaba pensando cuando...? Cuando instaló la bomba. ¡Una bomba! ¿Qué clase de idiota hace algo así? La idea es aberrante, lo suficiente para que se sienta agobiado por una impresión de irrealidad, de esas que suelen ser más teóricas que empíricas. Luciel sabe lo que es, solo que pocas veces llega a sentirlo.

Luciel arrastra los pies hasta su automóvil, estacionado varias cuadras más allá y, contra la puerta cerrada del copiloto, se deja caer al suelo. Las sirenas de las ambulancias, las luces de los carros de bomberos, las instrucciones de los policías a través del altavoz de las patrullas; los ecos del ajetreo interminable provocan que Luciel se lleve las manos a las orejas esperando bloquear el sonido. Aprieta los párpados, pero no hay ninguna paz que provenga de su interior tampoco. Dentro de su mente está Yoosung hablando bajito y ronco, triste. La última vez, al otro lado de la línea, su voz había sonado pausada. Dios, triste es un eufemismo.

Kim Yoosung (en el fondo de su mente estalla la vívida imagen de un chiquillo castaño de ojos amatista que sonreía tímido, parcialmente escondido detrás de Rika) suele hablar más rápido que cualquier persona que Luciel conozca. Incluso en una conversación común, Yoosung tiende a atropellar las palabras. Es un poco tierno, en realidad. Seven sonríe, percibiendo el sabor salado de sus lágrimas en la comisura de la boca. Saca el teléfono móvil y lo mira con impotencia antes de golpearse la frente contra la pantalla. Ahoga un sollozo.

La voz de Yoosung sonó extraña durante esa última conversación. En cuanto notó la ausencia del rubito en su guarida, condujo detrás de él. Su llegada había sido intempestiva y sinceramente Yoosung se veía fuera de sí en esos momentos. Sin embargo, el chiquillo había sido inteligente y lo engañó. Seven, tras concluir que Yoosung acudiría a donde la coordinadora de la fiesta, se apresuró a llegar primero al departamento de Rika, pero Yoosung no estaba allí. Luego, salió a buscarlo a su propio departamento, pensando que podría haber vuelto a casa, agotado. En el camino de regreso, Luciel recibió la llamada.

—¿Está Zen allí, Yoosung?

—No hay nadie conmigo, no ahora.

—¿Ahora?

—Tengo que colgar, Seven.

—¿Dónde estás?

Luciel se recuerda apretando más el teléfono en ese momento, mirando fijamente a la pantalla de su portátil, incluso cuando el automóvil ya rebasaba el límite de velocidad. No hubo respuesta del otro lado de la línea.

—No me hagas rastrearte, ¡porque sabes que lo haría!

El tono jovial que intentó imprimir en su propia voz titubeó. Seven tuvo que tragar saliva. Luego, la información hizo clic en su cabeza; tirando bruscamente del volante, cambió de dirección. Le ardían los ojos, más allá del parabrisas el paisaje era borroso. El límite de velocidad y el oficial de tránsito eran cosas fáciles de ignorar. Todo podía permitírselo, menos perder a su amigo.

—Adiós, Luciel.

Yoosung articuló cada sonido a la perfección, pero él rogó a Dios que volviera a hablar rápido para pedirle, a modo de burla, que pronunciara claramente cada palabra. Solo quería seguir escuchándolo. Sin embargo, era tarde y darse cuenta de que estaba resignándose le provocó un nudo en la garganta. El sabor de la renuncia fue repugnante.

—Ese no es mi nombre, Yoosung. ¡Ese no soy yo!

En el presente, entierra los dedos entre su cabello y tira de los mechones, buscando alivio en el dolor físico. No puede ser él quien ha matado al mocoso de los ojos amatista y a la chica del espacio. Es su programación defectuosa. Un error. Todavía debería poder salvarlos.


Notas de autor: este capítulo está inspirado en alguno de los finales malos de la ruta de Yoosung, como algunos se habrán dado cuenta.

Gracias por leer, criaturas del inframundo.