Reinicio n.°41

Un traje negro impecable, un par de gafas del mismo color y la mejor actuación que alguna vez haya hecho en una misión es lo que le ha costado llegar hasta aquí arriba (la intervención de los sistemas de seguridad ha sido tan sencilla que apenas cuenta como esfuerzo, probablemente deba mencionárselo a Jumin más tarde, cuando ya haya sacado de aquí a la coordinadora, preferiblemente). Aguarda a que el ascensor abra las puertas, moviendo el dedo índice de manera frenética sobre su muslo. Todavía usa la expresión neutra de guardia de seguridad, uno a quien ni Jumin podría identificar como Luciel Choi, cuando cruza el pasillo y se agacha para forzar la cerradura electrónica del pent-house con otro de esos aparatos que le ha robado a Vanderwood.

«Oh, dulce, dulce señorita Vanderwood, perdóname la próxima vez que nos veamos.»

No la localiza de inmediato. Camina hasta la terraza, donde espera encontrarla porque le parece lógico que luego de no salir durante días, esté tomando aire en el único sitio abierto del departamento. No está allí. Gira sobre sus talones, tarareando una cancioncilla que no sabe de dónde se le ha pegado. Descarta la cocina, Jumin debe estar ocupándose de las comidas, ya sea preparándolas él mismo o encargándolas al chef.

Al fin la halla recostada de medio lado sobre la cama de Jumin. Seven siente un tirón en el estómago al verla (el recuerdo, una y otra vez); sonreiría si tan solo... Dios. Se obliga a detener el pensamiento, suspirando mentalmente con tristeza.

—¿Cómoda?

Ella levanta la cabeza y gira un poco el cuerpo para mirarlo. Después se voltea completamente sobre el colchón. Usa un pijama verde de lo más bonito, la tela parece cara (aunque Seven no tiene ni idea sobre telas), uno de los muchos espléndidos regalos que Jumin debe haberle dado desde que llegó.

—¿Qué haces aquí?

—Parte de los servicios del Súper Agente 707 consisten en rescatar a la damisela en apuros —parlotea en su intento por alegrarla y aligerar un poco la incomodidad—. ¿A dónde se ha ido nuestro príncipe oscuro?

—Todavía trabaja.

—¿Todavía? —Seven silva luego, echando un vistazo a la habitación. Al cabo de un momento, su cara gesticula un horror no tan exagerado al mismo tiempo que señala un par de zapatos en el suelo—. No me digas que esos tacones son para... ya sabes, localizarte. ¿Quién diría que Jumin podía llegar a ser un tipo así de escalofriante?

La coordinadora se limita a parpadear con pesadez, como si estuviera muy cansada. Ella no olvida, nunca olvida, nunca olvida.

—¿Puedo pedirte un favor?

—Seguro, lo que sea.

—¿Puedes no rescatarme?

Seven se había arrodillado para sacar del maletín el disfraz que le proporcionaría para huir cuando escuchó la petición de la mujer. Alzó la cara, teniendo dificultad para verla a través de los mechones negros de la peluca. Ladeó la cabeza, sin entender.

—Este es... Este es un mal final, ¿no es así? —Inquiere, confundido. Tal vez ha entendido algo mal —. ¿Por qué querrías quedarte aquí? Es decir, ha sido raro leer todos esos mensajes. Fue perturbador incluso, pero...

—¿Tú qué crees? ¿Es un final bueno o uno malo?

Sus ojos están fijos en él, pero es como si Seven no estuviera allí. Tiene la mirada muerta. Todo ánimo positivo se evapora de él al advertir la verdadera magnitud del daño.

—Nadie en la RFA es feliz en este, ni siquiera él. —Con la mirada Luciel señala el espacio vacío en la cama. La chica recoge las piernas, dándole la espalda. Justo en ese momento, Luciel vuelve a sentir el incómodo tirón en el estómago. Se queda inmóvil unos segundos, tratando de entender por qué acuden a él un escalofrío.

—¿Qué pasó en el anterior?

—No recuerdas nada... —Ella profiere una risa amarga antes de recostarse boca arriba para mirar el techo. A él le parece que ella quiere llorar, una parte de él desearía que lo hiciera porque es incluso peor verla retener las lágrimas—. Es curioso, ¿qué lo decidirá? Zen recuerda, pero no sabe. Tú sabes, pero no recuerdas. Como sea, este es el intento cuarenta y uno, pensarías que es poco, y tal vez lo sea, lo cual es horripilante, ¿a que sí? ¿Cuántas veces más? —Seven se adelanta un par de pasos para sentarse al borde de la cama, en el extremo opuesto—. Es egoísta, pero no puedo evitar desear que se detenga.

Con cautela, Luciel se dedica a estudiarla más a consciencia.

—¿Cómo llegaste hasta aquí? Me refiero a... ¿Cómo has podido guiar las cosas hasta este punto? Dijiste muchas cosas raras, pero te dejé ser, creí que quizá era final feliz. Luego me di cuenta de que no lo era. No lo sé, a veces no es tan fácil distinguir.

Ella ríe, pero el sonido es un torrente de emociones entre las cuales no perfila la alegría. Si lo piensa, lo que acaba de decir es bastante risible porque es ridículo y ofensivo a partes iguales.

—¿Te parezco una persona con un final feliz?