Era un hermoso día. Los rayos del sol se dejaban ver en el cielo azul. Una suave brisa de primavera refrescaba el aire. En el parque, el césped estaba alto y cubierto de flores de diversas tonalidades de rojo y amarillo. Adrien miró a su alrededor. Había algunas familias reunidas allí, la mayoría de ellas compartiendo un día de picnic. Otros se limitaban a conversar, incluso había algunos que, recostados sobre el espacio verde, miraban las nubes. ¿Y él? Bueno, el joven estaba solo. Algo bastante habitual ya que su padre siempre se encontraba demasiado ocupado y, cuando por fin le hablaba, ay, él preferiría que no lo hiciera. Ese día en particular, por ejemplo, Adrien había ganado una competencia de esgrima muy difícil. Le tomó semanas practicar y prepararse. Cuando el evento terminó, con montones de personas que tenían los ojos fijos en todos y cada uno de sus movimientos debido a su fama, con su frente empapada en sudor y los músculos doloridos por el esfuerzo del combate, Adrien recibió su medalla. Había conseguido el primer lugar. Ese logro, teniendo en cuenta lo inseguro que era el joven, lo llenó de alegría y, estando tan alegre, lo celebró con un pequeño baile de la victoria. Él solía ser tímido, callado, como si intentara pasar desapercibido. En ese momento, no obstante, su Chat Noir interior salió a la luz. Se permitió expresar la emoción que sentía. El problema es que él era un modelo de fama internacional y ese pequeño instante de felicidad fue capturado por las cámaras de los cientos de admiradores que habían podido entrar a ver el evento. Adrien no había hecho nada malo, él sólo quería demostrar que estaba feliz. Ni siquiera lo pensó como tal, no fue algo calculado, sino espontáneo. El problema mayor fue que, una vez subido a Internet, el video fue visto por su implacable y frío padre, Gabriel Agreste. Una vez llegó a su casa, Nathalie, la asistente de su padre se dirigió al chico.

-Tu padre quiere verte en su oficina, Adrien- El joven, todavía feliz por la victoria obtenida en aquella competencia, curvó sus labios en una sonrisa despreocupada y se encaminó al lugar en la mansión.

-Interesante manera de llamar la atención, Adrien- El aludido se tensó. No le gustó nada cómo sonaba eso.

-Hola, padre. ¿Cómo estás? ¿A qué te refieres?- Fue tan educado como siempre. Gabriel Agreste se sujetó el puente de la nariz, señal de su irritación. Su hijo abrió mucho los ojos. Oh, oh. Tendría problemas. Pero ¿Por qué?

-Ganaste esa competencia- Empezó Gabriel y Adrien, esperanzado, creyó que iba a felicitarlo por primera vez en su vida.

-Hiciste lo que se esperaba de ti. Mantener en alto la reputación del nombre Agreste es lo mínimo que deberías hacer. Sin embargo, lo que hiciste después, no tengo palabras para describirlo- El chico tragó saliva.

-Padre, yo...-

-¿Crees que puedes ponerte a hacer un ridículo baile en frente de todos, en frente de la prensa?-

-Yo, yo estaba feliz porque...-

-¡Suficiente! Es ridículo, ordinario, completamente inaceptable- Gabriel alzó la voz. De pie frente a él, los ojos verdes de Adrien se llenaron de lágrimas.

-¿Por qué no puedes ser diferente? Está claro que no has madurado. Necesitas esforzarte más. ¿Por qué eres así?- Adrien no lo comprendía, no quería comprenderlo. Su padre le estaba reclamando, literalmente, por ser quien él era. Sin importar lo que hiciera, sin importar lo mucho que se esforzara, su padre siempre tenía algo que reclamarle. Sus delgadas manos se cerraron en puños, que se aferraron a su camiseta negra, tirando de la tela. Se sentía tan impotente. Sus ojos se quedaron fijos en sus zapatillas anaranjadas.

-Yo no... A muchos les gustó lo que hice. No tienes que enojarte, hay muchos buenos comentarios, escucha...-

-¿Buenos comentarios, dices? Mírame, Adrien- Él alzó la vista. Gabriel era la imagen misma de la decepción y eso le dolió aún más.

-Lo único que tiene que importarte es lo que yo digo. Ese eres tú, eres lo que yo digo que eres-

-N-no- Su hijo reprimió un sollozo. Si las palabras de su padre de verdad lo definían... Adrien se sentía un ser completamente inservible. Era como si tuviera que volver a nacer... O terminar con su vida antes de seguir humillándose con su mera existencia. No, no podía ser verdad. Era demasiado doloroso, pero, a veces, las verdades dolían.

-¿Y qué soy entonces, pa...papá? ¿Quién soy yo según tú?- Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas. ¿Qué esperaba el chico haciendo una pregunta como esa? Tal vez un poquito de misericordia, tal vez una dulce y pequeña mentira. Tal vez un "Te quiero, hijo, aunque seas un desastre en todo" Se conformaría con eso. Atesoraría la primera mitad de aquella frase en su lastimado corazón. Sin embargo, Gabriel era... bueno, era Gabriel.

-Eres una persona que tiene mucho por crecer y mejorar, y no sé si algún día estarás a la altura. Temo por ti, Adrien-

¿Su padre temía por él? Bueno, eso significa que le importaba. Dudaba de él, pero le importaba. Lo consideraba alguien con múltiples falencias, pero le importaba ¿No? No obstante, el frío hombre aún no había dicho su última palabra.

-Me preocupo seriamente por ti, por tu futuro, también por el presente. Si sigues así, nunca lograrás ser alguien digno de respeto- El joven jadeó, espantado. No esperaba oír algo como eso. Jamás lo hubiese imaginado. Su padre lo había lastimado con sus palabras más veces de las que podría contar, pero decirle que no era digno de respeto. ¿A qué lo reducía eso? ¿Cómo podía menospreciarlo de esa manera? Su rostro se mantuvo impasible mientras escupía palabras que hacían trizas lo más profundo de su ser. Adrien ya no pudo soportarlo más. Se limpió las lágrimas, intentando recoger la dignidad que le quedaba después de tamaña ofensa y salió corriendo de la oficina.

- ¡Adrien! ¡Adrien!- Su padre lo llamó, pero él subió las escaleras rumbo a su habitación, saltando los escalones de dos en dos, de tres en tres, como fuera. Tenía que salir de allí.

- ¡Plagg! ¿Dónde estás? ¡Plagg!- Llamó desesperado a su kwami. Tenía que irse antes de que su padre fuera a buscarlo para seguir diciéndole cosas que lo inspiraban a imaginar que usaba su cataclismo en él mismo, terminando con su vida.

-Aquí estoy, chico. ¡Me has despertado!- Se quejó el diminuto gato negro, volando hacia su rostro. Su actitud cambió en cuanto vio sus lágrimas.

-Adrien, ¿Qué pasó? ¿Quién te hizo llorar? Terminará igual que los dinosaurios y la Atlántida- Exclamó el kwami. Su portador lo miró enternecido.

-Plagg, ¡Garras fuera!- Ya transformado en súper héroe, Adrien saltó por la ventana, aterrizando en el árbol más cercano justo cuando su padre entraba como una tromba en su habitación. Fiugh, justo a tiempo. Chat Noir se impulsó con su bastón hacia los tejados de París y corrió sin rumbo fijo. (¿Era necesario que me dijera todo eso) Se preguntaba. (¿Está tan mal lo que hice?) (¿De verdad soy una persona tan... tan inservible?) (¿Por qué me trata así?) Fue entonces que todas sus preguntas se redujeron a una sola. (¿Por qué?) (¿Por qué?) (¡¿Por qué?!) Era mediodía cuando aterrizó en otro árbol y se escondió detrás del mismo.

-Garras dentro- Adrien se dejó caer al suelo, apoyando su espalda contra el tronco del árbol. Miró a su alrededor. Suspiró temblorosamente y, abrazando sus rodillas, rompió a llorar. Plagg, escondido en el bolsillo de su camisa, lo miró, sin saber qué hacer.

-Aquí tienes algo de queso- El chico le ofreció un trocito de Camembert, pero el kwami se había quedado sin apetito.

-No tengo hambre, niño- Aún llorando, Adrien alzó una ceja. ¿Qué no tenía hambre la criatura más glotona que había conocido?

-Sabes, Adrien, si me ofrecieran todo el Camembert del mundo...- Empezó, algo nervioso. No se le daba nada bien esto de relacionarse con otros. No estaba acostumbrado, le parecía cursi. Pero con Adrien todo era diferente. Ese chico se merecía todo en esta vida, era tan noble y bueno con todos. Sin embargo, la mayoría del tiempo estaba triste. El chico lo miró.

-Yo preferiría que dejes de estar triste, pero eso es muy cursi, no lo tomes en cuenta- Adrien sonrió levemente, pero todavía se sentía mal.