-Gracias, Plagg- Al ver que volvía a hacerse bolita y seguía sollozando, el kwami de la destrucción suspiró con pesar.
- ¿Quieres algo de tiempo a solas? Yo estaré por aquí cerca, nunca te pierdo de vista. Eres el mejor Chat Noir que he tenido en quinientos años, Adrien, eso ya lo sabes- El joven asintió, pero no estaba seguro de ello. Después de todo lo que le había dicho su padre esa mañana, ya no estaba seguro de nada. Plagg se alejó volando, siempre se hacía el duro, pero, en realidad, no soportaba ver llorar a su portador. Adrien se sentía cada vez peor. Quería hacerse aún más pequeño que su autoestima, si eso era posible, y desaparecer. Si las palabras de Gabriel eran la única verdad y él se esfumara, estaba seguro de que nadie lo recordaría. Bueno, tal vez Marinette… No, ¿Ladybug? Menos que menos. Ya no tendría que lidiar con sus insistentes coqueteos. Él tampoco era la gran cosa como Chat Noir. Estaba seguro de que Ladybug se las arreglaría muy bien sin sus torpes intervenciones. La mayoría de las veces el villano de turno lo dejaba fuera de combate.
Al ver que Adrien seguía llorando, Plagg casi regresa a su lado para intentar animarlo, o hacerlo reír para distraerlo de su tristeza, cualquier cosa. Pero, entonces, apareció ella. Marinette Dupain-Cheng, mejor conocida como "la niña de coletas que cocina delicioso" por Plagg, que sonrió al ver que la chica, dándose cuenta de que su portador estaba allí, se sentaba a su lado. Sí, él estaba en buenas manos. Después de todo, la niña de coletas era su amada Ladybug, aunque él no lo supiera.
-Hola, Adrien. Qué lindo te ves por aquí, quiero decir, qué lindo verte por aquí- Marinette tartamudeó porque estaba enamorada de él. Distraída como era, no se había dado cuenta de que el chico sentado allí estaba llorando. Más bien sollozando lo más silenciosamente que podía. No era tan fácil darse cuenta. El joven alzó la cabeza para mirarla.
-Hola, Marinette- Ahora sí, ella pudo ver que tenía los ojos llorosos e hinchados. Su cabello rubio estaba algo despeinado, también.
-¡Adrien! ¿Estás, estás llorando? ¿Qué ocurrió?- Marinette pensó que era una pregunta un poco idiota, pero la alarmó ver al chico que amaba en ese estado. ¿Quién se había atrevido a hacerle daño a su príncipe? ¿A quién tenía que matar? Se preguntó.
-Yo no, no quiero hablar de eso- Él evitó esos ojos azules llenos de preocupación.
-Está bien, ¿Quieres que me vaya?– No queriendo incomodarlo, ella intentó levantarse.
-¡N-no! Adrien la tomó de la mano. En otras circunstancias Marinette se hubiera emocionado por el gesto, pero ahora, ahora sólo le importaba el joven y su estado de ánimo. La chica volvió a sentarse, pero él no soltó su mano. Al contrario, se quedó mirando sus manos unidas y, inseguro, pero con firmeza, entrelazó sus dedos con los suyos. Adrien cerró los ojos y exhaló profundamente. Necesitaba algo de calidez, necesitaba de otro ser humano. Necesitaba y quería importarle a alguien, incluso si era el desastre que su padre afirmaba que era.
Marinette se quedó sin palabras, tampoco consideró oportuno decir nada. Su mano tembló un poco porque, después de todo, era Adrien el que estaba sosteniéndola. Él lo interpretó como incomodidad.
-Lo siento, ¿Te molesta?- No había abierto los ojos todavía.
-No, aquí estoy, para apoyarte- Adrien suspiró. Le dio un leve apretón a la mano de la chica, que sostenía sobre su regazo.
-Gracias, Marinette. Sólo quédate conmigo si, si quieres, si no tienes algo que hacer-
-Me quedaré, Adrien- Lo interrumpió ella. Él sonrió. Era extraño, pero sosteniendo la mano de su mejor amiga, sintiendo su calidez, recibiendo su apoyo, cerrando los ojos para evadirse de todo a su alrededor, se sentía vivo.
Poco a poco fue apoyando su cabeza sobre el hombro de ella, que primero se quedó congelada y después, con la mano que tenía libre, comenzó a acariciarle el cabello, era incluso más suave de lo que había imaginado. Adrien dejó de llorar. Sus caricias eran muy reconfortantes.
-Mmm, Marinette, eso es lo que hacía mi madre- El chico bostezó, adormilado por las caricias, como cuando era pequeño.
- ¿No te molesta?- Se preocupó ella, sabiendo que Adrien había perdido a su madre Emily hace algunos años.
-Me agrada…- El joven rubio, exhausto tanto física como emocionalmente después de todos los acontecimientos vividos ese día, volvió a bostezar.
-Me agrada mucho- Ella se sonrojó, ahora sí. Había soñado tantas veces que le acariciaba el cabello, que caía en cascada como hilos de oro.
-Marinette, ¿Puedes apagar mi celular? Ten, no quiero que… no quiero que mi padre me rastree por el GPS- Dijo entre bostezos. Marinette asintió y lo hizo.
-Oye, no dejes de acariciarme el cabello-
Le pidió, ruborizándose un poco. Marinette le sonrió con ternura y volvió a hacer lo que hacía antes.
Gracias… ¿Cómo puede alguien como yo tener una amiga como tú?– Adrien se quedó dormido sobre su hombro. Ella suspiró. Su corazón latía rápido contra sus costillas, su estómago estaba repleto de mariposas… Pero no le gustaba lo último que el chico de sus sueños había dicho. ¿Cómo se veía él a sí mismo? ¿Acaso no se daba cuenta de lo maravilloso que era? Por fuera, por dentro y visto desde cualquier ángulo, para Marinette, Adrien era como un ángel. Incluso demasiado perfecto, dolorosamente perfecto, porque estaba allí disfrutando de su compañía. Sus cabellos le hacían cosquillas en la mejilla, podía ver sus delicados y hermosos rasgos, su rostro relajado, sus ojos cerrados... pero se notaba que había estado llorando. ¿Por qué? ¿Qué podía hacer ella? De momento nada más, ya que él no le había dicho el motivo de su tristeza. Aún dormido, no soltó su mano y eso derritió el corazón de Marinette. Ella se quedó allí atesorando el momento. Arrullada por la quietud de la tarde, el cantar de las aves y los latidos del corazón de Adrien, ella también se quedó dormida. Comenzó a oscurecer, las personas se fueron, una por una, grupo por grupo. Adrien y Marinette seguían dormidos.
