De Londres a París
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Harry Potter pertenece a J. K. Rowling.
Esta historia participa en el topic "¡Duelo entre Potterheads" del Foro "Hogwarts a través de los años".
I.
Su hermana la despidió con un beso en cada mejilla.
—Todavía puedo acompañarte —ofreció Fleur—. El hermano de Bill trabaja en el Ministerio de Magia, nos conseguirá un traslador.
Era la tercera vez que lo mencionaba.
Aunque ya era madre de dos niñas y estaba cursando su tercer embarazo, Fleur seguía preocupándose por ella. Se negaba a dejarla volver a París sola, por más que ella la estuviera despidiendo en la estación St. Pancras y sus padres la fueran a recibir en la capital francesa.
Gabrielle Delacour tenía tres razones para no querer coger un traslador: estaba hasta la coronilla de los Weasley —tres meses conviviendo con ellos había sido más que suficiente—, aborrecía la burocracia mágica y no quería vomitar su atuendo.
En cambio, comprar un billete para el Eurostar había sido tan sencillo como hacer la fila en la boletería y solicitar uno. El tren partía de la estación a las once en punto —la misma hora que, en la estación King Cross, los estudiantes se subían al Expreso de Hogwarts para volver al colegio— y llegaba a París en cuestión de unas horas.
El anuncio de «próxima salida en diez minutos» puso fin a la discusión.
—Debo irme —dijo Gabrielle. En su brazo derecho, reposaba una cartera rectangular con un broche dorado que contenía todas sus pertenencias; contra el pecho, sostenía su bloc de diseño—. Mi tren está por partir.
—Prométeme que escribirás.
Gabrielle asintió, aunque lo más probable era que se olvidara de hacerlo y Fleur le tuviera que escribir a su madre para saberlo. Luego, ella la reprendería por preocupar a su hermana embarazada y Gabrielle se sentiría culpable.
Había disfrutado de pasar tres meses con su hermana y con sus dos sobrinas —unas criaturas hermosas de pelo rubio, ojos azules y un reguero de pecas, que peleaban por todo— no había podido diseñar en todo el verano. Sólo había conseguido hacer un boceto y Victoire se lo había llevado a la boca con tal de que Dominique no lo viera. Después, su inspiración desapareció por completo.
Y eso la tenía estresada.
¿Cómo iba a armar un portafolio de presentación sin ningún diseño fresco, novedoso, que gritara «tengo que estar en una pasarela»?
Tenía veintidós años, sabía qué quería hacer, pero dudaba en cómo hacerlo. Por eso había decido coger el Eurostar, para tener un momento a solas consigo misma y llegar a Francia con un concepto definido para su futuro profesional.
—Piensa en lo que te dije —gritó Fleur a sus espaldas.
Las palabras de Gabrielle fueron ahogadas por los sonidos de la estación: el altavoz llamando a los pasajeros, los transeúntes hablando por teléfono y el chirrido de las vías.
Su hermana quería que fuera madrina del niño que estaba por nacer. Todo con tal de no nombrar a ninguna de sus primas, pero Gabrielle ya era madrina de Victoire y sabía que la niña se enojaría por la decisión. «¿Por qué no se lo pides a Ginevra? —le contrapropuso ella. Fleur se llevaba bien con su cuñada, pero ella ya era madrina de Dominique—. Y que ella lidie con los berrinches.»
Como única respuesta, Fleur le dijo que, cuando tuviera el cuarto hijo, volvería a nombrar a Ginevra como madrina. Lo cual le hacía pensar, ¿cuántos hijos pensaba tener su hermana? Sabía que los Weasley tenían una capacidad reproductiva asombrosa —podían poblar una ciudad si se lo propusieran—, pero no le iba a dar la vida para consentir a tantos sobrinos.
Con una sonrisa en el rostro, Gabrielle Delacour abordó el tren.
II.
Ella ya estaba acomodada en el vagón de clase ejecutiva cuando el tren se puso en marcha.
El Eurostar era uno de los trenes más veloces del mundo —incluso podía superar la velocidad de escoba promedio—, pero las vías inglesas no estaban preparadas para soportarlo, por lo que la primera parte del tramo era la más lenta.
La chica se ubicó en una mesa que estaba a mitad del vagón —no le gustaba estar cerca de las salidas para no distraerse con las puertas que eran abiertas por el personal— y apoyó su bloc de hojas. Luego, metió la mano en su cartera y, teniendo cuidado de no tirar sus perfumes y maquillaje, sacó los lápices de colores y los moldes de vestidos que tenía en blanco.
La mesita metálica no era muy amplia, pero le permitía ordenar los materiales de forma simétrica. Los lápices de colores formaban un cuadrado perfecto y estaban a cinco centímetros del bloc que, a su vez, estaba en ángulo recto en relación al borde de la mesa.
Su cuñado, William Weasley —todos lo llamaban «Bill», pero Gabrielle no era fan de los apodos—, no entendía su manía con que los objetos mantuvieran la misma distancia entre sí o en relación a un punto en concreto.
Él había estudiado en Hogwarts, un castillo medieval cuya magnificencia remitía a su historia y no a su arquitectura. Beauxbatons, en cambio, era un palacio hexagonal ubicado en los Pirineos. El colegio estaba rodeado de jardines de setos armoniosos y una fuente de mármol gris se alzaba en el medio de ellos.
El arquitecto que habían construido el palacio, se había inspirado en las tendencias arquitectónicas de los muggles. En aquel entonces, se buscaba dar altura a las construcciones y que las estancias fueran luminosas. Más tarde, con el oro donado por Nicolas Flamel, se remodeló la fachada, haciendo que pareciera aún más elegante y aristocrático.
Gabrielle quería hacerlo a la inversa: llevar las tendencias del mundo mágico al muggle. Por supuesto que le gustaba la moda actual, la vestimenta que llevaba era prueba de ello: blusa color crema, falda a cuadros y botas hasta la rodilla, pero sentía que le faltaba algo.
Dejó que su mano fluyera sobre el papel, dibujando trazos suaves y abiertos. Quería lograr una falda vaporosa, etérea, que diera la sensación de estar flotando. Luego, se le ocurrió añadir un corsé no muy ajustado, pero con un entramado complejo. «Podría ponerle perlas o diamantes —pensó, mordisqueando el lápiz. Le gustaba la forma que el sol se colaba por la ventanilla e iluminaba el diseño—. Pero necesita más luz.»
—¿Un café, Mademoiselle? —le preguntaron en inglés, pero detectó que el chico era francés.
—No bebo café, gracias —contestó en francés.
—¿Un croissant?
Gabrielle despegó los ojos del bloc y se centró en el muchacho que le hablaba. Era un muchacho alto, pálido, con el cabello rizado que vestía de forma casual.
—Tú no eres del personal —dijo Gabrielle. Las mujeres que recorrían los vagones llevaban un chaleco con su nombre bordado en él y una insignia de la compañía—. Y no, no quiero un croissant.
—Le pagué cincuenta euros a la azafata para poder hablarte —reveló el chico. Gabrielle frunció ligeramente el ceño—. ¿Segura que no quieres un croissant? Está relleno de chocolate.
Cuando el tren se detuvo abruptamente en la estación de Stratford para que algunos pasajeros pudieran abordarlo, la taza de café que sostenía el muchacho voló por los aires y terminó sobre el bloc de dibujo de Gabrielle. Fue cuestión de segundos para que el líquido se llevara consigo el diseño.
«Voy a decapitarlo», pensó con furia.
III.
Sus uñas pintadas de un azul eléctrico se deslizaron por la superficie metálica de la mesa.
Después del impulso asesino que la invadió por completo, quiso tomar la cartera y buscar su varita. Con sólo un movimiento, podría borrar los estragos del café y recuperar su dibujo. ¿El problema? Era que el muggle no le quitaba los ojos de encima.
—De verdad lo siento —balbuceó—. ¿Un croissant? —volvió a insistir. Gabrielle miró la bandeja que llevaba en la mano. La bebida también había mojado el biscocho—. Puedo ir al vagón del bar a buscar más.
—¡Hazlo! —exclamó.
El muchacho casi se tropezó en su caminata a la puerta; tenía el rostro congestionado por la vergüenza.
No era el primer chico que se acercaba a ella sin razón aparente —su pelo rubio, su tez clara y sus ojos azules llamaban continuamente la atención y la sangre veela no hacía más que potenciar ese magnetismo que ejercía en las personas—, pero sí el primero en hacer el ridículo de aquella forma.
Gabrielle Delacour se obligó a serenarse, arrugó el dibujo y trató de replicarlo en las hojas del bloc que no habían sido arruinadas por el café. No le quedó igual al primero, pero, al menos, ya tenía la idea en la cabeza y era cuestión de trasladarla al telar.
Para su mala suerte, el chico volvió a aparecer, bandeja en mano y sonrisa en el rostro.
—Te prometo que son los mejores croissants del mundo —aseguró—. ¿Puedo sentarme? —Ella clavó los ojos en él; luego, en el asiento vacío que había al otro lado de la mesa. No estaba obligada a compartirlo, por algo había pagado la tarifa de clase ejecutiva—. Hagamos un trato: si no es el mejor croissant del mundo, me marcharé.
Gabrielle aceptó para librarse de él. Tomó la servilleta que reposaba en la bandeja, la colocó sobre sus rodillas y se llevó el croissant a los labios. El aroma que emanaba hizo que su estómago brincara de emoción. Efectivamente estaba relleno de chocolate y era el más delicioso que había probado, pero no quería admitirlo. Sin embargo, la expresión de su rostro la delató.
—¡Te dije que era el mejor croissant del mundo! —exclamó, llamando la atención de otros pasajeros del vagón—. Mi hermano es el cocinero del tren. Soy Adrien Dubois. —«Mi dolor de cabeza ya tiene nombre», pensó con ironía—. He sido un tonto. Tú debías estar trabajando y yo no sé coquetear. Mi madre dice que debo ser espontaneo, pero cuando quiero serlo, provoco desastres.
Al mirarlo con detenimiento, se dio cuenta que era más joven que ella. ¿Cuántos años tendría Adrien Dubois? ¿Dieciocho, veinte a lo mucho? «Tiene cara de niño —pensó. Trazos suaves y sonrisa inocente—. Y se comporta como uno.»
—Mira, se nota que tú necesitas alguien que te salve de seguir haciendo el ridículo y yo no estoy inspirada para dibujar. Menos aún después de que arruinaras el diseño en el que estaba trabajando. Así que te propongo hacernos compañía —dijo ella. Su madre decía: «la educación es el escudo de una dama», por lo que decidió aplicarlo. Le gustó la forma en que los ojos claros de Adrien Dubois brillaron cuando le indicó que tomara asiento—. Soy Gabrielle Delacour.
Él sostuvo su mano y con un gesto muy galante, le besó el dorso. «Mi madre quedaría encantada con él», fue su pensamiento.
—Un placer, Gabrielle Delacour. Nunca había escuchado ese apellido.
—No es muy común —se excusó. Le avergonzaba la razón por la cual su familia no tenía raíces en el mundo muggle—. ¿De verdad tu hermano es el cocinero? —preguntó y volvió a morder el croissant.
IV.
El paisaje urbano quedó atrás cuando el tren pasó por el viaducto Aveley. Los campos verdes bordeaban las vías y se llevaban la atención de los pasajeros que, absortos por tanta inmensidad, se pegaban a las ventanillas. Los árboles iban cambiando de tamaño a medida que se acercaban y los dejaban atrás; era cuestión de tiempo para que el otoño borrara el verdor del verano.
Aunque la velocidad del tren era vertiginosa, casi no se percibía. El personal serpenteaba entre las mesas del vagón, ofreciendo bebidas y refrigerios a los pasajeros. Gabrielle rechazó todos con suma educación, pues consideraba que el croissant había sido suficiente. Lo notaba abultado en su estómago y la culpa ya estaba por hacer aparición en su mente.
Decidió que luego se preocuparía por el croissant y fijó sus ojos en Adrien Dubois, el chico que, a diferencia de ella, no estaba para nada deslumbrado por ver otra cara de la capital inglesa.
—No creas que no me he dado cuenta que evitaste hablar de tu apellido. —Gabrielle se sonrojó al saberse descubierta—. ¿A qué se dedican?
Los Delacour eran fabricantes de pociones desde los orígenes de la familia y su fortuna había incrementado gracias a los brebajes con pelo de veela que su tatarabuela comenzó a vender durante la famosa Revolución Francesa, como era conocida entre los muggles.
Pero Gabrielle no podía decirle eso, ya que la existencia de la magia era un secreto para los mundanos, así que le dijo lo más parecido que Adrien Dubois podía conocer.
—Son perfumistas.
—Qué interesante —respondió Adrien—. Mi familia también está en el rubro de los perfumes. De mis tres hermanos, Edmund, se gradúo de en comunicación social y ahora está trabajando en el departamento de marketing de la empresa.
«Mierda», pensó Gabrielle. Esperaba que el chico no oliera su mentira. Sonrió. Su sonrisa siempre la sacaba de apuros.
—Así que tienes un hermano cocinero y otro graduado en comunicación social. Dos profesiones muy distintas entre sí.
—Marcel, quien trabaja como cocinero aquí, es mi hermano mellizo, con la única salvedad que no es tan guapo como yo. —Adrien sonrió; ella lo acompañó—. Cuando él empezó a trabajar en esta empresa, le daba miedo pasar por el Eurotúnel, así que lo acompañé en tantos viajes como pude; ahora, mi madre, me ha limitado los recorridos a dos a la semana.
—¿Tiene miedo de que también te vuelvas cocinero?
—¿Conoces a mi madre? —dijo Adrien Dubois, sorprendido—. Todavía no sé qué quiero hacer con mi vida, pero ella tiene la esperanza de que siga los pasos de Edmund. —Se miró las manos que estaban apoyadas encima de la mesa. Gabrielle se fijó en sus dedos largos y en sus uñas cuidadas—. Juliette es la más pequeña. Le quedan dos años para ir a la universidad. Se le dan bien los números, así que lo más probable es que estudie matemáticas.
Ella se acomodó el mechón de pelo que cayó sobre su frente.
—¿Y a ti qué se te da bien? —Gabrielle se dio cuenta que estaba coqueteando.
—Coquetear con chicas, seguro que no. Tengo que serte sincero, el encanto natural lo ganó Marcel, yo solamente soy guapo.
«Y humilde», pensó.
—Entonces, podemos decir que eres un mujeriego empedernido.
Adrien rio, atrayendo la atención de los demás pasajeros.
—Para nada. La mayoría de las veces son mis hermanos los que me arrojan al ruedo. Siempre terminó pasando vergüenza. Excepto esta vez: yo mismo provoqué mi vergüenza —se lamentó. Le parecía gracioso imaginar a Adrien siendo empujado por sus hermanos al ridículo y no por su propia torpeza—. Y terminé arruinando tu trabajo.
—No lo lamentes tanto —aseguró ella—. No me convencía del todo.
Después de decir eso, Adrien le hizo la pregunta que había estado evitando desde que había aceptado su compañía:
—¿Eres diseñadora?
—Intento de diseñadora —corrigió—. Quería mantenerme independiente en el mercado, pero mi madre me está presionando para que consiga un trabajo. Y pensé que armar un portafolio de presentación sería sencillo… No encuentro un concepto que me defina a mí o a mis diseños.
—Piensa en qué quieres transmitir y úsalo de base para el concepto.
Gabrielle pensó en lo que acababa de decirle.
—Impacto. Pienso que la clave de todo nuevo diseñador es el impacto que consiga en el público.
—«El impacto lo es todo en la moda. Si no impacta, entonces no merece ser moda» —citó Adrien.
Las palabras pertenecían a Margaux Faure, la máxima exponente y referente de la moda muggle en los últimos veinte años. Gabrielle podía reconocer todas sus colecciones con sólo ver una prenda. La admiraba porque ella había inventado una nueva forma de hacer moda.
—Exacto. Mis padres no lo entienden y a mi hermana todo lo que hago le parece perfecto.
—¿Es tu hermana mayor? —Gabrielle asintió—. Loos hermanos mayorees suelen ver con exceso de aprobación lo que hacemos.
»Cuando tenía ocho años, mezclé varios de los perfumes más caros de mi madre. Según yo, había creado la fragancia más exquisita del mundo. Edmund me revolvió el pelo con ternura y me dijo: «serás perfumista como papá y el abuelo». Cuando Juliette, mi hermana menor, lo olió, casi vomita. «Prefiero oler el excremento del gato», aseguró.
—Y ahí terminó tu carrera como perfumista. —Fue el turno de Adrien de asentir—. Mi hermana no es crítica con mis diseños, dice que todo es perfecto, que mi talento es innato, pero a veces ni siquiera mira lo que le estoy enseñando. Y no puedo culparla. Ella ha pasado por mucho —se detuvo antes de mencionar la guerra. Para los muggles, la guerra había terminado a mitad del anterior siglo—. Tiene dos niñas de las cuales ocuparse y pronto tendrá otro.
A la primera la habían llamado Victoire por haber nacido en el aniversario de la guerra; el nombre de Dominique provenía de su difunta abuela. Porque, aunque Fleur estuviera en Gran Bretaña, llevaba un pedacito de Francia en su corazón.
—Mi hermano Edmund tiene un niño. Se llama Pierre —contó Adrien—. Es mi ahijado. Marcel enloqueció cuando se enteró; Juliette es la madrina.
—También soy madrina de una de ellas. Y quizás sea madrina también del que espera… En realidad, no lo tengo decidido aún. —El chico enarcó una ceja—. No me malinterpretes. Amo a mis sobrinas y también amaré al que va a nacer, pero sé que mi hermana lo hace solamente porque detesta a nuestras primas y no quiere que ninguna de ellas sea la madrina.
—Deduzco que tus primas son personas no gratas.
«Personas no gratas» era una forma muy sutil de decirlo, pero Gabrielle dijo nada al respecto, ya suficiente tenía con haber abierto parte de su corazón a un completo desconocido en un tren de Londres a París.
El teléfono de Adrien Dubois sonó, haciendo que pudiera evadir la conversación.
—Discúlpame un momento —dijo él antes de contestar. «En verdad es todo un caballero», pensó—. Hola, papá. ¿Cómo estás? —preguntó y esperó la respuesta—. No, no estoy con Marcel. —Pausa—. Conocí a una chica hermosa en el viaje, pero arruiné sus dibujos. No es necesario que lo digas, papá. Por supuesto que me disculpé con ella.
Sus ojos se encontraron y una sonrisa inconsciente apareció en los labios de la chica.
V.
El almuerzo fue servido cuando dejaron la estación Ashford.
Gabrielle Delacour no fue consciente en qué momento abandonaron el viaducto del Río Medway, con las pequeñas embarcaciones amarradas a la orilla, y se sumergieron los túneles. Estaba perdida en Adrien Dubois y sus ojos claros, en Adrien Dubois y los colmillos que sobresalían de su boca cuando sonreía, en Adrian Dubois y en su calidez a la hora de hablar.
«Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto —pensó. Adrien le había preguntado qué quería almorzar y le había un mandado un mensaje de texto con el pedido a su hermano Marcel; ahora estaba en el vagón de restaurante, buscando los platos—. ¿Por qué demorara tanto? —se preguntó—. Le extrañaba ver vacío el asiento, perdido entre el negro y el anaranjado de la decoración—. ¿Se habrá fugado?»
Sabía que estaba siendo paranoica.
Adrien Dubois había hecho todo lo posible porque aceptara su compañía y le había abierto la puerta a su vida durante en los kilómetros que habían recorrido juntos, haciendo que Gabrielle ya se sintiera íntima de la familia Dubois y todas sus controversias.
Su padre siempre le decía que debía darse un respiro. «Eres joven y hermosa, Elle. —Él siempre la llamaba así. Había heredado la costumbre de su abuelo, quien había ido perdiendo la capacidad de recordar los nombres, entonces optaba por abreviaciones—. Nunca lo olvides.»
Pero era difícil hacerlo cuando ya no era una niña y se esperaban cosas de ella. Cada vez que veía a sus primas, hacían preguntas para humillarla: «¿cómo vas con tus diseños?» y «¿en dónde puedo encontrarlos» cuando sabían muy bien que estaba en cero. Y, gracias a sus venenosas primas, su madre le había dado un ultimátum. «Si no consigues un trabajo como diseñadora, entonces sabremos que no es lo tuyo —le dijo. Ella quería verla en Delacour&Co como la nueva cara del imperio de las pociones y que siguiera con el legado que había comenzado con Julien Delacour—. Y ayudarás a tu padre.»
Se obligó a no pensar en ello. Ya se desataría la tormenta cuando llegara a París. Recostó la cabeza contra la ventanilla y miró el paisaje que desfilaba a toda velocidad más allá de las vías.
Adrien Dubois apareció con el almuerzo y una sonrisa —tenía los dientes tan blancos que era imposible apartar la mirada de ellos—, pero, en esa ocasión, los alimentos no volaron por los aires.
Haciendo gala de su caballerosidad, él acomodó los cubiertos y limpió la copa con la servilleta antes de servir el vino. Era un merlot, suave y aromático. Una elección arriesgada, pero que encantó a Gabrielle Delacour.
—¿Comemos?
Asintió.
Ella pocas veces se sentía con tanta confianza como para comer en público.
Cada vez que sus primas iban a cenar a su casa, cuestionaban la cantidad que ingería de alimento y cuánto espacio había entre sus muslos, haciendo que crecieran las inseguridades que ellas mismas habían plantado. Wila recurría a un hechizo purgante cuando terminaba de comer y Jerina ni siquiera lo hacía. Las dos se burlaban de los kilos que Fleur había ganado con sus embarazos. No quería imaginar qué dirían cuando supieran del tercero.
Su hermana lo tenía un poco más fácil al estar en Gran Bretaña. Aunque los Weasley fueran una familia grande y ruidosa, era cálida y unida. William era un esposo atento y un padre dedicado. Besaba a su hermana antes de marcharse a trabajar y jugaba con las niñas hasta la hora de dormir. Mientras que ella estaba ahí, en un tren de regreso a París, almorzando con un chico que la olvidaría en cuanto llegaran a la Gare du Nord.
Los caracoles estaban cocinados en crema de mantequilla y perejil y eran presentados en sus caparazones. Gabrielle comió tres casi sin respirar, maravillada por su sabor.
—Están deliciosos —comentó—. ¿Dónde estudió gastronomía tu hermano?
—En ningún lado. Siempre le gustó cocinar. Cuando éramos pequeños, pasábamos mucho tiempo solos. Marcel experimentaba con la cocina; yo lo hacía con los perfumes.
—Con la única diferencia de que Marcel sí es bueno cocinando.
—Exacto —acotó Adrien—. Ahorra que, oficialmente, ya sabes todo de mí es hora que hablemos de ti.
Le costó tragar el cuarto caracol.
—No soy buena hablando de mí —aseguró Gabrielle—. Dime las impresiones que he causado en ti y te diré si estoy de acuerdo o no.
—Me gusta el juego, pero siento que es algo peligroso. Podría decir una impresión incorrecta y tirar todo por la borda. Aunque un mejor término sería: tirar todo por las vías, como estamos en un tren. —Gabrielle sonrió por su comentario.
»Lo primero que pensé cuando te vi fue: «qué chica tan guapa», pero enseguida me di cuenta que no te gusta llamar la atención. Antes has mencionado tener una hermana mayor, así que podría ser por ella. O quizás por el exceso de atención de los niños. Todos nos sentimos desplazados cuando nace un bebé.
—Te equivocas. No me molesta ser desplazada. Al contrario. Mis primas —murmuró—, ellas son mi peor pesadilla.
—Entonces, te gustaría ser desplazada en el seno de tu familia, pero quieres destacar, tener tu propio nombre en el mundo de la moda, y así conseguir la aprobación que crees que necesitas. Y, definitivamente, tu familia no se dedica al rubro de los perfumes.
«Me descubrió», pensó Gabrielle.
—No puedo decirte a qué se dedican. —«Al igual que tampoco puedo decirte que soy una bruja y que mi bolso contiene dos maletas dentro.»
—No es nada ilegal, ¿verdad? —Ella negó—. Qué alivio. No soy bueno reteniendo rostros y eso beneficiaría mucho a mis posibles captores. Y soy la debilidad de mis padres, eso los beneficiaría aún más, pero no se lo digas a Marcel. —Lo último lo dijo como si le estuviera contando un secreto.
Cuando comía el último caracol, una idea surcó su mente como una estrella fugaz.
Buscó el bolso que descansaba junto a su pie y sumergió la mano en él. Primero se encontró con la ropa que había comprado en Inglaterra —el centro de Londres tenía algunas boutiques que llamaron su atención—; luego con todos los bocadillos que le preparó la señora Weasley para su viaje. Luego, se encontró con un segundo bloc de hojas. Ese bloc contenía todos sus viejos diseños: el primer vestido que confeccionó —uno sin mangas con alas de mariposa en la espalda—, las túnicas que imaginó como uniforme para Beauxbatons y el atuendo que ella misma diseñó para la boda de su hermana.
Lo extendió en dirección a Adrien Dubois y orgullosa le dijo:
—Esto es lo que soy.
VI.
Después de atravesar la frontera de Gran Bretaña y Francia que estaba conectada por el Eurotúnel —el apretón en su estómago fue muy similar a cuando el carruaje de Beauxbatons descendía en picada— fue cuestión de tiempo para que una voz femenina anunciara por el altavoz, tanto en inglés como en francés, que ya estaban llegando a París.
La capital estaba llena de monumentos y puentes antiguos que enriquecían su valor cultural. La Torre Eiffel era un gigante de hierro que custodiaba toda la ciudad. Miles de turistas se congregaban todos los años para verla y la llamaban «una de las siete maravillas modernas», pero para el mundo mágico la Torre Eiffel no tenía nada de espectacular.
Su constructor, Alexandre Gustave Eiffel, había sido un mago que, en primer lugar, diseñó el proyecto para la familia Deluxe —una de las más antiguas de toda Francia, quienes integraban el Ministerio de Magia y el Consejo de Beauxbatons—, pero como ésta se negó a casar a la heredera con Eiffel, el hombre vendió la idea a los muggles y él mismo la construyó.
La familia Deluxe hizo correr el rumor de que Gustave Eiffel había utilizado magia para alzar la torre y haber puesto en peligro el secreto de su mundo, por lo que el hombre fue repudiado por su hazaña y los magos juraron nunca visitar el monumento como rechazo a su accionar. Aquella promesa se iba diluyendo en las nuevas generaciones, pero la espina seguía clavada en la memoria.
A Gabrielle Delacour le hubiera gustado contarle esa anécdota a Adrien, pero tuvo que suprimir las ganas. Él era un muggle; ella una bruja, y sus caminos se separarían cuando llegaran a la estación.
—Nuestro viaje está terminando —lamentó ella.
Adrien posó su mano sobre la suya.
—Sé que lo que voy a pedirte, puede asustarte, pero… quiero que conozcas a mi madre.
—Pero si apenas nos conocemos —dijo. Él rebuscó en el bolsillo de su saco y extrajo una pequeña tarjeta; Gabrielle Delacour sintió que el aire escapaba de sus pulmones al reconocer el símbolo y la firma que había en ella—. ¿Tu madre es…? —Ni siquiera podía decir su nombre sin que le temblara la boca—. Pero me dijiste que tu familia se dedicaba a los perfumes.
—Una parte de mi familia. Los Dubois llevan en el mundo de los perfumes desde el siglo diecinueve, pero mi madre creó su propio imperio. Por eso ha conservado su apellido de soltera y no lo ha cambiado a Margaux Dubois.
—¡No puedo creer que tu madre es la famosa Margaux Faure! —Adrien le cubrió la boca antes que todo el vagón de la clase ejecutiva se enterara de quién era—. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Tú nunca preguntaste por ella.
«Por eso sabe tanto de moda», reflexionó Gabrielle Delacour.
Margaux Faure era un icono en el mundo de la moda. Había empezado modelando sus propios diseños, ya que ningún diseñador quería ponerlos sobre la pasarela, y luego se los regalaba a celebridades del mundo muggle para darse a conocer. Pronto, sus vestidos se posicionaron en el primer lugar de la moda francesa y ahora su nombre era mucho más que una marca. Tener un Margaux original significaba tener ambición, seguridad, visión de futuro.
—No puedo creer que compartí un viaje en el tren con el hijo de Margaux Faure —lo dijo más para sí misma que para él—. Te has burlado de mí.
—No fue mi intención —aseguró Adrien—. Quería conocerte y que me conocieras. ¿O me negarás que no has disfrutado mi servicio de catering, la gastronomía de mi hermano mellizo y, por último, pero no menos importante, mi grata compañía? —Gabrielle no sabía si reír o llorar—. Estoy seguro que tienes lo que mi madre está buscando: talento e innovación. Ella continuamente se queja de los nuevos diseñadores. Dice que todos los que llegan a las puertas de Margaux, crean diseños en base a su trabajo y no se arriesgan a inventar nuevos conceptos.
»Tu estilo es diferente. Si tuviera que elegir una palabra para definirlo sería «mágico». Tu estilo a la hora de crear es mágico y eso es vanguardista, por eso debo insistir en que hables con mi madre, que le muestres tus diseños. Estoy seguro que ella te hará una propuesta que no podrás rechazar. Estará en las oficinas de París durante la próxima semana. Ve a verla, por favor.
—No puedo aceptarlo. Si voy a ver a tu madre, te deberé un favor enorme que no tengo cómo pagar.
—Pero tú no me lo has pedido, por ende, no puede considerarse como un favor. Solamente te he abierto la puerta de su oficina, el resto dependerá de tu talento.
Gabrielle sabía que aquella era una oportunidad que no podía dejar pasar, pero sus miedos le nublaron el juicio. «¿Y si no soy tan buena como él cree? ¿Y si Margaux Faure en persona me dice que debo dedicarme a otra cosa? ¿Y si mi destino es ser la cara de Delacour&Co?»
—Te lo agradezco, pero…
—Por favor —rogó Adrien.
No se sintió capaz de arrebatar la ilusión de esos ojos claros.
—Lo pensaré, ¿sí? Pero no prometo nada.
Adrien Dubois se dio por satisfecho.
En el último tramo del viaje, se dedicó a darle una serie de instrucciones para poder llegar a las oficinas Margaux de París. Las mismas se localizaban cerca del Arco del Triunfo. En su fuero interno, Gabrielle se lo agradeció, pues pocas veces se había movido sola por el octavo distrito.
El viaje de Londres a París llegó a su fin cuando el Eurostar se detuvo en la Gare du Nord, pero Gabrielle Delacour tenía la firme convicción de que su vida no volvería a ser la misma desde ese momento.
No perdía nada yendo a ver a Margaux Faure y, en cambio, podía ganarlo todo si tenía éxito.
Nota de la autora: Dani H. Danvers me retó a escribir algo de Gabrielle Delacour y este es el resultado. Siempre pensé que Gabrielle sería diseñadora y se casaría con un muggle, hace un año le puse nombre y cara al joven en cuestión y esta es la historia de cómo se conocieron. Y si, Gabrielle terminará trabajando con su suegra y llevará su toque mágico al mundo de la moda.
