En la búsqueda del placer

Hessefan


Disclaimer: Fate Zero le pertenece a Gen Urobuchi y Takashi Takeuchi.

Notas: ¡Pedido de mi hermosa Nikola! (Pueden pedirme fics yendo a mi página de Facebook). Esto está basado íntegramente en Zero. No vi las otras adaptaciones ni me interesa hacerlo xD. Aunque me leí la Wikipedia, así que van a haber cosas del pasado de Kirei. ¡Los comentarios son apreciados! En especial porque este es un fandom pequeño en español. ¡De antemano muchas gracias por leer!


ONE SHOT


No sabía por qué el Santo Grial lo había escogido, o mejor dicho, no quería bucear en su interior y encontrar la respuesta. De cierta forma le temía a esa parte retorcida de su persona. Esa que tanto le había costado suprimir mediante su vocación a la iglesia.

Quizás, pensó, su papel era el de ser un mero peón de la familia Tohsaka. Tal vez, participando de esa guerra, podría hallar algo que lo motivara a seguir viviendo. Había intentado suicidarse, sin éxito. Morir en una guerra era mejor y más loable desde su punto de vista. O al menos se mentía, diciéndose eso. Repitiéndoselo a sí mismo cual mantra.

Pasó esos años aprendiendo más de lo que ya sabía de la mano de Tokiomi, quien lo veía como un tipo intachable y el mejor aliado que podía tener. Sentía que la victoria estaba asegurada si ellos dos se unían. Que Kirei Kotomine no mostrara motivaciones era positivo para él, porque no tendría que enfrentarlo como enemigo.

Cuando el nombre de Kiritsugu Emiya salió de la boca de Tokiomi, Kirei sintió un interés particular por él. No era más que un asesino de magos, pero que lo fuera, lo hacía cautivante. No dejaba de pensar en ese sujeto, día y noche, sin compartir sus pensamientos con nadie. Era como una pequeña obsesión que tenía.

El nombre de Kiritsugu resonaba en su mente. Había oído hablar de él en el pasado. Un sujeto tan particular no pasaba desapercibido para la Asociación de Magos. Era algo incluso peor que los Ejecutores de la iglesia.

Kirei releyó una y otra vez el informe sobre Kiritsugu, tratando de desentrañar el misterio que representaba. ¿Por qué se había convertido en un simple mercenario alejándose de los códigos de los magos? ¿En verdad lo hacía solo por dinero? ¿Y si lo hacía por placer? Pensar en esas cuestiones lo incomodaban un poco, pero no podía evitar hacerlo tarde o temprano.

Él no tenía interés en nada, se sentía vacío por dentro. Había cambiado de vocación tres veces y se había unido a la Iglesia Sagrada junto a su padre solo para seguir un camino de rectitud, para encontrar algo que lo guiara. Pensó que hallaría respuestas en dios, como su padre siempre le decía, pero nunca lo consiguió.

Cuando el séptimo sirviente, Caster, fue invocado, Tokiomi y Kirei pusieron en marcha el plan de confundir a sus rivales, haciéndoles creer que Assassin había sido derrotado por el poderoso Archer.

Lo malo es que Tokiomi se vio obligado a rebajarse ante Gilgamesh, puesto que el rey de reyes no obedecía a nadie. A fin de cuentas, aunque Gilgamesh era muy poderoso, era el sirviente más problemático.

A Gilgamesh le repugnaba el mundo actual, estaba muy corrupto y era demasiado aburrido para alguien con su ego, pero que el planeta hubiera cambiado tanto le generaba fascinación. Algo que despertaba su curiosidad eran las motivaciones de ese sujeto llamado Kirei. Le parecía un perro faldero al principio y eso también le repelía.

Solía colarse en la habitación de Kirei con la excusa de que su vino era mejor que la porquería que tenía su maestro. Gilgamesh se recostaba en el sillón y bebía sin parar, mientras el otro se preguntaba qué hacía ahí y cómo no se emborrachaba.

Ambos estaban aburridos y charlar entre ellos era como matar el tiempo. El rey de los héroes no comprendía las motivaciones de Tokiomi por comprender el origen, ese del que tanto le hablaba. Para alguien que era casi como un dios esas inquietudes ya estaban satisfechas.

¿Y tú qué buscas, Kirei? —Había sido la pregunta de Gilgamesh, una que el hombre no pudo responder de inmediato.

Si entonces en verdad no tenía deseos ni motivaciones, el Santo Grial no lo hubiera escogido. Gilgamesh se dio cuenta de inmediato que algo se escondía dentro de Kirei, algo que este mismo reprimía.

¿Por qué no buscar placer? Él, que los había conocido a todos, sabía que podía encontrar la dicha o la satisfacción en los placeres mundanos. No obstante, Kirei se ofendió con la insinuación. Un hombre que había pasado toda su vida al servicio de la iglesia no podía caer tan bajo persiguiendo un deseo tan banal que iba en contra de los principios que le habían inculcado.

Tener conversaciones con Gilgamesh le abría la cabeza, le hacía darse cuenta de que quizás deseaba algo, pero no sabía qué. El rey parecía tener todas las respuestas, pero le divertía verlo envuelto en esas encrucijadas. De golpe, Kirei, comenzó a resultarle cada vez más interesante.

—Ya te dije que no busco placer, nada me lo da. Ni siquiera la comida —aseveró Kirei una noche, con una copa de vino frente a él de la cual nunca bebía, pero que Gilgamesh siempre le ofrecía—. Aparte eso me convertiría en un pecador.

—Y yo ya te dije que pecado y placer no van de la mano —dijo con una encantadora sonrisa soberbia—. Tú mismo lo dijiste. Algo tan simple como la comida puede dar placer. El sexo puede dar placer.

—Estuve casado —murmuró, como si fuera una reflexión. Estiró la cabeza hasta que la nuca descansó en el respaldar del sillón. Estaba recordando el amor que alguien una vez le demostró y que él fue incapaz de corresponder.

—Oh, eso es interesante. Continúa. —Lo dicho había acaparado por completo su atención, así que se estiró hacia adelante y le estudió la cara. Estaba serio como siempre, pero había un ligero brillo en sus ojos.

—Hasta tuve una hija.

—Entonces conoces los placeres de la carne.

Kirei no respondió. Recordaba sus autoflagelaciones después de tener sexo con su esposa. Aunque se suponía que era lo normal, lo esperado y lo éticamente correcto, cada vez que eyaculaba se sentía manchado por dentro.

—No precisamente —terminó por decir Kirei—. No disfrutaba de mis encuentros sexuales con ella, lo hacía porque se suponía que era lo que debía hacer. Tener una familia, como alguien normal.

—Por lo que veo no te consideras normal.

De nuevo Kirei volvió a guardar silencio, ¿por qué Gilgamesh tenía la facilidad de incomodarlo con su plática? Admitía que era interesante conversar con el rey de reyes, pero al mismo tiempo cada palabra que salía de su boca lo arrastraba más y más a una oscuridad de la que siempre había tratado de escapar.

—Es tarde, Archer. —Volvió a incorporar la cabeza y lo miró con ojos cansados—. Voy a dormir.

—Esa es mi señal para desaparecer. —Ladeó la cara, con una nueva sonrisa.

—Puedes quedarte hasta terminar el vino, si quieres, pero yo me acostaré.

—¿Es, acaso, una invitación indecorosa o son ideas mías? —bromeó un poco, pero hablando en serio. Que le ofreciera quedarse era tentador.

—Son ideas tuyas. —Él sabía que Gilgamesh hacía lo que quería, sin esperar la aprobación ni el permiso de nadie. Vivía bajo sus propias leyes, así lo dejó por sentado cuando continúo hablando.

—Igual pensaba quedarme a terminar el vino. —Levantó la copa—. Buenas noches.

Kirei atravesó la arcada que dividía la pequeña sala con el cuarto, en donde solo había una cama. Se quitó la ropa, se acostó y se durmió enseguida. Mientras, Gilgamesh se puso de pie para caminar hasta dicha arcada. Recostó un hombro contra la pared y lo observó dormir.

Bebía el vino cada vez más lento, degustando cada trago y cada tramo de piel que podía ver en el humano. Quería reclamarlo como suyo, pero también era divertido jugar con él y comprobar qué tanto podía tirar de la soga.

(…)

Atrapar a Caster era primordial. Se trataba de un sirviente problemático cuyo maestro no tenía interés en el Santo Grial sino en continuar secuestrando y asesinando niños. La idea era que Gilgamesh diera el golpe final, para así ganar un hechizo de comando extra. Sería contraproducente que los demás maestros tuvieran uno de más.

Caster apareció tratando de convencer a Saber de que ella no era quien decía ser. Kirei aprovechó la confusión para intentar acercarse un poco más a ese sujeto que tanto interés le despertaba. No obstante, Irisviel y Maiya le cerraron el paso.

Kirei no entendía las motivaciones de las mujeres por frenarle el paso. No les habían dado ninguna orden de hacerlo y, por lo visto, habían actuado por cuenta propia. Las venció, pero yéndose del lugar con esa pregunta martilleándole la cabeza: ¿por qué?

¿Por amor? Alguien que nunca había sentido amor por nada ni por nadie, como él, no lograba entenderlo. Alguien, a quien juzgaba de solitario y vacío como lo era Kiritsugu, no se le podía tener amor. Bueno, pero una persona una vez lo había amado, podía caber esa posibilidad.

No dejaba de pensar en Gilgamesh y en la posible respuesta que este tendría para ese interrogante; sin embargo no era algo de lo que le gustaría hablar con ese sujeto. Recordaba sus palabras, diciéndole que su propio maestro era aburrido y no podía evitar fantasear con la idea de ser él quien estuviera a cargo de semejante sirviente. Al final del día terminaba pensando como Gilgamesh, Tokiomi era aburrido y también un poco imbécil.

El problema era que Gilgamesh no estaba interesado en la guerra del Santo Grial. Al ser este un tesoro automáticamente le pertenecía al rey de reyes, y todo aquel que osara poner sus manos encima merecía morir. Visto desde otro punto de vista, sí estaba interesado en el objeto milagroso, pero visto desde el ángulo de Tokiomi, no le interesaba ser participe activo de la batalla. Y eso era un problema.

Al menos, pensaba Tokiomi, tenía a Kirei al lado para usarlo de peón. Fue así que sacrificando a su sirviente obligó a Raider a develar su propio fantasma noble. No se podía negar que el líder de la familia Tohsaka era un buen estratega que sabía actuar en el momento preciso.

Cuando esa noche se presentó en su cuarto, Kirei volvió a encontrar a Gilgamesh allí. Era como su lugar favorito en la residencia, porque el humano sabía que el rey de reyes podía tomar el mejor vino de su propia colección, antes que el barato que había en la habitación.

Gilgamesh estaba de buen humor esa noche. Y por lo visto Kirei también lo estaba, aunque manifestó que solo se sentía aliviado de haber servido a la causa de Tokiomi. De paso le explicó que era imposible que el Santo Grial volviera a escogerlo. Gilgamesh sonrió. Parecía que el humano aún se rehusaba a ver las respuestas dentro de él.

—Me resultas muy curioso, Kirei. —Bebió un trago de la copa clavándole los ojos carmesí mientras el otro se sentaba—. Nunca conocí a un humano sin motivaciones. Por lo general los seres humanos suelen estar repletas de ellas.

Kirei guardó silencio. Como le solía suceder con Gilgamesh a veces se quedaba sin palabras, sin manera de refutar la lógica de su compañero. Se encontraba incapaz de bucear en las profundidades de su ser.

—No sé por qué soy diferente —miró la mesa, como si en ella pudiera encontrar la respuesta.

—No lo eres —argumentó—. Solo que te rehúsas a buscar esa motivación. ¿Por qué te reprimes tanto?

—Mi vida es así, me crie bajo los preceptos de la iglesia.

—Oh, qué vida tan aburrida —se lamentó Gilgamesh, pero enseguida rompió en carcajadas—. ¡Qué desperdicio!

—¿Qué te causa tanta gracia?

—Que seas un ser vivo incapaz de sentir placer. Me dijiste que ni la comida te genera satisfacción. Me comentaste que tener sexo con tu esposa tampoco. ¿Has probado con un hombre?

—¡Deja de decir blasfemias! —Se puso de pie, algo furioso, era la primera vez que le gritaba a Gilgamesh y este se lo hizo saber con una mirada gélida que parecía indicar que no estaba dispuesto a semejante osadía.

—No me grites, lacayo —le dijo con la seriedad de un rey—. Y tranquilízate. Yo, que he probado todos los placeres de la carne, puedo asegurarte que a veces puedes encontrar satisfacción de maneras imprevistas.

—Mejor me voy a dormir. Hablar contigo de estos temas es estresante —dijo Kirei, y el otro lanzó una carcajada socarrona.

Como todas las noches, Kirei se marchó dejándolo en la pequeña sala degustando su vino, sin poder evitar preguntarse por qué Gilgamesh encontraba divertido o interesante invadir su privacidad.

—¿Puedo compartir la cama contigo? —Y ahí la respuesta. Lo que se escuchó desde el cuarto privado fue un lacónico, pero seguro «no».

(…)

Fue una noche de revelaciones. Gilgamesh podía resumirse en una palabra: «seducción». Le costó mostrarle a Kirei la oscuridad que yacía dentro de él, pero que el Santo Grial lo hubiera escogido de nuevo como maestro significaba que tenía deseos en su interior. Era hora de convertir el entretenimiento en placer, porque en el placer podía encontrar la dicha.

Se lo hizo ver con Kariya. Del maestro que más había reportado y sin necesidad. No representaba una seria amenaza, pero había algo en su historia de vida que le llevó a Kirei a sentir atracción por él.

—Quizás al rey de héroes le divierta el sufrimiento ajeno, Archer, pero yo no soy un pecador… —Kirei ya dudaba de sí mismo, no solo de sus palabras, tan vacías como su corazón.

—Y yo ya te dije que el placer se encuentra de varias maneras, tú solo hablaste del maestro que más está sufriendo en este momento. Tú mismo dijiste que una muerte rápida sería un gesto piadoso, pero no te conmueve ni un pelo. —Hablaba serio, pero con una sonrisa divertida en la cara porque había logrado hacerle ver su punto de vista y era un momento único.

Kirei volvió a sumirse en reflexiones. Si lo pensaba un poco, solo un poco, Gilgamesh tenía razón. ¿Por qué había investigado tanto sobre Matou Kariya? ¿Por qué solo había hablado apasionadamente de él? De golpe, recordó su infancia.

—Cuando era niño… —comenzó a hablar con duda, pero no miraba a Gilgamesh. Se sentó en el sillón y apretó los apoyabrazos clavándole los dedos—. Cuando era niño me gustaba sacrificar animales. Lo hacía por diversión.

—Oh, ¿entonces reconoces que existe la diversión?

—Nunca lo negué.

—Encontrabas satisfacción tomando la vida de otros seres o quizás…

—Quizás en realidad disfrutaba de verlos sufrir —admitió. Gilgamesh tenía la facilidad de sacar lo mejor y lo peor de él con sus charlas interminables—. Pero un día mi padre me vio ahorcando un gato y me castigó. Me enseñó que todos los seres vivos merecen vivir, que todos merecen respeto. Así entendí que solo dios tiene potestad sobre la vida de los demás.

—¿Entendiste o…? —dejó la pregunta flotando en el aire— ¿O te obligaste a entender?

De vuelta Kirei se encontraba sin palabras. No quería admitirlo aún, que adoraba ver el sufrimiento ajeno, que allí radicaba la fuente de su placer y, por ende, la dicha que tanto había buscado sin éxito.

—Me duele la cabeza además de la mano, me acostaré —Kirei intentó huir de esa relevadora conversación, aparte los comandos nuevos en verdad aún le ardían sobre la piel—, hablaremos luego.

Se metió al cuarto y, como siempre, se quitó la ropa, solo que en esa ocasión no se quedó dormido enseguida. Para su sorpresa, fue testigo de la pequeña obsesión que Gilgamesh tenía con él, puesto que lo vio parado en el dintel de la puerta, eso sí, sin la copa.

Gilgamesh tenía una sonrisa y una mano en la cintura. Se acercó a la cama y destapó la sábana suavemente para apreciar el cuerpo trabajado de un Ejecutor. Era una delicia a la vista. Y sin dar explicaciones, ante la pasividad de Kirei y su mirada fría, se desmaterializó.

(…)

«El alma busca placer, inconscientemente o no». Las palabras de Gilgamesh resonaban en su mente mientras estaba frente a un moribundo Kariya Matou. Salvarlo de una muerte segura le plantó una sonrisa en la cara. No estaba siendo piadoso, al contrario, y comprenderlo lo acercaba un poco más a la verdad, a su verdad.

Quizás sonreía porque lo veía retorcerse de dolor por los gusanos que lo consumían, tal vez porque quería ver qué tan lejos llegaba el sufrimiento de Kariya. Lo más sensato sería dejar de mentirse a sí mismo, pero después de tantos años de vocación a la iglesia era difícil.

¿Qué era esa extraña sensación que sentía? De cierta forma había traicionado a Tokiomi al salvar a un enemigo, pero no sentía remordimientos por eso. Era una emoción que se le presentaba como nueva.

Cuando volvió, encontró a su padre muerto, pero no sintió tristeza, sino alivio. Aquello que más lo ataba a la religión ya no existía. Se sentía como cuando su esposa se suicidó, se lamentaba de no haber sido él la razón de esas muertes. Tomó los comandos que su padre le había dado y comprendió que ahora tenía un poder diferente.

Sin embargo algo sí le daba pena, porque eso demostraba que hasta el final su padre había creído en él, en su bondad y rectitud, una que en realidad no existía en su corazón negro. Allí solo había espacio para la tragedia y la destrucción.

Cuando Tokiomi se enteró, penó mucho la muerte del sacerdote, pero Gilgamesh, quien estaba en la misma sala escuchando las novedades, no podía ver ni una pizca de tristeza en el rostro de Kirei. Lo interceptó en el pasillo, haciéndole una pregunta sencilla, pero reveladora. ¿Será que en verdad lamentaba no haber acabado con esa vida que lo oprimía tanto?

Kirei sentía que se había sacado un peso de encima, era muy aliviador que su padre estuviera muerto. No obstante, cuando aparecieron los Einzbern pidiendo que él se retirara de la guerra y Tokiomi aceptó, se sintió contrariado. ¿Quería en verdad dejar la guerra? Dejaría todo sin llegar a descubrir quién era en verdad Kiritsugu.

Por fortuna ahí estaba Gilgamesh, aclarándole la cabeza y el alma, dándole respuestas que no hallaba por miedo a desatar la bestia en su interior. Quería continuar descubriéndose a sí mismo.

Esa noche, lejos de partir, terminó haciendo un contrato de palabras con el sirviente de Tokiomi, pero esto solo era posible si el mismo moría. Gilgamesh lo miró con ojos divertidos, parecía que lo había juzgado mal de antemano. Kirei podía llegar a ser muy interesante.

—¿Quieres tenerme? —preguntó Gilgamesh con una sonrisa malévola.

—Eso es solo posible si el líder de la familia Toshaka muere en batalla.

—Oye, Kirei, vuelvo a preguntarte, ¿quieres robarme? —Se inclinó hasta poner su rostro frente al del humano—. Tendrás que hacerlo, digo, para obtenerme.

Kirei se sintió algo abrumado por esa cercanía. No se podía negar que el rey de reyes poseía una belleza que escapaba la comprensión humana. Era desbordante y brillante, hasta en su manera de mirarlo. Desafiante y seductor.

Al final Kirei tomó la determinación de deshacerse de otra persona, que al igual que su padre, jamás lo había comprendido. Qué ironía, porque terminó usando el arma que el mismo Tokiomi le había regalado como muestra de agradecimiento por su lealtad y él… él matándolo literalmente por la espalda.

Fue la primera vez, luego de muchos años, que pudo sonreír y sentir placer. Gilgamesh se materializó viendo la patética imagen de su maestro muerto y aceptando firmar un contrato con uno nuevo.

—Te ofrezco mi carne, Kotomine Kirei —dijo mirándolo con una de esas miradas suyas, que lo traspasaban todo—. Me alegra ver en tu cara la materialización del placer.

Kirei no pudo resistirse más a los encantos del rey y caminó esos metros que lo distanciaban para tomar lo que era suyo. No lo dudó ni un instante, atrapó la boca de Gilgamesh mordiéndole los labios, arrancándole un pequeño quejido de dolor que logró causarle una erección.

—Si entonces ofreces tu carne… —murmuró Kirei tomándolo de un brazo para arrastrarlo y tirarlo sobre el sillón.

Oh, ahora quería pecar. Quería ser un pecador y conocer todos los placeres del mundo. Ese asesinato al fin lo habían librado de las cadenas que lo ataban a la cordura. Ya no más mentirse a sí mismo.

—Por fin lo empiezas a entender —dijo divertido, para después dedicarle una mirada glaciar—, pero como me vuelvas a tratar así te mataré —manifestó en referencia al empujón.

¿A quién quería mentir? En el fondo le gustaba ver a un simple humano sucumbir al placer. Le agradaba demasiado la idea de ser él quien le abriera los ojos. Comprendía a Kirei, conocía lo que se ocultaba dentro de él. Y era fascinante.

Kirei se arrojó sobre él y con impaciencia comenzó a quitarle la ropa. Empezó por la camiseta blanca para después alcanzar la pretina del pantalón. A Gilgamesh le causaba algo de gracia ver tanta desesperación en el humano. Decidió ayudarlo en la tarea de desvestirlo, quitándose el mismo los zapatos.

—¿Sabes? —dijo Kirei de la nada, entre besos apasionados e intentos por hacer desaparecer su propia ropa— Me gusta más verte con tu armadura dorada. Pareces todo un rey despiadado.

—Oh, así que te gusta esa versión de mí —rio un poco, sintiendo las mordidas profundas en el cuello—. Y a mí me gusta esta versión tuya, es más auténtica, más real.

Una vez desnudo, no le importó si Gilgamesh tenía o no una erección, le abrió las piernas, clavándole los dedos en los muslos y ubicó el pene entre los glúteos. No había lubricante y aunque lo tuviera, tampoco lo usaría.

—Amo ver tu cara repleta de dolor —confesó Kirei forzando la penetración. El gran rey de reyes estaba siendo sometido por un simple lacayo.

—E-Eres una bestia —se quejó entre quejidos de dolor y placer—. Por supuesto que esta osadía me la cobraré.

—No me obligues a usar un hechizo de comando para rogarte que me hagas lo mismo —dijo a la vez que lograba meter todo el pene en el interior de Gilgamesh.

—Me estás matando del dolor. —Tenía el ceño fruncido, pero también una erección. Saber que le estaba dando un placer indescriptible a alguien que se reprimía tanto, generaba el suyo.

Kirei dejó de lado los pudores, cada embestida iba acompañada de un gemido. Le comió la boca, metiendo la lengua y jugando con la de Gilgamesh. Ahora lo quería todo de él y se lo hacía saber apretándolo por las nalgas para levantarle un poco de la cintura y penetrarlo mejor.

Estaba como loco, mordisqueando cada centímetro de piel a la vista. Le atacó el cuello, para más tarde atrapar una tetilla entre los dientes. Eyacular fue liberador, mucho más gratificante de lo esperado. Ni con su esposa había gozado a ese nivel.

—Archer, ¿estás bien? —preguntó cuando pudo volver en sí de ese frenesí.

—Claro que no, maldito animal. —Miró hacia abajo cuando Kirei le sacó el pene. Corría un hilillo de semen y sangre de su ano, manchando el sillón. Más atrás, había quedado el cadáver de Tokiomi— Ahora, siéntate sobre la falda de tu rey. Es una orden.

Kirei entendió enseguida lo que pretendía el otro, y lo anhelaba. Una parte de él seguía sintiendo sucio, como manchado por una oscuridad diferente a la que solía sentir habitualmente.

Sin dudarlo, buscó su dolor. Si bien adoraba la idea de hacer sufrir al otro, ahora necesitaba auto flagelarse. Una parte de él, aún devota a la iglesia que por tantos años lo había machacado, le instaba a hacerlo.

Se sentó sobre el pene de Gilgamesh, guiándolo con la mano a la entrada del ano y, poco a poco, comenzó a bajar, metiéndoselo cada vez más adentro. Oh, era una clase de placer diferente e igualmente gratificante.

Podía sentir como su ano se abría, podía experimentar el dolor de esa penetración, podía expiar sus pecados de esa manera todas las veces que se le antojara. Gilgamesh tenía la sonrisa más sensual que alguna vez le hubiera visto, y eso que todas sus sonrisas eran provocativas.

Para Kirei estar en esa coyuntura, con el rey de reyes sosteniéndolo de la cintura, instándolo a sentarse más y más, con una sonrisa traviesa en la cara, lo encendía a niveles ridículos. Echó la cabeza hacia atrás y forzó a su cuerpo a recibir de lleno el pene de Gilgamesh.

Cuando los testículos chocaron contra las nalgas, indicando que había hecho tope, el rey de los héroes no lo dejó descansar. Fue él quien, levantándolo un poco, empezó a embestirlo desde abajo con furia mal contenida.

—Me las pagarás. Te lo advertí —dijo Gilgamesh.

La sonrisa en su rostro fue suplantado por una expresión de infinito gozo. Estar dentro de Kirei era glorioso, por fin este había dejado de mentirse a sí mismo y aceptaba que quería pecar de esa manera.

Gilgamesh trató de alargar el sufrimiento del otro reprimiendo la eyaculación, pero en algún momento el vanidoso rey se mostró como un humano cualquiera y llegó al clímax exhalando un sonoro gemido de satisfacción.

—Quédate adentro —casi rogó Kirei, enderezando la cabeza para dejar descansar la frente sobre la piel desnuda de su nuevo sirviente.

Gilgamesh lo sabía. En el fondo ambos era iguales, quizás por eso había sentido tanta atracción por un humano como Kirei. Ambos habían nacido sin tener motivaciones en la vida, pero al menos el rey de reyes aprendió a disfrutar de los placeres y conoció la amistad de mano de Enkidu.

Desde el primer momento le dio pena Kirei, porque le recordaba a él en esa época oscura de su vida. Por eso, tal vez, había querido ser su amigo, así como Enkidu lo fue para él. Gilgamesh se quedó pensativo y algo confundido.

Había aprendido a respetar a Kirei y él, que creía que eso únicamente le había pasado con Enkidu y que no le volvería a mostrar esa clase de emociones a otro ser vivo, lo estaba haciendo. De cierta forma sentía que estaba pisoteando el recuerdo de su único amigo.

—Algún día desaparecerás —dijo Gilgamesh con melancolía—, como todos los humanos.

—¿A qué viene eso, Archer? —incorporó la cabeza y lo miró con curiosidad. Estaba raro el rey de los héroes.

—Deja, son tonteras. —Estaba, en verdad, muy contrariado—. Supongo que bebí mucho vino hoy —dijo con una nueva sonrisa sensual.

—¿Te preocupa, acaso, que esto no vuelva a pasar?

—Oh, el cerrado Kirei ha aprendido a leerme —murmuró con sorna, rozándole los labios con los suyos—. Eso da miedo.

—Durante toda mi vida intenté tener una vida recta, sin conseguirlo al final —confesó Kirei, abriéndose más a su sirviente—. Lo que me da placer es pecado para la iglesia.

—¿Te importa, ahora, la iglesia… mientras todavía tienes mi pija metida adentro?

—¿La verdad? —Le rodeó el cuello con los brazos y miró el cadáver de Tokiomi— Ya no me importa la iglesia.

Gilgamesh lo sacó de un tirón del lugar para recostarlo sobre el sillón y, con una de sus típicas sonrisas, empezó a recorrerle el cuerpo con besos y lamidas. Quizás estaba manchando el recuerdo de Enkidu, pero no se lo podía culpar por sucumbir a los placeres de la carne ante un simple mortal. Nadie le había dicho que alguna vez en su larga existencia iría a encontrar un sujeto tan particular como Kotomine Kirei. Un humano que solo había estado en la búsqueda del placer.


FIN


26 de septiembre de 2021

Merlo Sur, Buenos Aires, Argentina.