Este capítulo puede resultar perturbante para algunos lectores. Escenas de violencia, muerte, explícito, así como otros temas de contenido delicado. Leer bajo propia responsabilidad.

DISCLAIMER:

Los personajes pertenecen a CLAMP

Sin fines de lucro.

Historia ficticia


TOKYO BLUES. Capítulo 3. La verdad ante nuestros ojos.

Sakura se encuentra de camino a casa, sin embargo, no puede despertar. Va en el Taxi. Durmiendo con la cabeza pegada al frío cristal. Estuvo trabajando, sirviendo bebidas en uno de los bares de los Yakuza hasta el amanecer.

Desde el último incidente nadie se había atrevido si quiera a mencionar su nombre para solicitar ningún servicio. Se había remarcado que era la favorita de aquel poderoso Yakuza… se sabía que había muerto gente la última vez que intentaron desafiarlo. La gente daba por hecho que el joven, loco, volátil y temido Yakuza había mandado a matarlos a todos en ese mismo instante por haber desafiado su voluntad; el que esta chica era absolutamente intocable.

Y habían intentado nada más y nada menos que violarla.

Nadie sabía la verdad y Sakura no se había molestado en corregir los rumores. Ya era un mito aquella noche, una tenebrosa leyenda urbana. Cabezas reventadas, al menos diez u once personas muertas a balazos. Tuvieron que frotar por días con legía, cloro y alcohol para minimizar un poco el olor metálico de la sangre en aquel cuarto privado.

A través de su viejo celular sin internet, al que llegaban mensajes y llamadas esporádicos de su denominado "dueño", le había dicho por un mensaje de texto que era hora de cambiar de locación. El joven Yakuza juzgaba que había sido una pérdida terrible de personal capacitado. O por esa denominación tenía a esos matones sin un ápice de escrúpulos que habían terminado sus días sin saber por donde les había llegado la bala. Sakura estaba a todas luces aliviada. No preguntó más y se limitó a seguir órdenes, instinto de supervivencia que la había mantenido sana y salva tanto tiempo.

Sakura soñaba. Un sueño vívido como nunca.

Comenzó con olores. El olor a sal… a mar. Luego el tacto. Palpaba en sus dedos el frío cuerpo de dos personas. Las tenía agarradas por la mano a cada una. Luego, una lúgubre oscuridad. No había notado lo lívidos, lo quietos y lo hinchados que estaban los cuerpos de sus padres por la descomposición de días en aquel contenedor metálico hecho para transporte de carga marítimo. Una gripe. Influenza. Se extendió por todo el contenedor, pero no había más que rendijas diminutas para respirar aire puro. Sus padres tosieron y deliraron por la fiebre por días hasta que oyó resollar sus pulmones y finalmente… el silencio. Sakura no había percibido el olor de la muerte, pero si el salitre, el óxido y el mar. Desde entonces no comía pescado. Ella también había estado enferma por días, pero había sobrevivido.

De pronto, una centelleante luz cegadora, habían abierto súbitamente el contenedor de carga. Conforme sus ojos que dolían por el inesperado deslumbramiento solar se iban acostumbrando a ver de nuevo, distinguió la cara de horror, turbación y el arrugue de nariz que mostraban las personas que habían abierto a palancas aquella enorme caja de metal naranja.

Fue ayudada por la misma gente a salir, obligándose a soltar la mano de sus padres. Le costó trabajo soltarse. Por el rigor mortis. Por alguna razón no quiso mirar atrás. Se protegió con la mano del sol abrazador. Se miró entonces sus propias manos y brazos. Había perdido peso. Tenía las uñas rotas. Estaba cubierta de mugre de la cabeza a los pies.

Fue recuperando el sentido de la audición. Escuchó su nombre en chino. Ying Fa. Sintió un atisbo de alegría momentáneo por que alguien supiera su lengua, en un lugar que ella sabía era poco probable que se hablara, pues teóricamente había llegado a Estados Unidos y se reuniría con su hermano. Sus padres se lo habían descrito muchas veces, pero no lograba esbozar un claro recuerdo de su rostro, pues se había ido hacía muchos años, cuando ella apenas podía caminar. Touya. El le estaría esperando en el muelle, o quizá la llevarían a una dirección en donde el se encontraba. Sabía que tenía un trabajo y que ya era un ciudadano legal. Sin duda el cuidaría de ella, y entonces todo estaría bien.

Si que había llegado a Estados Unidos. Concretamente a Georgia. Un estado costero en el Atlántico Norte. Pero no contaba que había habido un cambio de planes para la gente que viajó con sólo lo que llevaban puesto encima, además de las esperanza de una vida mejor.

La mafia japonesa quería jóvenes para renovar sus clubes de dudosa reputación. Quizá si ella no fuera bonita, quizá si ella no fuera blanca como la leche, con ojos como esmeraldas y su cabello como la miel. Quizá si aquel joven, con una posición influyente recién otorgada de los bajos mundos, recién llegado a América, de traje y lentes oscuros no hubiera reparado en ella.

Pero si que se fijó. No tuvo reparos en la cantidad de billetes verdes que soltó para sonsacar información sobre su historia. Procedente de China. Aldea costera. Sus padres muertos. No hablaba inglés. Iba a reunirse con su hermano quien la esperaba ansioso, a su familia entera, . Dio más dinero. Dejaron que él se la llevara sin más preguntas.

Ella confió en él, casi en el acto. Manos suaves, olía a jabón, a maderas, a lavanda y a incienso. Una dulce voz. Mirada amable. Apenas cumplidos los veinte años. Ella de dieciséis , por lo que le parecía casi un adulto. El era , él le había dicho, quien la llevaría aparentemente a reunirse con su hermano. Le habló en chino. Todavía mejor.

Demasiado impresionada con su travesía de meses y el desenlace triste de sus padres, y sin entender el idioma que escuchaba, lo nuevo del paraje y los impresionantes barcos mercantiles, no se dio cuenta de las sonrisas siniestras ni burlonas de los guardaespaldas, ni que ese joven llevaba una pistola cargada en el cinturón. Tampoco se fijó y aunque así fuera, no hubiera podido reconocer los tatuajes que se asomaban de sus mangas ni de sus cuellos.

No llegó nunca a ver a ese joven de quien sus padres hablaban tan orgullosos. Le inventaron que no se había presentado al lugar del encuentro, que esperaron por horas y horas. Ella estaba muerta de hambre, de frío y de cansancio. No pudo ni siquiera llorar por alguien a quien no veía desde hacía tantos años. Claro… seguro que su hermano, al saberse ya sin responsabilidad con y para sus padres… seguro que la había abandonado.

La llevaron a un cuarto de hotel donde la alimentaron, le dieron una muda de ropa, le dieron palabras reconfortantes y la dejaron dormitar. Sakura, en su infinita inocencia no se le ocurría que pasaría con ella de ahora en adelante.

Pasados unos días, por fin sabría que sucedería con su vida. El Yakuza de mirada tierna entró al cuarto, a ella ese joven ya se le hacía como un amigo y le calmaba su presencia. El la abrazó, le dijo que el la cuidaría, que el la protegería por siempre. Que se quedara con el, que nunca le faltaría nada. Ella, sola en el mundo como pensaba que estaba, en una tierra desconocida donde no había nada para ella, aceptó. El joven Yakuza no había podido cederla a los burdeles de su padre. Aquella dulce flor le pertenecería solo a él. Irían a Japón.

Al principio, todo fue ideal. Viajó en un jet privado. Ella lógicamente nunca había viajado en avión. La atavió de perlas, de esmeraldas, de rubíes y de gargantillas de oro. Le dio más ropa, bolsas, zapatos. Le dio vino dulce, sidra y champaña. La deslumbró con su derroche.

Pero solo al principio.

Al llegar a Japón, tuvo maestros de japonés. Tuvo clases de pintura, de historia, de cocina y de matemáticas. Pasaba sus días en una cómoda casa solariega de las costas de Yokohama. Cerca de Tokio.

Conforme pasaron los meses, comenzó a darse cuenta de ciertos detalles. Al principio no hizo preguntas. Pero fueron surgiendo interrogantes conforme su mente se iba abriendo al mundo, al conocimiento al que ella se había mostrado ávida. El pensamiento crítico se desarrolló en ella rápidamente.

¿Porqué no podía salir? ¿Porqué no podía estudiar o trabajar por su cuenta? ¿Porqué había hombres tatuados hasta los dientes y con armas de diferentes calibres por toda la propiedad? ¿Porqué cuando iban a la calle los seguían autos blindados y la gente murmuraba y tenían miedo en sus miradas?

¿Porqué la veían a ella con lástima?

¿Quiénes eran estas personas?

La flor de aquel Yakuza se fue abriendo a las interrogantes del mundo en el que ahora se desenvolvía. No obtenía respuestas a ninguna de sus preguntas.

Pasó año y medio y ella cumplió los dieciocho años. Momento en que su amigo comenzó a portarse cada vez más cariñoso con ella. Sakura, en su intento por agradarle y complacerlo pues ese joven no se había mostrado más que caballero, atento y afectuoso, le correspondió un beso, luego las caricias… y despertó en ella el sentimiento que creía, seguramente era amor.

Pero ya no estaba dispuesta a ser solamente una muñeca de aparador, quería salir al mundo exterior. Y además algo en ella, un instinto, le decía que había algo que no cuadraba. Además ya no entendía bien a que se dedicaba su protector. Solía pensar que era lo más parecido a un empresario o comerciante.

Lo descubrió realmente algunas semanas después. En una fiesta celebrada motivo del cumpleaños número veintidós de su, ahora novio. El padre de ese joven, llamado Fei Wang Reed como escuchó, había montado una gran celebración en donde no faltaba extravagancia. La casa se había adornado con luces, mesas con blancos manteles, infinitas viandas y alcohol. Merodeaban pavorreales y tigres de bengala amaestrados. Pero lo que más le impresionó fueron bailarinas vestidas con atrevidos y coloridos conjuntos, con un comportamiento más bien escandaloso con algunos de los invitados, que parecían disfrutar metiendo sus manos debajo de sus diminutas faldas y blusas.

Ella misma iba ataviada de un bonito vestido de noche negro con hilados de cristales de Swarovksy rojos. Se encontraba contemplando la puesta de sol en un balcón. Suspiró. Su novio estaba protagonizando una penosa escena bebiendo shots de sake infinitos con su panda de amigos borrachos. Suspiró nuevamente. Ella no acostumbraba nunca a beber. Se le hacía junto con el tabaco de los peores hábitos que existían. La brisa suave la refrescó. Pensó en sus padres.

De pronto, una mano la tocó por el hombro y la sacó de sus pensamientos. Se volteó casi de inmediato dispuesta a poner una amplia sonrisa de perfectos dientes blancos a su novio, cuando se dio de bruces con una cara totalmente desconocida. En ella percibió algo…lascivia. Y sintió miedo.

De repente, escuchó un plomazo, como un fuego artificial demasiado cercano. Le aturdió el oído y cerró los ojos instantáneamente. Ella nunca había escuchado un balazo. En cuanto abrió los ojos, profesó un grito que tuvo que obligarse a ahogar con ambas manos a la boca. Temblaba de pies a cabeza y no podía apartar su mirada de lo que había sido una cara. El tipo tenía la mitad de la cabeza abierta, con borbotones de sangre manchando ya al mitad de su cara. Sus ojos en blanco y la boca abierta. Se desplomó ahí mismo. Salpicando su bonito vestido y sus zapatos de tacón.

Cuando logró enfocar su mirada hacia otro lado que no fuera la sangre, su novio se acercaba a una velocidad furiosa con la cara desencajada. Estaba rojo de ira y parecía un demonio. Le asestó tres balazos más por doquier a aquel cuerpo inerte.

-¡Nadie! ¡Nadie puede tocar a la novia de un Yakuza! ¡Menos a Ying Fa! ¡Los mataré a todos!- Rugió. Asestó otro balazo en el cadáver, como si no estuviera lo suficientemente muerto. Sakura apenas podía respirar del terror que le causó ver como se iba difuminando la cara de diablo a su novio, quien le sonrió, borracho como estaba, de oreja a oreja, como diciéndole a Sakura "Mira, mira lo que haría por ti", "Puedo matar por ti, ¿No estás feliz?".

Donde se encontraba no era el paraíso, era el infierno.

Y tenía que salir de ahí, a como diera lugar.


Sakura se revolvió incómoda en el asiento trasero del Taxi. Pero aún no abría los ojos. El sueño se desdibujó hasta quedar nuevamente en total oscuridad. Estaba perlada de sudor y su respiración era irregular. Luego…los ojos de Syaoran. Su mirada serena, profunda, honesta y valiente. Era, se dijo, diferente al Yakuza que la mantiene atada a él, sin retenerla cerca pero tampoco sin querer dejarla ir.

Ese maniático asesino.

Abrió los ojos de golpe. Notó su corazón desbocado, palpitando contra su pecho. Se obligó a recordarse como otras tantas veces que de momento estaba a salvo. Terminó de espabilarse del todo. El sol ya había salido por completo. Un día más de falsa libertad. Pensó en su hermano. No había pensado en Touya desde hacía al menos ocho años. Para qué, se dijo. Ese nombre ya no representaba nada para ella.

El taxi amarillo la dejó en un complejo de apartamentos. Sakura vivía en un Loft. Una propiedad uni habitacional modesta. Ya ni rastro de aquella extravagancia estúpida de la que alguna vez fue parte. El Yakuza de vez en cuando intentaba comprarla de vuelta, pero ella amontonaba sin abrir los caros regalos que le hacía.

Los cuales compraba con las manos manchadas en sangre.

Se bañó, eliminando el olor a tabaco y de paso sus pesadillas. Se perfumó con agua de gardenia, se puso un ligero y mínimo maquillaje. Lo necesario para borrar las ojeras, realzar sus pestañas y dar un leve toque de color a sus labios. Ropa cómoda, tenis y a la calle.

Iría a ver a Tomoyo. El día anterior le había prometido que le contaría un poco más de su pasado. No estaba segura de que tanto develarle del bajo mundo sin representarle peligro por su vida. Lo meditaría en su camino.


Cafetería Li Trade Center, Tokio

Divisó las sombrillas que se encontraban adjuntas al gran complejo empresarial, apretó el paso, ya quería ver a su amiga. Sonrió. De verdad que Tomoyo era su sol. Ella le había mostrado el significado de la verdadera amistad. Incondicional. Una relación sana, fuerte, que la hacía levantarse en sus días más oscuros. Quien le mostró su propia fuerza y valor.

Algo le llamó la atención. No alcanzó a divisar a Tomoyo. En su lugar habitual, se encontraba nada mas y nada menos que Syaoran Li. Aminoró el paso hasta que se detuvo por completo frente a él. El le sonrió de medio lado, visiblemente inseguro de cómo reaccionaría ella al verle ahí luego de su último encuentro en el restaurante.

Syaoran sabía que no se merecía nada menos que un punta pie, pero Sakura en vez de gritarle o reclamarle, apretó contra si su bolso, le escudriñó el rostro, encontró algo que le provocó confianza en la mirada de el y acto seguido se relajó. Tomó asiento.

-Tomoyo me ha dicho que ha tenido que ir a ver a su madre, mencionó que se encontraba enferma, no de gravedad, pero quería asegurarse que estuviera del todo bien.- Sakura asintió. Me ha dicho que no tienes un teléfono celular al cual contactarte- Syaoran finalizó.

-Tengo…el prehistórico teléfono que usted me vio contestar ayer, pero no puedo…usarlo mucho- Dijo Sakura con timidez. Lo sacó. Era un viejo teléfono de antena con pantalla verde.

-¿Desea tomar algo, Señor Li? ¿Señorita?- La mesera los interrumpió. Usó un tono excesivamente servicial y cantarín. Syaoran se mantuvo lo bastante estoico a todas luces acostumbrado al nerviosismo que provocaba en todos a su alrededor y contestó tranquilamente. -Si, un café y un pudín de chocolate, y para la señorita…-

-Lo mismo, gracias- Contestó Sakura en el acto. La camarera se fue con el pedido. Sakura la siguió con la mirada y notó que cuchicheaba ya con la cajera. Lanzaban miradas furtivas hacia ellos. Vamos, no podía ser tan raro que el CEO de la empresa se sentara a tomar café frente a su oficina con una simple chica…¿No?

-Regresando al asunto de la comunicación…- Syaoran deslizó una cajita. Moñito y todo. Sakura estudió el contenido. Era un teléfono celular nuevo de última generación.

-¿Qué es esto, señor Li?- Syaoran percibió su tono de desconfianza.

-Es un regalo que Tomoyo me ha pedido darte- Sakura lo miraba de forma inquisitiva. Syaoran carraspeó y habló en un tono más grave.

-Sakura- ¿El joven Li la acababa de Tutear? Pensó la ojiverde. -Mi comportamiento del día de ayer para contigo fue la más absoluta desfachatez. Me avergüenzo sólo por recordarlo. Por favor, acepta mis mas sinceras disculpas. – El Joven Li hizo un inclinamiento de cabeza hacia ella y podría jurar que escuchó una exclamación de sorpresa en la mesa de al lado.

-Por favor, señor Li, levante la cabeza estamos prácticamente en su propia oficina. Que va a decir la gente de…-

- Déjeme al menos disculparme debidamente como un caballero-

-¿Este encuentro ha sido para esto? ¿Y el teléfono?-

-Esto no es de ninguna manera un intento de comprar su perdón, pero a Tomoyo si que le gustaría estar en mejor contacto con usted. Me ha pedido le diga que no es necesario que lo utilice ahora, mucho menos que lo prenda. Seguro intuiría que usted no lo aceptaría. Sólo, al menos dijo, consérvelo- Sakura asintió. Lo tomó y lo guardó, para el alivio de Syaoran.

Sakura en ese momento decidió que quizá podía confiar de verdad en aquella persona. Lo escudriñó antes, buscando algún atisbo de maldad o de engaño en sus acciones y no lo logró. Había aprendido a buscar aquellos dejes de insanidad que conocía bien en el mundo en que se devolvía. Nunca se equivocaba con la maldad. Nunca había encontrado nadie más aparte de Tomoyo que le inspirara la más mínima bondad.

En Syaoran si que lo encontró. El hombre que había arriesgado su propia vida para salvar a una desconocida. No encontró la mirada de un asesino. Encontró la cara de un hombre confiable… y bueno.

Syaoran le sostuvo entonces una mirada significativa. Tratando de adivinar que pensaba Sakura. Rompieron el contacto cuando ambos se perdieron en los ojos de otro y lo notaron. Se asomó un nada disimulado rubor que Syaoran intentó ocultar volteando a la calle y ella roja hasta las orejas fingió interesarse en el café y el pudín de chocolate que la mesera le puso enfrente en ese momento. No lo había visto tan de cerca antes pero ahora que lo tenía enfrente le parecía el hombre más guapo que había visto nunca. Se encontraba ataviado en traje de oficina, con la corbata azul ligeramente aflojada. Recordó que había soñado con sus ojos y clavó la mirada en el café humeante todavía más, sintiendo que las mejillas le ardían.

Miró a su alrededor. Por primera vez realmente consciente de que la gente volteaba a verlos. Estaba demasiado azorada para notar que Syaoran, había puesto una cara de pocos amigos en dirección a un coche de vidrios polarizados, con una sombra siniestra por conductor. Era quien le había dicho Tomoyo, le seguía a todas partes. Syaoran miró hacia los rascacielos de enfrente. Tocó el botón de su camisa. El hecho duró un breve segundo. Fye estaba en el techo, invisible a los ojos comunes como un buen francotirador. Con su rifle de largo alcance tenía en su mira directa el coche misterioso. Memorizaba las placas y características. El imbécil conductor intentaba algo y se moriría en menos de lo que alcanzara a abrir la boca para exclamar "Ay".

-¡Pruebe el pudín joven Li, está delicioso! – Sakura sumamente contenta por el placer inesperado, se lamió instintivamente el labio inferior intentando meter hasta la última migaja en su boca. Sacó a Syaoran de sus pensamientos siniestros y éste relajó su postura.

A Syaoran el gesto inocente de Sakura no le pasó desapercibido y lo estremeció de forma deliciosa. Se reprendió mentalmente y probó el postre. En verdad que estaba buenísimo. Se permitió imaginarse por unos pocos segundos como un joven normal, teniendo una cita con una chica. Sonrió de buena gana. Pero inmediatamente se obligó a devolverse a la realidad. Aún tenía cosas que preguntarle a Sakura. Sakura notó el súbito cambio de ánimo en el joven Li e instintivamente intuyó lo que probablemente se cocía en su cabeza.

-Joven Li…le agradezco lo que intenta hacer por mi…Acepto sus disculpas. Pero no su ayuda-

Ambos dejaron de comer. Súbitamente a Syaoran le embargó la necesidad de decirle hasta donde llegaría el por salvarla.

¿Porqué tenía esa apremiante necesidad de ayudarla?

Apretó su mandíbula. Casi le dieron ganas de reír.

"Te estás enamorando Syaoran. Estás en serios aprietos ahora sí." Pensó.

-Tengo el poder y los medios para lograr que la dejen en paz- Se limitó a contestar.

-¿Porqué quiere ayudarme?-

"Porque te quiero."

Syoran súbitamente dejó de funcionar y se atragantó con una migaja del pan de chocolate.

"Excelente pensamiento intrusivo. ¡Vaya!"

Sakura se levantó de la mesa de un salto y le animó a toser al tiempo que le palmeaba con delicadeza la espalda, más por ánimo que por intentar que escupiera el pedazo de pudín. Syaoran tosió más por la sorpresa de la cercanía de Sakura. Ella realmente pensaba que este hombre podría ser indestructible pero…

-Joven Li de verdad tiene serios problemas de atragantamiento continuo- Intentaba disimular su nerviosismo por tocarle la espalda que descubrió pétrea y musculosa como una roca. Se le escapó una risita angelical por la ironía.

El señor Li podía desafiar mafiosos pero sus verdaderos enemigos eran las migajas y el arroz cocido.

Syaoran y Sakura sentían una inexplicable atracción entre ellos. Era innegable.

Y entonces el ambarino no pudo más y se lo soltó sin más, así en plena calle. No ajeno a que la gente de alrededor paraba la oreja.

-Sakura usted es una persona fuerte, valiosa. Merece vivir sin miedo. Tengo el poder de ayudarla y se lo demostraré-

Sakura dejó de tocarle la espalda. Lo miró con preocupación. Se alejó un poco de él, para molestia de Syaoran.

-Aquella noche… No pude olvidar tus ojos-

-Joven Li, me está tuteando-

-Si, tutéame a mi también, por favor-

-Tengo que irme, he estado demasiado tiempo con usted…hay alguien que me…-Sakura miró en dirección al auto. Ella sabía que no habían dejado de verla ni un segundo. Se arriesgaba de sobre manera. Pensó en el joven que la tocó del hombro por un segundo y sus sesos desparramados. No quería que Syaoran muriera por su culpa. ¿Qué podía hacer un hombre como el? Nadie podía escapar ni mucho menos hacerle frente a la mafia japonesa.

Syaoran se paró de la mesa. Quería tomarle la mano. Quería abrazarla. Pero los miraban por todos los flancos ya sin disimulo alguno. Los empleados, la gente de paso, el maldito bastardo que la vigilaba… Pero tenía que hacer que ella se sintiera segura con él.

-¡Trabajo para el gobierno! ¿De acuerdo? ¡Yo soy un agente de…! – Paró en seco.

"Cállate. No digas más. No la pongas en peligro. Idiota."

Le urgía que supiera todo sobre él. Quería saber todo sobre ella. Temblaba de coraje.

-Usted no entiende. Estoy metida hasta el fondo. – Se encontraron nuevamente la mirada. Había anhelo en el. Tristeza en ella.

-Dame un nombre, Sakura. Quien es el bastardo que…-

-No puedo. No te lo daré. Temo que le lastimen si lo hago- Se instaló algo en el pecho de Sakura. Creía haberlo sentido antes. Pero había sido una pantomima. Una maldita mentira. Esta vez era diferente. Algo nació por él en ella. No quería que lo lastimaran. No le diría más.

-No puedo hacer más si no me dices que está pasando.- No cabe la menor duda. Sentía algo por ella. Aún no sabía con qué profundidad. Le escocían los brazos por acortar la distancia entre ellos y abrazarla de verdad.

-Quiero protegerte. Trabaja de recepcionista con nosotros. Al menos déjame a mi ofrecerte una vida diferente, algo que sea tuyo por tu propia elección…-

Ya le habían antes ofrecido una vida diferente. Había caído como una idiota. Pero la ansia y el afán con la que el joven Li le pronunció esas palabras como si fueran votos, le sabían totalmente distintos a antaño, una vez más, con él se sentía segura, sentía todo distinto.

No se consideraba una damisela. Pero si se consideraba en peligro permanente. Lo meditó. Realmente nunca había pedido permiso de trabajar durante el día. Si era algo simple e inocente como un trabajo, y no descuidaba la noche, no tenía su "protector" porqué negárselo ahora. Había crecido, había guardado sus secretos todos estos años. Había aguantado esta vida. Se lo debían.

Entonces en aquellas cuatro paredes de concreto en las que se sentía permanentemente, se abrió una grieta. Un gran boquete. Y de ahí asomaba la mano de Tomoyo, y la mano de Syaoran Li.

Tomaría esas manos. Decidió confiar en él. En que quizá… quizá si que el tenía el poder y los medios para sacarla de la prisión que era su vida. Venció un poco el miedo y divisó lo que había más allá de ese terror de sobreponerse a las circunstancias de su vida.

Confía en las buenas personas que te han mandado los cielos, Sakura.

Decidió decirle lo único que podría salir de su boca. Algo que no se atrevería a pronunciar nunca en voz alta.

-Joven Li, lea mis labios- Syaoran comprendió en el acto y tomo aire. El pie para la investigación.

-Yakuza- La palabra se confundió con el sonido de la brisa de los árboles. Pero Syaoran entendió y palideció. Lo inundó una furia incontrolable. Le dieron ganas de llorar.

Así que la misión de su vida se había hecho personal.

La salvaría de esos malnacidos así fuera lo último que hiciera.

Tendría la cabeza de Fei Wong Reed en una mano , y la libertad de Sakura en la otra.


Aproximadamente a 20 metros de distancia

El misterioso conductor marca por teléfono. Suena la línea del otro lado.


Yokohama. Prefectura de Kanagawa. Región de Kanto.

En una playa costera, existía una mansión custodiada por matones con armas de todos los calibres. Vigilaban la playa, la vegetación, las entradas y cada metro cuadrado de las paredes blancas con acabados de mármol.

Dentro, se mezclaban entre sí los sonidos de las risotadas de las mujeres con la música alta con letras altisonantes. El ambiente se apreciaba cargado de tabaco y puros. Se distinguía un joven que podría bien denominarse guapo, que se dejaba mimar por una prostituta. Mantenía los ojos cerrados suspirando de placer mientras ella le resbalaba vino hacia la garganta en un beso húmedo.

Le vibró el teléfono celular. Abre los ojos de golpe y aparta de un manotazo más o menos violento a la joven, quien no se dejó intimidar, pero aguardó pacientemente no queriendo instintivamente ser maltratada. El la terminó de alejar con un gesto impaciente de mano y sin volverse a mirarla mientras contestaba el teléfono, indicándole así que sus servicios ya no eran requeridos por esa tarde y que la llamada que iba a contestar era de carácter privado. La prostituta sin rechistar ni objetar, se fue, recogiendo de salida y a prisa su abrigo de piel barata y sus zapatos de plataforma brillantes.

-Aquí Gan Tao Reed.- la persona del otro lado del teléfono cada cierto tiempo le daba informes sobre Sakura. Su antigua novia, quien le había humillado al querer abandonarlo y el la había castigado condenándola a una vida de prostitución. Al final, su enfermiza obsesión por ella había ganado la partida, y no la obligó a trabajar en ello pero descubrió que podía generarle grandes sumas de dinero si le daba carácter intocable y la obligaba a bailar bajo amenaza. Perdía los estribos cada vez que se enteraba que alguien había intentado tocarla y después de estos sucesos le hacía caros regalos suplicando su perdón. En su retorcida cabeza, el realmente creía que no había nada que no se pudiera conseguir con dinero. Toda la gente tenía un precio, pero Sakura no daba su brazo a torcer.

Este hombre era hijo del más grande líder de la rama más grande de la mafia japonesa; Fei Wong Reed.

-Señor, la señorita Sakura parece ser entabló migas con el empresario Syaoran Li-

-El poder de ese imbécil llega hasta donde se topa con el mío. Ella debe saber eso- Siseó Gan Tao.

-Aún así, parecía realmente interesado en ella señor. ¿Quiere que le escarmiente esta noche?- Una ola de celos que casi lo hace vomitar se apoderó de el. Apuró el trago de vino restante directo de la botella y luego la lanzó por los aires hasta la pared. Se hizo añicos.

Después de todo… no podía dejarla ir. Maldita la hora. Nadie había representado realmente una amenaza para su esperanza por recuperar el amor de Ying Fa, pero el CEO Li era boleto de otro cantar.

-No, aún no. Ya planearé yo su muerte. La haré ver a Ying Fa por fin cuan equivocada estaba por haberme dejado.-

¡Nadie podía intentar arrebatarle a su chica y pensar por un momento siquiera en que podía salir ileso!

Intentó calmarse y pensar con la cabeza fría. Su teléfono vibro nuevamente. Mensaje de texto. Casi nunca recibía mensajes de ese número pero se lo sabía de memoria.

Era Ying Fa. Leyó rápidamente sin colgar la línea.

Una sonrisa lenta comenzó a esbozarse en su rostro.

Así que era eso.

Quería trabajar de día sin descuidar sus deberes de la noche. Cuan ingenua era. Una vida forjada por ella misma.

La dejaría creer que podría. Lo que era más, le contestó en el mensaje que podría dejar de ir al club nocturno y trabajar de recepcionista. Debía ser paciente. Dejar que ella pensara que era libre y luego, arrebatarle la vida al engreído de Syaoran Li, cuando el estuviera desprevenido en su plena hora de comida.

La manipularía y le quitaría su último atisbo de esperanza de aspirar a una vida distinta. La quebraría y por fin… regresaría con el, como la muñequita dócil de aparador que fue tantos años. Y serían felices para siempre.

Otro foco se le prendió. Su cerebro trabajaba a mil por hora. Producto de la cocaína o producto de la creciente excitación que sentía por su siniestro plan. Le había llegado el rumor que Syaoran Li estaba detrás de alguna operación a gran escala, donde también estaba involucrado inclusive hasta el Primer Ministro Japonés. Los idiotas creían que podrían desmantelar a la mafia japonesa. Todo eso a el le había tenido sin cuidado, aún no habían llegado hasta sus propios dominios, ni habían mermado un dólar su fortuna, pero ahora si que le estaban picando las espaldas cuando decidió el muy bastardo interesarse por Ying Fa.

Quizá ni tuviera que molestarse tanto ideando un plan para matarlo. Quizá solamente debía avisarle a la persona correcta. Y esa persona se encargaría de todo.

Su propio padre. Fei Wong Reed.

El gobierno estaba pisándole los talones a su padre y desde hacía tiempo queriendo apresarlo motivados por la idea de que de que un cuerpo sin la cabeza ya está verdaderamente muerto.

La mafia japonesa no funcionaba así. Cortas la cabeza y crecerán dos más.

Su padre había sido el más listo. No habían podido dar aún con el. Además, otra cualidad que le encantaba de él era que también era experto en jugar con las personas como si se tratara de un tablero de ajedrez, y no dudaría en darle un gusto a su querido hijo.

Le informó de sus planes a su padre, quien aceptó gustoso la idea de deshacerse de una vez por todas de su enemigo número uno para que su hijo tuviera el camino libre para reconquistar a su antigua novia.

La armarían gorda. Se acercaban las elecciones políticas. Se comenzaría a mover en grande. El terror a gran escala. Hablarían de Fei Wong Reed a escala mundial. Nadie volvería a desafiarlo si se libraba de las tan aclamadas fuerzas especiales del maldito Primer Ministro. Un atentado por aquí, un asesinato por allá. Se vengaría por los millones de dólares que le hicieron perder cuando explotaron su más grande punto de producción de drogas en el bosque de Aokigahara. Demostraría que el podría ser más agresivo cuando de proteger sus negocios se trataba.


Li Trade Center. Tokio.

Detectaron los cambios en las operaciones habituales de Fei Wang Reed a finales de ese mes.

El Sargento Kurogane, quien era experto en explosivos de todas las escalas, también era quien llevaba gran parte de la informática y se sentaba largas horas monitorizando los patrones de operaciones de la mafia.

Se atragantaba delicadamente unas tantas papas fritas mientras procesaba la información binaria frente a su poderoso ordenador, cuando de pronto el código se modificó de forma súbita.

Sin dejar de masticar, pues no quería ahogarse súbitamente con su comida como le pasaba al teniente Li cada vez que se ponía nervioso, comenzó a teclear y a dar clics por toda la pantalla.

Aún no había nacido la persona que configurara un encripto que el no pudiera decodificar. Podía leer lenguas muertas incluso mejor que cualquier letrado. Compiló datos intrigantes. Explosión. Gas nocivo. Atentado. Gobernador de prefectura. Elecciones gubernamentales. Se paró como un resorte y salió disparado de la habitación. Los Yakuza estaban armando un verdadero baile y ellos debían asistir a bailar en primera fila. Prácticamente voló en dirección a la oficina del Teniente Syaoran Li. Debían informar con urgencia al Primer Ministro.


Era el primer día de trabajo de Sakura.

Tomoyo había gritado de gusto la última vez que se vieron en el café. Su madre ya estaba recuperada de la enfermedad. Sakura le agradeció a su amiga por el teléfono y le dijo que guardaría el regalo para más adelante. Ya había dado un gran paso y era comenzar a trabajar en algo distinto, y de turno de día. Para variar.

Le había extrañado la rápida respuesta por mensaje de texto de Gan Tao. Ciertamente había esperado mucha mayor reticencia por su parte. Inclusive una negativa. Se atrevió a pensar que quizá el de verdad ya estaba olvidando su irracional obsesión por una insalvable relación. No mencionó que el CEO Li le había ofrecido el trabajo. Le mencionó que su amiga le había mencionado de la vacante, esperando de forma ilusa que le creyera.

Estaba sentada al lado de Tomoyo, con un bonito traje de oficina que consistía en una falda larga y un saco, todo en un rosa palo a juego con blusa blanca, zapatillas bajas color marfil y el cabello sujetado en una larga coleta alta. Su amiga, le había vuelto a hacer de obsequio la indumentaria.

Su trabajo consistiría primero en observar, luego en atender llamadas y más tarde aprendería procesos administrativos cada vez más complejos. Syaoran confiaba en que sería pan comido para ella y a la ojiverde le llenaba de gusto el corazón que él se fiara de ella tan a ciegas sin dudar ni un minuto de su potencial.

El señor Eriol pasaba de vez en cuando a saludar. Le caía bien, aquel joven de aspecto despreocupado con ascendencia inglesa con una mirada aguzada azul profundo, detrás de esos lentes grandes y redondos. Le desilusionaba la idea de no ver a Syaoran en todo el día. Tomoyo le había mencionado ya antes que el nunca bajaba de los últimos pisos del Trade Center.

Mientras tanto, Syaoran a la primera oportunidad ya bajaba el elevador con Eriol a sus espaldas.

En cuestión de horas ya había llegado a los oídos del CEO a través de conversaciones indiscretas de pasillo, que había sido contratada una nueva aprendiz de secretaría que era más bonita que el cielo azul. Sabía exactamente a quien se referían. Se la había imaginado en traje de oficina todo el día.

Se abrió finalmente el elevador en el lobby. Salió ignorando la sorpresa y las excesivas muestras de respeto de sus empleados. Le dedicaban frenesís de reverencias y saludos cordiales. Después de todo, nunca se aparecía por ahí. Muchos empleados no lo conocían ni en persona, como había sido el caso de Tomoyo antaño.

El respondía con modesta cortesía con apenas un deje de asentimiento de cabeza. Eriol, rolaba los ojos detrás de él, sin poder creer la estúpida excusa que se había inventado para ir a la planta baja.

"¿Enserio Syaoran? ¿Las remodelaciones del lobby?" "Te hubiera creído más que ibas a ver al sótano la puesta de sol"

Las remodelaciones habían sido terminadas hacía tres meses... Le firmó el papel de autorización a Eriol sin apenas ver el contenido de la factura.

Por supuesto que no le importaba ahora a Syaoran si Eriol había mandado a poner el piso negro, verde o morado. Sólo quería ver a la esmeralda.

Tomoyo le dio un codazo en las costillas bien disimulado a Sakura cuando divisó a Syaoran caminando por el área, con la excusa de una inspección a las remodelaciones.

Vaya, Tomoyo no le había visto nunca en sus cinco años de trabajo ininterrumpido y solo habían pasado cinco horas del primer turno del primer día de trabajo de Sakura para que el Señor Li apareciera en la recepción. Se le hizo de lo más tierno que casi quiso morir de pena por él. Que excusa tan mala había puesto el Joven Li. Habría creído más que se dirigía al sótano de paso a ver la puesta de sol. Pensó que seguro le gustaba mucho su amiga, y que en efecto el era lo más adecuado para él. Sólo había que mirarlos. Se sonrojaron los dos en cuanto sus miradas se cruzaron. Tomoyo sonrió afectuosamente y Eriol al mirarla, sonrió como un tonto. Bien había valido la pena acompañar a Syaoran.


Afueras de Tokio

Al salir de su jornada de trabajo, Tomoyo se dirigió en taxi a su sitio favorito de comida cantonesa. Aquel alejado lugar en donde se había encontrado por casualidad con el joven Eriol y el Señor Li, en donde apenas iba gente pero que la comida era barata y fabulosa.

Cenó arroz frito con huevo y cebollín. Despacio, hasta el último bocado. El sazón era increíble como para comer deprisa.

Pidió la cuenta. Dejó propina. Y dejó una nota.

Touya Kinomoto salió a recoger la mesa, y tomó la nota escrita en inglés.

-Primer ministro afrontará una misión delicada con las fuerzas especiales. La Interpol se mantendrá expectante. Si algo sale mal, actuar.-Sacó una linterna con luz ultravioleta. Se develó otro mensaje.

-Sakura se ha hecho mi mejor amiga. La protegeré. Recepcionista en formación. Obra de Syaoran Li.-

El alivio de Touya fue momentáneo. Tomoyo desconocía los detalles del vínculo de Sakura con los Yakuza. No tenía el poder para tal averiguación. No era parte de su misión actual. Se volvió amiga de Sakura por obra del destino. No tenía manera de saber que los Yakuza por nada te soltaban y te dejaban vivir tu vida y ya estaba. No era la costumbre.

Al darle más libertad los Yakuza a Sakura… No. Había gato encerrado.

Se preocupó más. Debía estar alerta.


Agradezco a mi hermana quien tuvo las más grandiosas ideas para continuar de lleno con la historia hasta prácticamente llegar al final. A partir de este capítulo, esta historia es de las dos.

¿Qué les pareció el último giro de acontecimientos? ¿Tomoyo también es una espía de la Interpol? ¿Cuál es entonces su misión?

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