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Una verdad oculta
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La gente solía decir que la muerte le acechaba desde pequeña. Pero esta se había negado a tomar su alma. Como si repudiara la idea de tener que acabar con su eterno sufrimiento.
'Kioko' 'Kioko'
Eran sus voces, cada vez más cerca.
Cubrió su nariz, tratando inútilmente de acallar su respiración. Los pasos se oían cada vez más cerca y sabía que tendría que afrontar las consecuencias tarde o temprano de sus acciones. Pero no estaba lista, tenía miedo.
—¡Sal de una vez pequeña mierda! — grito la inconfundible voz de su hermano mayor— ¡Rindou y yo sabemos la jugarreta que hiciste! ¡Sera peor si sigues escondiéndote de nosotros!
Aquel reducido espacio en donde se escondía parecía ser el lugar perfecto, pero en el fondo conocía perfectamente a sus hermanos. Ellos darían con ella tarde o temprano.
Kioko sabía que era desafortunada desde el momento en que entendió el entorno en el que vivía y del peligro que acechaba de manera incesante cada segundo de su vida. Sus hermanos se habían tomado la tarea de enseñarle que la vida no era justa con los débiles.
Ellos la consideraban débil.
Y ella los odiaba en respuesta
—Aquí estas…— los ojos violetas de su hermano Ran la miraban fríamente, su sonrisa perezosa escondía un terrible secreto que Kioko estaba segura pronto iba a descubrir.
No podía moverse, hablar, llorar o gritar. Estaba totalmente paralizada y sentía que la sangre comenzaba a irse poco a poco de su cuerpo, sus manos comenzaron a sentirse frías y los temblores no se hicieron esperar.
Esta reacción pareció dejar satisfecho a su hermano mayor, porque la sonrisa en su rostro se volvía más amplia con cada segundo que pasaba.
Corre
Corre por tu vida Kioko
Pero nada de eso fue posible.
.-.-.
Los ojos de Kioko se abrieron un poco, giro la cabeza mirando el reloj a un lado de su cama. Dándose cuenta de la hora que era seguramente ya había perdido el primer periodo de clases y su consejera no iba a estar conforme con ellos.
Son una bola de hipócritas Kioko
Pero ella no podía moverse. Todo su costado dolía y sus brazos pesaban demasiado.
Su cabeza volvió a caer contra las almohadas, el dolor y la angustia invadiéndola. Por favor déjenme morir. Quiero morir. Conto hasta tres e hizo un esfuerzo sobrehumano para no gritar de dolor cuando por fin pudo enderezarse.
No escuchaba ningún ruido fuera de la habitación, por lo que suponía que estaba sola.
Ese silencio al que estaba tan acostumbrada ahora podía brindarle una paz temporal.
Logro sacar sus piernas de la cama y con pasos temblorosos se dirigió hasta la ducha.
Miro su reflejo en el espejo.
Ran se había asegurado de que ningún golpe fuera visible. Nadie podía saberlo. Rindou no había dicho nada, fingiendo indiferencia y sonriendo ante los gritos de dolor que su hermano mayor lograba sacar de ella.
Ser una Haitani no era un honor.
Era un infierno en vida.
Ninguno de los dos quería que su existencia fuera conocida. Ella sabía claramente de la reputación de sus hermanos; pandilleros sin alma que se alegraban por el sufrimiento ajeno, enfermos por el dinero y poder, siendo protagonista de sucias peleas.
Asesinos.
Ella lo sabía todo.
Jamás entendió cuando fue que comenzó aquel calvario. Kioko había sido feliz, sus hermanos la cuidaban y mimaban, procurando que jamás fuera lastimada por alguien. Celebraban sus cumpleaños con alegría y sonrisas, Rindou cocinaba siempre su comida favorita y Ran la peinaba para ir a la escuela.
Pero todo tenía un final. Trato de entender el significado de los golpes, la razón de sus palabras hirientes y sus miradas de indiferencia. Trato, pero no era suficiente.
El silencio de aquella casa la acompaño hasta que salió rumbo a la escuela.
No quedaba demasiado lejos por lo que podía ir caminando sin problemas. Aunque en el fondo sabía que de esa manera la gente no la miraría extraño por la forma en la que se movía. Sus costillas dolían, y el simple movimiento de inhalar y exhalar era un tortura incesante.
—Parece que vas tarde de nuevo Kioko.
Kioko forzó una sonrisa amarga.
—Buen día Akkun-kun— el chico sonrío ampliamente mientras corría para acercarse a ella— ¿También vas tarde?
El chico lució avergonzado.
—Me quede dormido y no escuche la alarma en la mañana.
—Eso es ya algo típico en ti, así como en los demás…excepto en Mitchy— musitó, recordando las extrañas actitudes de Takemichi días atrás. Era como si hubiera madurado de la noche a la mañana, casi pareciera que era mayor a ellos por algunos años.
—En eso tienes razón…me mandó un mensaje preguntando por nosotros.
Kioko sonrió ante lo último.
—Claro que lo hizo.
.-.-.
La mayor parte de los días en la escuela eran agradables, para ella era el único momento en el que se sentía libre y se proponía siempre quedarse más tiempo dentro de los edificios para poder respirar con tranquilidad. El permanente recuerdo de la noche anterior intensificaba el sentimiento de permanecer en la escuela.
—Estoy segura de que es necesario que pongas atención en clases Mitchy— murmuro en voz baja, viendo como Takemichi seguía con la mirada perdida. Algo que comenzaba a ser muy usual en el durante aquellos días— De esa manera solo conseguirás reprobar los exámenes.
Takemichi frunció el ceño ante sus palabras, como si detestara la idea de tener que repetir las pruebas en verano.
El estruendo de unas voces se hizo presente. Kioko escucho con claridad las voces de ciertos estudiantes que parecían querer detener algo que avanzaba por los pasillos, era demasiado ruido y poco después la puerta del aula se abrió súbitamente mostrando a dos personas paradas fuera del aula.
Un chico alto con una trenza rubia y un tatuaje de dragón en la sien, lucia serio y amenazador mientras detenía la puerta. Frente a él se encontraba otro chico más bajo, con su melena rubia amarrada en media coleta y luciendo demasiado despreocupado mientras ingresaba en el aula.
El profesor ni siquiera podía dar crédito a lo que sucedía, pero Kioko estaba segura de que tampoco tenía la valentía para replicar.
—Oh ¡Aquí esta! — dijo aquel chico con una sonrisa — ¡Vamos a jugar Takemicchi!
¿Takemicchi?
