La película acababa de terminar. Aquella noche había visto Harry Potter y el misterio del príncipe. Era de sus favoritas de la saga. Abandonó la silla, jugueteando con la réplica de la varita de Voldemort que había conservado en la película durante el visionado. La dejó entre las manos de un busto de Hulk que tenía en el mueble que hacía las veces de expositor para sus figuras y se tumbó sobre la cama.
Ya era tarde, y decidió no posponer más su sueño. Siempre había fantaseado con que algún día toda aquella magia pudiera ser real, que pudiera volver a tener aquella sensación infantil que tuvo con once años cuando esperaba su carta de Hogwarts. Había pasado mucho desde entonces. Pero siempre que veía esas películas aquel pensamiento era muy fuerte. Cerró los ojos pensando en ello con mucha intensidad.
Cuando los abrió se encontraba en un lugar extraño. Estaba oscuro, y hacía frío. Intentó en vano llegar al interruptor de la luz que tenía junto a la cama. Se cayó al suelo, pues en el lugar en el que normalmente había una pared… no había más que vacío.
_ Joder… _ Murmuró, con un quejido.
Se quedó helado al escuchar su propia voz. Era cierto que uno no escuchaba su voz de la misma forma en la que realmente sonaba, pero esa voz tan aguda lo dejó congelado en el sitio. Con los ojos acostumbrados a la oscuridad logró distinguir un pequeño palo en una mesilla y lo tomó con los dedos. Si tan sólo tuviera un poco de luz.
Como contestando a su deseo, la punta del palo se iluminó. Pudo notar cómo se le abrían los ojos de impresión. Era absurdo, ridículo. Una fantasía, pero un brillo infantil estaba iluminando sus ojos mientras veía el brillo al final de la varita.
_ ¡Nox! _ Dijo, más alto de lo que quisiera.
La luz se apagó, dejándolo todo a oscuras.
_ ¡Lumos!
La varita volvió a iluminarse con la misma facilidad que había hecho al principio. Instintivamente inclinó la varita hacia adelante.
_ Accio.
Algo salió volando hacia su mano. Un anillo de oro con una gema verde de un hermoso brillo. ¿Sería una esmeralda? Era la primera vez que vería esa gema preciosa. Había salido volando de un tocador que había junto a la lujosa cama en la que estaba durmiendo. Cuando se acercó al espejo se quedó congelado… o más bien, congelada.
Le estaba devolviendo la mirada una muchacha de dieciséis años, cabello oscuro, ojos castaños y un rostro muy perfilado. Lo había visto antes. Se la veía asustada, como él mismo se sentía.
_ ¿Pansy Parkinson? _ Se preguntó en voz alta. _ Soy Pansy Parkinson…
Se llevó las manos al pecho instintivamente. Se echó a reír, sintiéndose como un crío. Le gustó ver esa expresión en el rostro que le devolvía la mirada.
_ Vale, eso ha sido muy infantil. _ Suspiró, apartando las manos. _ Y quizá hasta ilegal. Veamos… cuando estoy.
Tomó la varita iluminada y se dirigió hacia el calendario, revisando la fecha. Tras hacer unos cálculos mentales, se dio cuenta de cuándo se encontraba.
_ Si no me equivoco, debería ser mañana. _ Susurró, pensando en voz alta.
Aquello era un sueño, tenía que serlo, pero no podía evitar planificar como si no fuera a serlo. Se dejó caer en la cama, notando de forma extrañamente agradable el cuerpo de Pansy. Nunca había tenido un sueño tan vivido. Suspiró y cerró los ojos. En cualquiera momento despertaría en su dormitorio y se olvidaría de todo lo demás.
Lo hizo cuando los rayos del sol le golpearon en la cara. Instintivamente llevó la mano a la mesilla de noche, buscando su móvil para comprobar la hora… pero el móvil no estaba allí. En su lugar los dedos se cerraron sobre la varita, y se la quedó mirando unos segundos antes de que sus ojos se detuvieran en la mano que la sostenía.
Aquella mano femenina, con uñas bien cuidadas y la piel blanca y tersa, tan distinta a la suya. El recuerdo de la noche anterior acudió presto a su memoria. Entrecerró los ojos un instante mientras asimilaba que la magia existía, que la poseía… que era una bruja… una mujer… y en perspectiva global, que había acabado metiéndose en una de sus historias favoritas.
_ Bueno… entonces tengo que seguir el plan. _ Susurró, mirándose al espejo. _ Tengo que hacer que estar aquí cuente.
En ese momento llamaron a la puerta y se estremeció.
_ Señorita Parkinson, le traigo el desayuno. ¿Está usted presentable?
_ No. _ Respondió por inercia, antes de pararse a pensar que llevaba todo el pijama puesto. _ Quiero decir que sí, estoy presentable.
Se abrió la puerta y una mujer vestida con un uniforme de criada entró con una bandeja de desayuno. No fue un intercambio particularmente elocuente. La mujer dejó la bandeja en la mesilla y la miró a los ojos.
_ Que pase un buen día, señorita Parkinson. _ Dijo, con una reverencia antes de marcharse.
Mientras desayunaba repasó su plan una vez más. Era un poco absurdo llegar en ese punto, querer inmiscuirse… pero tenía todo aquel conocimiento previo después de haber leído los libros varias veces y de ver las películas a menudo.
Entrecerró los ojos y se dirigió al armario. Túnicas y vestidos… Zapatos de tacón. Ya le costaba mantener el equilibrio con su nueva altura, como para sumar la complicación de los tacones.
_ Vamos, tiene que haber algo muggle por aquí. _ Murmuró, rebuscando ampliamente en el armario.
Al final encontró las prendas. Todas ellas muy formales. Cuando se las puso, no pudo evitar sentir que se estaba sofocando. La casa estaba vacía. Los padres de Pansy debían estar en sus respectivos trabajos. Pudo ver a la criada ocupada repasando los espejos de la casa. Se posicionó tras ella y tosió para llamar su atención.
La mujer se llevó tal susto que se cayó al suelo de la impresión. Y eso pareció asustarla todavía más. La miraba con genuino pavor. En el pecho llevaba una pequeña plaquita, y en ella, un nombre que dedujo que era el suyo.
_ Janet… dime, ¿Tú sabes aparecerte? _ La miró a los ojos. Ella temblaba.
_ Sí… pero su madre me lo tiene prohibido, ¿Recuerda? Como ella dice, una sangre sucia como yo no tiene derecho a su magia.
_ Sí, claro… _ Suspiró, cruzándose de brazos y negando con la cabeza. _ Pero si te pido que me lleves a un sitio, ¿Me llevarás?
_ Por supuesto, señorita, vivo para servirla. _ Dijo haciendo una reverencia. Estaba claro que la madre de Pansy había trabajado con ganas en destruir la mente de aquella mujer.
_ Bien. Llévame a Pequeño Hangleton. Tengo que estar allí pronto. Cámbiate. Ponte algo de aspecto muggle.
Habían pasado dos horas cuando Pansy, seguida de Janet, se detuvo en un lugar que no parecía tener nada de particular, tras sentarse en una roca, permanecieron en silencio un largo rato, mientras esperaban. Janet no se atrevió a preguntar, pero se quedó sobrecogida cuando, tras al menos una hora, una figura muy reconocible hizo acto de presencia.
Janet tenía la boca abierta al ver al profesor Dumbledore. Le recordaba a días mejores, más simples y más felices, a su época de estudiante, antes de que la señora Parkinson la contratara y se asegurase de que nadie más la contratara para ningún otro trabajo, sellando su destino.
_ Señorita Parkinson… _ Dumbledore la observó con curiosidad. _ ¿Puedo saber qué la trae aquí, si no es indiscreto?
_ Vengo a salvarle la vida. _ Respondió Pansy, con tono misterioso.
Janet la miró como si la viera por primera vez. No era raro, había escuchado una y mil veces a toda la familia Parkinson, Pansy incluida, despotricar sobre Dumbledore y recalcar lo mucho que lo despreciaban y cómo deseaban que se muriese y fuese sustituido por otro director más cercano a sus ideales.
_ Agradezco su preocupación, señorita Parkinson. _ Dumbledore sonrió. _ Pero me gustaría saber de qué quiere salvarme.
_ Verá, si sigue por este camino encontrará lo que ha venido a buscar. Pero el objeto que busca es algo más, algo que usted desea… y si lo toca sin cuidado… morirá sin remedio.
_ ¿Cómo sabe usted todo eso?
_ Digamos que he estado prestando atención en adivinación. _ Susurró Pansy. _ Las clases del profesor Firenze fueron inesperadamente productivas.
_ Comprendo. ¿De qué estamos hablando exactamente? ¿Qué encontraré que pueda distraerme de mi tarea?
_ La piedra de la resurrección. _ Janet miró a Pansy como si le hubiera dicho una tontería.
La mirada de Dumbledore era distinta. Había conseguido retener su emoción en el resto de su cuerpo, pero el brillo de sus ojos recordaba a un chaval el día de Navidad.
_ Sí, comprendo su emoción. _ Pansy sonrió, conciliadora. _ Pero recuerde, antes que la piedra… es lo que ha venido a buscar… y ese algo debe destruirlo… cuando lo haya hecho, la piedra será segura y no antes… no se ponga el anillo, profesor Dumbledore. Si lo hace… será el fin.
_ Entiendo… muchas gracias, señorita Parkinson. Confío en volver a verla cuando empiecen las clases.
_ Hasta entonces, profesor.
A lo largo de los siguientes días, Pansy evitó conscientemente a sus padres. Sólo los veía durante las cenas, que resultaban particularmente silenciosas. Descubrió que no era demasiado difícil evitarlos, pues en aquella familia todos parecían moverse por intereses propios. Una familia movida por las apariencias.
Ni la sorprendió que el uno de septiembre la acompañara Janet a King Cross en lugar de su madre. Ya se había acostumbrado al cuerpo de Pansy, y era un alivio no tener que preocuparse por tropezar al andar. Aquel día estaba visiblemente emocionada mientras caminaba hacia el tren.
_ Señorita Parkinson, ¿Puedo hacerle una pregunta con franqueza? _ Le preguntó Janet, arrastrando el baúl.
_ Sí, y llámame Pansy. _ Le dijo, alzando una ceja.
_ Pansy… he venido contigo desde que tenías once años, y nunca te había visto tan ilusionada por ir al colegio. ¿Te pasa algo?
_ Es sólo que… he tenido tiempo para pensar… darles la vuelta a algunas cosas. _ Echó un vistazo al andén, en apariencia pensativa. _ Creo que ya es hora de que aprecie las cosas que me da la vida.
_ Supongo que sí. Disculpa… sé que no te importa lo que yo piense, pero me preocupo por ti. _ Susurró Janet. _ No debí decir eso…
_ Sí, sí que debiste decirlo. _ Pansy le dedicó una sonrisa y le puso la mano en el hombro. _ Escucha… siento haberte tratado tan mal todo este tiempo. Y, no le digas que te lo he dicho… pero, mi madre se equivoca. Te mereces tu magia. Tanto o más que ninguno de nosotros.
_ Caray, Pansy… nunca pensé que te oiría decir algo así.
_ Será nuestro secreto. _ Dijo, llevándose el dedo a los labios. _ No se lo digas a nadie, ¿Prometido?
_ Prometido. _ Susurró Janet, cruzando el muro que separaba los andenes nueve y diez.
Pansy se adelantó hacia el expreso de Hogwarts tras despedirse. No cabía en ella toda la emoción que sentía. Después de tantísimos años, y de tanta espera, por fin sentía que podía hacer realidad sus sueños. Ir a Hogwarts había sido su fantasía desde que había cumplido los once años.
Tenía una sonrisa estúpida mientras rozaba el pasamanos del expreso con los dedos. Aún le costaba creer que todo aquello fuese real, sólido… que hubieran pasado varios días y que no se hubiera despertado. Quizá lo hiciera en cualquier momento, pero tenía intención de disfrutarlo mientras durase.
Estaba dirigiéndose a un compartimento cuando notó que chocaba con alguien. Elevó la vista y se cruzó cara a cara con Hermione Granger. Sintió que se le congelaba el pulso, que el mundo, durante un instante, se había quedado parado.
_ Lo siento. _ Dijo, tragando saliva.
_ ¿Alucino o Pansy Parkinson acaba de pedirte disculpas? _ Ron, tras Hermione, levantaba las cejas, incrédulo.
_ Yo… bueno… sí. Es que, no te vi. _ Notó que se sonrojaba.
_ Ya… _ Respondió Hermione, dubitativa. _ Supongo que vienes por la reunión de prefectos.
_ Sí, claro… por supuesto. _ Dijo, tratando de recuperar la compostura.
_ ¿Tú sola? Qué raro. _ Comentó Ron, visiblemente tenso.
_ Pansy, estabas ahí. _ Respondió una voz a su espalda, arrastrando las palabras. _ ¿Qué haces hablando con Granger?
Era la primera vez en el tiempo que había pasado desde que había entrado en aquel cuerpo en el que sentía que estaba fuera de su elemento. Su cuerpo tuvo una reacción instintiva completamente opuesta a sus deseos cuando se tropezó con Draco.
_ Sí… tenemos que ir a la reunión de prefectos, Draco. _ Contestó, con un retintín que le causó arcadas.
_ Ya te había dicho que no iba a ir en mi última carta. ¿Te llegó? Ni siquiera respondiste.
_ Eh, no… no me llegó. De todas formas, yo sí que tengo que ir.
Había perdido de vista a Hermione y a Ron, y le daba rabia, no sólo porque quería saber más de ellos, si no porque no tenía ni idea de cómo llegar a la reunión de los prefectos.
_ Te veo luego, Draco. _ Dijo. Había recuperado su voz, menos mal.
_ Está bien. No te entretengas mucho. _ Le dijo.
Pansy se estremeció. No, no formaba parte del club de fans de Draco Malfoy en su antigua vida, y tenía que cortar aquella relación de raíz. Negó con la cabeza y se dirigió hacia la reunión siguiendo un prefecto de Ravenclaw. Pero no prestó demasiada atención. Sus ojos vagaban hacia Hermione inconscientemente. Sí que se había quedado con una idea general de lo dicho, pero era el segundo curso que era prefecta, por lo que no les debía resultar extraño que no prestase atención.
No quería reunirse con Draco. Sabía exactamente de qué quería hablar con ella. Ya había planeado estropear sus planes a largo plazo, así que lo último que le interesaba era conversar largo y tendido con el rubio. Sin embargo, encontrar un lugar vacío en el que sentarse era complicado. Todos los compartimentos parecían ocupados. Finalmente, se detuvo ante uno en el que Luna Lovegood se encontraba sentada, sola.
_ ¿Puedo sentarme? _ Preguntó, sonriendo a la rubia.
_ Sí, claro. _ Luna mostró una misteriosa sonrisa. _ Pero… ¿Quién eres tú y qué has hecho con Parkinson?
