Era una tarde nublada en Berk, como casi siempre. Eran raras las ocasiones en las que el sol llegaba hasta el Archipiélago Barbárico, siempre la lluvia predominaba. Gracias a esto, las islas en esta región estaban llenas de verde; había bosques espesos con grandes y frondosos árboles, un lugar perfecto para esconderse y escabullirse.

En la oscuridad del atardecer, cuando la luna estaba por salir, Hipo trataba de hacer el menor ruido posible y pasar desapercibido. Había conocido esta parte del bosque cuando su padre había intentado llevarlo a acampar y pescar, y desde entonces le había encantado el lugar. No solo era hermoso a sus ojos, pues contaba con un amplio lago cristalino y con muchos robles y flores de distintos colores, sino que también era seguro, al menos de los dragones. La fauna en este lugar no era muy grande, tal vez el animal con mayor tamaño sería un pequeño conejo silvestre, por lo que las bestias aladas no desperdiciarían su tiempo cazando ahí.

Visitó este lugar porque quería cazar algunos trolls, y mostrarle a su padre que podía hacer alguna, cualquier labor de cacería, por más insignificante que fuese. Según la descripción que Bocón le había dado (aunque tenía serias dudas en que realmente haya visto uno), los trolls eran creaturas bastante pequeñas, verdes, regordetas y con una nariz larga y algo puntiaguda. Aunque parecieran muy fornidos, no eran tan fuertes, y eran bastante lentos, pero podían ocultarse bien en la oscuridad; por eso robaban los calcetines en la noche.

Llevaba consigo para la tarea una pequeña daga que había tomado de la forja. Caminó despacio hacia adelante, más profundo en el claro. Sus pequeños pasos temblaban, tenía más miedo del que podría admitir. A pesar de lo inofensivos que Bocón dijera que los trolls eran, seguía teniendo temor de que lo lastimaran. Después de todo, Patán no era precisamente rápido, pero era musculoso, y había recibido una que otra paliza de él cuando lo hacía enojar.

Realmente no sabía que estaba mal con Patán, se enojó por comentarios sencillos que cualquier otra persona dejaría pasar por alto. Le encantaba golpearlo por cualquier razón, por más mínima que fuera. Su padre lo había instado a defenderse siempre que eso sucedía, pero sabía que cualquier esfuerzo sería inútil. La diferencia entre sus cuerpos era abismal, no tendría ninguna oportunidad, y seguramente terminaría más lastimado de lo que estaría si simplemente tratara de evitarlo.

Olvidó sus pensamientos hacia Patán, prefiriendo centrarse en su misión: cazar a esas creaturas. Mientras avanzaba, notó algo extraño a su derecha. Primero pensó que lo había imaginado, pero mientras más caminaba, más fuerte se hacía. Era una luz amarilla. Descartó que fueran luciérnagas; había leído en los pergaminos que Johann traía en ocasiones a Berk que generalmente esos insectos no se agrupaban tanto como para generar una iluminación tan grande y espesa.

Curioso por lo que podría encontrar, caminó hacia la fuente. Mientras más cerca estaba, todo se hacía más claro. Pudo ver una pequeña casa de madera, y fuera de esta, la silueta de un hombre. Rápidamente se escondió en uno de los árboles, con la esperanza de que aquella persona no lo hubiera notado.

Segundos después, cuando ya había logrado controlar su respiración lo suficiente como para que no se escuchara, asomó ligeramente la cabeza. Cuando vio lo que el hombre hacía, se quedó asombrado.

Soltaba golpes y patadas a un árbol frente a él, pero eran diferentes a cualquier cosa que hubiera visto antes. Sus movimientos eran mucho más refinados, mucho más rectos y controlados, y el hombre parecía no cansarse. Ataque tras ataque, no paraba. Vio además como sus manos y pies estaban desnudos, y colisionaban contra la madera sin sangrar ni lastimarse. Ni siquiera Astrid hacía entrenamientos tan extremos, y la niña estaba obsesionada con ser una verdadera vikinga. Tenía algo que ver con su tío Finn o algo así, realmente no había escuchado mucho del tema.

El hombre continuó moviéndose, hasta que dio un pequeño grito y cesó. Vio como luchaba por respirar ligeramente, pero segundos después se puso en una postura de firmes. Hipo se quedó paralizado un momento, analizando el rostro del hombre. Tenía arrugas en la cara, y un bigote delgado pero largo que llegaba hasta la mandíbula. También poseía una extraña barba, pequeña, pero ahí estaba. Sus ojos eran pequeños y parecían rasgados, por expresarlo de alguna manera. Su nariz era pequeña y puntiaguda, y su cabello era largo, amarrado en una cola de caballo similar a la de Astrid, pero sin usar trenzas. El hombre finalmente volteó a ver a su posición. Asustado, y pensando que lo habían descubierto, corrió apurado para regresar a casa.

Mientras corría y tropezaba a veces, volteó a ver el cielo, y palideció al ver que era ya completamente azul oscuro y la luna estaba en su esplendor. Si no se apresuraba, realmente estaría en serios problemas.

Su padre ya lo había regañado algunas veces por llegar tarde a casa, y había insistido que no se quedara fuera de los límites. Sospechaba que él estaba asustado porque algún dragón lo atacara, pero podría poner la excusa de que ese bosque era una zona relativamente segura.

Jadeó y respiro rápidamente mientras disminuía la velocidad, y se acercaba a su casa. A lo lejos, en el fondo, vio que la Gran Sala estaba iluminada, por lo que, con mucha suerte, su padre estaría en alguna reunión con los Generales de Berk, y le daría tiempo para llegar a su casa y hacer como que nada había pasado.

Entró a su casa y se quitó los zapatos, se sacudió un poco la tierra y el polvo de su cuerpo, y subió las escaleras. Se acostó en su cama, y mientras trataba de dormir, pensó en el hombre que había visto en el bosque. Visualizó los movimientos en su mente, eran realmente geniales en su opinión. La manera en que atacaba con fluidez, pero tomándose pequeños lapsos de descanso; la fuerza, potencia y velocidad en cada golpe y patada, la firmeza de sus miembros al chocar contra la madera sin tambalearse. Divagó sobre esto un rato, hasta que se quedó dormido.

Despertó, y vio que no era precisamente temprano. Se apresuró a vestirse con su túnica verde, se puso las botas de cuero y salió de su casa. Bocón había comenzado a instruirlo en la herrería unos días atrás, su padre consideró que eso podría darle un poco de firmeza. Realmente no creía que eso funcionaría, pero ciertamente le gustaba el trabajo. Por ahora se encargaba de simplemente cortar y lijar la madera para los mazos, las hachas y las espadas, pero lo disfrutaba bastante. Siempre le habían atraído las dagas, los cinceles y las herramientas pequeñas.

Llegó a la fragua, y Bocón lo saludó distraídamente.

"Hey muchacho, ya era hora de que aparecieras.", dijo, mientras se agachaba para buscar algo debajo de una silla. Se paró, golpeándose la cabeza, para mirar a Hipo.

"Sabes, creí que no aparecerías.", comentó mirándolo apreciativamente, como esperando una respuesta a su tardanza. Hipo simplemente se vio un poco incomodo, y trató de inventar alguna excusa. Trató de no pensar demasiado, y dijo lo primero que le vino a la mente.

"Bueno, sí, no pude dormir muy bien, ¿sabes? Demasiado emocionado por la herrería y todo eso", trató de explicar, con una sonrisa nerviosa y haciendo varios gestos con sus manos. Bocón simplemente lo miró extrañado y con una mirada sospechosa, pero al parecer, para su alivio, decidió dejarlo pasar.

"Como sea, quiero que empieces a lijar esas empuñadoras de ahí. Trata de no romperlas.", y señaló un montón de palos en la mesa de trabajo. Hipo asintió y se fue a sentar.

Mientras tanto, Bocón siguió buscando lo que sea estaba buscando antes de que Hipo llegara. No le prestó atención, su maestro era excéntrico por decirlo menos.

Tomó uno de los palos y comenzó a frotarlo contra la madera, y el aserrín empezó a caer al suelo. Mientras lo frotaba, miró hacia la forja. Anhelaba el día en que le permitirían trabajar ahí, pero para eso sabía que faltaba mucho. Tenía solo 8 años en ese momento, por lo que cuando pidió acercarse y trabajar cerca del fuego y los metales calientes, tanto Bocón como su padre se habían negado rotundamente. Hipo simplemente había resoplado y protestado un poco, pero se rindió cuando Estoico tenía la mirada de 'esto es definitivo' en su rostro.

Continuó lijando los palos, y sus pensamientos vagaron de la fragua a los otros niños. No supo por qué, de repente recordó a Brutacio y Brutilda. Recordó que a pesar de que su padre lo regañaba con frecuencia, esos dos se llevaron la mayor cantidad de castigos y conferencias, tanto por parte del jefe como de sus padres (aunque estos, por alguna razón no parecían estar completamente de acuerdo en eso).

Los gemelos se metían en tantos problemas, si no más de los que se metía él mismo. Hacían bromas exageradas, y en opinión de Hipo, muy bien planeadas en nombre de Loki. Iban desde cosas relativamente inofensivas como teñir el cabello de alguno de los adultos de color morado (ni siquiera sabía cómo lograron eso), hasta sabotear algunos sistemas, colocar trampas y engañar al pueblo gritando que viene un ataque de un dragón. Hipo realmente no sabía por qué Astrid y Patapez creían que los Torton eran idiotas, mostraban demasiada inteligencia, solo que con un enfoque… diferente.

Terminó de lijar, y tomó una pequeña navaja para pasarla por uno de los extremos del palo y empezar a formar un cono, para que pudiera embonar en la hoja del hacha.

Siguió pensando en los demás, específicamente en Patapez. Era el único de los niños que lo trataba bien, como una persona. Siempre había sido bastante educado, pero por alguna razón su familia era muy orgullosa, soberbia, si era la palabra que recordaba haber escuchado de Bocón. No sabía mucho acerca de los Ingerman, pero por algunas conversaciones que había escuchado de su padre, ese clan era altamente respetado en Berk y muchas otras islas cercanas. Patapez en sí mismo era todo lo contrario, alguien muy tímido, y con quien compartía su gusto por la lectura.

Finalmente, pensó en Astrid. La chica era diferente a los demás. A diferencia de Patán y los gemelos, y bueno, la mayoría del pueblo, no lo veía con malos ojos. Tampoco es que fuera como Patapez y fuera algo amigable con él, pero no tenía ningún interés en molestarlo o burlarse de él. No sabía exactamente a que se debía eso, pero cuando lo miraba, o coincidían en algún lugar, nunca actuaba de manera hostil, y si Patán lo golpeaba o empezaba a burlarse de él, mostraba una sutil mirada de simpatía.

Cuando estaba cerca de ella, siempre sentía una sensación extraña en el estómago, y se ponía más nervioso de lo normal. Con el cabello rubio, era tan bonita como peligrosa. En una ocasión le había roto la muñeca a Brutacio por una de sus bromas que había afectado a su hacha.

Se rio del recuerdo, y terminó de hacer el cono en el mango. Continuó haciendo su trabajo tranquilamente. Para cuando se dio cuenta, ya había terminado, pero Bocón no estaba.

Pensó en ir a cenar, pero al mirar al cielo, vio que no era tan tarde; aún no estaría hecha la comida. En su lugar, entonces, regresó a su casa. Mientras caminaba, vio a Spitelout platicar, de una forma muy particular, con Patán. No quería entrometerse en lo que era tal vez un regaño, pero maldita sea si no tenía curiosidad y morbo por saber por qué Patán se había metido en problemas esta vez. Lo podría llegar a usar en su contra incluso, pero lo olvidó al poco tiempo.

No valdría la pena de todos modos, cualquier cosa que hubiera hecho Patán y que pudiera usar en su contra, sería contrarrestada fuertemente con la violencia a la que siempre recurría.

Volvió a pensar en aquel hombre del bosque, y deseó brevemente aprender a luchar así. Tal vez de ese modo podría darle una lección finalmente a ese arrogante chico, y podría librarse de sus molestias, los apodos y todo lo malo que él traía al mundo.

Llegó a su casa, subió a su cuarto y se sentó en una mesa que tenía frente a su cama. Tomó un lápiz y una hoja de papel, y comenzó a dibujar. Solo eran bocetos, y sabía que probablemente eran inexactos y erróneos, pero no le importaba.

Trazaba cada una de las posiciones y los movimientos que recordaba del hombre en el bosque. Seguía reviviendo las imágenes en su cabeza, anonado e impresionado de todo. Mientras dibujaba, decidió que el día de mañana, cuando llegase la puesta de sol, volvería a buscar a aquel hombre. Si una persona sabía pelear así de bien, no podía desperdiciar su oportunidad. Tal vez incluso si se enfrentara a Spitelout o algún otro adulto, la persona del bosque podría ganar, incluso si él no era tan grande y fornido.

Ese era el punto clave. Hipo se había sorprendido no solo de los movimientos del hombre, sino de lo peligroso que se veía a pesar de ser alguien poco musculoso. No era ajeno a que podría haber personas así, Astrid era la prueba perfecta de que el poder podría existir en una persona pequeña, pero, aun así, fue una experiencia que poco a poco le iba abriendo los ojos.

A parte de la impresionante manera de luchar, también dibujó su rostro. Le pareció divertido por alguna razón; mientras más recordaba, más se reía internamente. Se dio cuenta de que sus ojos parecían estar entrecerrados siempre, y de alguna forma extraña se orientaban hacia arriba. Su nariz pequeña pero larga también era graciosa.

Pasó los próximos minutos dibujando, hasta que notó que el sol comenzaba a ocultarse. Su estómago gruñó, y como ya era de noche, probablemente la cena ya estaría lista.

Salió de su casa, y caminó al Gran Comedor. Se sentó solo en una de las bancas, y vio como los demás se sentaban más al frente, bromeando alegremente y siendo algo escandalosos. Parecía que Astrid no estaba realmente entusiasmada en la reunión con los otros, y Patapez estaba demasiado nervioso, como si no perteneciera al grupo. Los únicos tres que parecían realmente estar disfrutando de la plática, que no alcanzaba a escuchar, eran Patán, Brutacio y Brutilda.

Mantillo pasó por su mesa y le sirvió el plato de carne. Seguía recibiendo demasiada comida, más de la que podía ingerir, pero su padre insistía en que debía comer más. Recordó como en una ocasión le había dicho que un verdadero vikingo debería ser grande e imponente, y que su imagen debería causar estremecimientos a los enemigos. Durante esa molesta pero interminable charla, habían pasado por una de las paredes del Gran Salón, y habían visto los retratos anteriores de los jefes y sus sucesores. Todos, absolutamente, eran fornidos.

Personalmente, a Hipo no le interesaba demasiado ser grande. Había visto como Patán tenía muchos problemas para correr rápido y grandes distancias, y como sus músculos no siempre le garantizaban una victoria. Aun así, siguió comiendo, e hizo el esfuerzo de terminar el plato entero. Mientras lo hacía, por mera curiosidad, trató de poner más atención a la conversación de los otros.

"Por supuesto que, si me hubieran dejado luchar, ese dragón no habría destruido la casa de Mildew.", se jactó con una sonrisa de arrogancia con confianza, mostrando los dientes y levantando las cejas, como si realmente se creyera lo que acababa de decir. Corrección, creía absolutamente en lo que acababa de decir, era Patán después de todo.

"Aw, vamos Patán. Ambos sabemos que incluso un terrible terror te haría pedazos.", respondió Brutilda divertida.

"¿Recuerdas cuando se te acercó un cremallerus y gritaste? Por Loki, fue lo más femenino que he escuchado en toda mi vida, y vivo con 2 mujeres.", se burló Brutacio. Ante eso, Patán abrió y cerró la boca ligeramente repetidamente durante varios segundos, hasta que murmuró algo que no alcanzó a oír.

"De todos modos, ninguno de ustedes habría logrado algo más.", trató de contrarrestar.

"Estoy seguro en un 80% de que Astrid podría derrotar a un cremallerus o incluso a un gronkle; dadas sus habilidades de combate no sería sorprendente.", dijo Patapez.

"Olvida esos malditos números, Cara de Pez. Pero sí, Astrid es asombrosa. Incluso podría darme pelea en un combate. ¿Quisieras practicar alguna vez, Astrid, querida?", preguntó, moviendo las cejas mientras mandaba un beso desde el otro extremo de la mesa. Aparentemente eso fue suficiente para ella, quien había estado apenas soportando las posibles jactancias previas de Patán desde el principio de la noche, ya que simplemente se levantó con una mirada de fastidio y salió del comedor sin tocar más su cena.

Hipo dejó de prestar atención a la conversación de los otros, y se concentró en simplemente terminar, o tratar de terminar su comida. A veces, vagamente escuchaba algunos fragmentos de lo que platicaban, las vulgaridades que decían y las jactancias de las que se enorgullecían, muchas de las cuales pensaba eran exageradas.

Habiendo terminado su comida, se levantó de su mesa y se fue. Sin embargo, no se dirigía a su casa, sino al bosque nuevamente. Su mente volvió a aquel hombre, y decidió que debería conocerlo. Todo era demasiado interesante, y él era demasiado curioso como para dejarlo pasar. Así, entonces, trató de recordar el caminó que había seguido para llegar a su casa. Al principio fue una tarea sencilla, recordaba dónde empezaba el bosque, pero después de eso, ya no sabía hacia dónde dirigirse.

La primera vez que lo había encontrado, había sido gracias a las luces que provenían de sus lámparas. Ahora, no podía identificar ninguna fuente de iluminación, ni nada que le indicara el camino a seguir. Inseguro, vagó sin un rumbo definido por el bosque que se hacía cada vez más espeso.

La única representación de seguridad se desvaneció cuando algunas nubes cubrieron la luz de la luna. Entonces, se dio cuenta apenas, ya era de noche. Realmente no había pensado lo que estaba haciendo. Por supuesto que su padre ya estaría en casa, esperándolo, y cuando no lo encontrara, lo buscaría hasta hallarlo y le daría uno de sus largos y aburridos regaños.

Odiaba ver a su padre enojado, así que decidió olvidar todo el asunto y regresar a casa. Sin embargo, se había adentrado demasiado en el bosque como para reconocer la salida. Desanimado, empezó a correr hacia una dirección aleatoria. De cualquier forma, tendría que salir de ahí en un momento u otro.

En un momento, sintió como si lo estuvieran vigilando. No supo de donde provenía esa sensación, pero era muy incómoda y desagradable. Alguna creatura tenía sus ojos puestos en él, lo sabía, lo sentía. Se empezó a llenar de ansiedad y nervios, a pesar de que no había nada a la vista que pudiera confirmar que efectivamente algún animal le seguía la pista.

Con la respiración acelerando cada vez más, empezó a correr más fuerte. Trataba de decirse a sí mismo que su miedo era irracional, que no había nada ahí, y que tampoco había razón para correr; seguramente no llegaría tan tarde a casa. Sin embargo, sus sospechas fueron confirmadas en el momento en que vio a la creatura: un lobo adulto.

El animal se veía desnutrido, podían apreciarse sus costillas a primera vista. Tenía el pelaje sucio y alborotado, y de su boca salía espuma blanca. Tenía algunas cicatrices en los ojos, y sangraba de la pata trasera izquierda.

Esa es la razón por la que no me ha podido capturar, pensó Hipo inmediatamente.

Aun así, tan herido y poco peligroso que pudiera parecer el lobo, seguía siendo igual de amenazante.

Hipo cayó al piso, con el miedo plasmado en su rostro. Busco a tientas algún objeto con el cuál poder defenderse, algún palo, alguna piedra, cualquier cosa literalmente que le diera oportunidad. Recordó la vez anterior, el cuchillo que había tomado sería realmente útil ahora, y ni siquiera lo había usado antes. Realmente deseaba haber pasado por la herrería antes de esta pequeña expedición.

El lobo se acercó lentamente, gruñendo. A la luz de la luna, que había vuelto a aparecer recientemente, se veía mucho más atemorizante. Era un depredador, mirando directamente a su presa, sin ninguna intención de dejarlo escapar.

Hipo se arrastró, aún en el piso hacia atrás, hasta que chocó con un árbol. En un intento desesperado de escapar de ahí, trató de treparlo. En el momento que lo intentó, supo que fue la peor idea en toda su vida seguramente. No tenía las habilidades necesarias para trepar un árbol de ninguna manera, y cayó de bruces hacia el piso. Entonces, escuchó un gruñido mucho más fuerte, y volvió su cabeza para ver al lobo.

Para cuando se dio cuenta, el animal ya estaba encima de él. Sus colmillos mordían ferozmente su pierna, pero curiosamente no dolió inmediatamente. Gritó por el miedo de cualquier forma, y luchó por zafarse de su mordida. Una tarea casi imposible, la mandíbula del can era ridículamente fuerte, o Hipo era ridículamente débil. Se maldijo mientras gritaba, y el dolor empezó a filtrarse.

Al principio fue un pequeño ardor, pero lentamente se transformó en algo más. Se sentía como si alguien estuviera quemándole la pierna con la lava de la forja mientras le apuñalaban al mismo tiempo.

Finalmente, desesperado, tomó un montón de tierra y la lanzó a los ojos del lobo, esperando al menos una reacción que le permitiera escapar. No hizo absolutamente nada en su favor; en cambio, el animal aumentó la fuerza de su agarre.

Notó entonces la posición en la que se encontraba: si se acercara un poco, tal vez podría atacar su pata herida.

El miedo le impedía hacer tal cosa, pero las ganas de supervivencia que de repente habían aparecido ganaron. Levantó su torso hasta estar lo suficientemente cerca, y atacó la pierna del lobo, estrujando y golpeando. Eso, para su alivio, consiguió que el animal lo soltara momentáneamente, antes de lanzarse a su brazo.

Inmediatamente gritó de dolor, y pensó oscuramente que ese sería su final: moriría en el bosque libre de ataques de dragones, por un lobo malherido, solo por una pequeña expedición estúpida sin tener nada preparado. No como uno de los grandes y heroicos guerreros contra algún dragón atemorizante, sino como un pequeño niño estúpido contra un perro. Honestamente, Hipo se sentía decepcionado de sí mismo, había estado tan ansioso ir a conocer a su nuevo ídolo que no se detuvo a considerar ninguna de las posibilidades que llevaba hacer el viaje.

Sus pensamientos se detuvieron cuando el lobo huyó repentinamente, aparentemente asustado por algo. Levantó la cabeza débilmente, y vio una silueta grande frente a él. No pudo capturar los detalles, pero pudo ver que su salvador era un hombre viejo aparentemente. Le puso una mano en la cabeza, y después lo cargó en brazos para caminar hacia algún lugar dentro del bosque.

Asustado de que su salvador fuera uno de esos marginados de los que a veces hablaba Bocón, trató de protestar y de huir, pero el hombre era demasiado fuerte, y el estaba demasiado débil como para intentar un escape real.

Mantuvo los ojos abiertos levemente, y vio como poco a poco se acercaban a una luz. Reconoció la cabaña, y se dio cuenta de que su salvador era de hecho el hombre al que había buscado desde el principio. Se relajó considerablemente ante esto, y poco a poco cerró los ojos hasta que se quedó dormido, inconsciente en los brazos del extraño hombre.