Debí haber hecho algo cuando lo noté. Aquella vez escuché esas risitas cómplices y coquetas que sólo los enamorados comparten. Risitas tontas, acompañadas de miradas pícaras y pequeñas caricias sutiles, imposibles de disimular. Pero era el matrimonio de Pa-chin y yo no tenía ningún derecho de arruinar esa celebración. Así que ingenuamente me quedé callada. Me sentía incapaz de montar un escándalo y quedar como una enferma de celos frente a todos nuestros amigos.
En ese momento, no dudaba de él ni de sus sentimientos hacia mí. Decidí sacudir esos pensamientos venenosos, culpé a mi activa imaginación y silencié las alarmas que repicaban fuertemente en mi cabeza, advirtiéndome que algo no iba bien.
Me limité a desviar la mirada y sonreír con elegancia.
A fin de cuentas, yo era su prometida. Nosotros nos amábamos y pronto seríamos los siguientes en casarnos. Nuestro futuro ya estaba planeado: viviríamos en una pintoresca y acogedora casita cerca de la escuela donde dictaba clases, él dejaría de ser un delincuente y abandonaría la administración de la Tokyo Manji, cediéndole su puesto y poder a Chifuyu. Luego, tendríamos a nuestro primer hijo. No quería esperar mucho tiempo, ya que deseaba tener entre mis brazos a un hermoso niño de cabellos negros.
Dos años más tarde, quizás podríamos tener una niña. Seguramente será traviesa, pero noble y valiente, idéntica a su padre.
¡Ja! ¡Qué tonta! Estaba tan adormecida de felicidad que no me percaté que todo lo que había construido durante doce largos años, se estaba derrumbando como un castillo de naipes.
Debí haber abierto los ojos la segunda vez que lo noté.
Esa mujercita le susurró seductoramente algo en el oído a Takemichi en nuestra fiesta de compromiso. Él aprovechó la oportunidad para abrazarla por la cintura y darle un breve beso en la mejilla, muy cerca de los labios. Las alarmas volvieron a repicar y una vocecita en mi cabeza me acusó de estúpida e idiota.
No estaba segura de lo que estaba sucediendo y lo último que quería era armar un alboroto, ya que toda mi familia estaba presente, festejando y brindando por nuestra futura unión. Así que nuevamente lo ignoré y volví a sonreír.
No hice nada, no moví ni un dedo. Me quedé callada incluso después de ver como mi prometido cruzaba alegremente el salón a toda prisa y arrastraba del brazo a esa entrometida de Senju, llevándosela por la puerta posterior, casi corriendo con dirección a los baños.
Yo era joven y estaba en el apogeo de mi carrera. Por fin estaba por cumplir mis sueños, logrando mis metas y también estaba a punto de casarme con mi novio de toda la vida. Era la cereza del pastel para validarme como una mujer completa o, al menos, eso siempre me reprochaba mi madre.
Los meses pasaron más rápido que un parpadeo y el tan ansiado día de nuestra boda llegó. Yo me ahogaba en un mar de satisfacción y júbilo. En cambio, él estaba nervioso, incómodo y sudaba como si hubiera corrido un maratón.
—Son los nervios. Esta así por la boda— me dijo Yuzuha,tratando de justificar el comportamiento de mi futuro esposo mientras terminaba de acomodarme el vestido.
—Claro, los nervios— respondí inmediatamente, siguiéndole la corriente.
"¡Sí, los nervios! Sólo son los nervios"— Pensé.
Nadie sabía que los nervios lo venían afectando desde hacía algunos meses atrás.
En la cama parecíamos dos desconocidos, pues sus besos eran fingidos y sus caricias, mezquinas y vacías. Poco quedaba del hombre amoroso y atento del que me enamoré. El sexo se volvió rutinario y monótono lentamente, la chispa de la pasión se apagó, pero yo no iba a darme por vencida, ¡Claro que no!
Lo que atravesábamos no era más que una fase, una etapa por la cual todas las parejas pasaban, ¿verdad?
Me excusé en una crisis pasajera y sin importancia.
Yo trataba de entenderlo, comprendía que Takemichi aún no superaba la pérdida de Draken y el suicidio de Mikey fue un golpe demasiado duro, un evento que rompió algo dentro de él. Esto conllevó a que cargara todo el peso de la ToMan en sus hombros al asumir su liderazgo. El camino que escogió lo acarreó a un mundo cruel y despiadado, una responsabilidad que engullía su corazón en un torbellino de caos y soledad. Nunca pudo apoyarse en mí y permitirme aliviar su dolor. Mi amor solo era un paliativo, un leve calmante ante su intenso desconsuelo.
Traté por todos los medios de compartir la pesadez de su carga, sin embargo, todo fue inútil. ¡¿Qué fue lo hizo Senju para que confiara en ella y no en mí?! ¡¿Qué encontró en Senju?! Yo se lo di todo, sacrifiqué los mejores años de mi juventud a su lado… ¿y qué recibí a cambio?
Semanas previas a la boda, él me había estado evitando, huía de mí como si yo fuera alguna clase de peste. Simplemente, mi presencia le resultaba molesta. A duras penas contestaba mis llamadas y las pocas veces que conversábamos era frío, distante y desinteresado.
¿Cómo la vida puede ser tan irónica y cruel? ¿Cómo nos podemos volver ciegos ante lo que amamos? Todas las señales estaban delante de mis narices y yo las pase por alto.
¡Qué ilusa! Si hubiera prestado más atención, tal vez…tal vez lo hubiera remediado a tiempo… tal vez lo hubiéramos solucionado.
La ceremonia transcurrió con relativa rapidez. Él mantuvo la mirada perdida, debatiéndose entre la culpa y la obligación. Su sonrisa era falsa, esculpida a base de una pantomima bien ejecutada. Fue predecible ver a Senju abandonar la iglesia muy irritada. Al parecer, para nadie fue una sorpresa.
La recepción se celebró en un exclusivo hotel, una grandiosa fiesta cortesía de Hakkai. Esa noche la pasaríamos allí y al día siguiente nos embarcaríamos a nuestra luna de miel en una paradisíaca isla tropical.
Si pudiera retroceder el tiempo, hubiera querido no acercarme nunca a ese pequeño recibidor. Es cierto que hay cosas en la vida que quiebran el espíritu y matan las esperanzas. Al ver en su interior mis piernas temblaron como gelatina y caí al suelo de rodillas. Miles de sensaciones me embargaron, la rabia afloró desde lo más profundo de mi ser y de pronto, todo se volvió negro, todo se convirtió en cenizas.
Como si fuera un alma en pena lamentando mi desdicha, caminé y caminé. El bonito vestido que Mitsuya me había confeccionado estaba manchado de sangre y tierra por todos lados, el borde de la falda estaba desgarrado y roto. Mis pies debían dolerme mucho por caminar tanto, aunque la verdad mi cuerpo ya no sentía nada. Seguí caminando, maldiciendo mi desgracia.
Arrastré mis pies hasta el parque, aquel lugar donde un día me pidió matrimonio siendo apenas dos niños llenos de ilusiones.
Las sirenas de las ambulancias no se hicieron esperar. Una, dos, tres ambulancias avanzaron con diligencia, una detrás de otras, obligando a los autos a permitirles el paso.
Me senté en una banca alejada a la espera de que me encontraran. Me preguntaba quién me hallaría primero, ¿La policía o Chifuyu? ¿Mi hermano o Mitsuya? Aunque no me hubiera molestado que la muerte me encontrara antes que todos ellos y me hubiese llevado consigo.
Una voz llamó mi atención y rompió mis divagaciones.
—Esto era lo que Kisaki quería impedir.
— ¿Perdón? – contesté inconscientemente.
Cuando levanté la mirada y me percaté del dueño de aquella voz, no pude evitar reír. Los dioses debían de estar burlándose de mí. El hombre más buscado de Tokio estaba ahí, parado a mi lado, sonriendo descaradamente y disfrutando de un cigarrillo. Era él, los tatuajes en sus manos son inconfundibles.
—¿Eres sorda? Te dije que esto era lo que Kisaki quería impedir— repitió con molestia en su voz.
—¿Cómo? ¿Qué quería impedir?
—Es inevitable. En todos los futuros, ese idiota de Takemichi termina engañándote con la perra de Senju. En cada uno de ellos, tú héroe termina desechándote como un trapo viejo—exhaló una bocanada de humo y continuó:— Mi error fue contárselo. Kisaki te amaba y se obsesionó con hacerte feliz, él quería impedir que mancharas tus manos...pero ya es tarde.
Entonces lo comprendí, estábamos condenados a repetir un ciclo infinito de fatalidad e infortunio. Un bucle maldito sin escapatoria.
—Ya veo, dime ¿en todos… es igual? ¿en todos… él me engaña?– pregunté con un hilo de voz. Aunque a esas alturas ya no tenía sentido preguntar, pero igual lo había hecho.
—Sí. En todas las líneas de tiempo termina sucediendo lo mismo. Tu error siempre es elegir al chico "bueno".
Cerré los ojos y gruesas lágrimas de impotencia cayeron por mis mejillas.
—¡Ya, mujer! ¡calla y deja de llorar! Vamos, dame la mano. Te voy a dar una última oportunidad. Pero, al menos esta vez, elije bien.
