UN TALENTO INNATO

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Esta historia participa en el topic "¡Duelos entre Potterhead!" del foro Hogwarts a través de los años.

Nochedeinfierno13-Friki desafió a alguien a escribir una historia sobre un pocionista, canon o no. ¡Allá voy!

Esta historia se pude considerar como una continuación de "Leones contra serpientes". Leer con precaución. Por los spoilers.


James añadió tres gotas de jalea de petróleo a la poción. De forma inmediata, adoptó un tono negruzco y burbujeó. Sonrió, satisfecho por el resultado. A continuación, troceó cuidadosamente el cabello de dragón asiático, asegurándose de que todos los trozos tuvieran exactamente el mismo tamaño. Convocó una pequeña llama dorada con la varita y los churrascó lo suficiente como para que la sala quedara un tanto apestosa por el olor nauseabundo que emitían. Removió la poción ocho veces en el sentido de las agujas del reloj y añadió los cabellos, que chisporrotearon con alegría. El olor a chicle de fresa inundó sus fosas nasales, combinándose de forma extraña con la peste anterior. Sólo le faltaba dejar que el brebaje hirviera durante cinco minutos antes de añadir las gomas Barbadensis.

Se alejó un par de metros de la mesa de trabajo. Estiró los brazos e hizo oscilar sus hombros. Después, dejó caer las manos sobre sus piernas y las observó con aire ausente durante unos segundos. Aún se sentía extraño al pensar que nunca más volvería a moverlas. James había sufrido un accidente a los diecisiete años, destrozándose la columna vertebral. Durante mucho tiempo fue muy duro para él. Aún lo seguía siendo. Cuando salía por ahí con sus amigos y no podía ponerse a bailar. O cuando debía esperar a que todo el mundo subiese por una escalera antes de acceder a la misma. O cuando se metía en la cama con Rowan, su prometida, y se veían obligados a apañarse con lo que tenían.

No es que el sexo fuera insatisfactorio, simplemente resultaba demasiado complicado. No podía tener una explosión de pasión en unos lavabos públicos, por ejemplo. James necesitaba de cierta comodidad para no lesionarse demasiado. Por suerte, Rowan era paciente. E imaginativa. Sobre todo, eso.

Se estremeció cuando sintió unas manos sobre su pecho. No tardó en reconocer el aroma de su perfume. James lo había fabricado para ella. Hacer pociones, cocinar y elaborar perfumes eran oficios muy similares. Había que ser meticuloso, conocer los ingredientes y saber cómo combinarlos para alcanzar el mejor resultado posible. Eran, en definitiva, tres artes que dominaba bastante bien. Bueno, la cocina le resultaba más pesada y no se metía entre fogones si podía evitarlo.

Inclinó la cabeza hacia la derecha para dejar que Rowan le mordisqueara la piel que había justo debajo de la oreja. Se estremeció entero. Puede que no pudiera mover las piernas, pero era muy sensible a la hora de percibir todos esos estímulos. Suspiró profundo cuando ella se alejó y curioseó en sus calderos.

—¿Qué estás preparando?

—La poción alisadora de Sleekeazy. Ya sabes que tiene unos efectos sorprendentes en el cabello rojo.

Agitó la cabeza con aire seductor. Rowan se rio. Por un segundo pareció dispuesta a meter un cucharón en el brebaje para removerlo, pero era lo bastante sensata como para no hacer tal cosa. En cambio, entornó los ojos y miró el cabello de James.

—No estoy segura de que seas pelirrojo, Potter. Pareces más castaño que otra cosa.

—Tengo el pelo cobrizo. Me lo han dicho desde pequeño. Y ya has visto lo bonito que se me queda cuando uso la poción.

—¿Por qué no la compras? La tienes por tres galeones en cualquier tienda del mundo mágico.

—Porque no podría llamarme a mí mismo pocionista si hiciera tal cosa. Se supone que soy todo un maestro en mi profesión. Debe notarse.

—Pues es una lástima. —Rowan se sentó sobre sus piernas y le tiró juguetonamente del pelo—. Ahora mismo podríamos estar haciendo cosas más agradables.

Le dio un beso de esos que podrían enloquecer a cualquier hombre cuerdo. James se apartó a duras penas, consciente de que debía añadir el siguiente ingrediente de su poción en cuanto sonara la alarma de su reloj. En efecto, diez segundos después se escuchó la molesta campanilla. Miró a su novia lastimeramente.

—Rowan, por favor.

Ella necesitó reunir todas sus fuerzas para levantarse. A James no le apetecía demasiado seguir con su labor, pero ya no podía dejarla a medias. Añadió las gomas de Barbadensis, ajustó el fuego a medio gas y puso la próxima alarma. Veinte minutos más y su poción estaría lista. Aunque le hubiera encantado marcharse al dormitorio con Rowan, tenía que quedarse esperando. Así pues, optó por desviar sus pensamientos a asuntos un poco menos carnales.

—¿Te he dicho alguna vez que mi bisabuelo inventó la poción alisadora?

Rowan le observó con interés, tomando asiento en un taburete de madera.

—Se llamaba Fleamont Potter. ¿No te suena? Era hijo de un miembro del Wizengamot y, bueno, el padre de mi abuelo. De él sí que te he hablado bastantes veces.

—Fleamont.

Rowan se limitó a repetir el nombrecito de marras. A James no le extrañó nada su reacción.

—Fleamont era el apellido de soltera de su madre. No quería que se extinguiera, así que se lo pusieron de nombre.

—Pues me parece que fue una pequeña putada, ¿no?

—Creo que mi bisabuelo tuvo que aprender a defenderse de los matones, sí. Eso le hizo más fuerte.

—No me extraña.

—Fue el primer Potter que estuvo interesado por las pociones. A veces me pregunto si he heredado eso de él o si es cosa de mi abuela Lily. A ella también se le daban fenomenal, aunque no vivió lo suficiente como para perfeccionarse en esa rama de la magia.

En ocasiones, a James le hubiera gustado saber un poco más sobre su familia paterna. Por el lado materno tenía un montón de historias que contar. Su madre, sus tíos, sus abuelos. Todos eran una inagotable fuente de información. Los Potter eran, en general, más misteriosos. Sus abuelos habían muerto con poco más de veinte años, antes de tener ocasión de empezar a vivir. Su padre ni siquiera había tenido ocasión de conocer a los señores Potter o a los Evans. Su única familia era la abominable tía Petunia, que siempre lo trató como si fuera menos que un felpudo.

James sabía que tenía muchas cosas de los Weasley. Jugaba de puta madre al quidditch, tenía cierto talento para idear bromas y, dijera lo que dijera Rowan, era pelirrojo. En ocasiones, no se sentía demasiado Potter. Solían decirle que era tan testarudo como su padre, pero a menudo lo sentía distante. Albus era una copia en miniatura de él y Lily destacaba en Defensa Contra las Artes Oscuras y quería ser auror. Él era pocionista. Y su padre había aborrecido las pociones, no así los Potter en general.

—¿Qué más da?

Las palabras de Rowan le sorprendieron. Ella siguió hablando.

—Lo que tienes ahora mismo te lo has ganado tú solo. ¿Qué importa si tu bisabuelo inventó una poción? A mi abuelo le encantaban las finanzas y a mí me parecen un aburrimiento. No creo que esas cosas se hereden. Importa que te apasionen y te hagan feliz. Y a ti las pociones te hacen feliz, ¿no?

No existía una sensación más embriagadora que la de introducir en un vial de cristal una poción bien hecha. Aspirar su aroma, contemplar su color y su textura. Saberla perfecta. Entre calderos, James perdía la noción del tiempo. Se olvidaba de su silla de ruedas y sus problemas de motricidad. En el laboratorio, se sentía completo. Vivo. Libre.

Su maestro pocionista le había dicho que pronto podría terminar la Maestría de Pociones. Lograr semejante hito antes de cumplir los treinta era muy complicado. James ya no batiría ningún récord, pero tenía todo el tiempo del mundo para convertirse en el mejor. No aspiraba a otra cosa. Deseaba mejorar las pociones existentes (ya había hallado la forma de evitar que los pacientes echaran humo por las orejas al tomar la pimentónica) e idear otras nuevas. De hecho, pronto comenzaría una tesina acerca de la licantropía. Colaboraría con expertos en maldiciones, transformaciones y criaturas mágicas. Era consciente de lo complicado que resultaría lograr la cura para semejante enfermedad, pero con tesón podía lograrse cualquier cosa. Rowan solía decir que tener grandes ambiciones era el único camino seguro hacia el éxito.

—A mí me encanta que seas pocionista. —Rowan se había puesto de pie y acababa de darle un golpecito en la punta de la nariz—. Estás muy sexy con el pelo pegado a las sienes.

—Y eso que aún no me he tomado la Sleekeazy.

—¡Uhm! —Rowan se mordió el labio inferior—. ¿Tienes que seguir trabajando después?

—No si tú no quieres.

—Pues será mejor que te espere dónde tú ya sabes. Maestro Potter.

Le dio un beso en los labios. James se ponía a cien cada vez que lo llamaba de esa manera. Y cuando lo besaba también. Jamás quince minutos se le habían pasado tan despacio. Aguardó con total profesionalidad hasta que aquel maldito mejunje estuvo preparado y abandonó el laboratorio de pociones sabiendo que el día iba a culminar muy, pero que muy bien. Seguro que a Rowan le apetecía probar cierta poción que el propio James inventó durante su segundo curso de Maestría. Una poción no apta para magos y brujas menores de edad. Algo totalmente Potter.