Adaptación sin fines de lucro, esta historia que es de Anna Sanz y los personajes son de Naoko Takeuchi, no me pertenece, solo es diversion.
AMOR POR ACCIDENTE por ANNA SANZ
Capitulo 1
Serena cruzó las piernas nerviosa y sonrió tímidamente mientras esperaba en la sala de espera, con la familia reunida del hombre al que acababa de atropellar y que no dejaban de lanzarle miradas entre la furia y el rencor. Ya había hablado con la policía, incluso había entrado con él en un ataque de pánico... pánico al comprobar que se había abalanzado con el coche sobre el hombre equivocado. Desde hacía dos semanas, Serena había estado desempleada, sin trabajo por culpa de su jefe que literalmente la había echado del trabajo con excusas incoherentes, pero aceptadas ya que era el hijo del jefe, para meter en su lugar a una bonita y exuberante mujer que parecía tener más pecho que inteligencia, pero que posiblemente fuera un análisis prematuro hacia la mujer por culpa de la rabia y el resentimiento. Entre Taiki y ella nunca había habido un trato diferente al profesional, nunca se habían preguntado cómo se encontraban, ni siquiera cuando ella lo había visto cabizbajo con las manos en la cabeza al entrar en su despacho a entregarle algo o para avisarle de una visita. No entraba dentro de lo que ella entendía como secretaria el interesarse por su vida privada o sentimental y, por supuesto nunca había permitido que la viera como una mujer, al menos no en el sentido de que pudiera malinterpretar una sonrisa o un gesto... pero hasta el momento que Taiki le había anunciado su despido por alguien más cualificado, Serena hubiera jurado que su trabajo era excepcional, en todos los sentidos y su aspecto siempre perfecto. Le gustaba vestir a la moda y simplemente se había abstenido de usar sugerentes falditas u otras prendas más llamativas. ¡Pero la cuestión es que la habían echado! ¿Y cómo seguía pagando ahora el alquiler del piso? En una desesperada idea había ido a ver a Taiki para que considerara la idea de volver a contratarla, pero encontrarlo abrazado besuqueando a su nueva secretaria mientras le metía la mano debajo de su cortísima falda...
No se acordaba muy bien qué era lo que había hecho pero habían terminado llamando a seguridad y la habían echado de patitas a la calle. Humillante, sí, y después de rumiar lo sucedido en casa, de hablarlo con las paredes y dejar que la rabia le nublara la razón, no se le había ocurrido otra cosa que vengarse, atropellándolo a la salida del trabajo, a la dos menos tres minutos como siempre salía del edificio de oficinas. El resultado había sido ese, aparte de desastroso, se encontraba fichada por la policía como intento de homicidio y posiblemente estaba siendo odiada por los miembros de la numerosa familia de su víctima.
¿Pero cómo iba a saber ella que Taikil no era el único hombre que saldría a las dos menos tres minutos? ¿Tanta gente rara había en el mundo? ¿O era casualidad? Lo peor era que Taiki no había aparecido por ningún lado al final. ¡Y ella iba a pasar el resto de su existencia en la cárcel! Irónicamente, sus preocupaciones habían pasado de no tener trabajo y poder perder su piso a sufrir el resto de su vida dentro de una prisión. ¿En qué había estado pensando?
—¿Cómo has dicho que te llamabas?
Serena parpadeó, mirando a la que suponía era la madre de su víctima, más que nada porque era quien peor parecía haberse tomado que alguien hubiera atropellado al hombre de quien no conocía ni su nombre.
—Ah… Serena...
—Serena —repitió la mujer y Serena sintió un estremecimiento por la manera que ella lo dijo. Iba a ser duro estar ahí mientras alguien les avisaba como había ido la operación, pero Serena necesitaba saber si la denunciarían por intento de asesinato o por asesinato. No entendía mucho de leyes pero imaginaba que una cosa sería diferente a la otra.
—Fue un accidente, lo siento —dijo con un nudo en la garganta. Veía su futuro muy negro... y nunca mejor dicho. La mujer resopló con fuerza y se llevó un pañuelo a la boca para controlar los sollozos y el que Serena supuso era su marido y padre de la víctima, acudieron a ella corriendo.
—Tranquila, mamá, Mamoru saldrá bien; es muy fuerte.
Y eso era exactamente lo que ella esperaba; que saliera bien o se convertiría automáticamente en una asesina. Tampoco había pretendido matar a Taiki, solo darle un susto... ¡Era una asesina! La mujer le lanzó una nueva mirada cargada de odio en sus llorosos ojos y se apoyó en su marido. Durante algo más de una hora, Serena esperó tan impaciente como el resto de la familia y puede que peor que ellos, ya que no compartieron con ella lo que el médico fue a decirles a lo largo de la hora, y tampoco ayudó que la madre de Mamoru se pusiera a llorar con más fuerza y acudieron de nuevo en su apoyo, susurrando algo mientras lanzaba furtivas miradas en su dirección.
—Genial —murmuró, echando un vistazo a los dos policías que habían permanecido vigilándola para que al único lugar al que pudiera acudir fuera la comisaría—. Derecho a prisión.
En ese momento apareció una vez más el médico y Serena se apartó de la pared en la que estaba apoyada y se acercó un poco para escuchar aún más aterrorizada al médico.
—Ya está despierto, aunque la anestesia ha sido local, preferimos que no sea molestado mucho... las visitas.
—¡Este muchacho siempre igual! —protestó la mujer, cruzándose de brazos.
—Pero Luna, eso significa que está bien. Y que ella no era una asesina. Se llevó una mano al pecho y suspiró aliviada.
—Cualquier cosa con tal de no ver a su familia. —Tal vez no deberías agobiar tanto al niño.
—¡Al niño un cuerno! Ya tiene treinta y cinco años! ¡Ya está muy crecidito!
Serena escuchó la discusión familiar entre la congoja y el alivio y se adelantó unos pasos, carraspeando disimuladamente para hacerse notar y todos se giraron para mirarla, callándose bruscamente.
—¿Eres la del accidente?
Al menos fue el médico quien habló.
—Eh... Sí.
Era bastante desagradable tener todas las miradas fijas en ella, por lo general hostiles, pero Serena se mantuvo lo más derecha que pudo. Era complicado dar una explicación y más cuando una disculpa estaba de más, pero al menos su víctima parecía estar más que vivo y sin posibilidades de morirse. ¿Por qué no se lo habían dicho antes? Se habría ahorrado una buena dosis de ansiedad sobre la posibilidad de convertirse en una asesina y podía haber gastado todas esas energías en preocuparse en lo que iba a hacer cuando tuviera que enfrentarse a la justicia. ¿podría alegar demencia momentánea? Era obvio que esa familia quería destrozarla y por las pintas que tenían imaginaba que podían permitirse un buen abogado... algo que ella no, y menos desde que Taiki la había despedido.
—El paciente, el señor Mamoru Chiba ha preguntado por ti.
Capítulo 2
Serena abrió la boca para decir algo sin pensar, pero la volvió a cerrar cuando escuchó el bufido de la madre de Mamoru y giró el cuello hacia ella. La mujer ya ni la miraba, sino que tenía toda su atención en el médico, con los brazos cruzados y expresión de estar a punto de matar a alguien.
—Va a ser difícil salir de esta —musitó Serena en voz muy baja para que nadie pudiera escucharla.
—¿No acabas de decir que está débil y es mejor que no reciba visitas?
El médico sonrió con paciencia.
—Sí, lo he dicho.
La mujer volvió a bufar.
—¿Y ella puede entrar pero su familia, ¡su madre! ¿no puede?
El médico se mantuvo sereno pese a que el tono y la expresión de la mujer se hicieron más peligrosas.
—Señora Chiba, relájese, no he dicho en ningún momento que no pueda ver al paciente, solo que moderen las visitas y la cantidad de personas a la vez —Hizo una pausa con una nueva sonrisa—. Además, él ha pedido que entre ella primero.
La mujer volvió a bufar.
—Ha intentado matarle y ella puede verlo primero. ¡Es el colmo!
—No intentaba matarle —se defendió Serena por octava o novena vez. Ya ni se acordaba—. Fue un accidente.
A quien había intentado matar era a otro. Pero ese no era el mejor momento para decirlo en voz alta. Posiblemente era mejor no decirlo nunca en voz alta.
—¿Me acompañas?
El médico señaló con una mano la puerta de la sala de espera y Serena se apresuró a salir de allí, segura que se lanzarían contra ella en cualquier momento si permanecía dentro mucho más tiempo.
—Está bien, ¿verdad?
—No va a morirse —aseguró el médico—. Perdió el conocimiento por el golpe en la cabeza pero tras las pruebas y la recuperación de consciencia, eso no le traerá ningún problema. Lo peor es el brazo. Tardará un tiempo en volver a usarlo. Pero nadie se muere de algo así.
Se detuvo frente a una puerta y antes de abrirla volvió a girarse hacia ella. —La policía me ha pedido un informe y han pedido hablar con Mamoru —dijo suavemente—. Cuidado con lo que dices adentro.
Y abrió la puerta, dejándola entrar antes de cerrarla a su espalda. Sin sangre, Mamoru era un hombre apuesto, incluso con una gran escayola en el brazo y varios vendajes por la cabeza y el pecho desnudo. Su cabello negro caía por debajo de su cuello y sus ojos azul zafiro la miraban con una pizca de arrogancia. Automáticamente, Serena supo que no se llevarían bien.
—Así que eres tú quien ha intentado matarme. Serena puso mala cara y se acercó vacilante hasta el borde de la cama, recordando las palabras del médico de que tuviera cuidado con lo que decía, ¿habría alguna posibilidad de que pudiera salir de esa sin que la encerraran en la cárcel?
—Fue un accidente —repitió una vez más. Llevaba repitiéndolo tantas veces que comenzaba hasta a creérselo ella.
—Muy desafortunado, al menos para mí.
—Lo siento —dijo a regañadientes, sosteniéndole la mirada sin ningún problema—. ¿Vas a presentar cargos?
—Me has atropellado en lo que a mi me ha parecido que era un atropello intencionado, ¿crees que debería presentar cargos? Es evidente que si no hago algo al respecto igual la próxima vez no tengo la misma suerte, ¿no te parece?
—No sé de lo que me estás hablando.
Maldita sea, vaya que sí lo sabía. Y todo por un maldito error.
—Dime, ¿cuál es el problema que tienes conmigo? —Serena enarcó una ceja. Para ser alguien que acababa de ser operado, su capacidad cerebral estaba en auge. Mamoru se sentó en la cama y se colocó con esfuerzo, usando una sola mano, la almohada en la espalda—. Pensaba que igual eras una amante furiosa, pero no te conozco, así que no parece ser el caso.
Una ex amante querría decir ese despreciable presuntuoso. Serena respiró con fuerza y se recordó, con esfuerzo, que intentaba evitar pasar un largo tiempo en prisión.
—No soy una amante despechada —No tenía un gusto tan retorcido en hombres, aunque admitía que tenía un puntazo aquel hombre. Su musculoso cuerpo, su piel bronceada, su mirada... su arrogancia innata, el tono de su voz... ¿en qué estaba pensando?—. Es más, es la primera vez que te veo.
—¿Entonces qué problema tienes conmigo?
—Ninguno.
—¿E intentaste atropellarme porque...?
Serena respiró con fuerza y tras unos segundos de reflexión en los que ninguno de los dos apartó la mirada, dijo:
—No era a ti a quien quería atropellar.
Ya está; ya lo había dicho. Que ahora sucediera lo que tuviera que suceder.
—¿No era yo? —su voz no cambió—, ¿entonces a quién querías atropellar?
Serena volvió a respirar con fuerza.
—A mi jefe.
Mamoru la miró sorprendido.
—¿Acoso?
—Me despidió.
—¿Querías matarlo porque te despidió?
Serena miró a su alrededor y se acercó a una de las sillas acolchadas que había en un extremo de la pared y la acercó a la cama, sentándose a su lado.
—Necesitaba el trabajo, él lo sabía, me usó mientras el negocio no era bueno, y ahora me cambió por una secretaria con quien comparte también la cama. ¿No tengo derecho a estar furiosa?
Mamoru se movió incómodo y trató de ajustarse mejor las almohadas de la espalda, haciendo una mueca de dolor.
—Tienes derecho —dijo él con una sonrisa arrebatadora—, pero matarlo...
—¡No pretendía matarlo! Solo quería asustarlo un poco... pero se me escapó de las manos y al final... resultó esto.
Su voz fue apagándose poco a poco y se quedaron en silencio hasta que Mamoru se echó a reír.
—Vale, lo siento —terminó él, tratando de dejar de reír pero conteniendo mal la risa—, pero recuerdame que nunca se me ocurra contratarte.
Serena apretó los dientes con fuerza.
—¿Vas a mantener la denuncia?
Mamoru dejó de reír completamente y esbozó una sonrisa tan arrogante como su mirada, pasándose la mano para apartarse el pelo de la cara.
—Me caes bien…
—Gracias.
Serena suspiró aliviada. Después de todo iba a salir ilesa de toda esa historia.
—No me las des aún —aseguró él manteniendo la sonrisa y la mirada fija en ella—. Habrá un precio.
Demasiado bonito para ser verdad después de todo. Serena controló la ira y apretó los puños sobre sus piernas para morderse la lengua.
—¿Qué precio? Te recuerdo que no tengo trabajo y no dispongo de dinero.
Era obvio que nadie intenta atropellar a quien le ha despedido si se bañaba en billetes.
—Según tengo entendido, mi encantadora familia está fuera... —parecía disgustado—. Y como verás esa situación es por tu culpa.
Trató de mostrar la escayola.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Los mando fuera? Mamoru sonrió con desdén.
—Has conocido a mi madre, ¿verdad?
Desafortunadamente...
—Sí, estaba en la sala de espera, con el resto de tu familia... Muy preocupada.
—Seguro que lo estaba —¿Había amargura en su voz?—Y dime, ¿crees que podrías echar a una mujer así solo pidiéndoselo?
Serena enarcó una ceja y guardó silencio un momento.
—Posiblemente no.
—Ni tú ni nadie —aceptó Mamoru con un suspiro, volviendo a acomodarse torpemente las almohadas—. Pero necesitaré ayuda durante el tiempo que pase con esto —levantó el brazo escayolado—. Y ahí es donde entra tu precio.
Serena volvió a ponerse a la defensiva, pasando de mirar la escayola a mirar sus ojos.
—¿Y es...?
—Diremos que no fue un intento de asesinato —sonrió divertido y Serena se recordó que no quería pisar la prisión—. Tú eres mi novia, mi pareja más correctamente. Vivimos juntos y lo sucedido fue una negligencia de ambos. Ya se me ocurrirá algo. Y tú me cuidarás ese tiempo, así que mi madre tendrá que mantenerse lejos de mi casa y yo me ahorraré sus cuidados. Estoy seguro que te puedes hacer una idea de lo que estoy hablando.
Serena pasó eso por alto y decidió centrarse en la parte más importante, o la única importante, al menos para ella, y miró alucinada a Mamoru, esbozando una sonrisa que no sabía muy bien qué transmitía.
—Estás de broma, ¿verdad?
—¿Tengo cara de estar de broma?
Serena respiró con fuerza y se cruzó de brazos, sin dejar de mirarlo en ningún momento.
—La respuesta es no.
—Bien —aceptó Mamoru sin inmutarse—. Si yo tengo que estar varios meses soportando los agobiantes cuidados de mi madre, yo seguiré con la denuncia. No sería muy razonable que solo yo tuviera que sufrir las consecuencias de tus actos, ¿no te parece?
Serena se levantó bruscamente, echando la silla hacia atrás y ésta cayó al suelo, haciendo un ruido seco.
—Por mí te puedes pudrir en el infierno.
—Nos pudriremos los dos.
Serena bufó y se dio la vuelta, pero cuando llegó a la puerta y agarró el manillar, se detuvo y lo apretó con tanta fuerza que sintió dolor en la mano y con rabia abrió la boca.
—¿Y qué tendría que hacer? —murmuró, conteniendo mal la rabia, sin darse la vuelta. Maldita sea, maldita sea...
—Lo típico —dijo él en un tono que hacía que Serena apretara con más fuerza el manillar—. Vivirás conmigo, así que, darme de comer, ayudarme a bañarme y vestirme, llevarme al trabajo…—¿Quería una novia o una sirviente?—. Y, por supuesto, me complacerás en la cama.
Capitulo 3
Mamoru escuchó a medias a su madre, algo sobre lo mal hijo que era, lo poco que se juntaba con su familia, lo denigrante que había sido por su parte que le ocultase la existencia de Serena. ¡Incluso viviendo juntos! Se había llevado dramáticamente la mano a la boca como si hubiera estado llorando. Un drama muy bueno, por supuesto, pero conocía a su madre desde hacía más de treinta años y ya hacía varios años que había entendido que la mujer que tenía frente a él, perfectamente arreglada y con olor a jazmín, era puro hierro; sin corazón diría sino hubiera sido porque sabía que quería a su familia con locura, demasiado tal vez, al punto de la obsesión y con claras dosis dispuesta al agobio si se le permitía. Ese era el motivo por el que él había decidido limitar sus visitas y llamadas... hasta ahora. Desde el accidente era imposible evitarlos. Se habían pegado a él como si quisieran compensar el tiempo que había estado evitándolos y no había tenido un instante de paz, aunque la presencia de Serena había ayudado bastante, muy forzada al principio, sobre todos cuando todos se enteraron de que era su pareja y llevaban varios años viviendo juntos. Habían pasado de la sorpresa a la negación y después a los reproches. Incluso le habían llegado a preguntar si tenían algún hijo y también se le había pasado comentarlo. Su madre, por supuesto, había hecho alarde de su habitual acidez y lengua viperina.
—¿Me estás escuchando?
Mamoru apartó de mala gana la mirada de Serena que increíblemente voluntariosa, desde el primer encuentro con su madre al llegar a su piso tras el alta en el hospital, se había puesto a pasar el aspirador por todo la casa, tomando especial interés en ponerlo a toda potencia cuando llegaba al salón.
—¿Qué decías?
Su madre farfulló algo y giró el cuello para lanzarle una significativa mirada a Serena, quien evitó encontrarse con su mirada, girándose completamente hacia el otro lado.
—¿No puede pasar el aspirador en otro momento?
—¿Por qué no se lo dices tú? —la desafió Mamoru, señalando a su supuesta novia con la cabeza, quien, aunque pretendía no escuchar nada, le lanzó una airada mirada; una de tantas, ya que desde que había aceptado su propuesta, no había dejado de mirarle con ira. Era uno de tantos aspectos que iba conociendo de ella y que le gustaba disfrutar provocándola. Estaba bastante guapa con el ceño fruncido, soportando sus exigentes e infantiles mandatos y también discutía mucho, por todo, aunque se mantenía callada y con una falsa sonrisa cada vez que llegaba alguien de su familia, a excepción de su madre, con quien tras varios intentos por ser amable y de demostrar una paciencia admirable, había terminado explotando y discutía como si fueran suegra y nuera de verdad. Mamoru había llegado a escuchar barbaridades en sus discusiones, incluso al punto de declarar cada una de ellas sus derechos sobre él. Serena se había metido tanto en su papel que él no había podido evitar recordarle sus derechos maritales, algo que una caliente Serena le había soltado que si llegaba a tocarla le estamparía los cinco dedos de la mano en su perfecta piel de la cara. Después lo había echado para prepararse su cama improvisada en el sofá. Serena había dejado bien claro que no tenía intenciones de acostarse con él. De ninguna manera, había dicho ella exactamente y hasta había asegurado que prefería pasar el resto de su vida en prisión antes de tener sexo con él. Mamoru se había reído y había dejado estar el tema, sin darle muchas vueltas, pero no negaba que tras esas semanas, lo que había pretendido ser una broma no se había convertido en algo mucho más real. La deseaba. Esa era la palabra. No era la primera vez que imaginaba inclinándose para besar su piel blanca que sobresalía en su cuello, apartar aquellos cabellos rubio y deslizar sus manos por aquellas formas que se abultaban tras la ropa. No solo eso, la quería en su cama, bajo su cuerpo, y quería hacerle el amor. Pero su inicio no había sido el más adecuado para hablar de algún tipo de relación más intima. Y también sabía que él no se hubiera fijado en ella antes si no se hubiera visto obligado a hacerlo tras el accidente. Habían estado trabajando juntos durante años, en el mismo edificio de oficinas, en varias puertas de distancia y estaba seguro que debían de haber coincidido en algún momento, pero solo tenía un vago recuerdo de ella. No es que no fuera guapa, simplemente no destacaba.
—¿Me estás escuchando?
Mamoru volvió a mirar a su madre, la expresión de mal humor que se le había implantado en la cara e inclinó la espalda hacia él.
—A ella la ves todo el día, Mamoru, al menos podrías hacerme un poco de caso cuando vengo a verte.
Mamoru percibió que Serena se agachaba y ponía mayor potencia en el aspirador.
—Lo siento, madre...
La mujer volvió a bufar.
—¿No tenías una empleada que te hacía las labores?
—Eso...
Realmente la seguía teniendo; Serena también se había encargado de ponerla en su lugar, siguiendo con el juego de ser su pareja y habían decidido que se tomara un tiempo de vacaciones, ya que Bertha conocía bastante bien su solitaria vida y era un peligro que hablase con su madre y revelase la verdad.
—¿Ya no viene?
—Como ves, Serena es una perfecta ama de casa.
Cuando le interesaba, por supuesto.
—Pero tengo la impresión de que siempre se pone a pasar el aspirador cuando vengo yo.
Era bastante evidente, desde luego, pero aunque no lo habían hablado, suponía que a Serena le importaba poco que lo fuera.
—¿Tú crees?
—Además, no entiendo por qué ella no trabaja… Mamoru también se sobresaltó cuando el aire del aspirador le dio directamente en la cara y volvió a mirar a la furiosa Serena, que bajaba en ese momento el aspirador y lo detenía con un pie, lanzándolo al suelo y se enfrentó a ellos con las manos en las caderas.
—No trabajo porque no quiera, señora.
Y el tema del despido la seguía irritando a pesar de que el tiempo seguía pasando, algo que había empezado a preocuparle a Mamoru. ¿Con su jefe mantenía únicamente una relación física? Esa obsesión porque la hubieran sustituido por una mujer con quien se habían liado era un poco sospechosa, al punto que le molestaba la idea de que hubiera tenido una relación con el hombre que trabajaba tan cerca de él.
—Si quieres trabajar, deberías salir y buscar uno. ¿En qué estás especializada? Puedo ayudarte, tengo muchos contactos.
Serena se mantuvo callada y lo miró de reojo. Posiblemente se moría por tragarse su orgullo y aceptar la ayuda de su madre, pero ellos ya tenían un acuerdo y dado que su madre haría cualquier cosa con tal de que Serena se encontrara fuera de la casa cuando ella llegaba... o peor aún, posiblemente así ella podría estar allí todo el día y ocupar el lugar de Serena.
—Mamá —intervino él con un suspiro moviendo la espalda para coger una mejor postura—. Necesito a Serena. Ella ya está buscando un trabajo solo porque le apetece trabajar y no estar todo el día en casa, pero no olvides que no necesita trabajar.
—¡No digo que lo necesite! Pero es joven y evidentemente se aburrirá en casa todo el día. —No creo que eso te preocupe mucho.
—Me preocupe o no, tengo derecho de decir lo que quiera, ¿no?
—Hablar puedes, pero no de mí.
Su madre bufó y Mamoru carraspeó para intervenir, pero las dos le miraron furioso.
—Ya vale. Me está doliendo mucho el brazo y también conseguiréis que tenga dolor de cabeza. Intentó ajustarse los exagerados almohadones que su madre le había puesto cuando había llegado y las dos se adelantaron a ayudarle, lanzándose miradas de advertencia.
—¿Te importa? —soltó Serena de mal humor, arrancándole el cojín de las manos a su madre y comenzó a quitar algunos de los que aún seguían en su espalda—. Creo que con esto también terminará con dolor de espalda.
Su madre bufó y comenzó a quitarle los cojines a Serena y a volver a ponérselos a él en la espalda. —¡Me van a decir ahora qué es lo que necesita mi hijo! ¡Es lo que faltaba!
—Madre, por favor —la cortó Mamoru, quitándole los cojines y dándoselos a Serena que sonrió victoriosa a la huraña de su madre—. Ella ya sabe lo que me gusta y para ser honestos, me gusta ser mimado y cuidado con ella.
La expresión de su madre fue un poema, pero la de Serena no fue peor. Había ensanchado la sonrisa y ni siquiera se apartó cuando Mamoru se atrevió a pasar una mano por la parte de atrás de su cuello y le acercó la cara, besándola suavemente en los labios sin que ninguno de los dos llegara a cerrar los ojos.
—¡Ya vale! Si lo que queréis es que me vaya, me voy, pero deberíais tener un respeto. ¡Soy tu madre, no una amiga de la calle!
Les lanzó una mirada molesta a los dos y se levantó, cogiendo el bolso antes de alejarse hasta la puerta y cerrarla con un portazo.
Capitulo 4
Serena esperó a oír la puerta para apartarse de Mamoru tras terminar de acomodarle los cojines en su espalda. En más de una ocasión lo que había deseado era apretar su brazo herido hasta escucharlo suplicar, gritar de dolor y ver una expresión de agonía en su rostro. Era lo que quería y más desde que había comenzado a darse cuenta que el hombre arrogante que le había obligado a servirle de criada y novia ante su familia, era un hombre bastante amable, incluso había comenzado a disfrutar de sus comentarios sarcásticos y sus sonrisas traviesas. Le gustaba su compañía y hasta disfrutaba de esos momentos tranquilos donde disfrutaban de una cena o un desayuno. Incluso esas películas a su lado, riendo o comentándolas mientras comían palomitas o aperitivos habían empezado a ser especiales y mientras pasaba el tiempo temía que esa comodidad se transformara en algo más... un sentimiento que no se iría tan fácilmente una vez Mamoru se curara y tuviera que dejar la casa. Y llevaba peor la retorcida idea de Mamoru de que le ayudara a bañarse. Había asegurado que le costaba mucho asearse con una mano. Al principio, Serena había aceptado, con aires mientra lo trataba como a un completo inútil y no dejaba de decirle lo que tenía que hacer. Más bien había hablado tanto porque pese a que no era el primer hombre al que veía desnudo, ni siquiera era el segundo, el impresionante cuerpo desnudo de Mamoru le había incomodado bastante y había tratado de mantener su mente ocupada en otra cosa, sobre todo en otra que no fuera su flácido miembro entre sus piernas. Pero ahora comenzaba a sentirse mal cada vez que lo tocaba... y suponía que la próxima ducha iba a ser un infierno si un simple beso, dado para despistar a su madre, le había perturbado de esa manera.
—Iré a preparar la cena.
—Aún es pronto —Mamoru la detuvo, agarrándola del brazo y tiró de ella, acercándola a sus piernas—. Quédate un rato conmigo.
Serena miró sus ojos zafiro desde arriba y soltó su brazo. Puede que comenzara a gustarle, puede que terminara amándolo, pero no pensaba convertirse en su desahogo sexual ahora que no podría llamar a alguna de sus amigas o amantes o aquello que un hombre así no dudaba que tuviese aunque no quisiera comprometerse con alguna novia. Ni aunque lo deseara como lo hacía en ese momento. Era una mujer adulta y sabía controlar sus impulsos.
—Mejor haré la cena. Cuando tienes hambre te vuelves insoportable.
Se dio la vuelta y se encerró en la cocina, abrió el frigorífico y mientras sacaba algo de carne, apoyó la cabeza en la puerta del frigorífico, agradeciendo sentirlo frío y algo húmedo.
—¿Qué estás haciendo?
Serena se apartó sorprendida de oir la voz de Mamoru a su lado y cerró la puerta del frigorífico sin girarse.
—Nada, como ves.
Se acercó a la encimera y agarró un cuchillo, cogiendo una zanahoria con otra mano.
—¿No puedes dejar eso para otro momento?
—Imposible —dijo Serena dispuesta a no girarse y mirarlo—. Cuando su alteza tenga hambre, es mejor que tenga hecha la comida.
—Tengo hambre de otra cosa, Serena. —Serena sintió como los brazos de Mamoru la rodeaban la cintura y se giró con el cuchillo en alto, encarándose a un sonriente Mamoru que no dudó en soltarla.
—Vale, vale, lo que tú digas —se llevó la mano sana a la cabeza, sin dejar de sonreír y caminó hasta la salida—. ¿Espero a que termines para darme una ducha?
—Báñate solo —soltó Serena de mal humor, girando de nuevo la cabeza. No iba a ayudarlo. No esta vez; ese juego se terminaba. Para ella ya había dejado de ser un juego y si continuaba terminaría quemándose. Era suficiente de todo aquello—. Apáñatelas solo y búscate a alguien más. Además, tengo suficiente con hacerte la cena. ¡No soy tu criada!
Serena esperó a que Mamoru dijera algo, que se lo ordenase o, incluso, que la arrastrara al cuarto de baño como ya había hecho las primeras veces cuando ella se negó a ayudarle a lavarse, pero lo único que escuchó fue como se cerraba la puerta de la cocina y como los pasos de él se alejaban por el pasillo. Furiosa, dejó el cuchillo sobre la encimera y apoyó las manos en ella, agotada. —No puedo más con esto.
Suspiró decaída y casi dio un salto cuando escuchó el sonido del móvil y fue a cogerlo al salón, asegurándose de escuchar el sonido del agua que provenía del cuarto de baño y agarró su móvil, comprobando que Diamante, su amigo ahora y un antiguo novio hace años era quien llamaba.
—¿Diamante? ¿Ocurría algo?
Llevaban más de ocho meses sin verse y por lo general nunca se llamaban, sino que se veían casualmente en la calle e iban a tomar algo. Que la llamase ahora...
—Ey, nena, ¿qué es de tu vida? ¿Una mierda? —Bien... ¿ocurre algo, Diamante?
—Fui a buscarte al trabajo, pero no sabía que te hubieras cambiado de trabajo.
Serena se sentó cansadamente en el sofá y arrugó en la mano un papel que la madre de Mamoru había dejado olvidado. ¿Cambiarse? Ella no se había cambiado de trabajo, la habían despedido ¡Despedido! Y lo que tenía ahora no era un trabajo, era una explotación.
—Ya no trabajo allí, pero aún no me has dicho para qué me buscabas.
—Tenemos que hablar. He estado pensando y me preguntaba si nos podríamos darnos una oportunidad... nos llevamos bien y siempre hemos sido compatibles. Además, ¿no crees que ya es hora de formar una familia?
Serena se quedó completamente en blanco y tras unos segundos comenzó a reír como una histérica.
—¿Eres idiota? Has vuelto a dejarlo con tu novia, ¿no?
—¿Qué te hace pensar en eso? Además, lo digo porque sé que aún me quieres.
Serena siguió riendo pero sin tantas ganas. Estaba harta que todos creyeran que podían decir qué era lo que pensaba o no.
—Diamante, en serio, tu egocentrismo apesta
—¿No había tenido ya bastante de sus infidelidades? Ya ni recordaba cuando había dejado de quererlo como para plantearse reiniciar una relación con él… no… bastante tenía con el hombre que se estaba dando una ducha en ese momento y constantemente te le desviaba la atención a ese punto—. Ni en sueños volvería a salir contigo como para pensar en hacer una familia. De gente así ya he tenido suficiente con el estúpido de mi exjefe —y de quien era culpa la situación en la que se encontraba—, así que intenta resolver tus problemas por una vez sin inmiscuir a nadie. Deberías pensar en hacerte un hombre.
—¿No estás siendo un poco dura conmigo?
Serena bufó.
—Tengo muchas cosas que hacer, anda y ve a morir a otro lado.
No dejó que Diamante terminara de hablar; le colgó el teléfono y suspiró dramáticamente antes de girarse, dando un vuelco cuando vio a Mamoru detrás de ella, con el pelo empapado y el albornoz a medio atar. Varias gotas caían por su pecho y se deslizaban al interior de la tela.
—¿Tu novio?
Serena hizo una mueca, apartando la vista de la piel desnuda del hombre.
—No seas ridículo tú también. Si tuviera novio hace ya semanas que me hubieras fastidiado la relación. ¿O crees que hay algún hombre en el mundo que soporte que su novia viva con otro tío y que ni siquiera lo vea a él.
¡Y ya no hablemos del sexo! ¡Mierda! ¡Estaba frustrada sexualmente y la culpa la tenía el hombre que tenía delante. Mamoru siguió frotándose el cabello con la toalla que tenía en la mano y la observó con una sonrisa traviesa.
—No hace falta que te pongas así, lo sabes, ¿verdad? Si necesitas algo, yo estoy dispuesto a cubrir cada una de tus necesidades.
Serena lo miró como si pretendiera asesinarlo y después se dio la vuelta, furiosa, caminando de vuelta a la cocina y esta vez se llevó el teléfono con ella.
—Tienes suerte que esta vez no tenga el cuchillo en la mano.
La risa de Mamoru la acompañó al interior de la cocina.
Capítulo 5
Mamoru no volvió a pedirle que le ayudará a ducharse y Serena tras unos días de alivio, comenzó a ver esa actitud mucho más agobiante que la anterior. La actitud de Mamoru no había cambiado especialmente. Mezclaba esa amabilidad con un leve distanciamiento y Serena había comenzado a creer que Mamoru simplemente intentaba evitarla, o evitaba tocarla, ya que desde ese día no habían vuelto a tener ningún tipo de contacto. También había empezado a trabajar de nuevo y ella se veía obligada a acompañarle a su oficina, la misma donde ella había estado trabajando, a unas puertas de distancia y algunas veces había escuchado las voces de Taiki y su nueva secretaría en varias ocasiones pero no había llegado a verlo directamente nunca, incluso había tenido suerte al entrar y salir del ascensor, o puede que esa suerte hubiera venido de subir y bajar las escaleras. Mamoru se había reído de ella, por supuesto, pero Serena había terminado por ignorarlo y había aceptado de buena gana las labores que Mamoru le había dado para que se ocupase mientras le esperaba. Prefería trabajar a estar sin hacer nada, siempre prefería ocupar la cabeza en algo que no fuera Mamoru, porque últimamente lo único que parecía haber en su cabeza era ese maldito hombre.
—¿Tienes un segundo, Serena?
Serena levantó la cabeza de la pantalla del ordenador y se quitó despacio las gafas, percibiendo la hostilidad que emanaba de Lita. Desde que había aparecido el primer día, esa mujer había sido la única que no había visto bien su presencia junto a Mamoru. Serena suponía que la mujer, por la cercanía con la que se veía con Mamoru, que había esperado convertirse en algo más que una amiga o una compañera de trabajo, algo que por la actitud de Mamoru, Serena confiaba que no fuera a ser nunca así.
—¿Qué ocurre? —respondió a la defensiva, dispuesta a enseñar las uñas si era necesario.
Puede que Mamoru no la hubiera presentado como novia dentro de la oficina, pero a menos que él le dijera lo contrario, se suponía que los dos seguían con esa farsa y si tenía que usarla a su beneficio… solo esperaba que Mamoru la respaldara y no la dejara como mentirosa, algo que le haría mucho más daño del que ella quería creer.
—¿Desde cuándo conoces a Luna?
Esa familiaridad con la que se refería a Mamoru y a su familia la molestaba, pero Serena tenía el tacto de morderse la lengua, incluso ignoró la manera con la que Lita se cruzó de brazos.
—¿Luna?
¿Cómo sabía ella que conocía a la madre de Neil? ¿Se lo habría dicho Neil? Pero no tenía mucho sentido, y más si tenía en cuenta que aquella mujer no parecía saber lo que les relacionaba a Mamoru y a ella.
—Ha venido a buscarte.
—¿Qué? —Serena se puso de pie de golpe y dejó caer algunos sobres que tenía en el filo de la mesa y miró espantada hacia la puerta del despacho de Mamoru—. ¿Mamoru sigue reunido?
Lita se encogió de hombros sin cambiar la actitud.
—¿No eres tú siempre la que está pegada a él? lo sabrás mejor que nadie.
Serena enarcó una ceja y volvió a morderse la lengua esta vez con más fuerza.
—¿Dónde está? —preguntó, mirando a su alrededor.
—En la sala de espera. No le ofrecí nada —añadió entornando los ojos—. No sabía si iba a quedarse o no mucho tiempo.
Serena no respondió. Echó una rápida mirada al despacho de Mamoru y caminó decidida a la sala de espera, deseando que esa mujer decidiera marcharse pronto y no desear iniciar una pelea en público. Puede que fuera rica, pero sus modales daban bastante que desear. Como Lita había dicho, la madre de Mamoru esperaba en la sala de espera, pero no sentada como había previsto, sino de pie, al lado de la ventana y no trató de sonreír al verla.
—Has tardado mucho en venir y como comprenderás, no tengo todo el tiempo del mundo.
Parecía que venía a discutir.
Serena volvió a morderse la lengua, convencida de que si seguía mordiéndose terminaria comiéndosela.
—¿Y a qué se debe tu visita? Supongo que ya te habrán comunicado —miró a Lita significativamente ya que la había seguido hasta allí—, que Mamoru se encuentra reunido.
—No es por él por quien he preguntado, ¿verdad?
—Es cierto —aceptó Serena de mala gana, aún mirando a Lita que seguía toda la conversación descaradamente—, ¿y por qué me buscabas?
Las dos mujeres se miraron fijamente y Luna sonrió de una manera demasiado siniestra.
—¿Qué motivo tendría que el de querer visitar a mi querida nuera?
Serena hizo una mueca, pero no tan rápida como la que debió poner Lita a su espalda que la madre de Mamoru la miró cuando hasta hacía un momento ni se había percatado de su presencia.
—¿Mamoru se ha casado? Imposible…
—Es una conversación privada, joven.
Serena no llegó a verle tampoco en esa ocasión la cara a Lita, pero sí sintió la felicidad contenida de que la mirada glacial de Luna hubiera sido dirigida a la otra chica. Hasta ahora sólo se las había dedicado a ella y ya comenzaba a hartarse.
—Así que ahora Mamoru quiere que también estés con él en la oficina, ¿no?
—Eso parece —Serena también cruzó los brazos alrededor del pecho y le sostuvo la mirada a la mujer.
—Vamos a comer algo, estoy desfallecida.
—¿Ahora?
Serena miró con aprensión la puerta y después volvió a mirar a la mujer.
—¿Prefieres hablar aquí?
¡Esa mujer era un diablo! Serena entornó los ojos y sopesó las posibilidades de que se hubiera enterado de lo que realmente había entre su hijo y ella y asintió débilmente con la cabeza. Sería lo que tuviera que ser, pero ella no huía.
—De acuerdo. Hay un restaurante por aquí cerca.
—Conozco uno muy bueno.
Capítulo 6
Serena se sentó frente a la mujer y esperó paciente y con una sonrisa a que Luna volviera del cuarto de baño. Mientras esperaba, decidió mandarle un mensaje a Mamoru, diciéndole vagamente donde se encontraba y con quién estaba y lo envió, segura de que Lita consideraba que contarle a Mamoru donde se encontraba era en desbeneficio para la mujer, no diría nada.. y la abandonaría a su suerte con una alimaña.
—¿Para qué querías verme?
Serena no dudó en preguntarle a Luna apareció y movió la silla para sentarse frente a ella, levantó una mano para llamar al camarero y la miró, poniendo las manos sobre la mesa.
—No seas impaciente. ¿No habíamos acordado comer primero?
Serena entornó los ojos recelosa. No se habían llevado bien desde el principio y esa pretensión de tratar de ser amable —aunque fuera a su sutil manera—, le parecía muy sospechosa.
—¿Y Mamoru?
—¿Pero qué os pasa? ¿No sois capaces de estar un momento el uno sin el otro? Tendréis tiempo suficiente para estar juntos, así que ahora, comamos.
—Madre, ¿no es un poco cruel ir a comer sin invitar a un pobre lisiado?
La mujer puso mala cara y levantó la cabeza para mirar a Mamoru, que por el aspecto revuelto de su cabello y por la respiración agitada, Serena imaginó que había ido corriendo hasta allí. Serena le lanzó una mirada agradecida. Si su madre lo sabía todo, no quería lidiar ella sola con el tema. Mamoru se ajustó como pudo el traje y Serena se levantó rápidamente para ayudarle a quitarse la chaqueta, escuchando el bufido de la mujer y varios murmullos en los que logró escuchar la palabra empalagosos y enfermos.
Serena sonrió y Mamoru le devolvió la sonrisa, haciendo que ella dejara de sonreír rápidamente, con el corazón acelerado y se sentó en su silla, ya no tan segura de querer estar tanto tiempo a su lado.
—¿Y bien, madre? ¿Qué es lo que querías decirle?
—En fin, ya que es imposible hablaros por separado… pero antes comamos primero.
El camarero les tomó sus pedidos con paciencia y esperaron con una conversación tranquila, con varias punzadas de sarcasmo y varios comentarios más crueles mientras les traían la comida y comenzaban a saborear de los platos como si realmente fuera una situación de lo más habitual. Cuando les trajeron el segundo plato, Serena se ofreció a cortar la carne de Mamoru y sintió la mirada de la mujer fija en ellos.
—¿Pensáis seguir así toda la vida?
Serena siguió cortando la carne sin decir nada.
—Así, ¿cómo?
—¿Cómo dos adolescentes sin responsabilidades?
Serena terminó de cortar el último trozo y se enderezó, lanzándole una fugaz mirada a Mamoru que miraba a su madre divertido.
—A mí me parece un buen plan.
—¡No seas absurdo, Mamoru!
—Alguien de la familia debía serlo, ¿no?
—¡Y me ha tocado a mí! —Siguió farfullando algo y miró a su alrededor un momento—. Tengo dos hijos y los dos son iguales.
Mamoru dejó de sonreír.
—¿Qué le pasa a Rei?
Su madre bufó.
—¡Ha decidido mandar a los hombres al infierno! Dice que jamás se casará y jamás tendrá hijos.
Hubo un silencio donde Serena comenzó a masticar la carne sin levantar la mirada del plato y solo la levantó cuando Mamoru comenzó a reírse a carcajadas.
—¿Lo dices solo por eso? Por un momento me había preocupado.
Su madre dejó los cubiertos rudamente sobre la mesa y casi dio un golpe con ellos.
-Puede que para ti no sea importante, pero soy yo la que quiere ser abuela y veo que ninguno de mis hijos está dispuesto a ello.
-¿No estás siendo un poco exagerada?
-Di lo que quieras, pero creo que vosotros ya tienes edad suficiente como para ir pensado en tener uno, ¿no te parece? Pretendía hablar con Serena, ya que contigo posiblemente sea imposible entrar en razón. !¡Sigues igual de inmaduro!
Serena no se dio cuenta que estaba mirando la escena embobada hasta que se le escurrió el tenedor de la mano y cayó al plato con un ruido aún más estrepitoso que el de la madre de Mamoru cuando dejó los cubiertos. Los dos giraron la cabeza para mirarla.
-Lo siento… -murmuró, notando como se le subían el color de las mejillas y apartó la cabeza para contener la risa.
¿Así que Luna había querido hablar con ella para eso? De alguna manera le hacía gracia, pero de la misma manera la ensombrecía el carácter. Un hijo de Mamoru… eso era algo imposible. Ni siquiera tenía una relación realmente como para plantearse una vez más en la conversación que tenían madre e hijo.
-No estoy pidiendo que se casen. Eso ya lo he dejado por imposible -hizo un movimiento despectivo con la mano y Mamoru enarco una ceja.
-Haces bien en dejarlo por imposible.
Madre e hijo se fulminaron con la mirada y Serena volvió a coger el tenedor, volviendo a comer mientras dejaba a esos dos que siguieran discutiendo.
-Pero estoy hablando de un niño. ¿Es que no se te ha pasado por la cabeza?
Y esta vez la miro a ella. Serena tragó con dificultad el trozo de carne que se había llevado a la boca en ese momento y sonrió débilmente, mirando a Mamoru en busca de ayuda. Mamoru, a su vez, se limitó a encogerse de hombros. ¡Si que iba a servirle de ayuda! Y volvió a mirar a la mujer.
-Bueno… un hijo… es algo serio.
La madre de Mamoru volvió a bufar.
-¿Tienes veinte años? Ya están muy creciditos para dar un paso más en su relación. No se aburren solos en algún momento, ¿no?
-Aún no hemos llegado a esa etapa -intervino Mamoru con una sonrisa arrebatadora y Serena temió que la mujer llegara a levantarse y ponerse a golpearlo.
La comida terminó igual de tensa y cuando Mamoru acompañó a su madre a coger un taxi, Serena le esperó cerca, junto al coche que ahora conducía ella. Mamoru se mantuvo callado durante todo el viaje y cuando subió a casa creyó que seguiría igual de callado. Primero fue a la cocina a tomar algo de agua y con la misma expresión taciturna entró y salió de su habitación y Serena lo vio ir quitándose el jersey. Despacio, se acercó al cuarto de baño y se apoyó en la pared, escuchando el sonido del agua al caer en la ducha.
-¿Mamoru?
No hubo respuesta y Serena se apartó de la pared. No tenía ganas de intentar conversar con él, no tenía ganas de iniciar una conversación y mucho menos hablar de lo que había ocurrido con su madre. No eran novios, no eran una familia y jamás habría hijos. Incluso ella desaparecería cuando Mamoru estuviera recuperado. Esa era la realidad… ¿pero por qué dolía tanto la realidad? Durante ese tiempo se había enamorado de él, lo quería y escuchar a su madre hablar de hijos, de considerarla parte de la familia la había terminado doliendo más de llo que ella quería reconocer.
Se detuvo a medio camino de la puerta de la cocina y se dio la vuelta, irrumpiendo en el cuarto del baño, abriendo la puerta de la ducha.
-¡Qué estás haciendo!
Mamoru miró sorprendido y apagó rápidamente el grifo de la ducha. Era increíble que Mamoru intentara apagar antes el agua o incluso se limpiará el agua de la cara en vez de correr a taparse con algo.
-Vengo ayudarte. Supongo que estos días te habrá costado ducharte con una sola mano, ¿no?
Mamoru no respondió, solo la miró y cuando Serena fue a coger la esponja, Mamoru la agarró del brazo, deteniendola y ella levantó la cabeza para mirarlo.
-No lo hagas.
-¿Qué?
-Prefiero creer que dijistes que no me ayudarias mas porque habías comenzado a sentirte atraida por mi. Prefiero que vuelvas a salir y seguir creyéndolo.
Mamoru la soltó y Serena se enderezó, sin dejar de mirarlo y apretó con más fuerza la esponja en la mano y la levantó, acariciando el pecho desnudo con ella, deslizándose hacia abajo.
-Espero que sepas lo que significa eso para mi.
Serena espero de alguna manera lo que sucedió a continuación, pero aun asi se sorprendió al sentir el brazo de neil alrededor de su cuello y tiró de ella, besándola fieramente, un beso tan abrumador que se movió hacia atrás, perdiendo el equilibrio y chocó con los azulejos grises del cuarto de la ducha y Mamoru la apretó con fuerza, continuando besándola hasta que se apartó, mirándola con un ardiente deseo y deslizó sus labios por su cuello.
Serena se aferró a su pecho y acarició su espalda con la yema de los dedos, permitiendo que los dedos Mamoru desabrocharan su pantalón y enredara con su sujetador.
-Yo lo hare -murmuro en su oído cuando vio que tardaba al hacerlo solo con una sola mano y apartó con cuidado su mano, deslizándose a sus pantalones y la dejó allí, besando su musculoso hombro mientras se desabrochaba la prenda y lo hacía también con los botones de la blusa, dejándolo caer todo al suelo, sin importarle que pudiera mojarse y tiró de los pantalones hasta quedar únicamente con unas bonitas y aburridas braguitas blancas, lo único que la separaba de la prominente erección que golpeaba su vientre.
Serena deslizó su mano hacia el miembro y lo froto suavemente entre sus dedos, arrancando un gemido de los labios de Mamoru y pasó una pierna en la cadera del hombre, haciendo que el volviera a empujarla contra la pared y la besara, esta vez más ardientemente, apartando las braguitas prácticamente con rabia y tiró de sus piernas, levantando por la pared y la embistió con fuerza, arrancando en ellas un grito de pasión. Serena se aferró a él con las dos manos y araño su espalda mientras alcanzaba el paraíso y llegaba al orgasmo, permitiendo que Mamoru la besaba dulcemente en los labios.
capítulo 7
Serena pasó con cariño la mano por el pecho desnudo de Mamoru y apoyó la cabeza en su hombro.
-¿Estás bien?
Serena asintió con la cabeza y dejó escapar un suspiro. Había hecho el amor otra vez en la cama, sin darse cuenta de que la mano vendada de Mamoru estaba empapada y tras terminar y darse cuenta de cómo estaba, Mamoru se había reído, la había estrechado contra él y había dicho que nada importaba excepto ella.
-Tu madre me va a matar -se lamentó Serena entrando en pánico.
Los dos sabían que la mujer no desaprovecharia la oportunidad para darse aires de que ella tenía razón y que hubiera sido mejor para cuidar de su hijo que Serena.
-No importa lo que diga -había dicho Mamoru sin dejar que se levantara-. Además, ¿es mejor que te vayas acostumbrado a ella y sus comentarios? No creo que desde que sabe que existes pueda deshacerme fácilmente de la familia. Además, espera un nieto.
-¿Un hijo?
Serena había entrado en pánico y Mamoru se había reído.
Era demasiado pronto para hablar ya de hijos, pero en ese momento Serena reconoció que se sentía especialmente satisfecha y no solo su cuerpo, sino que también su corazón, su alma… Ahora le parecía ridícula la rabia que había sentido por Taiki cuando la había despedido pero aceptaba que gracias a él, que sin él, no habría conocido a Mamoru y ahora no sería tan dichosa.
-¿Vas a decírselo a tu madre? -pregunto, levantando un poco la cabeza para mirarlo. Los dedos de la mano sana de Mamoru estaba enredados en su pelo y parecía pensativo; giro la cabeza y la miro.
-¿El que? -preguntó con una sonrisa traviesa-. ¿Qué te quiero?
Serena sonrió también y le dio un golpe en el pecho, haciendo que Mamoru se quejara entre risas.
-¡No golpees a un hombre herido!
-No parecías muy herido mientras hacíamos el amor -protestó ella, dándole un nuevo golpe.
-Eso es diferente.
-Ya, claro, ¿se lo vas a decir? -dijo poniéndose seria-. Que es todo mentira.
-¿Mentira? -Mamoru apretó su cabeza y la empujó hacia él, besándola en la nariz-. ¿De qué mentira estamos hablando?
Serena puso los ojos en blanco.
-Vale -dijo con una sonrisa. Daba igual ¿no? Al final el resultado no podía haber sido mejor.
Serena sonrió y beso a Mamoru en los labios.
Fin.
