COMPITIENDO

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras.


Tabla 5: Objetos. Prompt: Copa.

Tabla 7: Personajes. Prompt: Secundario.

Tabla 8: Técnica. Prompt: Rating T.


Minerva había ejecutado una serie de modificaciones en su escoba voladora para hacerla más rápida. No pensaba perder la oportunidad de ganar la Copa de Quidditch. Era su último año en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, capitaneaba el equipo y ansiaba obtener la victoria.

Con bastante dificultad, había conseguido tiempo extra para los entrenamientos. Al principio, sus compañeros se quejaron. No les hacía demasiada ilusión salir al campo después de la hora de cenar, con las barrigas llenas de comida y los ojos pesados por el sueño. Minerva fue clara: para jugar en su equipo, debían sacrificarse. Fue una suerte que nadie optara por abandonar, puesto que había conseguido reunir un grupo realmente prometedor.

Pasó varias noches en vela desarrollando las mejores estrategias. Durante las rondas como prefecta, planificaba mentalmente qué variaciones aplicarles. Incluso estaba insistiendo para que sus compañeros de equipo cuidaran la alimentación. Necesitaban una dieta rica en proteínas, un concepto muggle que pocos comprendían. Debían estar fuertes, con la musculatura desarrollada. En forma.

El primer partido de la temporada era contra Slytherin. Se jugaba el primer sábado de octubre. Todos los amantes del quidditch lo aguardaban con pasión, consciente de que se enfrentaban dos grandes equipos. Aunque a Minerva le jodiera reconocerlo, las serpientes eran muy buenas. Al mando estaba Rosier, el chico más guapo y más gilipollas de todo Hogwarts. Cada vez que lo veía, Minerva debía contenerse para no transformarlo en un puerco. Sin embargo, su mejor baza era la buscadora, una chica menuda de cuarto año que iba para profesional. Minerva había dejado bien claro a los bateadores que debían bloquearla a como diera lugar.

Por la noche consiguió dormir bien, gracias a las hierbas que Pomona Sprout le había proporcionado a escondidas. Lo primero que hizo fue alentar a sus compañeros del equipo y obligarles a tomar el desayuno adecuado. Cuando iban de camino al campo de quidditch, tuvieron su primer encontronazo con los Slytherins. Rosier se plantó como ella, alto y flaco como un junco, y tuvo la indecencia de mirarle las tetas. Era complicado ver nada con el uniforme del colegio puesto, pero le molestó igualmente.

—Vaya, McGonagall. Al final, tú y tus perdedores haréis acto de presencia.

—Yo sólo veo a un perdedor, Rosier. Tú.

Se rio. Tenía una dentadura blanca, bien alineada. Perfecta. Minerva muchas veces soñaba con rompérsela de un puñetazo.

—Ya lo veremos. Espero que tanto entrenamiento os haya servido para algo. Todavía me acuerdo de vuestra lamentable derrota contra Hufflepuff del año pasado. Nos servisteis la Copa de Quidditch en bandeja de plata.

—Al menos reconoces que ganasteis de chiripa, pero no siempre se puede confiar en la suerte. Para revalidar el título os hará falta un poco de talento y, francamente, no lo veo por ninguna parte.

—¿Por qué no te dedicas a tus transformaciones y te olvidas de lo demás?

Podrían haberse pasado así todo el día. Uno de sus compañeros la agarró del brazo y se dejó llevar. Tenían que ponerse la ropa de deporte y repasar las estrategias. Por fortuna, cuando salieron de nuevo al campo estaba relajada otra vez. El señor Allerton, el árbitro de los partidos, ya les aguardaba con las pelotas preparadas. Los siete miembros del equipo echaron a volar al mismo tiempo y Minerva intercambió una mirada con Rosier. Ambos jugaban como cazadores y, sin duda alguna, tendrían más de un enfrentamiento cara a cara durante el encuentro. Cuando el partido dio comienzo, Minerva se aseguró de atrapar la primera quaffle. Era muy importante que la buscadora encontrara la snitch cuanto antes, pero los goles que pudieran conseguir valdrían su precio en oro.

No se lo pensó dos veces. Salió disparada hacia los aros de Slytherin y se centró en los movimientos del guardián. Era un novato, un chaval un poco torpe que debutaba en ese partido. Pudo ver por el rabillo del ojo como Rosier volaba hacia ella con toda la intención de golpearla con el hombro, así que se aseguró el tiro y disparó.

—¡GOL DE GRYFFINDOR! Gol de McGonagall.

Escuchó el suspiro frustrado de Rosier y le sonrió.

—¿Qué decías de talento, inútil?

No se entretuvo mucho más. Rosier tensó la mandíbula y se preparó para recibir su primera quaffle. No obstante, Minerva se interpuso en su camino, la atrapó con agilidad, se la envió a un compañero y el equipo marcó su segundo tanto.

—Así no vais a llegar muy lejos, Rosier.

No estaba bien picarse de esa manera con los rivales. Lo sabía perfectamente, pero no podía contenerse. Ese gilipollas la sacaba de sus casillas. Slytherin marcó el siguiente gol, pero Gryffindor culminó las dos próximas jugadas. Los buscadores habían desaparecido de campo y los bateadores se esforzaban por entorpecer el juego de sus rivales. Rosier, que no estaba dando una a derechas, cada vez estaba más rojo y serio. Tenía un cabreo considerable. Minerva le envió la quaffle a su compañera y se burló otra vez de él.

—¿Qué te pasa? ¿Sigues durmiendo en tu camita?

Dicho eso, se rio. Gryffindor marcó otro gol. Iban ganado con bastante amplitud. Otra quaffle llegó a sus manos. Minerva se dispuso a anotar nuevamente y, entonces, vio a Rosier frente a ella, con el brazo derecho levantado y cara de pocos amigos. Apenas fue consciente de que le golpeaba en la nariz con el puño antes de caer inconsciente al suelo.


Tenía una conmoción cerebral y varias costillas rotas. Según le dijo el enfermero del colegio, nada demasiado grave teniendo en cuenta la caída que había sufrido.

—¿Quién ganó?

Pomona apretó los labios. Era evidente que no quería responder a su pregunta, lo que sólo podía significar una cosa.

—No me lo puedo creer. ¡Joder!

—Wallace atrapó la snitch unos segundos después de que Rosier te golpeara. Ni siquiera se pudo sancionar la falta.

—¡Será posible! Si estábamos jugando genial.

—El quidditch es así, ya lo sabes. Depende mucho de la suerte de los buscadores.

Lo peor sería tener que soportar a Rosier durante los próximos días. A lo mejor no tendría que haberse burlado de él. Slytherin hubiera terminado ganando igual, pero no tendría que ver esa estúpida sonrisa petulante que lucía la primera vez que lo vio tras el partido, al día siguiente, con todos sus huesos solados.

—¿Qué decías, McGonagall?

—Me las vas a pagar, Rosier.

—¿Por la derrota? No seas absurda.

—Por el puñetazo.

Tenía planes para él. Sabía cómo transformar su cabeza en una sandía o su polla en un calabacín. No era demasiado complicado. Sólo tenía que pillarlo desprevenido y a solas, lo que no era demasiado sencillo. Los Slytherins solían moverse por el castillo formando una piña compacta, como si fueran conscientes de su propia malignidad y supieran que no debían ir separados por lo que pudiera pasarles. Por suerte, tres días después del partido se lo encontró en el cuarto de baño de los prefectos. Se acababa de dar un baño y sólo llevaba una toalla enrollada en la cintura. Sí. Rosier era alto, flaco y musculoso como un junco que estaba en plena forma.

—Largo de aquí, McGonagall. Todavía no he terminado.

—No tengo por qué marcharme. Tengo tanto derecho como tú a usar este baño.

—¿En serio? Pues si tú no tienes problemas, yo tampoco.

Dicho eso, dejó caer la toalla y se quedó desnudo ante ella. Minerva observó su cuerpo con ojo clínico. Tan sólo había estado con un chico en Hogwarts y aquel no había tenido tan buena pinta como Rosier. Por un segundo, se permitió el lujo de fantasear con él. Se imaginó a sí misma aproximándose al Slytherin hasta que sus cuerpos estuvieran pegados. Se dijo a sí misma que su piel debía ser suave y tersa y creyó escuchar el gemido de placer que el proferiría cuando le tocara la polla. Que, por cierto, no era nada del otro mundo. Resultaba un tanto decepcionante en mitad de todo el conjunto. Sentirla dentro no hubiera sido nada legendario.

Agitó la cabeza. No estaba allí para eso. Rosier le dio la espalda, dejando a la vista dos nalgas un tanto diminutas, y se metió en el agua. Minerva aprovechó la oportunidad y llevó a cabo su transformación. Cuando ese inútil se levantara por la mañana, tendría razones más que sobradas para no querer jugar al quidditch nunca más.


El profesor Dumbledore le pidió que permaneciera en el aula de Transformaciones después de la clase. Minerva recogió sus pergaminos, el tintero y la pluma y se plantó delante de su mesa. Tenía una vaga idea de lo que quería preguntarle y por una vez, y sin que sirviera de precedente, no se planteaba ser sincera con él.

—Señorita McGonagall. ¿Ha tenido usted algo que ver con el cambio físico que recientemente ha experimentado el señor Rosier?

Le habían crecido unas bonitas orejas de burro. Minerva tuvo que contenerse para no comenzar a reír a carcajadas.

—Por supuesto que no, profesor.

Dumbledore asintió. Era difícil suponer si creía en su palabra o no.

—Entiendo. Aun así, sería conveniente que volviera a la normalidad lo antes posible, ¿no le parece?

Minerva se encogió de hombros, indiferente ante el sufrimiento de su compañero de escuela.

—Por mí, que se quede así hasta que Gryffindor gane la Copa de Quidditch.

El profesor Dumbledore alzó una ceja. Minerva se mantuvo firme como una roca. Al cabo de unos segundos, volvió a hablar.

—¿Puedo retirarme ya, profesor?

—Por supuesto, señorita McGonagall.

Minerva abandonó el aula pensando que, en efecto, Rosier seguiría pareciendo un asno durante lo que restaba de curso. No pensaba apiadarse de él. Era un tramposo y un mal compañero. En cierto modo, era culpa suya que hubieran perdido aquel primer partido el curso. Minerva se sentía ultrajada y esa sensación sólo se aliviaría cuando tuviera la copa entre sus manos.