HISTORIAS DE HOGWARTS 2.0

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


Hola, holita.

Después de mucho tiempo sin escribir nada en "Historias de Hogwarts", he decidido retomar este proyecto. Lo empecé hace muchísimos años y desde entonces he cambiado mucho como ficker. Por ese motivo, he decidido empezar desde el principio. Porque me apetece retomar personajes sobre los que ya había escrito y porque no quiero dejarme a ninguno en el tintero.

Como ya hiciera la primera vez, escribiré sobre todos. Personajes principales, secundarios, terciarios, sólo nombres… Todos tendrán su espacio en este fic. Seguiré el orden alfabético que nos da la propia página de Fanfiction y los capítulos podrán tener cualquier extensión y temática.

Espero que me acompañéis en esta nueva etapa y disfrutéis del proceso conmigo. Y para empezar, nos quedaremos con el primer personaje de la lista. Armando Dippet.


ARMANDO DIPPET

Brujo. Director de Hogwarts desde el año 1920 hasta 1952.

Albus Dumbledore y la Cámara de los Secretos

1

Armando Dippet podía decir, sin temor a equivocarse, que Albus Dumbledore era el alumno más brillante que había tenido jamás. Desde su primera clase de Encantamientos, el joven brujo hizo gala de un talento extraordinario para el noble arte de la magia. Albus era aplicado, inteligente, cortés y ambicioso. Tan ambicioso que, a veces, Armando se preguntaba cómo era posible que no hubiera terminado en Slytherin. No obstante, el Sombrero Seleccionador lo había enviado a Gryffindor porque el muchacho también era valiente y un gran valedor de la justicia. Más de una vez había defendido a otros estudiantes cuando eran acosados por sus compañeros y su mejor amigo, Elphias Doge, era un chiquillo un tanto torpe y olvidadizo. A veces, Dippet pensaba que lo había acogido bajo su ala sólo porque pretendía protegerlo de los demás.

Cuando la profesora Siskind comentó a sus compañeros que le preocupaba el exagerado interés que Albus demostraba por la Cámara de los Secretos de Salazar Slytherin, Armando pensó que exageraba. Sabía bien que Siskind no sentía mucha simpatía por el muchacho. Decía de él que era prepotente y demasiado listo para no resultar problemático.

—Le digo que su comportamiento no es normal, profesor Dippet —Tegan Siskind hablaba con vehemencia absoluta—. Esta semana lo he pillado dos veces leyendo sobre el tema durante mis clases.

—Quizá el señor Dumbledore no se siente lo suficientemente estimulado.

Armando no pensaba decirlo en voz alta, pero todos en Hogwarts sabían que las clases de Astronomía de la profesora Siskind tenían fama de ser muy aburridas. De hecho, un par de colegas le miraron expectantes, como si esperaran a que soltara la bomba. Pero no. No quería hacerla enfadar.

—¡Por Merlín, Armando! Si hasta Binns se ha quejado de que el chico se despista en clase.

—¿Binns?

—Binns.

Ante aquella declaración, algunos compañeros parecieron darle la razón a la mujer. El comportamiento de Albus debía ser muy escandaloso para que incluso él se diese cuenta. Binns no era el fantasma más atento del mundo.

—Seguramente sea una fase. Todos los estudiantes pasan por una.

—Pero no todos pretenden abrir la Cámara Secreta.

—Dudo que sea eso lo que el señor Dumbledore desea.

La profesora Siskind le miró como si estuviera harta de discutir con él. Recogió el montón de pergaminos que debía corregir y abandonó la sala de profesores.

—Estaré en mi despacho.

No hizo falta que nadie la despidiera. Y aunque Armando Dippet no daba mucho crédito a sus palabras, no podía dejar de pensar en lo que había dicho. Albus Dumbledore era un Gryffindor y supuestamente la Cámara de los Secretos sólo sería abierta por el heredero de Salazar Slytherin. Si había una persona en el mundo mágico con menos pinta de ser tal cosa, ese era el joven Albus. Pero el chico también era inteligente y a Armando no le cupo la menor duda que, de haberlo deseado, podría haber abierto la cámara.

En eso pensaba mientras se dirigía al aula de Transformaciones. Necesitaba preparar algunas cosas para las clases del día siguiente. Le gustaba muchísimo enseñar. Al principio, ser profesor en Hogwarts no había entrado en sus planes de futuro, pero no se arrepentía de haber aprovechado la oportunidad que le brindó el destino. Llevaba en la escuela un buen puñado de años y no sentía deseos de trabajar en otro lado. Hogwarts era su hogar.

Resultaba curioso que muchos profesores dijeran lo mismo. Aunque tuvieran sus propias familias y una casa lejos de allí, todos consideraban el castillo como parte de sí mismos. Armando tenía esposa y una hija, pero no se imaginaba viviendo lejos de Hogwarts. Aunque el matrimonio a veces se resintiera por las ausencias prolongadas, esperaba estar allí todo el tiempo que tuviera por delante.

La idea se le pasó por la cabeza de forma repentina. ¿Y si alguien abría la Cámara Secreta? ¿Qué pasaría con Hogwarts y sus estudiantes? ¿Y si el joven Albus o cualquier otro se dejaban llevar por la ambición y hacían lo impensable? Sería terrible, sin duda. Pero no. Dumbledore no lo haría. Sólo era un Gryffindor que a veces, sólo a veces, podía ser un poquito Slytherin.

—Buenas tardes, profesor Dippet.

La presencia del estudiante le sobresaltó. Había estado tan ensimismado que no vio a Albus Dumbledore acercándose por el pasillo. Se había quitado la corbata del uniforme y llevaba un ejemplar de "Mitos y leyendas del mundo mágico" bajo el brazo.

—Buenas tardes, Albus —Pese a la sorpresa inicial, su voz sonó amable. Señaló el libro con un gesto—. Una lectura interesante.

—Realmente lo es. Últimamente he leído mucho sobre Hogwarts. Todos los estudiantes deberían conocer sus historias.

—¿Hay alguna que le guste más que las demás?

Armando hizo la pregunta con toda la intención del mundo. Dumbledore se encogió de hombros.

—Todo lo que rodea a los Fundadores es muy emocionante. ¿Ha escuchado la leyenda de la Cámara de los Secretos?

Armando se estremeció. El joven estaba siendo realmente osado. Dudaba mucho que hubiera mencionado aquel asunto invadido por la inocencia. Pretendía provocarle. Por fortuna, el profesor logró recomponerse y se mostró tranquilo.

—Por supuesto. Es la primera historia que contamos a los profesores cuando empiezan a trabajar aquí.

El joven Albus sonrió. El flequillo le cayó sobre los ojos y lo apartó agitando la cabeza.

—Si algún día se abriera… —Dumbledore pareció buscar las palabras—. No sería bueno, pero el mago que lo hiciera sería digno de admiración. Tendría que ser realmente poderoso.

—Posiblemente su alma estaría corrompida por el odio y la ambición.

El chiquillo se encogió de hombros otra vez.

—Puede ser. Si me disculpa, profesor, debo volver a mi sala común.

—Espero que su presentación de mañana esté a la altura.

—Lo estará, señor. No se preocupé.

Albus se despidió con un gesto. Armando Dippet se quedó inmóvil en el pasillo durante unos segundos. Había algo extraño en los ojos del muchacho, pero no sería capaz. Ni ahora ni nunca.


2

Era terrible. Monstruoso. Lo peor que le había pasado en la vida. Y con mucha diferencia.

Esa pobre niña muerta. La criatura asesina de Slytherin rondando por el castillo. Todos estaban en peligro y Armando Dippet se sentía sobrepasado por los acontecimientos. Estaba aterrado y era incapaz de reaccionar. Lo único en lo que podía pensar era en cerrar Hogwarts. Le rompería el arma tener que hacerlo, pero no podía dejar que muriera ni un solo alumno más.

Pobre niña, por Merlín. ¿Cómo iba a decírselo a sus pobres padres?

—Señor director… Armando. ¿Se encuentra bien?

Era Albus Dumbledore. Un tipo con clase. Estaba allí plantado, con su barba corta bien arreglada y esa túnica tan elegante. Parecía un brujo adinerado y de renombre, aunque posiblemente sólo era lo segundo. Y si no era rico se debía única y exclusivamente a que no estaba interesado porque no existía en todo el mundo mágico un mago como él. Armando sabía bien que podría haber sido cualquier cosa y optó por ser profesor de Encantamientos en Hogwarts. Todo un honor para él. Un desperdicio según algunos compañeros brujos.

—¡Oh, Albus! Pobre niña. Pobrecita niña.

Se echó a llorar. En su juventud, apenas era capaz de hacerlo. Alguien le había dicho una vez que tenía el corazón más duro que una piedra, pero conforme se fue haciendo mayor sus emociones se desbocaron. Especialmente el llanto. Armando era capaz de llorar ante el más mínimo estímulo y ahora, esa niña se moría. No podía creerlo. Era espantoso.

—¡Cleitus!

Un elfo doméstico de largas orejas y nariz rota hizo acto de presencia. Miró a Dumbledore con los ojos abiertos como platos, fascinado por su inmenso poderío. A Armando no le gustaban mucho los elfos. Le parecían feos y desagradables, aunque fuesen inmensamente útiles en Hogwarts.

—Prepara una tila para el director Dippet, por favor.

El elfo desapareció sin decir ni una palabra. Albus Dumbledore arrastró una silla hasta colocarla junto a Armando y se sentó a su lado.

—Lo ocurrido es una auténtica tragedia, pero no podemos regodearnos en las lamentaciones. Debemos actuar de forma inmediata.

Armando se sorbió los mocos. Como siempre, Albus tenía razón.

—Si no logramos averiguar quién ha abierto la Cámara de los Secretos, tendremos que cerrar Hogwarts.

Dippet asintió y se limpió las lágrimas. Empezaba a sentirse avergonzado y patético.

—¿Sospecha de alguien, Albus?

Dumbledore permaneció callado largo rato. Cuando habló, lo hizo con suma prudencia.

—No tengo pruebas contra nadie.

—Sí sospecha de alguien.

Dumbledore asintió.

—¿De quién?

—Del señor Ryddle.

A Armando no le pilló por sorpresa que revelara aquel nombre. Más de una vez había intentado advertirle sobre el chico, comentando que no debían quitarle ojo de encima. Pero a él no le parecía que fuese sospechoso. Al igual que el propio Dumbledore en su juventud, Ryddle sólo era un muchacho talentoso y ambicioso. Nada más que eso.

—A mí me parece un joven encantador.

—Porque lo es.

—¿Entonces?

—Hay algo en él que no me gusta.

Armando tuvo que reírse. El elfo regresó justo en ese instante y le entregó su tila. Tenía la temperatura perfecta y Armando se la bebió de un solo trago. Tardaría aún un poco en sentirse reconfortado.

—Es curioso que digas eso, Albus. Cuando tú eras estudiante, muchos profesores afirmaban lo mismo de ti.

Dumbledore también sonrió.

—Justo lo que suponía.

—¿Puedes explicarme por qué debería preocuparme por él?

—Porque somos muy parecidos, Armando —Albus suspiró—. Sé cómo piensa Ryddle porque un día yo pensé igual. Y es peligroso.

—Pero… —Armando no daba crédito—. Es muy joven. Es sólo una etapa.

—Puede que lo sea, pero se le olvida que existe una diferencia entre nosotros.

—¿Cuál?

—Cuando yo fui estudiante, nadie abrió la Cámara de los Secretos.

Dippet se estremeció. Nuevamente se sintió muy perdido. No tenía ni la menor idea de lo que hacer.

—No tiene que decir nada ahora, Armando. Lo primero es avisar a los padres de la alumna fallecida. Ya pensaremos en Ryddle después.

Armando asintió. De haber podido, en ese mismo momento hubiera presentado su carta de dimisión. Albus Dumbledore podría haberse ocupado de la dirección de Hogwarts. Sin duda alguna, podría hacerlo mejor que él mismo.


3

—Otra vez.

Albus Dumbledore miró al cuadro del profesor Dippet. Se le veía preocupado y nervioso.

—Así es, Armando. Otra vez.

—¡Oh, no! ¡Qué horrible tragedia! ¿Ha habido muertos esta vez?

—Por suerte, sólo tenemos alumnos petrificados.

—Bien. Mejor así.

Armando Dippet reflexionó sobre la información que acababa de recibir. ¿Qué clase de criatura era capaz de petrificar y asesinar? Nunca había sido un experto en animales fantásticos, pero bastaba con tener unas nociones básicas para llegar a una única conclusión.

—¡Por Merlín, Albus! ¡Un basilisco!

El director de Hogwarts sonrió. Era una sonrisa triste y satisfecha al mismo tiempo.

—Eso mismo pienso yo.

—Pero, ¿quién? Ryddle se esfumó hace mucho.

—Eso es cierto, pero estoy convencido de que está detrás de todo esto. De alguna manera, siento su influencia.

Por un instante, Armando pensó que el pobre Albus se había vuelto loco. Pero no. Era demasiado inteligente como para no tomarse en serio sus palabras.

—Ryddle está muerto.

La respuesta fue inmediata.

—No lo creo.

—Entonces, ¿qué crees?

Albus suspiró y comenzó a pasear por el despacho, ordenando sus pensamientos.

—Creo que Ryddle era demasiado listo, demasiado talentoso. Creo que encontró la forma de engañar a la muerte y que pronto regresará para procurar terminar lo que un día empezó.

Pese a ser un simple retrato, Armando Dippet se estremeció de puro horror. En vida, había sufrido a demasiados señores tenebroso. Y en muerte, también.

—Debemos impedirlo.

—Haré todo lo posible, Armando. Mientras tanto, me centraré en encontrar al responsable de lo que está ocurriendo. Ryddle aún no tiene poder suficiente para actuar por su cuenta, pero está claro que todo esto es cosa suya.

—No dejes que muera ningún niño más.

—No lo haré. No te preocupes.

Armando Dippet asintió. Se sentía mucho más tranquilo, así que volvió a hacer lo que habitualmente hacían los cuadros. Nada.


Y hasta aquí voy a llegar por hoy. Estaré encantada de leer vuestras opiniones hechas reviews.

Besetes.