HISTORIAS DE HOGWARTS 2.0

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


AIDAN LYNCH

Brujo. Buscador del equipo Nacional Irlandés de Quidditch en la Copa Mundial de 1994.

El Amago de Wronski

El Amago de Wronki es una maniobra teóricamente sencilla. Consiste en bajar en picado desde gran altitud para confundir al otro buscador y luego subir repentinamente para que éste se estrelle contra el suelo. Todo buscador profesional de quidditch la conoce y sabe llevarla a cabo, pero a Aidan Lynch le costó la derrota en la última Copa Mundial.

Todo el mundo le repite que no fue culpa suya, que jugó un buen partido, que su equipo estuvo a punto de obtener la victoria. Nadie le reprocha nada a Aidan salvo el propio Aidan. Tal vez, si hubiera entrenado un poco más, si su técnica fuese un poco mejor, si se concentrase al cien por cien en los partidos, a lo mejor así podría lograr la victoria algún día.

Aidan vuela y vuela. En el campo de entrenamiento, en el valle cercano a su casa. Siempre que tiene un hueco, practica esa jugada. Y lo hace solo o con compañía. De día o de noche. Recién comido o con la barriga vacía. Vuela hasta que no puede más. Y volará hasta alcanzar la perfección. No piensa dejar que le vuelvan a vencer de la misma manera. Nunca jamás. Bajo ninguna circunstancia.

—¡Aidan!

Apenas escucha la voz femenina. Prefiere no hacerle caso. Tiene que entrenar.

—¡Aidan!

Gira la cabeza. Allí está ella, en pie frente a la puerta de casa y con los brazos en jarra. Sabe que mientras él vuela, Geena pierde la paciencia. Le ha pedido varias veces que practique menos, que pase más tiempo en casa, que necesita charlar con él y volver a tener un marido, pero Aidan no puede permitirse perder el tiempo. Necesita volar. Entrenar. Practicar. Ser perfecto.

—¡AIDAN!

Ya no puede hacerse el sordo más. Disminuye la velocidad de su escoba y comienza a descender. Sólo entonces se da cuenta de que llueve y él está empapado. Debe lucir patético, con todo el pelo pegado en la cara y la túnica sucia de barro. Conforme se acerca a Geena va viendo lo enfadada que está.

—¿Tú has visto qué hora es?

Prácticamente le grita. Ya es casi de noche. Debe ser muy tarde. Y salió a entrenar al amanecer. Tan solo paró un rato para comer, pero Geena no estaba.

—Mírate. Te vas a poner enfermo.

Aidan tose. Tampoco se había dado cuenta de que la garganta le pica.

—El tiempo se me ha pasado volando.

Y realmente no pretendió hacer un chiste. Geena frunce el ceño aún más.

—Vas a terminar matándote. Si no te estampas contra el suelo, desfallecerás de cansancio.

Aidan piensa que exagera. Se pregunta cuánto tiempo más lo va a tener ahí plantado, pero ella vuelve al interior de la casa y no le regaña más. Es raro. Normalmente las charlas después del entrenamiento duran más. Es tan raro que Aidan no sabe qué hacer ahora. Puede que ir a darse un baño sea buena opción.

Cuando regresa a la cocina, ataviado con ropa limpia y oliendo a colonia, Geena está comiéndose un trozo de pollo. Sigue con la misma cara de antes y Aidan decide congraciare con ella. Sin embargo, la mujer se le adelanta.

—Mañana me voy a casa de mi madre.

Aidan se sobresalta.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque salí de cuentas hace tres días y tú no me haces ningún caso. No quiero dar a luz sola, mientras el idiota de mi marido juega al quidditch en el jardín.

Aidan nota cómo le arde la cara y mira la barriga abultadísima de Geena. Sí. Ahí dentro está su bebé. Y le avergüenza reconocer que en los últimos días no ha pensado nada en él. Ha estado demasiado obsesionado con el quidditch como para prestarle atención a su familia.

—No hagas eso, Geena.

—¿Por qué no? A ti no te importa lo más mínimo si estoy aquí o en el fin del mundo.

—Eso no es verdad.

—Pues no es lo que parece.

Aidan suspira. Extiende una mano y la mira a los ojos.

—Tienes razón. Y lo siento mucho. Lo que pasa es que la derrota en el Mundial me está consumiendo por dentro. Estábamos a punto de ganar y todo se fue al traste por mi culpa.

Geena no le dice que no fue culpa suya. Debe estar harta de repetírselo.

—Pero te prometo que esto se acabó. No quiero perderme el nacimiento de mi hijo.

Ahora sí, la mujer suaviza su expresión. No sonríe, pero le falta muy poco.

—¿Estás seguro?

—No volveré a subir en la escoba hasta que nazca el niño. Y, después, pasaré con vosotros todo el tiempo que haga falta —Aidan le acaricia el rostro, sabedor de que esa victoria sí es suya—. Pero no te vayas con tu madre, por favor. Harás que me odie.

Geena se ríe. Le da un beso en los labios, pero lanza una última advertencia.

—Ni se te ocurra fallarme, Lynch.

—Ni por la Copa del Mundial de Quidditch.


Y por aquí otro capítulo más. Este personaje apenas es un nombre, así que he hecho con él lo que he podido.

Besetes.