HISTORIAS DE HOGWARTS 2.0
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
ABERFORTH DUMBLEDORE
Brujo. Propietario de Cabeza de Puerco. Miembro de la Orden el Fénix
Una tarde en el Ministerio de Magia
—¿No tiene nada que declarar?
Aberforth negó con la cabeza, negándose una vez más a mirar al oficial al cargo. En su opinión, los hechos estaban bastante claros. Aquel brujo inútil le había molestado y él se limitó a darle su merecido. Poco le importaba que el duelo mágico se considerara ilícito o que esos mequetrefes le acusaran de herir a su rival. Él había hecho lo que tenía que hacer. Preservó su honor y, si eso significaba pasar unos meses en Azkaban, bienvenidos fueran.
—Llévenlo a su celda.
Dos aurores lo agarraron por los brazos y tiraron de él sin más contemplaciones. Aberforth estaba enfadado. Le habían quitado su varita y tenía que dejar que lo trataran de esa manera. Si tan solo le dieran la oportunidad de defenderse, dejaría bien claro quién era un mago poderoso y quién no.
Una vez llegados a su destino, se recostó en el camastro. Estaba cansado. Desde la pelea no le habían dejado pegar ojo. Y también tenía hambre. Uno de los guardias le había dicho que le llevarían algo para cenar. Basura, seguramente. No sabía quién se encargaba de la comida de los reos, pero estaba claro que no tenía buena mano para ello. Suspirando, cerró los ojos y respiró hondo varias veces. Necesitaba calmarse un poco. Pronto se dictaría su sentencia y no necesitaba agredir a ningún funcionario. Otra vez.
Aberforth se quedó dormido antes de la cena. Tuvo un bonito sueño en el que recogía manzanas junto a Ariana y se despertó cuando uno de los guardias golpeó la puerta de su celda.
—¡Dumbledore! ¡Tienes visita!
Se incorporó, quedando sentado en el catre. No le sorprendió nada ver a Albus allí. Y no le hizo ni pizca de gracia.
—¡Vaya! A quién tenemos aquí.
—Buenas tardes, Abe.
—Pensé que no se me permitía tener visitas. ¿Otra vez utilizando tus influencias, Al?
Albus fingió no ser consciente del tono pretendidamente hiriente de su hermano. Rodeó los barrotes con ambas manos y le miró fijamente. Aberforth debía reconocer que tenía clase, el muy cabrón.
—¿Cómo estás?
Aberforth también se acercó a la puerta, pero no llegó a tocar los barrotes. Torció el gesto al hablar.
—Mejor que el otro tipo —Sonrió, orgulloso de sus acciones—. ¿Ya te han informado de lo que ocurrió?
—Espero que quieras contármelo tú.
—¿Para qué?
Albus no respondió. Le observó detenidamente, tal vez para cerciorarse de que seguía de una pieza. Aberforth se sintió muy incómodo. Se cruzó de brazos y le miró con todo el rencor que fue capaz de reunir.
—Un imbécil metió las narices en mis asuntos y se llevó su merecido. Punto.
—Ya veo —Albus soltó los barrotes y se metió las manos en los bolsillos—. Por si te interesa saberlo, sigue internado en San Mungo.
—Está vivo. Bien por él.
Albus suspiró con hastío. Aberforth estaba en guardia, preparado para el siguiente envite. Con su hermano siempre era igual. No podía dejar que fuese de otra manera.
—No puedes seguir comportándote así, Abe.
—¿Insinúas que debo esconder la cabeza debajo de la tierra y no asumir mis responsabilidades? Porque no sé si podría superarte. Tal vez sea mejor ni intentarlo siquiera.
Albus se puso rojo. Genial. Con un poco de suerte, se iría y dejaría de provocarle dolor de cabeza. Pero no lo hizo. Tardó casi un minuto en encajar el golpe, pero no perdió la compostura. También era un experto en eso.
—Sabes que no podía.
—Y tú sabes que me importa un carajo. Déjame en paz.
—Tampoco puedo hacer eso —Y Albus añadió unas palabras del todo innecesarias—. Eres mi hermano.
Sí. Aberforth lo sabía bien. Lo supo desde que eran pequeños y el magnífico Albus Dumbledore atraía las miradas de propios y extraños. Lo supo cuando se hizo amiguito de Grindelwald y cuando se murió Ariana.
—Tienes mi permiso para olvidarme. Que no te corroa la conciencia.
—Abe. Cállate.
Eso sí fue inesperado. Lo más normal era que, después de un par de improperios, su hermano saliera con el rabo entre las piernas, pero no esa vez. Esa vez, Albus conjuró una silla y se puso cómodo. Iba para largo. Abe seguía estando cansado, así que se dijo que no pasaba nada por hacer lo mismo.
—Aunque te moleste, voy a intentar sacarte de aquí.
Aberforth quiso protestar. Albus alzó una mano y le interrumpió.
—He dicho que te calles —Y Abe cerró la boca—. Como te decía, voy a hacer todo lo que pueda para sacarte de aquí, pero no sé hasta qué punto tendré éxito.
—Se comenta por ahí que no caes muy bien al señor Ministro —Aberforth fue burlón—. Hasta te han tenido medio prisionero en Hogwarts. ¿O cómo es eso?
—Si no te importa, entraremos en detalles en otra ocasión.
Tenía toda la pinta de querer darle las explicaciones posteriormente. Aberforth tuvo que recordarse que no le interesaban lo más mínimo.
—Si consigo que te liberen, debes prometerme una cosa.
—Y aquí vienen las condiciones. ¡Cómo no!
—No será nada que no puedas cumplir —Albus le sonrió. Cuando lo hacía de esa manera, quedaba patente que había heredado parte de la calidez que un día tuvo Kendra Dumbledore—. Lo único que quiero es que dejes de meterte en líos. Encuentra algo que te guste y encauza tu vida de una vez.
Aberforth pensó que Albus era realmente testarudo con ese asunto. Desde que eran jóvenes, había insistido para que fuese alguien de provecho. Y tal vez tuviese razón. Llevaba muchos años vagando por el mundo como un títere sin cabeza y estaba cansado. Necesitaba volver a tener un hogar, un sitio al que acudir cada noche a descansar. Ya había dormido bajo demasiados puentes en los últimos tiempos.
—Haré lo que pueda.
No dijo aquello porque necesitara la ayuda de Albus, por supuesto que no. Ni ese día ni nunca.
—Me conformo con eso —Albus volvió a sonreír. A continuación, se sacó algo del bolsillo y se lo enseñó. Abe observó el objeto desde la distancia y escuchó con atención—. Cuando Gellert y yo éramos jóvenes, hicimos un juramento de sangre. Prometimos que nunca alzaríamos la varita el uno contra el otro. Por eso no podía batirme en duelo con él.
Aberforth notó cómo se le encrespaban los pelos de la nuca. Una parte de sí mismo le gritó que no creyera aquella historia, pero él sabía bien cómo leer la honestidad en los ojos de su hermano. No mentía. Un poco de arrepentimiento le arañó el corazón. Durante años, creyó que Albus no se enfrentaba a aquel monstruo porque era un cobarde, porque aún sentía algo por él.
—Ahora podré hacerlo, pero mientras me preparo, necesitaré de ti.
Y ahí venían más condiciones. Lo de ante fue demasiado bonito para ser verdad.
—Siempre y cuando tú quieras ayudarme.
Aberforth entornó los ojos. Su primer impulso fue decir que no, pero no pudo hablar. Ya no estaba seguro de nada.
—¿Qué puede hacer este simple mortal por el grandioso Albus Dumbledore?
Albus le miró fijamente. Posiblemente quería crear expectación. Lo estaba consiguiendo.
—Quiero que seas tú mismo, Abe.
La respuesta le dejó consternado y confundido.
—Acabas de decir que debo cambiar.
—He dicho que cambies tu vida. Tú estás bien tal y como estás —Albus se encogió de hombros—. Aunque no negaré que necesitas pulir un par de cosas.
—Por supuesto —Abe mostró todos los dientes. Albus seguía sin quitarle los ojos de encima. Empezaba a incomodarle.
—Necesito —En esa ocasión, Albus sonó casi temeroso—. Necesito al Abe que sabía cómo cuidar de Ariana.
Aberforth se tensó. Odiaba hablar con Albus sobre Ariana. Aquella charla empezaba a gustarle un poco. ¿Por qué lo había estropeado?
—Tú siempre la comprendiste mejor que yo. Sabías cómo calmarla. Creo que eso es lo que te hace especial.
Aberforth controló la nube negra que crecía en su cabeza. Su parte racional insistía para que se calmara. Si Albus había mencionado a su hermana, sabedor de cómo reaccionaba cuando lo hacía, debía ser por una razón de vital importancia. Tenía que escucharle.
—Un brujo puede aprender muchas cosas a lo largo de su vida, pero tú tienes algo innato que pocos más poseen.
—¿Una paciencia infinita?
—La capacidad de calmar a un obscurial.
Aberforth se puso en pie. No estaba enfadado, sino espantado.
—¿Qué dices? Ariana era mi hermana. Yo sólo hacía lo que tenía que hacer.
Albus chasqueó la lengua y negó con la cabeza despacio. Muy despacio.
—No, Abe. Eras más que su hermano. Ni siquiera madre lograba anclar al obscurus como tú lo hacías.
Fue su propia madre la que un día les explicó lo que era un obscurus y les habló de todo lo que le había ocurrido a Ariana. Pese a que entonces ellos eran muy jóvenes, la mujer no se anduvo con remilgos. Quería que sus hijos supieran la verdad para que pudieran obrar en consecuencia. Aberforth había sentido mucho miedo. Porque Ariana corría un grave peligro y porque la oscuridad que invadía su ser podría matarlos a todos, pero ese miedo se disolvió la primera vez que logró consolar a su hermana.
Fue una fría tarde de invierno, en casa. Faltaba poco para Navidad y madre los había dejado solos para comprar unas viandas. Un par de troncos rodaron fuera de la chimenea y prendieron las faldas de la mesa. El fuego creció con rapidez y, mientras Albus luchaba contra él, Ariana entró en pánico. El obscurus se hizo patente y Abe se plantó frente a ella y empezó a hablarle. No recordaba qué le había dicho, pero aún podía ver a Ariana llorando entrecortadamente. Podía sentirla agarrada a su cuello mientras la oscuridad desaparecía.
—Gellert está reuniendo un ejército —La voz de Albus lo trajo de regreso al presente—. Entre sus filas se encuentra un muchacho llamado Credence. Es un joven que ha sufrido mucho daño a lo largo de su breve existencia.
—¿Un obscurian?
Albus asintió. Aberforth notó cómo la boca se le quedaba seca.
—Yo no conozco a ese chico. No creo que pueda hacer algo para ayudar.
—Yo creo que sí.
—¿Pretendes que me juegue el pellejo sólo porque tú lo crees?
—Sólo quiero que me ayudes a arreglar lo que estropeé, Abe.
Aberforth se sintió furioso. Mejor así. No podía permitirse sentir por Albus otra cosa que no fuese ira ciega.
—Pero si aún lo llamas Gellert.
Nuevamente consiguió callar a Albus. Otra vez pasó un largo tiempo hasta que él respondió.
—No te voy a mentir, Abe. Todavía tengo la esperanza de conseguir que cambie.
—No puedes ser tan ingenuo.
—Estoy bastante convencido de que conozco a Grindelwald mejor que nadie. Sé todo lo malo que hay dentro de él, pero también tiene un lado bueno.
—Y te aferras a él.
—No. Me limito a no darlo por perdido.
Aberforth suspiró. Dudaba mucho que Grindelwald tuviera salvación, pero de todas formas no dijo nada. Si había un Dumbledore más cabezota que él mismo, ése era Albus.
—¿Me ayudarás?
Albus parecía impaciente por escuchar una respuesta que aún no podía darle.
—Tengo que pensarlo.
—Bien —El brujo se levantó y otra vez agarró los barrotes—. Tómate tu tiempo. Mientras, veré qué puedo hacer para ayudarte.
Se marchaba. Aberforth lo miró mientras se alejaba por el pasillo y, antes de que desapareciera de su vista, las palabras se le escaparon de la boca.
—Al. Gracias.
Albus sonrió, satisfecho. Él se arrepintió de inmediato, pero qué demonios. Una pequeña tregua no le hacía mal a nadie.
Creo que Dumbledore me gusta más desde que es Jude Law. Es que no puede ser más atractivo XDD.
Besetes y hasta pronto.
