HISTORIAS DE HOGWARTS 2.0

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


ALBUS DUMBLEDORE

Brujo. Director del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

El día del fin del mundo

—Abe, cielo. Bájate del árbol.

El niño miró a su madre con los ojos entrecerrados y negó enérgicamente con la cabeza. ¿Por qué bajar? Estaba perfectamente bien ahí arriba, gracias.

—Como tenga que ir a por la varita para bajarte yo…

Kendra dejó la frase sin terminar. Abe seguía mirándola y reflexionando sobre lo que podría pasarle. No había que ser tan inteligente como Albus para darse cuenta de que llevaba las de perder. Pero, ¿qué podía hacer? No le apetecía nada encerrarse en casa para leer un libro. Y madre quería precisamente eso, que siguiera el ejemplo de Albus y estudiara. Y a él le aburría tantísimo estudiar que volvió a negar con la cabeza.

Kendra suspiró y puso los ojos en blanco.

—Está bien. Procura no caerte, cielo.

Abe calculó la distancia hasta el suelo. Definitivamente se había subido más alto que nunca, pero no pensaba caerse. Si se rompía algún hueso (otra vez) lo llevarían a San Mungo y le darían una poción horrible y le obligarían a quedarse quieto durante por lo menos una hora. Y eso no podía ser.

Kendra, por su parte, entró en casa. Se había dejado la varita en la mesa de la cocina, al lado de los libros de Albus. Sus hijos siempre habían sido muy distintos. Pese a que aún no había comenzado a estudiar en Hogwarts, Albus adoraba estudiar magia. Era calmado y reflexivo, amable y maduro para su edad. Abe alguna vez dijo que era un repelente y Kendra reconocía, internamente, que tenía su parte de razón. De la misma manera que Albus tenía razón cuando decía que Abe estaba asilvestrado, siempre trepando árboles, buscando haditas de jardín entre los arbustos y saltando en los charcos. No pasaba un día sin que se manchara toda la ropa y, en el cómputo de visitas a San Mungo, ganaba a Albus por 3 a 0.

Menos mal que Abe era el único inquieto de sus tres hijos. Albus era muy responsable pese a su corta edad y Ariana era una dulzura de niña. A Percival se le caía la baba con ella y estaba convencidísimo de que sería la más poderosa de los tres hermanos Dumbledore. Tan guapa, tan tímida, tan tranquila. Kendra podía dejarla perfectamente jugando con sus muñecas para dedicarse a vigilar a Abe, que nunca hacía ninguna trastada.

—¿Otra vez en el árbol? —Le preguntó Albus cuando la vio coger su varita. Apenas despegó la vista del libro que tenía entre manos.

—Otra vez en el árbol —corroboró Kendra con una sonrisa resignada.

Albus bufó.

—¿Cuándo madurará?

Kendra se rio internamente. Aberforth sólo tenía siete años. Se comportaba exactamente como lo haría cualquier niño de su edad, pero la mente de Albus trabajaba de forma poco convencional. Le apretó un hombro en un gesto cariñoso y miró a su alrededor.

—¿Y Ariana?

Había estado jugando en su rincón de la cocina. De hecho, las muñecas seguían allí.

—Creo que ha ido a su cuarto.

Kendra asintió, poco preocupada por su hija, y fue a rescatar a Abe. El niño seguía encaramado al árbol, con cara de estar pasándolo en grande.

—Abe. Voy a bajarte, ¿de acuerdo? No te agarres a las ramas o te lastimarás.

No protestó. El chiquillo se dejó hacer y Kendra lo levitó con cuidado hasta el suelo. Una vez abajo, lo cogió de la mano para obligarle a entrar en casa.

—Tienes que dejar de hacer eso. Algún día te caerás y te harás mucho daño.

—¡Qué va, madre! Soy un experto trepador.

—No lo pongo en duda, pero los accidentes ocurren.

Ya estaban en la cocina. Kendra se puso delante de él y le puso las manos en los hombros.

—Ya sabes qué toca ahora, ¿no?

—Estudiar.

Lo dijo absolutamente resignado, como si le estuvieran obligando a pasar el resto de su vida en una mazmorra. Kendra conjuró los cuadernos para que practicara matemáticas y caligrafía y buscó de nuevo a Ariana. Era raro que no hubiera regresado.

—¿Seguro que tu hermana está en su cuarto?

Albus sí la miró esa vez. Estaba muy ocupado ignorando al resto del mundo, pero el tono de voz de su madre sonaba preocupado. Asintió dubitativamente, poniéndose de pie muy despacio.

—Voy a ver qué hace.

Kendra abandonó la estancia. Albus miró a Abe, quien parecía estar planteándose la posibilidad de salir al jardín de nuevo.

—Ni se te ocurra.

Se plantó frente a él, con los puños apretados y la nariz alzada. Abe se preparó para arrollarlo con un hombro. Sabía que podría reducirle si le daba un buen golpe en el estómago porque, aunque Albus era el hermano mayor, estaba más delgado que Abe y sólo era un poco más alto. Sin embargo, no tuvo tiempo de actuar.

—¡Ariana!

Era madre llamando a su hermana. A Albus se le erizaron los pelos de la nuca. Madre casi nunca hablaba así, como si estuviera inquieta de verdad. Cuando volvió a la cocina, Kendra estaba pálida.

—Niños, ¿dónde está vuestra hermana?

Los hermanos se miraron. Ninguno contestó. Madre agarró de nuevo a Abe por los hombros. Esa vez lo sacudió un poco y el niño dio un paso atrás.

—Aberforth, ¿has visto a Ariana?

Él negó con la cabeza. Albus no le quitaba ojo de encima. Sabía cuándo Abe mentía y esa vez lo estaba haciendo.

—No pasa nada si la has visto, pero tienes que decírmelo.

Abe agachó la mirada y al final asintió.

—Antes. En el árbol. Estaba en el camino.

Señaló hacia la ventana. Kendra lo soltó, agarró con decisión la varita y se dispuso a marcharse.

—No salgáis de casa. Vuelvo enseguida.

Los niños asintieron. En cuanto la puerta se cerró, Abe corrió hasta la ventana para mirar a su madre. Albus se acercó a él y le dio un empujón.

—A estudiar.

—No quiero.

—Lo ha dicho madre.

—¡Déjame! No quiero.

Pero Albus no iba a dejar que se saliera con la suya. Sin más miramientos, lo agarró del brazo y tiró de él. No le importó que se quejara. Abe era un dolor de cabeza para todos. Desobediente, maleducado, perezoso. Lo único que le gustaba era hacer el tonto en la calle. Mientras mamá estuviera fuera, era su responsabilidad que se portara bien.

—¡Suéltame, Albus! ¡Me haces daño!

—¡Qué estudies, Aberforth!

—¡Qué no!

Abe le dio un manotazo para soltarse. Albus se quedó quieto un instante y se lo devolvió, pegándole en el brazo. Abe gruñó y le empujó. Albus hizo lo propio.

—¡Ya vale, Abe!

—¡Ya vale tú!

—¡Cretino!

—¡Sabelotodo!

—¡Inútil!

—¡Gili!

Albus se dijo que debía parar. No podía rebajarse al nivel de Aberforth. Después de todo, no era el niño más listo del mundo. Todos sabían que, de los tres hermanos Dumbledore, Abe era el menos talentoso. Y encima no se esforzaba nada por mejorar. Como siguiera así, no iba a ser nadie en la vida. Si tan solo madre y padre le dejaran hacer magia en casa, se iba a enterar de lo que era bueno. Pero físicamente llevaba las de perder e insultarse mutuamente no serviría para nada.

Así pues, le echó a su hermano una mirada rencorosa y volvió a sus libros. Abe volvió a pegar la nariz a la ventana. Al cabo de diez minutos, habló.

—¿Por qué no vuelve madre? ¿Ariana se ha perdido?

Albus comprendió entonces que Abe estaba preocupado. Pobre tonto. ¿Qué se pensaba que podría haber ocurrido? Vivían en el campo, rodeados de gente aburrida y poco estimulante. Y Ariana era una bruja. Lo más peligroso que podría haber pasado era que una oveja la hubiera perseguido campo a través. Sólo eso.

—Madre no tardará. Y cuando vea que no has estudiado nada, te regañará.

Abe no se despegó de la ventana. Qué bobo era. Albus siguió leyendo e hizo anotaciones en un pergamino. Cuando fuera a Hogwarts, sería maravilloso tener a su disposición todo aquel conocimiento que le esperaba. Mientras tanto, debía conformarse con los libros que padre y madre consideraban adecuados para él.

—¡Madre!

Abe salió disparado hacia el exterior. Albus no movió un músculo. Sólo se alarmó cuando madre entró en casa con Ariana en brazos.

—¿Qué pasa, madre? ¡Ariana!

Abe no se callaba. Albus se levantó y al mirar a su hermana comprobó que algo muy grave le había ocurrido. Tenía el pelo alborotado y la ropa hecha girones. Y tenía sangre. Pero eso no era lo peor. Lo peor eran sus ojos, azulísimos y preciosos, clavados en la nada.

—Madre, ¿qué ha pasado?

Kendra Dumbledore estaba palidísima, pero logró mantener el aplomo. Cerró la puerta y corrió hasta la habitación de Ariana, recostándola sobre la cama. Conjuró una palangana con agua y jabón y miró a sus hijos con la cara más seria del mundo.

—Salid de aquí ahora mismo. No quiero que entréis hasta que os lo diga, ¿entendido?

Los niños asintieron al mismo tiempo.

—Albus, quiero que le escribas a padre y le digas que regrese a casa de inmediato. Abe, tú sólo pórtate bien, ¿vale, cielo?

Ambos volvieron a asentir. Abe cogió a su hermano de la mano y salieron del cuarto. Fue el menor de los hermanos el primero en cumplir las instrucciones maternas. Se sentó junto a la chimenea y se quedó muy quieto, con los ojos vidriosos. Albus obedeció a madre, enviando a la lechuza de la familia con un mensaje muy urgente. Después, se sentó frente a su hermano.

—Al —Abe habló con suavidad—. ¿Qué le pasa a Ariana? ¿Se ha hecho daño?

Albus miró hacia la habitación. Esperaba que madre le diera alguna explicación.

—No lo sé. Creo que sí.

—A lo mejor se ha caído de un árbol.

—A lo mejor.

Abe se quedó muy callado. Y, de pronto, se echó a llorar. Albus se alarmó. Su hermanito salvaje rara vez lloraba.

—¿Qué te pasa?

—Es mi culpa —Abe sollozó—. Ariana quería que le enseñara a subir a los árboles.

Albus bufó. Cómo no. El salvaje llevando por el mal camino a la pobre niña.

—¿Y lo hiciste?

Abe asintió. Se sorbió los mocos y sollozó aún más fuerte.

—Yo no quería que se cayera. Quiero que se ponga bien.

Madre le había dicho una vez que no siempre era bueno del todo decir lo que uno pensaba, pero ese día decidió que sería sincero con Aberforth. Sólo así aprendería la lección.

—Pues haberlo pensado antes —Dijo con voz muy seria—. En primer lugar, no tendrías que haberle enseñado a trepar. Y después, debiste avisar a madre cuando la viste irse de casa.

Aberforth lloró aún más fuerte. Una vocecita en su cabeza le aconsejó a Albus que parara, pero estaba enfadado. Siempre era prudente y cuidadoso, pero ese día no pudo.

—Deja de llorar. Y la próxima vez, pórtate bien de verdad.

Abe le miró con los ojos abiertos como platos y se las apañó para controlar las lágrimas un rato, pero pronto empezó a llorar otra vez. Casi no hacía ruido, pero a Albus le estaba poniendo muy nervioso. Se sintió muy aliviado cuando padre entró por la puerta. Estaba relativamente tranquilo. Y todo gracias a Albus, que no le había dicho nada preocupante en el mensaje. Sólo le pidió que viniera a casa ya, que madre le necesitaba.

Percival saludó despreocupadamente y miró a sus hijos. Sonrió cuando vio a Aberforth.

—¿Qué te pasa, Abe? ¿Has hecho alguna travesura?

Los sollozos se intensificaron.

—Ariana está mala por mi culpa.

Percival se quedó serió. Miró a Albus, quien se levantó y, con decisión, lo llevó hasta el cuarto de Ariana. Padre tocó a la puerta y madre le instó a entrar de inmediato. El niño se quedó fuera, más frustrado que nunca.

—¡Cállate ya, Aberforth!

Tuvo que gritarle a su hermano. El niño se removió como si quisiera salir corriendo, pero le prometió a madre que se portaría bien. Albus no se sentó a su lado esa vez. Se quedó cerca de la puerta, intentando escuchar la conversación de sus padres. Oía sus voces, pero no distinguía lo que decían. Y, entonces, padre salió del cuarto y Albus se estremeció.

Percival estaba rojo de ira. Tenía la varita fuertemente agarrada y no escuchaba a su esposa mientras ella le llamaba. No miró a Albus, no prestó atención a las lágrimas de Abe. Se fue de casa dando un portazo, sellando el día del fin del mundo en la familia Dumbledore.


Me siento un poco cabrona por dejarlo justo aquí, pero es que es aquí donde elijo parar. Ya sabemos lo que pasó después :)

Últimamente he escrito mucho al Dumbledore adulto, así que me apetecía imaginarme al niño que un día fue. Yo creo que era muy repelente y con poquita empatía. A mí no me cae muy bien. Es que los niños sabelotodo no caen bien XDD. Espero que os haya gustado.

Besetes.