La mañana parecía no dar tregua a una pareja, la noche anterior Vladimir y Lukas luego de haber cedido a las pasiones del amor y del sexo habían quedado dormidos juntos; sus cuerpos cansados luego de llegar al éxtasis era una escena increíble; a sabiendas que Lukas parecía ser un hombre terriblemente difícil de llevar a la cama y Vladimir, bueno, alguien que no haría eso a menos de que su pareja lo pidiera; pero ocurrió, con un pequeño detalle, ambos perdieron aquella noción de lo que hacían al estar pasados de copas, en la casa del rumano y con sus cuerpos desnudos, como fueron traídos al mundo, sin una pisca de vergüenza al estar dormidos, aunque la principal duda iba a ser el cómo fue que terminaron así.

Lukas en aquella mañana había sido el primero en despertar, se estiraba con una dificultad inmensa, el verse totalmente desnudo un rato después, junto con un dolor de cabeza debido a la resaca y sus caderas, que daban señales de lo ocurrido le preocuparon un poco, su mirada era dirigida de manera casi asesina hacia rumano, sabía que algo ocurrió, por muy su pareja que fuera debía sacarse de dudas, soltando unas palabras a las malas.

—Vladimir, ¿qué fue lo que hicimos anoche?.

Vladimir escuchó aquellas palabras, las tomó a la ligera, su cuerpo igual estaba desnudo y su cabeza directamente le mataba, hacía un sonido de queja, que cambió a la sorpresa al ver el cuello del noruego adornado por sus dientes, ya se dio cuenta de lo que hicieron, tocaba aquella marca con cuidado al oír que el otro se quejaba, agradecía no ser un vampiro real.

—Creo que lo hicimos anoche, creo que el Țuică estaba algo fuerte, aunque, imagina, estoy con una resaca que ni recuerdo que hice.

La risa del rumano retumba un poco en la cabeza del noruego, se tapaba con la almohada por la vergüenza y por el dolor de cabeza, ya estaba recordando un poco lo que había ocurrido aquella noche anterior.

El noruego había ido de visita a la casa del rumano, prefiriendo salir en la oscuridad de la noche, como si Vladimir tuviera algún problema como si fuera un supuesto vampiro, tal como aparentaba ser, aunque fuera realmente falso, pero no fue muy lejos, solo a un pequeño balcón que mostraba la vista nocturna del lugar, parecía un poco mas lúgubre al ser casi un castillo escondido a las afueras de Rumania, y así todavía el noruego tenía sus dudas de que alguien se iba a dar cuenta de su relación, bastante extraño sería ser encontrado en un castillo a las afueras de la ciudad besándose con su novio que era casi que su voto de confianza en su reducido grupo de amigos que comprendían la magia; se sentía casi como en casa.

Era un ambiente no muy festivo, ya habían pasado fiestas y todavía quedaba un poco de aquel famoso licor rumano que tanto había oído, el Țuică, un licor fuerte, una graduación que podía ser demasiado fuerte para ser de Rumania, un reto que había impuesto en aquel balcón su pareja, en un pequeño banco y comida de sobra, para tener una conversación amena, el noruego tampoco es que entendiera mucho lo que harían allí, después de todo, sabía que iban a terminar bebiendo de aquel licor en cualquier momento, sabía cual sería el final de aquella cita.

—¿Y ahora que celebramos?…— Preguntaba el noruego.

—Nada en específico, sobró un poco y no hay que desperdiciar comida, ¿no crees tú?.— Respondió el rumano con tranquilidad.

—Vladimir, sabes que yo soy un mal bebedor y dudo que eso tenga una graduación soportable para alguien como yo…—Se permitió decir el noruego.

—¡Vamos Luk!, ¿que tan malo puede ser beber con tu pareja?.— Se preguntaba el rumano besando los labios del noruego con suavidad.

—Mira, no te golpeo porque el beso me gustó y haré esto solo por esta vez…

Aquella personalidad de ambos era de constante contraste, pero, era un gusto que tenían ambos, un rumano que era más que nada alegre, dicharachero y con una viveza única, frente a lo que es un ex-vikingo, algo frío a veces y con una forma de ser y de ver el mundo casi que opuesta a su pareja, pero ese contraste era la gracia de esta pareja.

Pasaba más de media noche y habían comido un poco, pero más que comer, ya habían tomado cada uno unos cuatro shots de aquella bebida, la graduación de aquello era más de 52, el noruego perdía no solo sus sentidos, perdía su inhibición, y el rumano por muy de su tierra que fuera el licor, tampoco es que fuera de piedra; igual estaba borracho, tomando un quinto trago a la bebida; aquel momento tanto el noruego como el rumano ya no estaban cohibidos, los efectos del alcohol los llevaría a quedar en plena noche rumana a besarse, no de una manera dulce ni si quiera parecía ser simple, parecía ser un acto más que nada subido de tono, un beso de lengua en el que el choque de estas parecía una lucha de quien lideraba en la relación, chocando el cuerpo de ambos con una pared, la profundidad del beso, y el choque de ambos contra aquella fría pared no parecía detenerlos, pero la falta de aire hacía que por la comisura de sus labios un toque de saliva fuera casi que su unión, sus miradas eran un choque entre el rojizo tono de ojos del rumano con la mezcla de la noche noruega, ambas miradas parecían con las mismas ganas.

Muy a las malas dejaron todo como pudieron en la cocina, risas y algunos choques no se hacían esperar, terminando con aquella botella que solo tenía casi que el final de esta desde antes de empezar la noche, entre besos con un sabor leve a ciruela por el origen que tenía aquella espirituosa bebida que les alegraba de alguna u otra manera.

Llegaron entre besos a la habitación del rumano, unos más subidos de tono que otros, terminando el cabello del noruego suelto totalmente, sin su broche de cabello, el cual fue dejado en alguna parte del nochero, siendo despeinado por su pareja, el rumano, que en medio de su poca consciencia por el alcohol mordía el cuello de su pareja, como si sus dientes fueran para ello, no de una manera tan fuerte pero dolía un poco, la marca le costaría un poco para sanar.

—¡E-Eres un tonto Vlad!, ¡no eres vampiro!— La voz de Lukas a pesar de ser tan monótona, tomaba un tono distinto debido al alcohol, se quejaba un poco de la marca, muy a pesar de su gusto.

El rumano no decía nada, solo entre besos desnudaba el cuerpo del noruego, quedando en un principio con el torso desnudo, la contextura del nórdico era sencilla, no muy robusta, era más bien delgada casi en exceso, una piel fría, casi como tocar los parajes de las tierras nórdicas con sus manos, recorriendo sus labios por aquella fría piel que jugueteaba con cada detalle que podía para excitar a su pareja de alguna manera, que no hacía más que ceder, con algunos lujuriosos sonidos que retumbaban por poco en la cerrada habitación dónde era alojado aquel libidinoso acto que parecía no dar espera.

El noruego fue igual quien desnudó el torso ajeno sin castidad alguna, un cuerpo un poco más robusto aguardaba, no era tan exagerado tampoco, solo un poco más fuerte comparado con su delgada desnudez, apreciando con la mirada aquel cuerpo de su pareja y tocando con sus manos todo lo que podía estar a la vista, disfrutando de cada sensación que le pudiera dar.

Aquellas manos del rumano volvían a colarse por el cabello ajeno, mirando aquel curioso ahogue que por magia o por cosas del destino flotaba pero que sabía que estaba ligado a su cuerpo; aquel indecente acto de tirar un poco aquella rebelde zona parecía aflorar algo más en el noruego, un fuete e impúdico gemido fue soltado por aquel rubio de ojos azul, llevando a una curiosidad que podía costarle hasta regaños, tirando con constancia de este solo para ver a su pareja con una expresión de absoluto placer y ver como su entrepierna despertaba aún más solo con ser tocado de tal manera.

—¿Ahora sí dejarás en paz a-aquello?.— Aquella pregunta la hizo ente un suave tono quebrado por la excitación y con un entendimiento a penas notorio, debido al alcohol.

—Ni creas que aquí terminamos con eso.— Aquel tono lujurioso mezclado con aquel alcohólico tono del rumano más llegaba a estimular al noruego, más de lo habitual.

Quien dio el primer paso, por muy irreverente que sonara, fue el noruego, que con inhibición alguna quedaba totalmente desnudo frente a su pareja, con su hombría erecta debido a la estimulación de aquella zona erógena como era su rebelde mechón de cabello flotante, su delgado cuerpo en el que destacaba un voluptuoso trasero que hasta en sano juicio era tocado por Vladimir, que de vez en cuando llegaba a ser indecente, no era tampoco a su opinión la gran cosa pero era un gusto para el rumano quien siempre admiró el cuerpo desnudo de su pareja.

Las manos del rumano iban a rodar por los muslos ajenos, aunque primero la emoción le ganaba y quedaba a iguales términos con el noruego, su cuerpo lo consideraba normal, nada exagerado, no tan delgado como el del noruego, pero ahí estaba en iguales condiciones, mostrando que su erección a penas florecía debido a aquellos sonidos hechos por su pareja debido a la propia excitación, mostrando que ambos se podían culpar el uno al otro por sus ganas, las malditas ganas de romper los límites.

El rumano tocaba y besaba aquellos muslos del noruego, escuchando de este finos sonidos que rogaban por más, ruegos por más besos, por más sentimientos y sin lentitud alguna, su desesperación era culpa de la curiosidad del rumano que pasaba sus labios al grotesco límite del vientre y la ingle ajena, casi como si quisiera ocasionalmente hacer una rápida parada a la gloria misma en persona, aunque fuera una parada rápida.

El noruego fue un poco más allá, notando que el rumano parecía no estar a tal límite como su pareja, un indecente comentario salía de sus labios.

—¿Y aún así no estás listo?, creía que ya íbamos a empezar.

Lo que no hizo el rumano, hacía el nórdico, sus delicadas manos subiendo de la base a la punta del miembro del rumano, besos y hasta una felación eran escenas que deleitaban al rumano, su placer se encendía y parecía que no iba a tener fin alguno aquel sueño; terminando por manchar el delicado rostro nórdico ajeno, y su erección parecía ser más notoria.

Rápidamente el rumano, lubricaba y jugueteaba con la entrada ajena para no dañarle en absoluto, algunos besos iban y venían, terminando por entrar en la estrechez ajena, con dificultades pero lo hizo, aquel acto parecía ser más que suave, algo con más rudeza pero con un toque coqueto, que incluía algunos besos juguetones, algunas otras marcas de colmillos y sonidos eróticos que ambientaban el lugar.

Ambos de lo único que recordaban era haber terminado ambos manchados, jadeantes y con un cansancio que terminó por hacerlos dormir, despertando con aquella sorpresa la mañana siguiente, que terminaron aunque por aceptarla, decidieron no hablar del tema, al menos hasta la próxima vez que volvieran a hacerlo.