HISTORIAS DE HOGWARTS 2.0

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


AUDREY WEASLEY

Muggle (en mi imaginación). Esposa de Percy Weasley.

Ten hijas para esto

Justo cuando el Expreso de Hogwarts comenzó a moverse por encima de las vías, Audrey distinguió el rostro de Lucy en una de las ventanillas. La niña agitó enérgicamente una mano, sonriente y feliz. Audrey también sonrió, aunque le apetecía llorar. Sus dos hijas se iban a un internado. Pobrecitas.

—Mira qué tarde es, ¿quieres que te lleve a casa?

Audrey miró de reojo a Percy. No podía creerse que se tomara tan a la ligera todo aquel asunto. Iba ataviado con las túnicas que usaba en el Ministerio de Magia y ni siquiera miraba hacia el tren.

—Audrey. ¿Te llevo? Tengo una reunión importantísima y ya voy con retraso.

Quiso hacerle mil reproches, pero no era el momento ni el lugar. Audrey asintió y Percy, casi sin mirarla, la cogió del codo y en un momento estaban en el recibidor de su casa. La magia era fascinante. Extraña y atemorizante, pero maravillosa.

—¿Estás bien? Te noto un poco pálida.

Al final, Percy se había dignado a prestarle un poco de atención. Siempre era igual cuando estaba preocupado por los asuntos del trabajo. Audrey asintió con la cabeza y se pasó las manos por las mejillas.

—¿Por qué lloras? ¿Qué te pasa?

—¿En serio me estás preguntando eso?

Curiosamente, esas palabras absurdas habían llevado a Audrey de la devastación al enfado. Percy la miró con extrañeza, sin entender a qué venía esa mirada asesina.

—Mis hijas se han ido a Hogwarts y no las voy a ver hasta Navidad.

Percy parpadeó.

—¿Y qué?

—¿Y qué? Se han ido, Percy.

—Es lo que hacen todos los niños, Audrey. Van a estudiar.

—A un internado. Yo me prometí que mis hijos nunca irían a un internado. Y mira.

—Seguro que entonces no te imaginabas que tus hijas serían brujas.

Percy sonrió, en un vano intento por calmarla. Audrey bufó y se cruzó de brazos.

—No veo la diferencia.

—No existe un lugar mejor que Hogwarts para preparar a los magos y brujas del futuro. Las niñas estarán fenomenal allí.

Audrey no respondió. Ella también había crecido en un sitio muy parecido a un internado y no tenía buenos recuerdos de aquello. Sabía que Hogwarts era muy distinto, Percy se lo había explicado, pero de todas formas dolía. Y daba miedo.

—Escucha, Audrey. Tengo que irme, de verdad. Pero esta noche hablaremos sobre todo esto, ¿vale? No quiero que te pongas así.

Percy la conocía bien. Tampoco había que ser muy listo para adivinar que estaba disgustada. Audrey era consciente de que su comportamiento estaba siendo irracional, así que no se enfadó cuando Percy se desapareció de nuevo. Se quedó en casa, lamentando haberse tomado el día libre. Si estuviera trabajando, al menos se mantendría entretenida. Pero no tenía que trabajar, así que hizo lo peor que podía hacer dadas las circunstancias: fue al cuarto de Lucy.

Su pequeña Lucy, tan despistada, tan inocente, tan parlanchina. A veces, era un poco cabeza de chorlito. Molly, que era muchísimo más responsable, prometió que la cuidaría. Pero Molly también era pequeña e iban a un colegio con un pasado oscuro y peligroso. ¿Y si las devoraba un perro de tres cabezas o un dementor?

—No seas boba, Audrey.

Cerró los ojos, se recordó nuevamente que no tenía nada que temer, y decidió meterse en la cocina. Percy le había enseñado todo lo que sabía y optó por hacer magdalenas. Y una tarta. Y helado de vainilla. Se pasó todo el día cocinando, escuchando música a todo volumen y luchando por mantener la mente en blanco. Ni siquiera escuchó a Percy cuando llegó, quien tuvo que acercarse a ella y quitarle los auriculares de las orejas para hacerse notar.

Audrey dio un respingo y se manchó de harina. Y a Percy también. Él sonrió, divertido, y le dio un beso en los labios.

—Veo que has estado ocupada. No creo que podamos comernos todo esto.

—Lo llevaré mañana al trabajo —Audrey metió otra bandeja de magdalenas en el horno—. ¿Todo bien en la reunión?

—Perfecto.

—No me extraña nada.

Percy solía hacerlo todo perfecto, al menos en el trabajo. Se apoyó en la encimera y la cogió por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo.

—¿Qué tal estás tú?

—Ya ves.

—Sabes que a las niñas no les va a pasar nada. Además, ya hemos pasado por esto antes. Molly lleva tres años en Hogwarts y no le ha ocurrido nada malo.

—Lo sé, pero Lucy es muy distinta.

—Estará bien. Es tan encantadora como tú. Se meterá a los niños en el bolsillo.

Audrey sonrió. Era muy difícil que su hija no hiciera amigos rápidamente.

—Tienes razón. Lo hará.

—Pues quita esa cara de pena, Audrey. Vamos a esperar a que nos escriba, veremos a qué casa la han mandado y la felicitaremos.

—Espero que no te vuelvas idiota como la otra vez.

A Percy no le había sentado demasiado bien que Molly fuera sorteada en Slytherin. Para Audrey, aquello carecía totalmente de importancia.

—No creo.

—¿No crees que vayas a ser idiota?

—No creo que Lucy vaya a Slytherin.

—¿Cuál es tu apuesta?

—Hufflepuff. Estoy convencido.

Audrey intentó recordar si alguno de sus sobrinos estaba en esa Casa, pero no.

—¿Eso es malo?

—En absoluto. Creo que tú también serías Hufflepuff.

—¿Por qué?

—Allí van los leales y que no tienen miedo del trabajo duro.

Audrey asintió. Percy siguió hablando sobre las Casas de Hogwarts y ella logró calmarse. Para cuando llegó la carta de Lucy, confirmando las sospechas de su padre, los temores de Audrey casi habían desaparecido. Sus hijas eran dos brujitas maravillosas y en Hogwarts podrían desarrollar todo su potencial. Y no había más que hablar.


Audrey me encanta. Y Percy también. Toda esta familia me gusta, en realidad.

Besetes.