HISTORIAS DE HOGWARTS 2.0

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


BARNABAS CUFFE

Brujo. Editor de El Profeta

Despedido

Barnabas introdujo el geranio colmilludo en la maleta encantada. Su despacho ya estaba vacío. Nunca más volvería a trabajar allí. Después de los últimos acontecimientos, posiblemente nunca contratarían sus servicios como periodista. Tendría que buscar un nuevo empleo aunque, por el momento, disponía de unos cuantos ahorros para seguir adelante. A lo mejor, podría hacer aquel viaje alrededor del mundo que tenía pendiente desde la adolescencia.

Barnabas echó un último vistazo a la estancia y suspiró. Cerró la maleta y se dispuso a abandonar el despacho, pero alguien llamó a la puerta. Era extraño. Desde que cayó en desgracia, sólo se habían puesto en contacto para despedirle y para insultarle. Consciente de que no le esperaba un momento agradable, abrió. Le sorprendió muchísimo ver a Horace Slughorn frente a él.

—Buenos días, señor Cuffe.

—Profesor Slughorn. Qué agradable sorpresa.

El recién llegado le sonrió y Barnabas le invitó a entrar. Horace miró a su alrededor y suspiró, entristecido.

—Lamento mucho lo que le ha pasado. ¿Cómo se encuentra?

—Bastante bien, dadas las circunstancias.

Horace asintió y tomó asiento. Barnabas se acomodó en su butacón, al otro lado del escritorio. Seguramente, aquella era la última vez que lo hacía.

—Supe que usted no resultó herido después de la Batalla de Hogwarts. Me alegro muchísimo.

—Sí, fui afortunado —Horace apretó los labios y cambió de tema. Prefería no evocar recuerdos tan dolorosos—. Veo que ha recogido todas sus cosas.

—Mis jefes me dieron hasta el fin de semana para irme. He preferido no hacerme de rogar.

—Mejor así —Horace cabeceó—. Yo seguiré como profesor de Pociones en Hogwarts. Creo que mi colaboración será necesaria.

—Sin duda. El próximo curso escolar será muy duro.

—Sí, ciertamente —Horace sonrió—. ¿Y usted, señor Cuffe? ¿Qué hará ahora?

Barnabas se encogió de hombros. Su amistad con ese hombre venía desde muy lejos. Durante sus años como estudiante, había formado parte de su Club de las Eminencias. Al profesor Slughorn siempre le había gustado rodearse de los alumnos más brillantes y también de los más ricos. Ahora que Barnabas no era ni lo uno ni lo otro, se preguntó si podría contar con su apoyo. Horace no sería el primero en apartarse de su lado, ahora que era considerado una marioneta del Señor Tenebroso. Al menos se había librado de Azkaban.

—Me tomaré unas vacaciones —sonrió, aunque sus ojos permanecieron tristes y preocupados—. A mi esposa siempre le ha interesado mucho la zoomagia. He pensado en llevarla a Australia.

—Por lo que sé, allí se encuentran las criaturas mágicas más extrañas y fascinantes.

—A ella le encantará.

Pensó que Horace no insistiría. Era un hombre bastante zalamero, pero Barnabas no lo tenía por un cotilla. Aun así, le formuló una nueva pregunta.

—Y después de las vacaciones, ¿qué hará?

Barnabas se rindió ante lo inevitable y se encogió de hombros.

—No lo sé.

Llegados a ese punto, Horace sonrió y sacó un pequeño trozo de pergamino del bolsillo superior de su túnica. Se lo tendió, sin duda bastante satisfecho por sus acciones.

—Si está dispuesto a mudarse al continente, tal vez le interese hablar con este caballero. Tiene un periódico deportivo en Rumanía y, si le dice que va de mi parte, a lo mejor le hace una buena oferta.

Barnabas se quedó boquiabierto un instante y miró las señas. A primera vista, el nombre le pareció impronunciable. Después, sonrió con auténtica franqueza. Personalmente, la prensa deportiva nunca le había interesado, pero al menos podría seguir ejerciendo su profesión.

—Muchas gracias, profesor Slughorn. Lo tendré en cuenta.

Horace asintió, satisfecho consigo mismo.

—Es injusto lo que ha pasado con usted, señor Cuffe. Apuesto a que muchos de los que le critican no hubiera tenido el valor suficiente para enfrentarse a Quien-Usted-Sabe.

Para ser sincero consigo mismo, Barnabas se consideraba un cabeza de turno.

—Eso ya no tiene solución. Al menos, usted me ha ayudado.

Horace se puso en pie con cierta dificultad. Barnabas pensó que necesitaba perder peso.

—Cuando uno es miembro del Club de las Eminencias, lo es por siempre —le tendió una mano, preparado para marcharse—. Si me disculpa tengo muchos asuntos que atender en Hogwarts.

—Por supuesto —Barnabas apretó su mano, enérgico—. Estaremos en contacto, profesor.

—Eso. Cuénteme cosas sobre su viaje. Mucha suerte, señor Cuffe.

—Lo mismo digo.

Horace Slughorn se marchó. Barnabas permaneció cinco minutos más sentado en su butacón, pensando en que la fortuna volvía a sonreírle. Estaba convencido de que visitar Australia sería edificante y de que conseguiría ese empleo en Rumanía. Era eso que decían los muggles. Cuando se cierra una ventana, se abre una puerta. O al revés.


El Profeta, ese súper periódico repleto de periodismo serio y objetivo.

Besetes.