HISTORIAS DE HOGWARTS 2.0

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.


Blaise Zabini

Brujo. Miembro de la casa Slytherin.

El marido número ocho

Siete maridos tuvo su madre.

Blaise piensa en cosas que vengan de siete en siete.

Los colores del arco iris.

Los cursos del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería.

Los miembros de un equipo de quidditch.

Los días de la semana.

Las notas musicales.

Las colinas de Roma.

Los enanitos de Blancanieves.

A Blaise se le ocurren multitud de cosas para combinar el número siete. Con el ocho es un poco más complicado. Cree entender por qué está ese hombre en su casa. No le hace feliz.

La guerra mágica terminó cinco años antes. Blaise, que nunca se tatuó la Marca Tenebrosa en el brazo, se libró de ir a juicio. Su madre sólo enviudó. Randall, su último esposo, fue un mortífago que murió durante la Batalla de Hogwarts. Ella salió indemne de toda la situación de puro milagro. O tal vez no. Después de todo, con los años ha quedado demostrado que la señora Zabini posee la habilidad de caer siempre de pie. En cualquier circunstancia. Pase lo que pase.

Kingsley Shacklebolt quedó bien posicionado tras la guerra. Auror talentoso, aliado fiel de Albus Dumbledore y brujo bravío y de principios, logró convertirse en Ministro de Magia durante la etapa de transición. Aún mantiene su puesto. Zabini le observa desde el otro lado de la mesa del comedor, buscando la mejor forma de comportarse ante él. Intentando comprender la actitud de su progenitora.

Blaise ha conocido un buen puñado de padrastros. A todos los recuerda con meridiana claridad. De hecho, su padre es el único al que no logra evocar, puesto que falleció cuando sólo tenía tres años. La señora Zabini tiene un prototipo de hombre que Shacklebolt cumple a la perfección. Es alto, de complexión fuerte y piel oscura. Ahora bien, posee algo que no todos sus predecesores han tenido: inteligencia e intuición.

No puede fiarse de él. Ignora si los rumores que corren por el mundo mágico acerca de su madre son ciertos. La llaman viuda negra. Se sorprenden de que haya enterrado siete maridos. ¿Mala suerte o intenciones fatales? Blaise jamás ha visto a su madre comportarse de forma sospechosa. Sus esposos han ido falleciendo por diversas causas, todas naturales o accidentales. Infartos, viruela de dragón, explosiones de laboratorios de pociones. Podría escribir un libro titulado Siete formar de morir. A la señora Zabini nunca la han acusado de nada, ni siquiera cuando el marido número cuatro se envenenó con las hojas de un libro ancestral. ¿Cabe la posibilidad de que Shacklebolt esté allí para investigar?

No. No puede ser. Blaise ha visto antes esa mirada embobada. Es la misma que han tenido todos sus padrastros cuando miraban a su madre. Está enamorado. O finge muy bien. La velada resulta del todo cordial. Se muestra solícito con sus intereses y no realiza ningún comentario salido de todo. Blaise ha escuchado demasiados desde que terminó la guerra. Que si los Slytherins no son de fiar, que si es un purista de la sangre, que si huyó de Hogwarts como un cobarde. Idiotas. No tienen ni idea de nada. A Shacklebolt hay que reconocerle que es prudente.

Cuando llega la hora de regresar a casa, se desaparece en el recibidor. Su madre observa con embeleso el espacio vacío que deja atrás. ¡Por los calzones de Merlín! Sus sentimientos también son sinceros. Blaise apenas puede creérselo. Por un segundo quiere dejarla en paz, disfrutando de ese instante de felicidad, pero debe hablar con ella. Cuanto antes, mejor.

—Madre, ¿qué estás haciendo?

Lo mira como si no comprendiera su pregunta. Se ríe. Pasa junto a él y le da una palmada en el pecho.

—Disfruto de las oportunidades que me da la vida, querido Blaise.

Ya. Suena precioso.

—Es el Ministro de Magia.

—Ya lo he notado. Gracias por advertirme.

—No es ningún tonto.

—Por eso me atrae tanto.

—Madre.

No sabe cómo proseguir sin resultar grosero. La señora Zabini le observa con los párpados entornados. Siempre ha sido una mujer muy bella, conocedora de las artes amatorias. Una seductora nata. Tal vez, Blaise sea la única persona a la que alguna vez ha mirado con los ojos repletos de pureza y dulzura. Del resto, siempre parece querer algo.

—Mi último esposo fue un mortífago. He sido investigada durante años. Los aurores lo saben casi todo sobre mí. No me han imputado nada porque no hay nada imputable. Kingsley no se ha acercado con intenciones ocultas. No es esa clase de persona. No pienso convertirlo en mi marido número ocho si eso es lo que te preguntas. El siete me gusta. Es una cifra poderosa. Muy mágica.

Su madre se aproxima a él y le acaricia el rostro con dulzura.

—Sólo te lo diré una vez, Blaise. Puedes quedarte tranquilo. No busco nada en Kingsley, salvo sana compañía y buena conversación. Nuestra relación no te influirá en nada. Sigue con tu vida y yo haré lo mismo con la vida. Sé feliz.

Le da un beso en la frente. A continuación, desaparece rumbo a la planta superior. Blaise permanece en el recibidor un buen rato, con la cabeza asaltada por multitud de pensamientos y las tripas revueltas. Cabe la posibilidad de que las cosas sean tan sencillas como parecen. Por una vez, y sin que sirva de precedente, opta por seguir los consejos maternos y no preocuparse por nada. Después de todo, es joven y tiene toda una vida que construir. Con o sin padre número ocho.