Aquella noche había sido iluminada por una tenue luz nocturna, las ventanas mostraban aquel cuerpo celeste iluminando la habitación, la iluminación era casi inexistente, el ambiente parecía no cambiar por fuera; la habitación solo mostraba una pareja chocando sus labios con absoluta pasión, aquel beso parecía tener un suave deje de desespero, de inquietud, de recuerdos encontrados luego de haberse separado durante aquellos meses que parecían ser su separación definitiva; el más alto parecía no cambiar aquel inexpresivo rostro para nada; pero sus mejillas levemente coloreadas, lo que parecía ser un pequeño cambio en la curvatura de sus labios y un pequeño desacomodo en sus empañados lentes hacían notar lo contrario, iban por el perdón absoluto aquella noche.

El más pequeño cedía ante los encantos de su pareja, el irracional miedo había desaparecido con los años, años que les costó a ambos llegar al sutil término de un matrimonio, sin llegar a arreglos exagerados ni impuestos; parecían dos humanos más a pesar de su marcada inmortalidad.

Aquellos cuerpos volvían a llegar a aquel sutil punto de la desnudez, aquel punto que sin ser exagerado mostraba cada parte de las pieles ajenas; el sueco parecía liderar aquel acto, su pecho era esbelto y bastante fuerte a comparación del de su pareja, que miraba los ojos del mayor, sin miedo alguno y con aquella chispa con la que empezaron en la habitación a plena luz de luna.

—Prométeme que no te volverás a ir…

Era el único ruego del finlandés que chocaba las yemas de sus dedos por los fuertes abdominales ajenos, tocaba el pecho ajeno con una suavidad inmensa, mirando todavía aquellos ojos celestes del más alto.

—No lo haré…

El sueco era de pocas palabras, aquellas que sonaban más que un gruñido, sintiendo aquellas cálidas manos paseando por su pecho, copiaba aquellas acciones; iban con una suavidad casi impuesta luego de aquel pasional beso que buscaba calmar las ansias de volver.

Suaves besos recorrían aquel delicado cuello del finlandés, bajando por aquel delicado pecho que parecía ser débil pero que había pasado por inimaginables batallas; suaves gimoteos salían de sus labios al sentir como la lengua del más alto se enredaba con sus rosados pezones; sus manos rodeaban el torso ajeno, tan bien formado y con el que dormía noches enteras en el pasado.

El sueco escuchaba aquellos sonidos, audibles pero con delicadeza; un suave gruñido salía de sus labios al ver a su amado de una manera provocativa ante sus ojos; una mezcla entre la inocencia de sus ojos violetas y sus rojas mejillas, junto con sus ya experimentados cuerpos que habían llegado al éxtasis incontables veces.

—Ruotsi…

Aquel clamado nombre con el que el sueco era llamado, fue repetido como si de un ruego se tratara en aquel momento, aquellos labios pasando por la delicada zona entre sus muslos; besos que parecían rozar el delicado límite del finlandés, queriendo llegar al éxtasis con su pareja.

El más alto sentía que veía la luz al ver aquel erecto miembro de su pareja asomar entre sus delicadas piernas y ver aquel rostro del finlandés siendo adornado por una suave mueca de excitación que pocas veces admitía que tenía un gusto por ver; en su cabeza pasaba aquel doble sentimiento del límite entre la ternura y la sensualidad de su pareja; aquel suave temblor en su piel producto de una excitación causada por el más alto simplemente eran el gusto menos culposo que tenía en aquel momento.

Berwald quería ser suave, no quería dañar nada de su pareja, sentía que el más mínimo movimiento podía rasgar su débil ser, aunque el finlandés fuera mucho más fuerte que este; aunque su pareja tampoco de quería quedar atrás a pesar de aquel suave trato; aquellas manos delicadas jugaban con la virilidad ajena con masajes contundentes en la punta de este; aquellos sonidos parecían inundar el ambiente y aquel sonido iba a juego con los gruñidos del mayor que sentía la dureza de su miembro masajeado por tan delicadas manos que parecían hacerlo llegar a sus límites más indelicados.

El finlandés movía aquella mano con una rapidez media, viendo aquella lasciva expresión de su pareja disfrutando como era masturbado de tal manera; como si de un juego en búsqueda del placer absoluto se tratara; buscando encontrar los puntos más débiles y delicados del otro y disfrutando de aquellos rostros buscando expresar con muecas el como se sentían.

Otro gruñido salió de los labios del más alto, llegaba al éxtasis con solo aquellas manos jugueteando con su falo que soltó aquel blanquecino líquido en la mano del finlandés.

—Perdón… Tino…

Las únicas palabras que salían del sueco luego de haberse corrido sin previo aviso en la delicada mano ajena, que con suaves lamidas intentaba ser limpiada, un acto levemente grotesco.

El sueco ahora quería llevar a tal límite a su pareja llevando aquellos besos a su erecta virilidad, sus labios paseaban de manera suave por el glande ajeno, lamiendo y dando suaves chupones y besos a esta zona de manera constante; sintiendo aquel suave temblor de las piernas ajenas chocando con sus hombros, escuchando aquellas súplicas del finlandés por más, aquello resonaba por la habitación silenciosa en la noche, aquel "más" parecía fundirse con los húmedos sonidos y con el suave crujido de la cama.

Aquella felación intentaba llevar a un límite superior a su pareja, que al correrse lo hizo en la boca ajena, solo mencionando el nombre humano del sueco entre aquellos sonidos tan subidos de tono que ambos daban.

Luego de probar tan dulce néctar, el ex-vikingo solo lubricaba con suavidad absoluta dos de sus dedos para ser introducidos en la entrada del más pequeño, dando este un espasmo acompañado de un exquisito gemido que parecía llegar a tener una suave mezcla entre el dolor y el placer absoluto, abriendo el menor las piernas un poco más, dejando casi que un camino abierto a su pareja para llevarlo a las estrellas a pesar de solo estar penetrando dos de sus dedos en su entrada, con leves ansias de sentir el miembro ajeno en su interior.

El más joven sentía como otro dedo entraba en su interior, el sueco a pesar de su seriedad que en su primera vez mostrara que iba a ser brusco e indelicado, se notaba que era todo lo contrario, intentaba ser delicado, intentaba no hacer daño y lo más importante, le hacían llegar de nuevo a aquel límite que soñaba con llegar con su pareja otra vez.

Pasaba un rato y aquella virilidad del sueco arremetía contra la entrada del finlandés, aquella punta chocando con aquella apenas dilatada entrada hacía que el más joven soltara algunas suaves lágrimas que volvían a mezclar el dolor con el placer.

—B-Berwald, d-despacio…— Clamaba el finlandés.

—Hm…— Aquel gruñido del sueco, ahora despeinado y sin lentes había hecho saber al finlandés que iba a ser cuidadoso, puesto que el dañar a su pareja nunca era un plan.

Estar en el interior del finlandés era un placer para el sueco, ambos cuerpos unidos, temblando debido a aquel inexplicable placer que sentían al estar solos teniendo sexo a luz de luna sin que nadie viera sus cuerpos desnudos era casi como un sueño.

Los movimientos empezaban luego de un rato medianamente largo en el que ambos sentían un suave choque de pieles entre aquellos movimientos; aquellas caderas del finlandés chocando con la ingle del sueco que movía de una manera erótica sus caderas para complacer a su pareja.

Los constantes sonidos entre ambos se hacían más audibles, aquel crujir de la cama se hacía notar, mientras que las manos del finlandés se posaban en el cuello de su pareja para mantener un mínimo atisbo de equilibrio.

El sueco buscaba en los adentros de su pareja aquel punto, arremetiendo contra este al ver su aprobación entre gemidos sonoros; parecía que aquella noche iba a terminar con aquellos temblorosos movimientos que incluían las manos del sueco jugando de nuevo con la punta del miembro del finlandés, haciéndolo llegar de nuevo al borde de la excitación para que soltara de nuevo aquella semilla; tal como el sueco, que lo hizo un rato después con aquellos movimientos constantes que tanto habían hecho.

Ambos se acomodaron, el cansancio estaba ganando a pesar de aquellas últimas palabras.

—Berwald, ¿si cumplirás con tu palabra de no dejarme de nuevo?…—Preguntaba el finlandés.

El sueco no le bastó más que con asentir suavemente debido a sus pocas palabras, terminando de nuevo besando sus labios como si hubieran sido separados durante siglos, antes de ceder a los encantos de Morfeo, en aquella larga noche.