Disclaimer: he tomado prestados fragmentos del capítulo 26. 'La cueva' de 'Harry Potter y el Misterio del Príncipe' en la traducción de Gemma Rovira.
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El acantilado
Al día siguiente, en el desayuno, Minerva se vinculó con Sev.
-Prince, pido permiso para charlar contigo.
-A tu disposición, Minerva.
-¿Puedes quedar hoy mismo para una reunión con Albus y conmigo?
-Claro que sí. ¿Cuándo?
-Cuando prefieras, con o sin Giratiempo.
-Prefiero sin Giratiempo. ¿Cuánto nos va a llevar?
-No mucho, no hay mucho que planificar.
-Muy bien, entonces sin Giratiempo después de clases.
-De acuerdo. Pasa entonces por su despacho a partir de las seis, la contraseña es 'Tarta de limón'.
-Estupendo.
"Buf… Va a ser esta misma semana aprovechando que todavía no comenzamos con los conciertos en el Club 100, que lo hacemos a la siguiente." Sev pasó todo el día intentando no desesperarse, y a las seis acudió al despacho de Albus. El director y la subdirectora lo esperaban.
-Buenas tardes, Prince, ya debes imaginar el tema de la reunión – le dijo Albus.
-En efecto, así es, desde que Minerva me lo comentó ayer – dijo Sev.
-¿Y qué tal andas de ánimo?
-Buf… intentando sobreponerme.
-No habrá problema alguno, no te preocupes. Si eres capaz de Aparecerte escaparás sin problema de donde estemos.
-No si la cueva está hechizada y no puedo Aparecerme desde ella.
-Claro, claro, hay que contemplar también esa opción. ¿Has practicado estas vacaciones?
-No he tenido mucho tiempo, pero sí, iba y volvía de Godric's Hollow a casa de Paul en Londres todos los días.
-Fantástico. No has sufrido ningún accidente, ¿verdad?
-No.
-¿Te mareas?
-Tampoco. Ya estaba muy acostumbrado a Aparecerme con mis amigos y familia.
-Estupendo. Que sepas que hemos esperado hasta después de vacaciones precisamente para que pudieras practicar, de lo contrario lo habríamos hecho antes. Y apenas nos queda margen de tiempo porque hemos de aprovechar el fin de semana para hacerlo con luz y sin Giratiempo, no vamos a pegarnos la paliza del primer Horrocrux.
-Me parece bien.
-Lo haremos el sábado. Este fin de semana estás licenciado del resto de tus obligaciones.
-Vale.
-Si llegamos a tiempo habrá fiesta de noche, será la de abril, la última un sábado, así te relajarás.
-Maravilloso.
-En principio almorzaremos aquí a las doce y media, la antigua hora, ya te he dicho que no tienes por qué acudir al entrenamiento, y saldremos inmediatamente después con escobas de los terrenos del colegio para Aparecernos directamente frente al acantilado. El único lugar apropiado para hacerlo son afloramientos rocosos frente a él, en medio del mar.
-Vaya tela…
-Deberemos caminar sobre ellos azotados por el oleaje, quizá nos toque esperar horas a que la marea esté lo suficientemente baja, si es así regresaremos y volveremos a Aparecernos. Es la única forma segura de acceder al acantilado, a no ser que lo descendiéramos con cuerdas de escalador, cosa que ninguno de ambos sabemos hacer.
-¿Y cómo llegó Riddle niño hasta ahí?
-No lo hizo solo, sino con dos compañeros, sospecho que también con ayuda de la magia.
-Vaya…
-El último tramo, hasta la entrada de la cueva, tendremos que nadar en un agua congelada, por eso lo de no hacerlo en invierno.
-Buf…
-Minerva ha conseguido trajes de neopreno para los dos, trajes de buzo.
-Estupendo.
-Llegaremos a la antecámara, que está ya libre de agua con la marea baja, a mayor nivel.
-¿Y si ya has estado allí por qué no podemos Aparecernos directamente allí?
-No se puede, está hechizada, hay que salir de nuevo al mar.
-Vaya… ¿Y eso no pensabas decírmelo? Te lo he comentado hace un rato.
-Sí, Prince, sí que pensaba decírtelo, claro que sí.
-No me gusta tu actitud, Albus, no debes ocultarme información.
-Cierto, cierto…
-¿Qué más?
-No he pasado de la antecámara. Sospecho que el resto de la cueva se abre con algún sortilegio, probablemente un sacrificio de sangre.
-Vaya…
-Seré yo quien la pierda, por descontado.
-¿Seguro que no hay nada más?
-Seguro.
-Está bien, pues si esto es todo me marcho. ¿Quedamos aquí el sábado a las doce y media?
-Estoy pensando que quizá es mejor que me informe de los horarios de la marea en la zona y que hagamos coincidir el viaje con la marea baja para no perder tanto tiempo.
-Cierto, será lo mejor.
-En ese caso quizá puedas almorzar con todos el sábado y acudir aquí después, te lo comunicaré durante la semana.
-De acuerdo.
Pasó también esa noche con Audrey comunicándole todos los planes. Ella temió por él.
-Buf, Prince… Trampa, sin poder Aparecerte desde la cueva, y si sube demasiado la marea quedará inundada.
-Nado a la perfección.
-Pero quizá no alcances las rocas de fuera del acantilado.
-Tendré que Aparecerme desde el agua.
-Me da que el viejo no sale vivo.
-Tendré que rescatarlo.
-Ni se te ocurra jugártela por él, ¿eh? No pensaba contarte que no podías Aparecerte desde allí.
-Ya, ya… Claro que no me la jugaré por él.
-No lo dices muy convencido.
-Porque nunca me he visto en una situación de peligro así, no sé cómo reaccionaré. Quizá me dé por el heroísmo y sí me la juegue, Audrey, se tratará de la vida de una persona que aprecio.
-Prince, despierta. Él ya ha vivido, tú apenas tienes diecisiete años. Bajo ningún concepto te la juegues por él, recuerda lo que os hizo a ti y a tu hermano. Y no puedes fallarnos, tú eres más necesario que él.
-De acuerdo, no lo haré.
La siguiente noche volvió a quedar con Audrey. Cada noche se lo hacían al menos tres veces, por la inminencia del peligro, la desesperación de que tal vez fueran las últimas.
-Los tiempos de guerra son buenos para el amor – le decía ella entre polvo y polvo – La gente se lo hace más temiendo la inminencia de la muerte.
-Cierto.
-Sal vivo, Prince, no me falles. Nunca lo superaría después de esto, me faltarías para siempre.
-Buf, Audrey… no debí contártelo…
-Sí, Prince, sí debías hacerlo. De lo contrario no estaría viviéndolo al mismo nivel que tú, no lo comprendería.
-Claro…
-Y esto nos está uniendo mucho. Vamos a volver a quedar también el jueves y el viernes, van a ser los polvos más maravillosos de tu vida por si son los últimos, te lo aseguro.
-Ya lo están siendo, tengo los sentimientos a flor de piel.
-Y yo, a eso me refería, debíamos estar en la misma onda.
El jueves en la cena Minerva se puso de nuevo en contacto con él.
-Prince, pido permiso para hablar contigo.
-Lo tienes, Minerva.
-La marea baja del sábado es a las tres y media de la tarde. Albus calcula que podéis llegar dos horas antes, así que se mantiene la hora a la que habíais quedado, doce y media en su despacho.
-De acuerdo. Qué bien nos ha ido.
-Pues sí, casualidad.
-Maravilloso, muchas horas por delante para estar de vuelta para la fiesta.
-Veo que estás más animado.
-No me queda otro remedio que sobreponerme.
-Prince, ¿te doy un consejo en privado?
-Dámelo, Minerva.
-No te la juegues por él. Ya no es imprescindible, tú sí.
-De acuerdo, Minerva.
Pasó la noche del jueves también con Audrey, y el viernes por la tarde estuvo tocando con Hipólita. Ella le preguntó:
-¿Cuándo vuelves a dormir conmigo, meu amor?
-Hoy tampoco.
-Buf… Te echo mucho en falta.
-Ya lo sé, cariño. El sábado quizá tampoco, el domingo seguro que sí.
-Vale…
El viernes por la noche volvió a estar con Audrey en la casa de la Sala de Menesteres en exclusiva para ellos. Frente a la chimenea, él le propuso:
-Mañana tienes licencia de entrenamiento, ya he hablado con Genevre. Esta noche vamos a volvernos locos, a hacérnoslo hasta que caigamos rendidos de sueño y a continuar mañana por la mañana, tengo tiempo hasta las doce.
-Buaaah… genial…
-Si muero mañana voy a lamentar no morir follando.
-Cierto, qué suerte que me entraste en la fiesta.
-Pues sí, aunque pienso que lo habría hecho esta semana cuando me hubiera enterado.
-Pero no habríamos tenido la confianza que tenemos, no me lo habrías contado.
-Quizá no.
-Y yo no habría estado dispuesta todos los días para ti, como fue al principio.
-Claro, claro…
-Volveremos a la tranquilidad, ¿eh? Estoy retrasándome en los estudios.
-Desde luego. Haremos algo mejor, te llevaré a hacer el ritual de la cueva. Recordarás todo lo que has leído y te ha ocurrido en la vida con el máximo detalle, serás la única de quinto que lo haya realizado y obtendrás el premio seguro.
-Vaya…
-De alguna manera he de compensarte lo que te estoy haciendo sufrir.
-No me haces sufrir, mi vida. Está siendo muy especial vivir esto contigo, te lo digo siempre.
Esa noche hicieron así, se volvieron locos, perdieron la cuenta de las veces que se lo hicieron. Ella le dijo:
-Yo pensaba que sabía mucho de sexo porque me lo he hecho con muchos chicos hasta que me he encontrado contigo. Cuántos recursos y qué imaginación tienes, no hemos repetido una sola vez esta noche.
-Ni repetiremos mañana por la mañana. ¿Estás irritada?
-Desde hace dos o tres.
-Estupendo, no pienso curarte, quiero que te duela, el amor duele.
-Buf, Prince… cómo me pones…
-Pues te aguantas, porque éste es sólo para mí.
-Dale, dale…
A la mañana siguiente continuaron apurando el tiempo. Sev estaba reventado cuando se presentó en el despacho de Albus habiendo dormido sólo seis horas y sin haber desayunado.
-Buenos días, Albus.
-Pasemos a almorzar a mi salón – le dijo el director.
Pasaron y se sentaron.
-No tengo estómago para tomar nada.
-Has de comer, chico, hoy no te has presentado a desayunar y tenemos un esfuerzo que realizar dentro de un par de horas.
-Cierto.
-Tienes muy mala cara, ¿eh? ¿Has dormido bien?
-No.
-Ya lo imaginaba. No te apures, es normal. He pedido algo ligero contando con que tenemos que meternos en el agua congelada y podemos sufrir un corte de digestión. Come.
Sev comió lo que pudo, debido al malestar y los nervios no fue gran cosa.
-Come el postre – le dijo Albus – Métete calorías rápidas, carbohidratos.
-Buf… no me gusta nada el dulce.
-Vamos… dentro de un rato lo agradecerás.
-Vale, vale…
Comió el postre a la fuerza, después se vistieron con los trajes de neopreno y subieron a la Torre de Astronomía para salir hacia el exterior de los terrenos del colegio con las escobas. Una vez allí las escondieron y se Aparecieron.
Olía a salitre, escuchaba el bramido de las olas y un viento huracanado les alborotaba el pelo mientras contemplaban un mar gris y oscuro muy agitado. Se hallaban sobre un alto afloramiento de roca negra y a sus pies el agua se agitaba y espumaba, miró hacia atrás y vio un altísimo acantilado, un escarpado precipicio negro y liso de cuya pared parecía que, en un pasado remoto, se habían desprendido algunas rocas semejantes a aquélla sobre la que estaba con Albus. Era un paisaje inhóspito y deprimente, no había ni un árbol ni la menor superficie de arena entre el mar y la roca.
-¿Qué te parece? – le preguntó Albus como si le pidiera su opinión sobre si era un buen sitio para hacer una comida campestre.
-¿Trajeron aquí a los niños del orfanato? – preguntó Sev, que no imaginaba otro lugar menos conveniente para ir de excursión.
-No, no exactamente aquí. Hay una aldea, si se puede llamar así, a medio camino, en esos acantilados que tenemos detrás. Creo que llevaron a los huérfanos allí para que les diera el aire del mar y contemplaran el oleaje. Supongo que sólo Tom Riddle y sus dos jóvenes víctimas visitaron este lugar. Ningún muggle podría llegar hasta esta roca a menos que fuera un excelente escalador y a las barcas no les es posible acercarse a los acantilados porque las aguas son demasiado peligrosas. Imagino que Riddle llegó hasta aquí bajando por el acantilado. La magia debió de serle más útil que las cuerdas. Y trajo a dos niños pequeños, probablemente por el puro placer de hacerles pasar miedo. Yo diría que debió de bastar el trayecto hasta este lugar para aterrorizarlos, ¿no crees? Pero su destino final y el nuestro está un poco más allá. Sígueme.
Lo condujo hasta el borde de la roca, donde una serie de huecos irregulares servían de punto de apoyo para los pies y permitían llegar hasta un lecho de rocas grandes y erosionadas, parcialmente sumergidas en el agua y más cercanas a la pared del precipicio. Era un descenso peligroso en el que debían ayudarse con las manos. Albus avanzaba poco a poco, pues el agua del mar volvía resbaladizas esas rocas más bajas. Sev notaba una constante rociada fría y salada en la cara. Llegaron a la roca lisa más próxima a la pared del acantilado.
-¿Lo ves? – dijo el anciano profesor elevando la voz sobre el bramido del mar, señalando hacia la pared.
Sev vio una fisura en el acantilado, en cuyo interior se arremolinaba el agua.
-Nos toca mojarnos, a darnos un chapuzón.
Dicho eso, Albus, con la agilidad propia de un hombre mucho más joven, saltó de la roca lisa, se zambulló en el mar y comenzó a nadar con elegantes brazadas hacia la oscura grieta de la pared de roca sujetando la varita con los dientes. Sev cogió su varita también con la boca y lo siguió. El agua estaba helada, pero el traje de neopreno lo protegía bien y no le hacía perder temperatura corporal. El chapuzón le sentó de muerte, le quitó toda la tontera acumulada desde que había despertado. Respirando hondo un aire que le impregnaba la nariz de olor a salitre y algas, emprendió el camino hacia la fisura del acantilado.
La fisura pronto dio paso a un oscuro túnel y Sev dedujo que ese espacio debía llenarse de agua con la marea alta. Sólo había tres pies de distancia entre las viscosas paredes, que brillaban como alquitrán mojado, iluminadas por la luz que emitía la varita de Albus, Sev también encendió. Asimismo vio que un poco más adelante el túnel describía una curva hacia la izquierda y se extendía hacia el interior del acantilado. Siguió nadando detrás de Albus, aunque sus entumecidos dedos rozaban la roca áspera y húmeda.
Entonces vio que el profesor salía del agua, el canoso cabello le relucía. Cuando Sev llegó a su lado descubrió unos escalones que conducían a una gran cueva. Chorreando agua del traje trepó y fue a parar a un frío recinto. Albus estaba en pie en medio de la cueva con la varita en alto, se dio la vuelta despacio y examinó las paredes y el techo.
-Sí, es aquí – dijo.
-¿Cómo lo sabes? – preguntó Sev.
-Hay huellas de magia.
-Vamos a secarnos antes de continuar, de lo contrario nos resfriaremos.
-Está bien.
-Con la Magia Druida y un hechizo calefactor que conozco podemos hacerlo con las manos.
-Estupendo.
Le explicó el hechizo y se secaron, las espaldas el uno al otro.
-Esto es sólo la antecámara, una especie de vestíbulo – comentó el profesor mientras lo hacían – Tenemos que llegar al interior… Ahora no se trata de salvar los obstáculos de la naturaleza, sino los dispuestos por Voldemort.
Cuando acabaron, se acercó a la pared de la cueva y la acarició con la mano mientras pronunciaba unas palabras en una lengua desconocida. Recorrió dos veces el perímetro de la cueva tocando la áspera roca, a veces se detenía y pasaba los dedos repetidamente por determinado sitio, hasta que al fin se quedó quieto con la palma de la mano pegada a la pared.
-Aquí – dijo – Tenemos que continuar por aquí. La entrada está camuflada.
-¿Cómo lo sabes?
-Sensibilidad, la lengua que he usado es gaélico, Magia Druida, un hechizo para potenciar el efecto de otros hechizos y que éstos se detecten.
Albus se apartó de la pared y apuntó hacia la roca con la varita. El contorno de un arco se dibujó en la pared, era de un blanco resplandeciente, como si detrás brillara una intensa luz.
-¡Lo has conseguido! – exclamó Sev.
Pero antes de acabar de pronunciar estas palabras el contorno desapareció y la roca volvió a mostrar su superficie normal. Albus se quedó inmóvil contemplando con atención la pared de la cueva, como si leyera algo extremadamente interesante, Sev también se quedó quieto para no perturbar su concentración. ("Eso de que no es imprescindible no es cierto. Continúa siéndolo, esta misión habría podido realizarse sin mí, no sin él, tenemos que salir vivos los dos.") Pasaron dos minutos y entonces Albus dijo en voz baja:
-Lo que esperaba, para pasar hemos de pagar.
Explicó al tiempo que introducía la mano en un bolsillo del traje y extraía un pequeño cuchillo de plata como los que utilizaban para preparar los ingredientes de las pociones.
-Sangre, una ordinariez. La intención, como ya habrás comprendido, es que tu enemigo se debilite antes de entrar. Una vez más, Voldemort no entiende que hay cosas mucho más terribles que el dolor físico. Sin embargo, a veces es inevitable.
Se arremangó la manga del traje y dejó al descubierto el antebrazo izquierdo.
-Albus, ya lo hago yo. Soy más joven y fuerte.
Albus se limitó a sonreír. Hubo un destello plateado seguido de un chorro rojo y la pared de roca quedó salpicada de oscuras y relucientes gotas.
-Eres muy amable, Prince – le agradeció el anciano profesor – Pero tu sangre es más valiosa que la mía.
Pasó la punta de la varita sobre el profundo corte que se había hecho en el brazo, que cicatrizó al instante.
-Mira, creo que ha dado resultado, ¿no?
El refulgente arco había aparecido de nuevo en la pared y esta vez no se borró. La roca del interior, salpicada de sangre, se esfumó dejando una abertura que daba paso a una oscuridad total.
-Creo que entraré primero – dijo Albus.
Traspuso el arco seguido de Sev.
