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Dinamarca

Su relación con México había sido superficial en un comienzo. Reconoció la independencia del pueblo mexicano de España solo un poco después de Inglaterra, pero eso había sido todo, una carta formal de un asunto oficial a una nación que no conocía en nada. Pasaría el tiempo en que sus relaciones diplomáticas se desarrollaran lo suficiente para que se conocieran en persona (además de una guerra mundial).

Hicieron clic casi instantáneamente en esa noche, Dinamarca le encantaba haber encontrado una amiga en México. Los dos se la pasaron hablando de un sinfín de temas como sus familias, pasatiempos en común, lo que les disgustaba y tenían ese punto en común que les gustaba vivir a lo máximo. Esa noche terminó con ambos emborrachándose, oliendo a ceniza de cigarro y con una multa de daño a la propiedad privada.

La relación entre México y Dinamarca eran bastantes risas con los efectos del alcohol, contándose chistes malos y metiéndose en problemas por la glotonería de la mexicana y el egocentrismo del danés. Pero... en un punto su amistad dejo de ser solo diversión y juegos.

Matthias recuerda esa noche aún con su resaca. Se había despertado en su cama de la casa que poseía en Odense y notó dos cosas. En primer lugar, que México seguía en su casa completamente despierta, mirando por la ventana al cielo. En segundo lugar, los colores grisosos de ese cielo. Era una existencia de grises, fríos, azules cobalto, índigo y gris terroso que se degradaban con un aire húmedo. El repiqueteo de la lluvia golpeando el cristal de la ventana era adormecedora, que por poco casi hace caer en el letargo a Dinamarca. Una sinfonía con golpes audaces en tono menor.

Por poco.

Pero, Matthias notó el rostro inusualmente triste de Rosalía. Su cabello estaba hecho un desastre de enredos y estaba fumando un cigarrillo junto a la ventana por donde tiraba las cenizas. Observó de cerca su rostro algo ceniciento, con la mirada perdida en sus pensamientos.

— ¿Está todo bien? — comenzó por decir Matthias con el sueño arrastrándose por sus palabras.

La mujer abrió los ojos con sorpresa y se giró a verle, sus pupilas contraídas contra la explosión de dorado que eran sus iris — Todo bien, éste, buenos días Dinamarca — lo saludó apangando el cigarrillo fuera de su vista. Había algo en su tono que no terminaba de convencer a Dinamarca.

— ¿Estás segura? Te ves...

— Tu tranquilo, yo nerviosa. Wey, voy a hacerte algo de comer para la cruda, te vez como una mierda — le interrumpió abruptamente con una sonrisa que le causo un escalofrió a Dinamarca. Él quería presionar sobre el tema e inconvenientemente afuera hubo un destello repentino, la lluvia golpeaba con un implacable bombardeo a la ventana cuando el trueno alcanzó al rayo.

Matthias se incorporó y se sentó en su cama con la ropa del día anterior aún puesta, los destellos complementaron la paleta apagada del cielo con los parloteos de Rosalía siendo un ruido de fondo. Ese día se dio cuenta que no conocía mucho a su amiga, la mujer era inusualmente cerrada acerca de los problemas que había en su vida y los desviaba en cosas triviales. Una persona sensata se habría acercado con cuidado, pero Dinamarca era él y le preguntó en la cara que le ocurría e insistió hasta el hartazgo.

México respondió con enojo y terminaron peleándose. Siendo la primera vez que se peleaban de manera tan seria, ninguno de los dos quería dar su brazo a torcer; convencidos de que estaban haciendo lo correcto desde su punto de vista. Las cosas continuaron por unas semanas hasta que Brasil se hartó de esa actitud y razonó con ellos.

A partir de ahí su relación cambió bastante. Aún salían a beber a bares baratos y metiéndose en problemas con la ley, pero cimentaron la confianza de contarse sus problemas más serios hasta llegar a contarse experiencias bastante personales sin la necesidad de que alguno estuviera borracho. De conocidos pasaron a ser buenos amigos que se preocupaban por el otro y conociendo cada vez más.

Era curioso cómo empezabas a sentir amor por las personas más improbables.

[...]

Colombia

Catalina solo quería que Rosalía fuera feliz.

Aunque no fuera con ella, solo deseaba de corazón que alguien pudiese amar a México tan profundo como lo era el océano. Que su amiga pudiera encontrar a alguien que valiera la pena mirar como si fuera el sol de su galaxia. Que la amaran incluso entre sueños que le causaran insomnio. Un amor tan intenso que se demostrara a cada paso, a cada respiro y cada beso.

Que admirara los bailes en que colocaba un vaso de cristal en su cabeza, perfectamente equilibrada y sin derramar una gota. Anhelar su compañía como el Sol en invierno y que escuchara esos chistes de los que México se reía después de contarlos. Que apreciara esos los pequeños gestos afectivos de los que México se sentiría avergonzada en admitir que eran suyos. Y claro, que sobreviviera a los ladridos del chihuahua de Rosalía.

En serio, ese perro era pura maldad.

Es curioso que necesites sufrir para saber que es amor y que tan profundo es. Despertaba algo en su interior cada vez que veía a Portugal demasiado cerca de México, su estómago daba vuelcos incómodos cuando México coqueteaba con medio mundo y la palabra "amiga" le desagradaba un poco. Colombia se dio un golpe en la cabeza al saber que lo que sentía eran celos, y no de los que sentías por una amiga.

Pero...

Colombia sabía que México la amaba mucho, pero no en la forma que Catalina lo hacía. Era más un hecho que una suposición, que se fue reafirmando con el paso de los años.

El mundo no era un cuento de hadas, el amor tenía varias formas y no te corresponderán de la manera que quieres. Aprendió a vivir con eso desde que se dio cuenta que le gustaban las mujeres, en una época en que no era considerado normal o que no la colgaran por su pecado al sentir un deseo por la esposa del duque, quien fue su primer amor.

Decidió que continuaría como si nada. Lo superaría y encontraría a alguien más para amar. Gracias a Dios que México lo ponía muy fácil.

— ¿Por qué te gusta tocar la trompeta? — Catalina le preguntó un día a Rosalía.

La mexicana pasaba sus dedos por los pistones con la dichosa trompeta y alzó su mirada hacia a ella. Con una travesura que se delataba en cada movimiento, puso su boca en la boquilla y sopló para que la nota alta estallara en la cara de Colombia que le aturdió los oídos.

— Para hacerte esto — le dijo México soltando carcajadas por la expresión espantada de su amiga — Wey, soy la mera verga.

¿Por qué Colombia se enamoró de esta idiota?

[...]

Lituania

Fue fácil convivir con la vecina del Sr. América.

México trabajaba para el señor América como una de sus subordinadas al lado de Romano y él. Ella le ayudó en el inglés para los reportes que entregaban a sus superiores, a veces sus cambios de humor tan repentinos ponían a Lituania bastante nervioso y era agradable platicar con México, a pesar de que no la entendía la mitad del tiempo, mientras hacían sus deberes en la oficina con Romano quejándose.

Al parecer lo que no entendía la mitad del tiempo eran los chistes por lo que le explico Alfred, y esto hizo que México intentara con más fuerza tratando de hacerlo reír. Puede que ella se lo haya tomado demasiado personal, pues cada intento era más y más raro con solo el fin de hacer reír a Toris. Lituania seguía sin entenderla, lo único que lograba era confundirlo. Sin embargo, los demás lo encontraban divertido.

La forma tan cálida en que México lo trataba; esos días en que por accidente se quedó dormido y Rosalía completó el trabajo para que no se metiera en problemas, tener a alguien que escucharía su historia, cuentos y tradiciones como si él fuera su mundo entero. Ese hábito raro de ponerle salsa picante a toda clase de comida ¡hasta al helado! Su amabilidad alegre que le hacía sentir bienvenido e incluso su negativa a reconocer su anexión forzada a la Unión Soviética; conmovía el corazón de Toris.

Aunque también ese hábito de coquetear con los trabajadores o responder con violencia en algunas situaciones; los ha metido en problemas que Toris prefería evitarse.

Lituania tenía la certeza que todos se cruzaban con personas en su camino que era imposible no amar. Ese tipo de personas que se meten en tu corazón sin permiso, hacen un lío para hacer una casa y se quedan viviendo como si les perteneciera. Ese es el tipo de amor que recuerdas para siempre que no debía ser manchado en la busca de una relación. Eso era lo que sentía por México.

Lituania se dio cuenta de que la amaba cuando ella empezó a hablar en demasía del maíz, lo versátil que era tenerlo como cosecha y los numerosos platillos que se podían preparan con los granos amarillos de la fruta. México le recalcó que era una fruta/semilla. No era nada especial, era el entusiasmo y la pasión por lo mundano en la vida que era adorable. Tan... ella.

Se conformó en expresarle sus afectos en formas sencillas, como preparar un almuerzo especial para ella, poner su música favorita o pasarle a escondidas sus botellas favoritas de salsa. Había veces en que se imaginaba toda una vida con México, hasta había pensado en los nombres de sus hámsteres. Pero volvía a la rutina de siempre con sus sentimientos de amistad y admiración por su amiga mexicana.

A Toris le gustaba pensar que hacía bien su trabajo, que incluía ser el asistente del Sr. América. Y cayó en cuenta que varias de las necesidades y deseos de su amigo, estaban relacionadas con su vecina del sur.

Lituania no se iba a interponer, había que ser ciego para no notar el amor que se tenían esos dos. Él estaba seguro que serían felices juntos y al final era mejor una amistad duradera que a un romance de un instante.

— ¿México?

Rosalía se volvió hacia él sin dejar de rascarle la panza a Americat — Mandé, Toris.

La primera vez que uso esa expresión con el lituano, éste entró en pánico diciéndole que no quería ordenarle nada.

— ¿Podemos ser amigos?

Ella sonrió confiada — Toris, estás atrapado conmigo y no podrás escaparte de mí.

Sí, no se arrepentía de nada.

[...]

Japón

Kiku prefería tomarse las cosas con calma y discreción. Al menos quería aparentar eso en el exterior, porque en sus adentros estaba en completo pánico. Italia se dio cuenta de que algo iba mal y con mucha insistencia (con varios chillidos agudos de Feliciano) desgastó al pobre hombre. Aunque no lo parezca, Italia es muy bueno guardando secretos, por lo que Japón confió en él para confesarle de esos sentimientos que sentía por la nación latina.

Para Japón fue difícil admitir que estaba enamorado de México. Él se sentía perdido... no sabía qué hacer con esos sentimientos. Si es que debía ignorarlos como un síntoma de alergia en primavera o imitar a uno de esos animes shoujo que veía y tratar de guiarse en base a ello.

Italia le dijo que eso sería una mala idea. Que, si deseaba ganarse el corazón de México, debía hacerlo con los gestos que le salieran del corazón. Después de eso... comenzaron las preguntas incómodas.

— ¿Por qué te gusta? — preguntó Italia apoyando su barbilla en su mano.

Japón parpadeó y se pudo nervioso — Yo... este, Mexichiko-san me hace reír.

— ¿Y? — Feliciano le instó a continuar.

— Me gusta lo expresiva que es.

— Si, si, continua.

— Ella fue la primera en esa horrible época que me respeto y me vio como un igual, creo que es lindo cuando se confunde y sigue intentando entender — admitió Japón, era confortante tener a alguien para compartir esos bochornosos pensamientos, aún se acordaba cuando el gobierno estadounidense lo obligó a firmar el tratado de Kanagawa que desencadeno una época llena de abusos de gobiernos extranjeros — Se sonroja cuando se acuerda que no me gusta que me abracen o me toquen, pero por alguna razón quiero que lo haga y.… nunca se lo digo.

Italia tenía los ojos abiertos de la impresión al ver a su amigo hablar tanto — ¿Te gustaría que ella te abrace, Giappone?

Kiku se sonrojo, sus manos cerradas en sus rodillas y miro hacia abajo. Feliciano sonrió al tener su respuesta y cerró sus ojos.

— Ve~ Invítala a cenar — sugirió el italiano.

— Pero ¿y si dice que no? — dijo el japonés controlando la sangre que corría por sus mejillas.

Italia negó con la cabeza — Sé que Messico no te diría que no. Ella te quiere mucho, ve ~

Eso levantó un aura depresiva alrededor de Japón — Como amigo.

— Veeeeeeee — chilló Italia asustado con la cara pálida — Das miedo, Japón. Pero eso puede cambiar, yo te ayudare y podemos pedirle ayuda al hermano mayor Francia.

Japón pareció inseguro por lo último, la reputación de chismoso de Francis era conocida. Al final acabó asintiendo.

[...]

Australia

Ella tiene ojos bonitos. Eso es lo único que tenía Australia para decir en su defensa.

Liam creía en la frase de que los ojos son la ventana del alma. Entre cada parpadeo, esos iris dorados transmitían calma en esos tiempos de las trompetas de la guerra en los que se conocieron.

Esos ojos que brillaron de entusiasmo al conocerlo en persona después de años de escribirse por carta. Cada encuentro, cada año, esa chispa nunca dejo de resplandecer en sus pupilas. Como si fuera la primera vez, eso era tan lindo y movía su corazón.

México ponía esos ojos lastimeros cuando la batalla del día se volvía demasiado pesada. Se llenaban de lágrimas que derramaba hasta que no hubiera más, Australia recuerda las noches en que se acercó a la mujer, la tomaba en sus brazos para que tuviera un hombro sobre el que llorar y nunca mencionaba ese silencioso "gracias".

Los irises espinosos con la firmeza de una guerrera consumada que peleaba junto a él, codo con codo para la liberación de Filipinas. Firmes en lo que debía hacerse y le extendían la mano para que recorrieran los baches juntos.

Esos ojos electrizantes acompañados con ese extraño grito que sacudió a Liam hasta los huesos por el susto, al escuchar que habían ganado el lado de su guerra. Se abrazaron, vitorearon en las calles junto a los soldados, la gente y los refugiados. Los dos cubiertos de aceite de motor, sudor y tierra se movieron con alegría al saber que los años infernales acabaron con la victoria de los aliados.

Los ojos que se volverían sarcásticos entre sus cuchicheos en las reuniones que tenían sus gobiernos, las exploraciones en los lechos marinos en los que siempre había algo nuevo por descubrir, esos bailes tontos en las playas en las noches, las canciones en las que se acercaba mucho a él para cantárselas al oído y esos ojos que se llenaban de pavor al ver a una araña paseándose por el cuerpo de Liam.

Si, México tenía ojos muy bonitos.

[...]

México

¿Dónde existía la línea entre el amor y la amistad? ¿Del odio al amor? ¿Cuándo una relación pasaba de ser platónica a una amorosa? ¿Cómo identificar esa fina línea entre la atracción, la amistad y el amor?

México reflexionó sobre esa pregunta. Lo cual la molestaba, porque era de madrugada y no era capaz de dormirse de nuevo. Esas preguntas eran un impedimento para que el sueño llegara a sus ojos.

Ella llegaba al mismo problema, era que los amigos ya se aman. Llamar amigo a alguien era amarlo, razonó era su propia forma de amor y un concepto que podría interpretarse de diversas formas. México lo había aprendido al lado de sus amigos más cercanos durante años.

Y esa pregunta invasora se metía... ¿Dónde existía esa línea entre el amor y la amistad? No creía que fuera el tiempo que pasaras con ellos. ¿Tal vez los secretos que compartes? ¿La confianza que existía entre las dos personas? ¿Ese sentimiento de protección y desear su felicidad?

No, había hecho todo eso con otros y nada se sentía así. Se giró en la cama con los ojos cerrados.

¿Acaso era el sexo? Nah, México negó con la cabeza contra su almohada. Ella se había acostado con muchas personas solo por el placer de hacerlo, pero sabía diferenciar una noche cualquiera de una en la que compartes no solo la totalidad de tu cuerpo sino también de tu alma. Esa intimidad de conocer a otra persona en un nivel casi más allá de lo físico.

Entonces, no era eso. Rosalía lo descartó por completo. Abrió sus ojos y se centró en la habitación oscura con las cortinas cerradas, una respiración cerca de su frente, una tranquila que se sentía a gusto con su presencia.

Solo amigos, eso eran en un inicio. Y pensó en lo nervios traidores cuando le preguntó a Alfred si quería pasar más tiempo juntos, y como su corazón latió sin freno cuando le dijo que sí con esa sonrisa brillante. Amaba cuando la abrazaba al dormir y sentir que no debería haber otra manera. Ellos siendo dos mitades de un todo. Tal vez eran esas emociones las que vinieron para algunos y no para otros; después de todo tenías amigos con las que hacías diferentes cosas. Sin embargo, no era eso. Tenía amigos que la conocían con tanta profundidad, pero seguían siendo solo amigos.

Pero Alfred era diferente.

Amistad, enfatizó la palabra dentro de su cabeza. México se exaspero contra la pobre almohada tratando de descifrar en qué momento se cruza la línea entre la atracción, la amistad y el amor. ¿Cómo diferenciar cual era cuál? No era sencillo. La vida no es un libro en el que puedas leer todo lo que pasa por la cabeza de la gente o en la propia, no era de esos fanfics que Bolivia se leía casi a diario en que trataban de justificar el amor cuando era un sentimiento tan complicado para todos.

Respiró hondo el aroma rústico de madera y azucares impregnados en el aliento en su frente. Era una rara y familiar fragancia que sabía a quién pertenecía, Rosalía recostó su rostro en el colchón dejando la almohada deformada.

De amigos a amantes ¿Cuándo pasabas de un extremo a otro? ¿Era colocar en una importancia mayor a alguien que al resto? De cierta forma sonaba correcto, pero faltaban piezas para confirmar que esa era la respuesta. No era el sexo, no era el tiempo que pasabas a su lado o un beso, entonces ¿qué diablos era?

¿O es que era todo eso, pero se convertía en algo especial porque lo hacías con alguien a quien considerabas especial? Estaba llegando ahí, México lo sentía.

Un movimiento repentino en la cama la hizo abrir los ojos para ver como Estados Unidos bostezó con un giro simultáneo para solo dejarla ver su espalda, escuchó su gruñido y se volvía a voltear a como estaba en un inicio solo que acomodó sus piernas en un ángulo distinto que se enredaban con las suyas. Su mano derecha rozando su rostro completamente en silencio con solo su respiración con aroma a madera y azúcar en su nariz.

Observó el rostro de Alfred dormido, ese rostro inhumanamente hermoso. Aunque eso era normal para todas las naciones, tener una apariencia sobrenaturalmente hermosa que conquistaba a los corazones humanos; eso hacía que el trabajo fuera un poco más sencillo cuando la gente confiaba con bastante facilidad en un rostro bonito acompañado con una sonrisa. Y México se estaba desviando del tema... retrocede y enfócate.

¿En qué estaba? Ah, sí. La amistad, la atracción y el amor.

México definitivamente podía decir que hace mucho tiempo pasaron la línea de la atracción. Esa línea superficial que provocaba que te interesaras más de la cuenta en alguien, pero ¿aun sería atracción cuando ya conoces las partes malas y buenas de alguien con tanto detalle? ¿Al conocer cada una de sus penas, inseguridades, sueños y alegrías? ¿Después de pasar tanto tiempo juntos? Pero de nuevo, amar a alguien también significaba sentir atracción por ellos; sea amistad o amor.

Tal vez era por lo que estabas dispuesto hacer por esa persona especial, ella consideró esa perspectiva con detenimiento. La vez que tomo el primer avión a Washington cuando la bolsa de valores cayó, sin importarle mucho el costo del boleto, para ver el estado de Alfred al mismo tiempo que ella enfermaba por la crisis económica global. Todas esas cartas que el estadounidense envió cuando fue invadida por Francia y abandonada a la suerte por Juárez, a pesar de que él mismo estaba en una guerra civil. Un conflicto que apenas terminó, Alfred fue de inmediato a su lado.

O esa vez en que el rostro emocionado de Estados Unidos al recibir su regalo de navidad, que hace meses le hablo en una conversación con tanto entusiasmo y en parte una gran desilusión porque no fue capaz de comprarlo cuando salió. México buscó hasta por debajo de las rocas esa figura de acción de edición limitada solo para verlo feliz.

Los ojos de Rosalía brillaron por esos recuerdos y muchos otros que le vinieron a la cabeza. Movió su cabeza y gentilmente frotó su nariz contra la de Alfred y extendió una mano para jugar con algunos de sus mechones. Estados Unidos sonrió mientras dormía, y el rubor de México se apoderó de sus mejillas al enfocarse en los labios de su pareja.

¿Quizás era un beso?

México lo pensó mucho. Hace pocas horas que habían estado charlando sobre la vida, cosas que les pasaban en el tiempo que no se vieron. Era una mezcla de compartir historias, burlándose con bromas juguetonas y bastante coqueteo de por medio. Y Estados Unidos hacia ese gesto de morderse el labio que la exasperaba, pero que no podía evitar amar. Con cada palabra de la conversación se emocionarían e irían acercándose. Un poco más.

Fingiendo que ninguno lo notaba.

Hasta que los labios tocaron a los labios.

Fue seguro, familiar y después de tantos años seguía despertando una profunda emoción. Sus manos encontraron los lugares indicados en el cuerpo que conocían de memoria para acariciarse, los lentes de Alfred siempre topando con el rostro de Rosalía, intercambiando el liderazgo cuando uno se inclinaba en esa demostración de amor. Alfred buscó profundizar ese acto en un gesto vacilante que pedía permiso, ella se lo permitió y se hundieron en el colchón.

Olvidaron que existía todo un mundo allá afuera, con la vacilación inexistente se perdieron en las sensaciones que se brindaban entre ellos. Alfred sabía a efervescencia, y esa palabra se quedaba corta. Era difícil de describir, lo más seguro que fuera causado por las bebidas carbonatadas que tanto bebía el hombre. Pero había más que podía saborear; era el toque insistente de zarzamoras azucaradas, la espesura del queso crema que se mezclaba con esa efervescencia. México se rio en sus labios disfrutando del cosquilleo en su lengua.

Estados Unidos le pregunto de que se reía sin despegar mucho sus labios de ella, solo le dijo que nada y rodaron por la cama para besarse con pasión que los dejo con un agradable hormigueo por el cuerpo. Pero, esos besos estaban lejos de ser lo más íntimo que ambos habían hecho juntos. Era una manera sencilla de demostrar amor, pero que la dejaba temblando hasta las rodillas porque era él quien la besaba.

Y volvía al ciclo de que su respuesta se contradecía con otra cosa. Los besos solo eran especiales porque te lo daba esa persona especial y de nuevo, ¿Cómo definimos a alguien más importante en nuestra vida que a otras? ¿En realidad debe haber una razón? ¿No hablan más los hechos que las razones?

México sintió un toque en su mejilla, un tacto gentil que le decía que volteara abajo. Y se encontró con los ojos azul cielo más hermoso que haya visto en la noche, que brillaban por la escasa luz que comenzaba a entrar a la habitación. Ese tacto era el pulgar de Alfred acariciándola, él se rió y paso su mano hasta su cabello enredado.

— ¿Qué hizo que te despertaras tan temprano, sugarcube?

Una pregunta demasiado complicada, eso pensó, pero no se lo dijo. Pensaba en cómo decírselo hasta que Alfred acarició su cuello dejando la pregunta en segundo plano y sintió que la pregunta era una tontería por la que estar despierta.

Simplemente lo amaba. A su presencia, su compañía, su sonrisa, su alegría, esos aspectos de su personalidad que la volvían loca, pero que de todos modos amaba porque formaban parte de él. Lo amaba solo porque si, era su mejor amigo, el que siempre la sacaba de sus casillas y quien quería tener en su vida y estar ahí para él.

Era simple. Solo esas pocas palabras separaban la atracción, la amistad y el amor.

México rozó su nariz con la de Estados Unidos y fusiono sus labios en un beso perezoso. Saboreó ese agrio sabor del aliento matutino, fue breve y sostuvo su rostro como si estuviese hecho de cristal. Después de un tiempo, se separaron bajo la mirada confundida de Alfred.

— Oye, sabes que nunca me quejaría de tus besos, pero ¿pasa algo? — le preguntó en un parpadeo y México le sonrió teniendo su respuesta.

— Te amo, Al.