Disclaimer: Esta historia está inspirada, en parte, en el universo detallado en la saga cazadores oscuros de Sherrilyn Kenyon, mezclado con el universo de Harry Potter de J.K Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a las dos autoras, yo solo los tomo los mezclo y agrego cosas.
**CLARACIÓN: NO ES NECESARIO LEER O HABER LEIDO LA SAGA DE CAZADORES OSCUROS PARA ENTENDER LA HISTORIA, YA QUE LAS PARTES IMPORTANTES DE LA TRAMA SERÁN EXPLICADAS. **
*SI LEISTE LA SAGA: puede que algunos personajes y/o destinos de los mismos hayan sido levemente modificados por el bien de esta trama.*
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Capitulo 3:
Hermione frunció el ceño ante el hormigueo que se extendía por la parte baja de su espalda. Hacía años que había aprendido a distinguir esa sensación como la proximidad de un daimon. Si bien los escuderos habían creado diversos aparatos tecnológicos que les servían para rastrearlos, Hermione prefería guiarse por su instinto.
Había dejado la motocicleta con la que se desplazaba normalmente en el Santuario y había salido a patrullar a pie. Llevaba una buena hora caminando por el Barrio Francés y las calles estaban semi vacías debido al frio de esa época del año.
Giró por una calle lateral y se dejó llevar por la sensación que se hacía más intensa a medida que se desplazaba. Ella era nueva en la ciudad pero no le había sido difícil memorizar los planos de su zona a patrullar.
A lo largo de los siglos Nueva Orleans había sido el sitio con más actividad daimon del mundo. Según sus investigaciones era probable que esto se debiera a que algunos portales infernales fueron ubicados en esa zona en un tiempo donde la humanidad todavía no había colonizado esas tierras.
La luz de la luna se filtraba a través de las verjas de hierro forjado cubiertas de enredaderas, e iluminaba los viejos ladrillos rojizos de los edificios. Según sabia, esa ciudad no había cambiado mucho a lo largo de los siglos.
Hasta ella llegaban los ecos de risas lejanas, música y, cómo no, el sonido del tráfico. Aguzó el oído en busca de una señal que le indicara la posición de los Daimons. Y fue entonces cuando se escuchó un agudo chillido.
Hermione se aseguró de seguir el sonido y acortó camino usando algunos callejones hasta que encontró a una joven mujer embarazada, rodeada de cuatro Daimons.
Los Daimons eran Apolitas que se habían negado a morir a los veintisiete años como su creador había impuesto y mataban seres humanos para robar sus almas y poder seguir viviendo mucho más tiempo. Desde que el daimon absorbía el alma de su víctima, esta empezaba a morir y terminaba por desaparecer definitivamente. Era trabajo de los cazadores oscuros liberarlas antes de que eso sucediera, para que pudiesen seguir su ciclo y renacer, si ese era su destino.
Una mujer embarazada era el mayor premio para un daimon, eran dos almas por el precio de una, y a su vez, las almas de niños no nacidos podían mantenerlos vivos por mucho tiempo más que cualquier otra.
Extrajo la Hurlbat de la funda que ajustaba en su espalda, bajo el abrigo. La singular arma era su firma desde que había descubierto que los cazadores oscuros podían pedir a los escuderos que fabricasen cualquier arma que ellos quisiesen. Había pasado semanas indagando en la historia hasta que encontró un arma que le gustase lo suficiente.
Su hurlbat, en particular, era su orgullo y el dolor de cabeza de los forjadores, cada vez que perdía uno, ya que su diseño era tan intrincado como efectivo. Muy similar a un hacha de metal arrojadiza, el hurlbat tenía cinco puntas filosas distintas y no importa la forma en la que fuera arrojada, alguna de las puntas haría blanco y el daimon estaría perdido.
Tres de los cuatro Daimons huyeron al ver su arma, pero el cuarto se giró para hacerle frente. Cuando se replanteó su estúpida decisión, fue tarde. Una de las cinco mortíferas puntas se clavó en su pecho y estalló en una nube de polvo dorado antes de poder comenzar a correr.
Luego de recoger su hacha y guardarla, Hermione caminó hacia la mujer que cerraba sus ojos y protegía su vientre, completamente histérica. Había llegado a tiempo para evitar que la hiriesen, pero el ataque de nervios que la chica tenia podría dañarla a ella o a su hijo.
De los poderes que había recibido al renacer como cazadora oscura, el de influir en el estado de ánimo de los demás era su favorito. Aunque la telequinesia táctica no estaba mal tampoco, solo no debía olvidar que una mujer levantando un automóvil, con sus manos, no era algo normal.
- hola, no te preocupes, los ladrones se han ido. No te harán daño. ¿Estás bien?
La mujer se tranquilizó lo suficiente al sentir su influencia calmante. Ella usó la palabra ladrón para describir a los Daimons con la esperanza de que ella estuviese lo suficientemente aturdida como para que no sospechase lo cerca que habían estado de morir ella y su bebé.
De pronto el rostro de la chica mudó de un gesto ligeramente asustado hacia uno de completo terror. Se le había roto la fuente, su bebé estaba en camino y no tenia seguro medico como para ir a un hospital.
Hermione perdió los estribos por un segundo y luego se obligó a encontrar la paz en su interior, de la misma forma que Acheron le había enseñado tantos años atrás. Si se ponía histérica, sus poderes de descontrolarían y no sería de ayuda para la chica.
Proyectando todo su poder, para calmar a la futura madre, buscó en su bolsillo el aparato que usaba para comunicarse con su nueva escudera. Ella había dejado a Bernadette en Inglaterra para que no tuviese que alejarse de su familia. Y al llegar a Nueva Orleans, el consejo le había asignado a Tyana Carvaletti, una de las escuderas consideradas sangre azul. Ella era decima generación de escuderos y con Hermione se habían hecho amigas inmediatamente.
- Ty, necesito un coche. "Los mancha de tinta" atacaron a una chica embarazada y ahora está en trabajo de parto...
Hermione escogió sus palabras para hablar con Tyana. Ellos usualmente les decían mancha de tinta a los Daimons, debido a la pigmentación oscura que aparecía en sus pechos al convertirse en asesinos roba almas.
Afortunadamente Tyana estaba cerca con su coche. Ese viernes ella había decidido ir al Santuario porque los Howlers tocarían esa noche y ella era una fanática más de los were-hunters que desde hacía siglos amenizaban las noches del bar.
En menos de diez minutos estaban camino al hospital y Hermione se hizo cargo de todos los gastos que tuviese la chica. Artemisa les pagaba cada mes una cuantiosa suma que ella jamás solía gastar por completo, por lo que podía permitirse pagar la internación de una desconocida.
Desde que se había convertido en cazadora oscura, sus escuderas habían llevado sus finanzas a la luz del día y doscientos años después, aun mantenían el fideicomiso que había hecho crear para los Weasley. Con los años, los magos habían dejado de considerarlos pobres, aunque realmente nadie sabía de dónde venían los galeones.
Cuando se aseguró de que la chica fuese correctamente atendida, ella comenzó a vagar por el hospital hasta que sus pies la llevaron al ala de pediatría. No sabía por qué lo hacía, Tyana la estaba esperando en el estacionamiento, pronto amanecería y debería estar en camino hacia su casa.
Mientras observaba los recién nacidos en sus pequeñas cunas a través del vidrio, recordó a sus hijos perdidos y se sintió agobiada por un momento. Sabía que no debía estar allí porque el dolor aun era difícil de soportar cuando se exponía a cosas como aquellas.
Con el paso del tiempo ella había olvidado detalles del rostro de Rose, el tono exacto de la voz de Ron cuando le decía que la amaba, los abrazos de su padre y el aroma de su madre. No tenia fotografías de ellos, los pocos recuerdos que su primer escudera había conseguido, se habían perdido completamente en una sorpresiva inundación que había arrasado la primer ciudad donde estuvo apostada.
Lo único que conservaba de su pasado era la cicatriz de su abdomen como recordatorio de por qué luchaba cada día. Ella había vendido su alma por el acto de venganza en contra de quienes le habían arrebatado todo y se levantaba cada noche para combatir seres que acechaban inocentes. Vivía solo para proteger a quienes no podían protegerse a sí mismos. Vivía para hacer lo que no pudo con su propia familia.
Una alarma que avisaba la cercanía del amanecer sonó dentro de su bolsillo y caminó con su corazón pesado hacia el estacionamiento del hospital. Una enfermera le dijo que el hijo de la chica que había llevado estaba sano y salvo. Ambos, madre e hijo, estaban saludables y querían conocerla. Hermione se negó, no tenía tiempo para eso y no quería hundirse más en su miseria esa noche.
Tyana parloteaba cosas sin sentido regreso a casa y eso de alguna manera estaba logrando reconfortarla. La chica había quedado completamente alterada luego de su visita al santuario. Hermione había descubierto rápidamente que Ty podía actuar como una adolescente, aun teniendo casi treinta años, en lo que a los Howlers respectaba.
- Deberías ir mas seguido Herms, el Santuario es la tierra prometida de maravillosos dioses y ríos de testosterona. Te lo juro, mis amigas y yo queremos proponer a mamá Nicolette para un premio por su política de no contratar a cualquier hombre que no sea realmente muy atractivo.
El exterior del club, del que tanto hablaba su escudera, era el típico edificio de Nueva Orleans que se había construido cerca de mil ochocientos. Los ladrillos eran del color de la herrumbre y un enorme cartel se balanceaba desde hacía décadas sobre las puertas. Allí se mostraba una luna llena que se elevaba sobre una colina donde una motocicleta estaba estacionada y con orgullo proclamaba ese lugar como el Santuario, hogar de los Howlers.
La barra estaba abierta veinticuatro horas al día, siete días a la semana y estaba dirigida por la familia Peltier. La dueña, mamá Nicolette, tenía doce hijos que garantizaban a la mujer un premio por embellecer la ciudad. Todos ellos eran rubios de ojos claros. Cada uno de ellos era un espécimen masculino de primera que garantizaba hacer jadear a cualquier mujer que tuviese algo de sangre en sus venas.
- estuve ahí la otra noche. Ash me pidió que fuera.
- ¿conociste a alguno de ellos?, dime que al menos te dejaste seducir por uno de ellos. Dime que no fuiste al santuario solo por trabajo. No hagas que pierda mi respeto por ti Hermione.
- estaba de trabajando Tyana. Y de hecho conozco a uno de los que trabajan ahí.
- ¿Quién?
- Draco
- ¡oh por todo lo que es bueno!, ¡conoces a Eros reencarnado! Llevo meses intentando que me mire. Es uno de los más codiciados de los Peltier, pero hace un tiempo que ninguna de nosotras somos lo suficientemente buenas para él.
- él no es un Peltier.
- Lo sé, pero no lo digas cerca de mamá Nicolette o arrancará tu garganta. Puede no haberlo parido, pero creo que Draco es su favorito.
Cuando Tyana y sus hormonas alborotadas la dejaron sola en su casa, Hermione decidió que no tenía sueño aun y prendió el ordenador para ver si alguna de sus amigas cazadoras estaba en línea. Al llegar a casa se había duchado con la esperanza de conciliar el sueño, pero solo había conseguido sentirse más alerta.
Ella tenía la suerte de haber nacido en una época en donde los cazadores tenían a la mano la tecnología que permitía hacer sus días menos solitarios que en la antigüedad. Solo podía imaginarse la soledad de los cazadores en la edad oscura, donde no podían juntarse con los de su tipo sin drenar sus poderes y no podían salir de sus casas durante el día.
Luego de responder algunos correos y leer las noticias. Inició una video llamada con algunas cazadoras y un cazador griego que prefería codearse con ellas que con los demás guerreros.
En algún momento de los últimos cincuenta años los escuderos habían desarrollado una especie de tecnología que les permitía tener la sensación de estar todas reunidas en la misma habitación. Era como si sus amigas estuviesen sentadas en su sala y hacia sus días menos solitarios.
Tomó un par de cervezas de mantequilla de su heladera, debía agradecer a Tyana por haberlas conseguido, y algo de pizza fría, el alimento básico de un cazador oscuro. Una de las ventajas de ser una guerrera inmortal era que no debía preocuparse por cuantas cervezas tomase ni cuantas calorías tuviese su comida, ella no envejecería ni engordaría.
Janice, Chi y Patroclo estaban animados esa madrugada. Ella los conocías desde sus inicios como cazadora e incluso había compartido misiones con Chi como parte de los perros de la guerra.
Los perros de la guerra eran un escuadrón especial dentro de los cazadores oscuros. Eran hombres y mujeres con poderes tan fuertes que, aun estando por tiempos prolongados en el mismo sitio, no se drenaban mutuamente porque la ira que poseían los hacía casi invencibles.
Acheron vigilaba celosamente a los perros porque eran los más peligrosos de su clase. Eran letales, sanguinarios y todos ellos tenían serios problemas con la autoridad, incluso con Ash. Pero cuando las cosas se ponían realmente feas y necesitabas un escuadrón de ataque, no había ninguna fuerza que se asemejara a esos guerreros.
Los primeros años de cazadora oscura de Hermione habían sido caóticos. Ella incluso había desafiado a Acheron un par de veces, y llegó a apuñalarlo una vez. Ella milagrosamente seguía vivía aun, lo cual hablaba de la extrema paciencia de ese hombre.
- te ves tensa cariño.
- fue una noche larga Pat. Y Tyana me ha drenado mentalmente. Creo que esa chica está en celo.
- no seas mojigata Herms, Tyana es un espíritu libre. Deberías aprender de ella, debes desmelenarte un poco brujita. Toda esa energía sexual reprimida hará que te arrugues.
- muy graciosa Janice, te creería si no supiera que en realidad nosotros no podemos arrugarnos...
- Hermione, ella tiene razón. Un buen revolcón de vez en cuando mantiene nuestra piel lozana.
- ¡CHI!, suenas como mi escudera. Ella hizo una detallada descripción de cada uno de los candidatos con los cuales podría acostarme aquí en Nueva Orleans.
- chica, estuve un tiempo allí y estoy segura que Tyana tiene razón. ¿Has visitado el santuario? Es como un dulcería, debería ser ilegal que mamá Nicolette tenga tantos hombres hermosos en ese sitio.
- Acheron jamás me ha llevado a ese sitio, estoy celoso… ¿saben lo que extraño?
- ¿qué?
- a las talpinas.
-¿los que?
- ustedes niñas son demasiado jóvenes, siempre lo olvido. Las talpinas eran escuderos y escuderas que se encargaban de las necesidades sexuales de los cazadores. Demonios, incluso ellos se entrenaban para complacernos.
-el libro no los menciona.
- por supuesto que no los mencionará. Todos nosotros éramos muy felices hasta que un cazador bueno para nada se enamoró de su talpina y ella no pasó la prueba para liberarlo. Artemisa estaba tan furiosa que impuso la ley de "solo puedes dormir con ellos una vez", y Ash apareció con el "nunca toques a tu escudero", luego el consejo comenzó a elegir los escuderos según la preferencia sexual de cada cazador. Fueron buenas épocas para mí…
Patroclo suspiró dramáticamente y todas ellas comenzaron a reírse. La angustia que había experimentado temprano en la noche se había desvanecido completamente.
Un par de horas después alguien llamó a su puerta. Eran las siete de la mañana y no tenía idea de quien podría ser. Estaba amaneciendo así que supuso que no sería Ash ni ninguno de los cazadores de la ciudad. Y su escudera seguramente no vendría hasta muy entrada la tarde, como hacía cada vez que trasnochaba un viernes.
- hay alguien en mi puerta.
- ¿qué hora es allí querida?
- siete de la mañana, no sé quién podrá ser.
- ve y avísanos si necesitas algo.
Hermione caminó hacia el vestíbulo dejando a las imágenes holográficas de sus compañeros en la sala. Por costumbre tomó un hulbart de su pared. Un ladrón no tocaría la puerta y los Daimons deberían estar refugiados de la luz igual que ella, pero, mujer prevenida valía por dos.
Por el monitor de la cámara de la entrada ella pudo ver su motocicleta y alguien de espaldas usando una chaqueta de motociclista negra. Debido al exagerado entusiasmo de Tyana y a la mujer atacada por los Daimons, ella había olvidado que había dejado estacionada su moto en el santuario.
Por lo que sabía, la espalda que mostraba su monitor podía pertenecer a cualquiera de los doce hijos de la dueña del santuario, incluyendo a Malfoy que de alguna forma había ganado músculos con los años. Todos ellos eran de un rubio muy claro, desde ese ángulo todos debían parecerse.
Antes de abrir decidió echarle un vistazo, sus pantalones de cuero negros calzaban su trasero tan bien que deberían ser sellados con un sobresaliente en cada cachete. Y su espalda, santa Morgana, su espalda… aun con esa chaqueta puesta, ella sabía que tan perfecta y adecuadamente esculpida estaba. Tyana y sus compañeros habían alborotado su cerebro definitivamente.
Al abrir la puerta, su reanimada libido descendió a sus pies. Quien había traido su moto no era uno de los muchachos Peltier, era nada mas y nada menos que Draco malfoy.
- buenos dias Granger. traje tu moto, Tyana llamó al santuario y pidió si alguien podia traerla.
El sol estaba asomando en el cielo y ella no podia acercarse mas a la puerta si no queria sufrir dolorosas quemaduras.
- buenos dias Malfoy, gracias por traerla.
- De nada, es un servicio especial del Santuario. – el le guiño un ojo haciendo que sus piernas temblaran.
- Ha amanecido ya ¿Podrias meterla?
Draco había interpretado correctamente lo que Hermione había querido decir, pero estaba de humor para molestarla un poco con conversaciones de doble sentido. Ella vestia un sujerente pijama de saten que no dejaba demasiado a la imaginacion y lo que veia lo estaba tentando.
- meterla… sacarla… Lo que quieras Granger, y el tiempo que quieras…
Ella se sonrojó violentamente al ver la sonrisa ladina que el le estaba ofreciendo, haciendole saber que él había malinterpretado su pedido.
- sabes a lo que me refiero Malfoy.
- si, y tu sabes a lo que yo me refiero… ¿abririas para mi?... la puerta del garage, digo…
Le guiño un ojo nuevamente y volvio a montarse en su motocicleta roja. La mayoria de los cazadores oscuros usaban ese tipo de vehiculo porque eran faciles de estacionar, veloces para perseguir daimons y no embotaban sus poderes como podian hacer los automoviles con todo ese metal alrededor de sus cabezas.
Ella accionó el control del garage y la puerta lateral de su casa comenzó a abrirse. A sus oidos llegaron las voces de Patroclo y Janice preguntandose por qué demoraba tanto en volver a la sala, y si estaba bien.
Ella cerro la puerta para que el sol no entrase y corrio a la sala para avisarles que estaba bien, que nadie la había atacado. Chi le aseguró que estaba a punto de contactar a Tyana para que investigue y Janice la estaba regañando cuando Draco apareció tras ella en la sala. se había olvidado completaente de que lo había dejado entrar.
Haciendo gala de toda la simpatia que había aprendido esos años, conquistando mujeres a la par de los hermanos Peltier, él saludó a las proyecciones de Chi y Janice y luego asintió en direccion a Patroclo. El guerrero griego casi se sintió ofendido por haber sido tratado con menor deferencia que las mujeres.
Uno a uno se despidieron de ambos y fueron desconectandose y abandonando la sala. la ultima fue Chi quien guiñando uno de sus rasgados ojos le dio un mensaje que la dejó descolocada.
- hasta mañana muñeca. Recuerda lo que hablamos… desmelénate, hará maravillas por tu piel…
Hermione se giró hacia Draco esperando que no hubiese captado lo que Chi había querido decir antes de desconectarse. Ella aun procesaba la información cuando cayó en la cuenta del hombre rubio que estaba parado en su sala en toda su gloria.
Para ser sincera, los años no habían pasado en vano por el cuerpo de Draco. Ella nunca había visto a un hombre con los ojos tan grises y brillantes como esos. Los de Ash también eran grises, pero se arremolinaban en una secuencia de colores que llegaba a ser escalofriante, en cambio los de Draco eran amables y cálidos.
Ella tampoco había visto a un hombre tan apuesto que no fuese un cazador oscuro, apolita o un were-hunter. Hermione estaba acostumbrada a ver hombres perfectos, pero no eran humanos y Draco parecía estar al mismo nivel que ellos. Sus rasgos eran perfectos, como si hubieran sido modelados por un artista.
Él exudaba virilidad, una sexualidad puramente masculina que parecía casi sobrenatural. Había conocido a muchos hombres que se esforzaban en proyectar lo que la madre naturaleza parecía haberle concedido a manos llenas desde la última vez que lo había visto en Hogwarts. Se preguntaba si haber vivido diecisiete años con los were-hunters le había pegado algo de ese magnetismo animal.
- estacioné tu motocicleta en el garage. Es bonita, pero el dia que quieras tener algo mas poderoso entre tus muslos, Granger, llamame.
- ¿queee?
- tengo una motocicleta mas grande… ¿Qué pensabas?
Encongiendose de hombros, y poniendo las manos en sus bolsillos, Draco compuso una expresion inocente. Pero Hermione no era tonta. El hombre frente a ella era tan inocente como Lucifer y por lo que sabia, era mucho mas hedonista.
Hermione se esforzó por concentrarse frente a la arrolladora masculinidad que él había desarrollado en los años que no lo había visto. Cuando iban a Hogwarts era desgarbado, demasiado alto y sus facciones eran demasiado afiladas como para ser considerado atractivo, aunque era posible que su horrenda personalidad no hiciese mucho a su favor.
Tenia que admitir que la sabelotodo había madurado estupendamente. Ella no parecia superar los treinta años y su cuerpo se adivinaba suave y curvilineo bajo el diminuto pijama, que hacia que sus manos picasen por quitarlo.
Él había dejado de lado todo el tema de la sangre a medida que fue madurando en ese tiempo. sus padres habían hecho un gran sacrificio para que él tuviese un buen por venir y Draco había decidido seguir al pie de la letra lo que su madre había deseado para él. Además, lo hubiesen desollado vivo en el santuario si se comportaba como su antiguo yo.
Granger parecia aturdida, podia notar como su temperatura corporal había aumentado levemente y el sonrojo que esperaba estaba en los sitios indicados. Ella estaba mostrando todas las señales que él buscaba en una mujer cuando pretendia insinuarsele. Ella era exquisitamente atractiva y él hacia un tiempo que no tenia una conquista. Para ser sincero, no había estado con una cazadora oscura hasta el momento y la idea lo tentaba.
Sabia muy bien que aquello seria cosa de una vez, pero él probablemente se arrepentiria si dejaba pasar aquella oportunidad. Granger había pasado de ser una rata de biblioteca a el sueño humedo de cualquier adolescente. No seria Draco quien se perdiera de saborear una guerrera de ese tipo.
Dio un paso tentativo para ver si ella retrocedia. No lo hizo. Sus labios rosados y llenos estaban entreabiertos en un gesto invitador y la forma en la que cambió el peso de un pie a otro le dijo que ella deseaba tenerlo mas cerca.
Draco exudaba una atraccion sexual inhumana, o eso es lo que queria decirse para convencerse de que aquello que sentia no podia ser normal. Él la atraia de una manera que no había sentido por otro hombre en doscientos años.
Despues de Ron, ella había pasado años sin sentirse atraida a ningun hombre porque su dolor era demasiado. Pero llegó un dia en el que se permitió ser seducida por otro hombre y cada cierto tiempo, cuando la necesidad era demasiada, ella iba a algun bar o discoteca y encontraba un hombre dispuesto a saciar sus apetitos, sin compromiso.
Los cazadores no tenian permitido tener algo parecido a un novio o pareja porque los distraeria de sus labores y muy probablemente se convertirian en blanco de sus enemigos. Asi que todas sus relaciones debian ser de una noche, para evitar inconvenientes.
Había pasado demasiado tiempo desde su ultimo encuentro sexual y Hermione se preguntaba si podria manejar aquello como la adulta que era y dar rienda suelta a sus instintos con Draco, al menos por una vez.
Él dio un paso mas y estuvo frente a ella. Sus ojos se entrecerraron, bajó la cabeza y tomó posesion de sus labios con un beso magistral que hizo que su cabeza literalente diera vueltas. Su cuerpo se derritió por completo.
Hermione gimió ante el decadente sabor de sus labios contra los de ella mientras su lengua se hundia apasionadamente en su boca. Besar de esa manera deberia ser considerado ilegal. Delicadamente la empujó hacia la pared mas cercana y deslizó sus manos sobre su costado y espalda, agarrando la tela de la parte superior de su pijama con sus puños.
El perfume de él la invadió mientras sentia sus musculos alrededor. No podia quedarse quieta y sin hacer nada mientras él amenazaba con incendiarla con sus besos y experimentadas caricias. Tironeó su chaqueta desesperadamente y sin despegar sus labios de los de él la deslizó por su espalda y brazos hasta que cayó al piso con un golpe seco.
Draco se negó a sentirse apabullado por Hermione cuando ella comenzó a empujarlo en direccion al cuarto. Es mas, le resultaba divertido. Probablemente ella tuviese algun poder del tipo de super fuerza o algo asi, porque ni siquiera los osos podian moverlo cuando él tomaba alguna de sus pociones de fuerza, como hacia cada vez que le tocaba hacer guardia en la puerta del santuario.
Él no podía sentir la magia de ella, probablemente la hubiese perdido con el tiempo, pero su poder era inigualable. Si no lo supiera, él diría que estaba a punto de acostarse con una de las míticas amazonas.
Cuando él tropezó con la gran cama antigua, ella pareció recobrar la cordura por un instante y se congeló en su sitio. Así que decidió recuperar las riendas y fue ella quien quedó de espaldas en la gran cama.
Draco rozó sus labios con la punta de sus dedos como si los estuviera memorizando, para luego cubrirlos con los suyos. Hermione estaba completamente desprevenida ante la pasión y ferocidad de ese beso.
Contrario a lo que pensaba, Draco era demandante, caliente, dulce. Para ser un hombre que le había hecho la vida imposible cuando eran pequeños, él estaba siendo increíble. Tembló mientras él saboreaba sus labios, mientras su lengua enviaba dardos de placer a todo su sistema nervioso.
Hermione enterró sus manos en su pelo suave y gimió mientras él la mordisqueaba hasta que estuvo inconsciente de éxtasis. Nunca había conocido algo como eso, alguien como él. Por primera vez en muchos años ella no tenía que esconder sus colmillos con un amante. Draco sabía lo que era, y parecía no importarle en lo más mínimo.
Había pasado mucho tiempo desde que ella había besado a un hombre, y nunca ninguno había sabido mejor que él. Ni siquiera Ron, quien había sido el primero en su vida y lo había amado con locura.
Draco se hizo para atrás para sacarle la ropa y observarla desnuda finalmente. Desde que la vio por primera vez en el Santuario, él se había preguntado qué sucedería si se la llevase a la cama. Ese pensamiento hubiese sido inverosímil en otra época pero, allí donde ellos estaban, a nadie le importaba y ella era lo suficientemente atractiva como para calentarlo a un punto inexplicable.
Por un momento Hermione sintió dudas, el toque de Draco le podía costar todo y aun así no pudo encontrar dentro de sí misma la fuerza para apartarlo. Ella sabía que como cazadora oscura había reglas que debía cumplir. Ni en su vida humana, ni en su existencia actual ella había sido fanática de romper las reglas. Pero por una vez no le importó, necesitaba eso, necesitaba ese raro momento de calma con alguien que quisiese estar con ella y no le asustase su nueva naturaleza.
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Julio de 9553 aC. (Seis años antes de la destrucción de la Atlántida)
Britomartis espoleaba furiosamente a su caballo para escapar del carro que conducía su perseguidor. Un par de kilómetros antes ella había arrojado su equipaje con la esperanza de que Squilax corriese más rápido. Las plegarias que había lanzado a Zeus no habían servido de nada, él no había alejado el peligro que la acechaba a cada paso del camino.
Llevaba siglos suplicándole a un dios que se negaba a oírla. Llevaba siglos huyendo de otro dios mezquino, que solo quería hacerle daño por no haber correspondido su amor.
Zeus podía ser su padre, pero él parecía no interesarle una de las muchas ninfas que había engendrado a lo largo de los años. Estaba casi segura que quien la perseguía era Apolo, el dios que llevaba siglos persiguiéndola con la excusa de estar enamorado de ella.
Ellos habían crecido juntos en el Olimpo eones atrás, pero apenas ella alcanzó la madurez atrajo la atención libidinosa de Apolo. Solo Artemisa, la hermana gemela de Apolo, que era su mejor amiga y medio hermana, la había protegido de los incansables intentos del dios que no sabía aceptar un no como respuesta.
Siendo medio atlante, Britomartis no se sentía cómoda con la promiscuidad que solían mostrar los dioses olímpicos y en especial Apolo que era un completo hedonista, además de un idiota de grandes proporciones.
Incluso Artemisa la había abandonado. Hacía siglos que había dejado Grecia y se había refugiado en el país de origen de su madre, la Atlántida, donde Apolo no podía alcanzarla.
Britomartis había encontrado un hogar en la hermosa isla, pero los dioses habían hecho un pacto con Apolo a cambio de su ayuda en la inminente guerra con los olímpicos.
Apolo seria un espía en el Olimpo y a cambio los atlantes lo dejarían gobernarlo una vez que Zeus fuese vencido. Con Apolo teniendo vía libre para ir y venir de la Atlántida, Britomartis tuvo que huir nuevamente para que no la hallase.
Llevaba viviendo en Creta menos de veinte años cuando el Rey la vio y decidió que la quería en su harem. Ella había hecho un voto de castidad hacia Artemisa y no deseaba romperlo. Llevaba unos días viviendo en los bosques cuando la comitiva de caza la divisó en la lejanía y tuvo que ponerse en movimiento nuevamente. La velocidad sobrenatural del carro real, le decía que no era un simple mortal quien vestía la piel del rey que decía amarla ardorosamente. Estaba convencida de que Apolo la había encontrado nuevamente.
El acantilado se acercaba velozmente y sabía que si Apolo la alcanzaba, él la reclamaría sin piedad. Atrás habían quedado los inocentes galanteos que le prodigara al principio. Apolo era un dios mezquino y vanidoso que solo quería subyugarla por no haberse rendido a él inmediatamente.
Por ser una ninfa, ella poseía el don de la eterna juventud y la belleza divina heredada de su padre Zeus. Britomartis estaba cansada de huir de Apolo, estaba cansada de siempre estar mirando sobre su hombro y esperando que él apareciese en cualquier sitio con la única intención de poseerla. Solo deseaba ser una mujer normal, una simple mortal y que ningún dios supiera de su existencia.
Descendió del caballo y corrió hacia el acantilado, las rocas en el fondo parecían filosas. Aunque ella viviría por siempre, y al ser una ninfa poseía poderes comparados a los de una diosa, sabía que el desmembramiento producido por una caída de ese estilo la mataría y pondría fin a la tortura que significaba vivir huyendo de Apolo.
- Apollymi, gran diosa de la vida, la muerte y la sabiduría, escucha mi plegaria. Mi madre te rendía culto y siempre dijo que jamás desamparabas a tus fieles. Ayúdame gran destructora. Conoces el deseo de mi corazón, Apollymi, no me abandones.
Apollymi y Archon eran los reyes del panteón atlante, aunque todo el mundo sabía que el verdadero poder detrás del trono solo lo poseía Apollymi. Había sido ella quien había creado el panteón y había colocado a su consorte como rey.
El carro no se detenía y ya solo estaba a un centenar de metros de distancia. Britomartis decidió saltar. Aparentemente Apollymi tampoco la ayudaría y era mejor morir que vivir de ese espantoso modo. Esperaba que al menos la diosa le concediera la muerte durante su caída.
La vertiginosa caída parecía no acabar. Ante su inminente final Britomartis sintió alivio, cuando impactara finalmente con las rocas, escaparía del acoso de Apolo. Quizá en el tártaro encontrase la paz y la felicidad que su corazón había anhelado por siglos.
Segundos antes de estrellarse, un fuerte viento nacido de la nada desvió su caída y una gran ola la atrapó. Segundos antes de hundirse en la inconsciencia pudo ver como Apolo miraba desde el acantilado. Él aparentemente la creía muerta.
Alíates de Egina era un joven pescador. Todas las mañanas al amanecer, luego de presentar sus respetos a la gran diosa Atlante Apollymi, él salía en su pequeña barca a recoger las redes con la esperanza de que la diosa las hubiese dejado rebosantes de peces para que él pudiese venderlos en el pueblo.
Esa noche había soñado con una hermosa mujer que pedía ayuda y despertó angustiado por no haber podido socorrerla. Ella lloraba e imploraba por auxilio mientras el viento agitaba ferozmente sus hermosos rizos castaños y las lágrimas caían como ríos de sus ojos del color del ámbar.
Sus redes estaban anormalmente pesadas ese día. Aparentemente Apollymi lo había favorecido en abundancia esa mañana. Él no era atlante, pero sus dioses jamás lo habían ayudado, así que Alíates decidió que su lealtad seria para con la gran destructora.
Casi cayó al agua al ver lo que sus redes habían atrapado. La hermosa mujer de su sueño había ido a parar a una de sus redes y Alíates recurrió a toda su fuerza para poder liberarla.
Aun inconsciente ella era preciosa. Su piel era dorada y el peplo mojado se adhería a su cuerpo dejando ver su curvilíneo contorno. Cuando pudo sacarla completamente del mar ella comenzó a toser, y al abrir sus ojos ambarinos Alíates confirmó que era ella con quien había soñado la noche anterior. Estaba seguro de que Apollymi la había puesto en su red para que la protegiese. Y él lo haría, con su vida si era necesario.
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Un hombre extremadamente apuesto, de cabello rubio cobrizo, caminaba por la acera que lo conduciría al punto de encuentro donde tendría una cita muy importante.
Su manera exquisita de moverse y su caro atuendo lo hacían resaltar en el entorno. Su traje negro hecho a medida y sus afiladas facciones le daban un aire distinguido, divino. Aunque como la serpiente más venenosa, esa belleza que él poseía era una muy elaborada treta. El deslumbrante exterior no reflejaba en nada el pútrido corazón de su portador.
Cuatro hombres lo esperaban en el punto de encuentro. Todos ellos estaban vestidos de forma informal pero, a diferencia del hombre de traje, ellos reflejaban en sus posturas la ferocidad y la malicia que poseían.
Cuatro gruñidos y un gesto de profundo desprecio fue lo único que intercambiaron al encontrarse. Definitivamente aquellos no eran amigos, pero tampoco importaba que no lo fuesen. Ellos solo estaban ahí por negocios.
- él está en el santuario... Lo quiero muerto.
- es un limani, no podemos matarlo allí. Va contra las reglas de Savitar.
- No interesa. Él no es un were, el limani no lo protege.
- queremos más dinero.
- tráiganme su cabeza y tendrán más de lo que imaginan…
-o-
N.a: fin del capítulo. Espero que les haya gustado. Gracias por sus comentarios, los leo a todos y me encantan, también gracias por los follow y favs. HASTA LA PROXIMA!
