Notas previas:
Hace mucho tiempo, mi profesora de japonés (en mis épocas universitarias cuando tomé un curso de japonés xD) me contó que era mal visto que un hombre gustara de los dulces. Qué en Japón, generalmente se tenía la idea de que los dulces eran para las mujeres o niños, entonces era extraño para un hombre aceptar que le gusta el dulce o comer algo dulce en frente de otros, especialmente frente a otros hombres.

Volviendo al comienzo

De nuevo estoy rodeado de oscuridad. De nuevo estoy en este lugar familiar, un lugar al que he visitado antes en incontables ocasiones, siempre en mis pesadillas.

- Qué bueno que lo reconoces – La voz viene de todas partes y de ninguna al mismo tiempo, retumba a mi alrededor en esta inmensa vacuidad oscura – Sabes que no puedes escapar de mi –

El bastardo lo sabe y disfruta hacérmelo recordar.

Su voz es un constante recordatorio de un ancestral error, un pacto que yo no puedo deshacer. Una herencia que debo cargar en mis hombros me guste o no, es el legado maldito de mi clan.

- ¿Por qué la cara larga Yagami? ¿No me extrañaste? – Su voz es como un siseo de una enorme serpiente. No siento temor a pesar de que puedo sentir como se desliza su piel escamosa y húmeda por mis tobillos. La serpiente comienza a subir por mis piernas con esa desagradable textura babosa que hace erizar la piel.

Sabía que iba a volver, por eso no tengo miedo. Le conozco desde hace mucho tiempo. Esa maldita serpiente ha estado en mis pesadillas desde que tengo memoria. Es casi como un viejo amigo que me acompaña sin importar que.

A veces, siento que puede leer mi mente, que puede entender mis emociones y sentimientos. Por eso he aprendido a controlarlos bien, a no dejar salir nada, a no sentir nada. No quiero que se aproveche de mi debilidad. Se que de alguna manera tratará de hacerlo. Por eso me es imposible formar relaciones de ningún tipo, abrir mi corazón a otra persona, es permitir a Orochi penetrar en lo más profundo de mi alma.

Y si he de vivir con su maldita presencia en mis pensamientos, deseo poder mantener esa parte de mi completamente ajena a él.

- Sabes lo que quiero de ti Yagami – Su voz siseante de nuevo, ahora su cabeza triangular se asoma por un lado de mi cara, puedo sentir el cuerpo de la serpiente envolviéndome por completo, sus ojos dorados brillan en la oscuridad como dos faros infernales – Destruye la espada Kusanagi y habrás saldado tu deuda de sangre –

La muerte de Kyo... es el precio de mi libertad.

Abrió los ojos lentamente y por unos instantes olvidó donde se encontraba, siempre que tenía esas lívidas pesadillas en las que Orochi se manifestaba de manera tan clara, le costaba acostumbrarse al mundo real. Era como si, la oscuridad del sueño intentara deslizarse desde ese mundo onírico rodeándole los ojos al mundo real. pero el delicioso aroma del café recién molido lo ató a ese plano existencial. Inmediatamente supo que seguía en el apartamento de Kyo. Parpadeó un par de veces y con su mano derecha buscó entre las cobijas el cuerpo del castaño sin mucho éxito, el lado de la cama donde Kyo había dormido estaba vacío y frío.

Cerró el puño con algo de frustración pues había tenido el impulso de atraer el cuerpo del castaño contra el suyo.

¿Dónde estaba Kyo?

Luchando contra el deseo de seguir cómodamente acostado en esa mullida cama, se levantó y caminó silencioso siguiendo el olor del café. Escuchó movimiento en le cocina y pronto vio la espalda de Kyo batallando con algo. Se quedó en el marco de la puerta observando la escena en silencio, el castaño no había notado su presencia, concentrado como estaba en lo que fuera que estuviese haciendo ¿Estaba cocinando?

La cafetera estaba encendida y el aroma inundaba el apartamento agradablemente, Kyo estaba mirando atentamente su móvil mientras vertía harina en un plato hondo, el movimiento descuidado hizo que la harina cayera con fuerza y levantara una pequeña nube de polvo blanco que inmediato le provocó un estornudo, Kyo se cubrió con el codo para no estornudar sobre la comida, pero al moverse, tumbó con el codo el cartón de la leche sobre la encimera y esta se regó inmediatamente.

Con una maldición el castaño se apresuró a levantar el cartón de la leche antes de que se vaciara por completo, ahora había gotas blancas salpicando sus pies descalzos. Iori se tragó una risa, porque no quería que se diera cuenta que lo estaba mirando, ahora se sentía curioso por saber qué demonios intentaba hacer.

Kyo limpió la leche regada con servilletas y volvió a mirar el móvil con atención, Iori se dio cuenta que estaba siguiendo una receta, el castaño continuó con su faena, ahora había tomado un cuchillo y cortaba cebolla verde en pequeños trozos irregulares, el muchacho no parecía muy versado en el uso del cuchillo, por lo que tuvo que cortar varias veces los mismos pedazos que había cortado momentos antes, Iori contuvo el impulso de corregir la forma en como estaba agarrando el cuchillo y continuó observando.

Echó la cebolla picada en la harina y luego cogió un huevo, su vista se volvió al móvil antes de disponerse a romper el huevo contra el borde de la encimera. Iori cerró los ojos y se encogió de hombros al ver como Kyo rompía el huevo con mucha fuerza y la cascara cedía por completo, quedando con el contenido entre sus dedos. Una segunda maldición salió de sus labios, la yema se le estaba regando por entre los dedos y parte de ella había caído al suelo.

Como pudo, logró poner el resto del huevo en el plato con la harina y la cebolla. Iori notó que ahora todo lo que tocaba estaba quedando impregnado del huevo mientras Kyo abría la llave del lavaplatos para lavarse las manos. Reprimió otra risa y continuó mirando su predicamento. El castaño comenzó a revolver la mezcla con los palitos (por qué no tenía tenedores), deteniéndose para volver a mirar el móvil (Que para ese momento estaba manchado de huevo y harina) y se detuvo para agregar algo de sal.

Cuando le pareció que la mezcla tenía la consistencia adecuada, colocó la sartén sobre la hornilla y encendió el gas. Cortó un cubito de margarina con el cuchillo y esperó a que se derritiera en la superficie. Iori sintió el impulso de intervenir, tenía la sensación de que iba a estropear de alguna manera la mezcla del panqueque, pero se contuvo, el asunto era demasiado divertido y le podía más la curiosidad por ver el desastre que la empatía por ayudarlo.

Kyo utilizó una cuchara para echar la mezcla en la sartén con sumo cuidado, y no pasó nada raro de momento, la mezcla lucía deforme, pero se estaba cocinando homogéneamente. Volvió a mirar el móvil y se dispuso a esperar unos minutos, finalmente cuando las burbujas comenzaron a salir en la superficie del panqueque, tomó el borde de la sartén con la intención de darle la vuelta, las manos le temblaban como si estuviese conectando los cables de una bomba a punto de explotar y su cara de terror era digna de haberle tomado una foto.

Finalmente, Iori decidió ayudarlo. Si el panqueque caía al suelo o en el lavamanos, le iba a tocar limpiar el desastre y era mejor evitarlo.

Con un movimiento rápido el pelirrojo agarró la muñeca de Kyo y detuvo la acción. Kyo se sobresaltó, completamente sorprendido por su inesperada aparición en la cocina.

- ¡Casi te pego un puño en la cara Yagami! ¡No me sorprendas así! – Se quejó Kyo, quien en efecto tenía la mano izquierda alzada en un puño que alcanzó a contener en el último momento. Iori sonrió entretenido con toda la situación.

- Déjame hacerlo – Murmuró Iori, Kyo se hizo a un lado a regañadientes - ¿Tienes una espátula? –

- No... - Respondió el castaño, algo que Iori esperaba, pero pregunto de todas formas, porqué era más fácil usar la espátula para voltear el panqueque sin estropearlo. No le quedaba otra opción que tirarlo hacía arriba para voltearlo.

Con una acción rápida, pero calculada, tiró el panqueque hacía arriba y este dio la vuelta ante la mirada expectante de Kyo. Con un suave 'pluff' cayó en la sartén del otro lado. Iori suspiró y volvió a colocarla sobre la hornilla que continuaba encendida. Se volvió para observarlo, Kyo tenía rastros de harina en el cuello y en la mejilla, su camiseta negra estaba manchada y tenía el cabello todo despelucado, seguramente se había rascado la cabeza con la mano untada de harina también.

- ¿Por qué estás haciendo esto? – Atinó a preguntar, sabía que a Kyo no le gustaba cocinar y era mucho más fácil haber ido a la tienda de conveniencia al lado del edificio para comprar algo ya preparado.

- Quería desayunar panqueques, pero... dijiste que no te gustaba el dulce – Respondió Kyo, desviando la mirada hacía el panqueque que se seguía cocinando. Iori no recordaba haber dicho que no le gustara el dulce en particular – Así que decidí hacer unos panqueques chinos – Le explicó algo avergonzado con todo el asunto.

- Nunca te he dicho que no me guste el dulce – Comentó Iori arqueando una ceja.

- Me dio la impresión de que no te gustaba por lo que dijiste en el supermercado – Murmuró Kyo con un bufido, la boca se le había formado en un puchero y entonces Iori recordó el asunto del flan de caramelo, que Kyo iba a comprar, pero que a la final no lo había hecho por su comentario. Kyo estaba avergonzado por aceptar que quería comer algo dulce y por eso estaba haciendo esos panqueques salados.

- No me mires así... - Continuó el castaño cruzándose de brazos recostado contra la nevera – Adelante, búrlate del desastre y de mis inexistentes habilidades culinarias – Agregó desviando la mirada hacía el panqueque. Iori se encontró aprisionando al castaño contra la nevera colocando sus brazos a cada lado de su cabeza con la intención de besarlo. De repente no aguantó el deseo de tomar los labios de ese idiota. Kyo se había despertado temprano para cocinar el desayuno y ese gesto le llenaba de una agradable sensación en el pecho.

La pesadilla y la sensación incómoda de la piel de la serpiente alrededor de su cuerpo había quedado olvidada finalmente en ese momento.

- Oi...yagami...- Murmuró Kyo usando sus manos para detenerlo agarrándolo por los hombros – El panqueque se va a quemar – Agregó con una sonrisa.

Iori se comió 3 panqueques, que, aunque estaban deformes sabían bien. Y Kyo sirvió dos tazas de humeante café negro. Cuando había terminado de comer, el pelirrojo se llevó el café a la boca y abrió los ojos sorprendido al probar el sabor. Aquel café era distinto al que había probado días antes cuando había estado solo en el apartamento de Kyo. No era el mismo café instantáneo. Iori no era experto en café ni mucho menos, pero podía notar la diferencia en la calidad.

- ¿Eh? – Exclamó sorbiendo un poco – Este café es diferente –

- Lo notaste – Comentó Kyo, quien estaba sentado con las piernas cruzadas en el mueble, vestido con una camiseta negra y una pantaloneta holgada – Como te quejaste de que solo tenía café viejo instantáneo en mi cocina... - Le explicó Kyo sosteniendo la taza entre sus manos – Compré café recién molido... hay una cafetería en la otra cuadra y el barista tosta y muele los granos en las mañanas –

Iori se quedó mirándolo mientras volvía a beber otro sorbo. ¿Porqué se estaba comportando así? Kyo había prestado atención a todo lo que había dicho. Notó un cambio en su semblante, Kyo parecía menos tenso y arisco que antes, a lo mejor había logrado asimilar mejor esa nueva situación entre ambos y algo del nerviosismo había desaparecido, a la par con la desconfianza.

Ahora parecía más dispuesto a querer complacerlo. Iori notó que, a pesar de lo perezoso y desinteresado que era con todo, el castaño había hecho el esfuerzo de comprar granos de café frescos, así como se había esforzado por seguir una receta (probablemente la primera vez en su vida) solo por los comentarios que él había hecho descuidadamente y sin pensar. ¿Estaba esperando algún tipo de validación o cumplido de su parte?

- Se nota de mejor calidad – Comentó Iori volviendo a beber más.

- ¿Pero te gusta? – Insistió Kyo desviando la mirada hacía un lado, con una expresión de falsa indiferencia.

- Si – Respondió Iori tranquilamente – Los panqueques también – Agregó luego de unos momentos de silencio en los que solo bebió café.

El cambio en el semblante de Kyo fue demasiado obvio, sus mejillas se colorearon ligeramente y su boca se curveó en una sonrisa satisfecha. Estaba orgulloso de si mismo. Iori contuvo las ganas de volver a reír, de repente la expresión de Kyo le parecía a la de un gato indignado que exigía que le acariciaran el lomo. Había pasado una semana a su lado y había descubierto un montón de facetas de su personalidad ¿Qué otras cosas le quedaban por descubrir? Se preguntó sintiéndose curioso, hasta ese momento nunca había pensado en Kyo como alguien cariñoso y considerado con otros.

En el pasado cuando le había visto interactuar con sus compañeros de equipo o con otros participantes del torneo, Kyo nunca había mostrado una actitud particularmente considerada o amable, más bien parecía que todo le diera pereza y que no tuviese la motivación para esforzarse a hacer nada. Pensar en que Kyo hubiese hecho el esfuerzo por comprar ese café y cocinar, era completamente opuesto a su carácter.

Quizás Kyo solo era considerado y cariñoso con personas realmente cercanas.

Pensar en ello, le hizo desviar la mirada al café, ¿Significaba eso que, él era alguien especial en su vida?

Iori sintió que el calor se le subía a la cabeza también, pensar en esas cosas le hacía sentir extraño, él no era el tipo de persona que se fijara en esos detalles, tampoco era el tipo de persona que se preocupara por los sentimientos de otros, había pasado tanto tiempo solo, que, interactuar con Kyo de una manera tan íntima (Y no estaba hablando del sexo precisamente) resultaba foráneo en su mente. Le avergonzaba pensar que aquello fuera algo 'especial', que Kyo no solo se sintiera atraído físicamente por él, sino que también sintiera algo más profundo.

Se quedaron callados bebiendo simplemente el café, ambos hombres estaban ensimismados en sus propios pensamientos, ambos con las mejillas coloradas, evitando mirarse a los ojos.

El sol primaveral de la tarde se sentía cálido sobre sus cabezas y la brisa mecía las ramas de los árboles con suavidad, desprendiendo ocasionales pétalos y hojas, el viejo templo semi abandonado se veía tan apacible como la última vez, el sepulcral silencio siendo interrumpido ocasionalmente solo por los pájaros que cantaban alegres en las ramas. El monje le había enviado un mensaje a Kyo al medio día diciéndole que el carpintero había empezado a trabajar desde temprano en la mañana y que para el final de la tarde tendría el altar terminado.

Iori iba vestido con la misma ropa con la que se habían encontrado la primera vez, una camisa blanca, los pantalones rojo vino tino y la gabardina negra abierta y Kyo había optado por un suéter de lana liviano de cuello tortuga negro y unos jeans grises claro. Habían acudido a la colina para supervisar el trabajo del carpintero y asegurarse de que todo saliera bien.

El monje los saludó con una expresión algo incómoda, al parecer darse cuenta de los apellidos de sus familias le había dejado algo atemorizado, igualmente el carpintero los miró nerviosamente mientras pulía la madera con una garlopa que se veía bastante trajinada. Sin embargo, esta vez, el monje distinguió un notable cambio en el semblante de ambos. Recordaba a Yagami como alguien intimidante con un aura densa, que daba la impresión de que en cualquier momento pudiese atacarte y a Kusanagi, como alguien grosero y agresivo, una molestia constante en su semblante, como si cualquier cosa le pudiese hacer estallar.

Ahora que los veía de pie observando al carpintero trabajar, el lenguaje corporal era completamente distinto. El pelirrojo se había recostado en un tronco de un árbol cercano y se fumaba un cigarrillo, con la mirada puesta en el trabajo del carpintero, pero al mismo tiempo perdida en algún otro lugar, ensimismado en sus pensamientos. No dejaba de ser alguien imponente, pero por lo menos ya no lucía amenazador. El castaño estaba de pie más cerca del carpintero siguiendo sus movimientos con curiosidad, haciendo preguntas de vez en cuando, su postura se veía relajada y su voz era amable, aunque había un dejo de desinterés en todos sus movimientos, como si, no estuviese colocando mucho esfuerzo en lo que hacía.

Al final de la tarde, el carpintero terminó su trabajo y el altar quedó como nuevo, el monje les agradeció la donación con gentileza y ambos hombres se retiraron un tiempo después. Iori y Kyo esperaron a estar completamente solos para acercarse al altar. El trabajo hecho por el hombre era de admirar, los acabados de la madera estaban muy bien cuidados y había incluido decoraciones talladas en la madera siguiendo los patrones del estilo tradicional de la arquitectura, se había ganado el dinero honestamente sin duda.

Kyo colocó unas ofrendas de frutas en el altar y Iori dispuso un ramo pequeño con flores, para dejarlo como estaba antes del accidente.

Una fresca brisa les sacudió los cabellos y Kyo sintió algo en su pecho, una calidez casi amable, una energía apacible y tranquila que interactuaba con la suya, sintió la presencia del Kami claramente en esos momentos y se inclinó de manera respetuosa elevando una corta plegaria. Recuerdos de Iori como mujer llegaron a su mente, recordó la ida al centro comercial, la primera vez que habían comido juntos, la ida al bar, los celos, los besos y entonces una pregunta se formuló en su mente ¿Se habría dado cuenta de lo que sentía por Iori de no haber sido por la intervención del kami?

Si Iori no se hubiese convertido en mujer, estaba seguro de que nunca habría existido la posibilidad de que pasaran tanto tiempo juntos y por consiguiente se diera cuenta de lo bien que compaginaban sus personalidades. Iori siempre había sido parte de su vida, estaban destinados a enfrentarse sin importar que, sus vidas estaban entrelazadas desde su nacimiento gracias a sus apellidos, sin embargo, solo hasta ese momento, había podido ver a Iori de una manera diferente.

En cierta forma, estar con Iori ahora, equivalía desafiar a ese destino que habían forjado para ellos sus antepasados.

Kyo levantó el rostro y miró la estatua del kami con sus ojos avellanas un tanto brillosos y una sonrisa dichosa en sus labios.

- Gracias... – Murmuró apacible, aunque sabía que no recibiría respuesta.

- ¿Dijiste algo? – La voz de Iori le hizo volver el rostro, el pelirrojo seguía de pie a un par de metros de él, el cigarrillo bailando bailó en sus labios mientras habló.

- Nada – Respondió Kyo sin dejar de sonreír, se sentía de muy buen humor y Iori lo miró frunciendo el ceño algo confundido por su semblante alegre.

Terminaron de pagar sus respetos al kami, encendiendo el incienso y haciendo venias inclinadas, para luego regresar al borde de las escaleras.

- Kyo... - Le llamó el pelirrojo, este se detuvo al inicio de las escaleras de piedra para bajar de la colina, Kyo se giró y lo miró aun sonriendo.

- Querías saber si la presencia de Orochi había regresado... - Comenzó a decir con expresión seria – Puedo escuchar los susurros de su voluntad en mi cabeza nuevamente – El semblante del pelirrojo no era amenazador ni agresivo, más bien parecía tenso, su expresión era una de seriedad y premura. Kyo notó, sus manos cerradas en puños temblando ligeramente a los costados de su cuerpo.

- ¿Oh? ¿Y qué te pide el bastardo? – Preguntó Kyo frunciendo el ceño, pero la sonrisa no se borraba de su boca - ¿Quiere destruir la espada Kusanagi? ¿Quiere matarme? –

El castaño se acercó hasta que sus pechos casi se chocaron, sus ojos fijos en los de Iori con un brillo altivo y desafiante.

- Qué lo intente – Agregó dándole un empujón con el hombro a Iori para hacerlo a un lado.

- ¿A dónde vas? - Preguntó el pelirrojo anonadado cuando vio a Kyo caminar hacía el claro y no en la dirección al barrio. Se detuvo en medio de este, moviendo el cuello de un lado a otro, para luego estirar los brazos en varias direcciones.

- ¿No quieres pelear? - Preguntó Kyo asumiendo su típica posición de batalla.

Iori se acercó al claro, comprendiendo la actitud de Kyo. El castaño sabía que la voluntad de Orochi se manifestaba en él como una agresividad que necesitaba ser liberada, había notado su semblante tenso, había comprendido que, todo ese tiempo Iori había estado controlándose para no permitir que esa ira se apoderara y se manifestara irracionalmente en él.

- No tienes que preguntar – Respondió con una sonrisa que se torció complacida en su rostro mientras se quitaba la gabardina y la tiraba en el césped.

A la final, si iban a terminar peleando como habían empezado, aunque esta vez, había un aire de complicidad entre sus miradas y entre los golpes compartidos. Esta vez el fuego que chocó agresivo generando explosiones que hacían eco en la quietud de ese bosque, tenía un nuevo significado. Esta vez sus corazones estaban alineados.

Ambos estaban luchando contra el destino a su manera.

Continuara...

Notas finales:

Ame escribir la escena de Kyo preparando el desayuno para Iori *-*