Disclaimer: Esta historia está inspirada, en parte, en el universo detallado en la saga cazadores oscuros de Sherrilyn Kenyon, mezclado con el universo de Harry Potter de J.K Rowling. Salvo algún que otro personaje de mi invención, todos los ambientes, personajes, argumentos, hechizos y todo lo reconocible pertenece a las dos autoras, yo solo los tomo los mezclo y agrego cosas.

**CLARACIÓN: NO ES NECESARIO LEER O HABER LEIDO LA SAGA DE CAZADORES OSCUROS PARA ENTENDER LA HISTORIA, YA QUE LAS PARTES IMPORTANTES DE LA TRAMA SERÁN EXPLICADAS. **

*SI LEISTE LA SAGA: puede que algunos personajes y/o destinos de los mismos hayan sido levemente modificados por el bien de esta trama.*

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Capitulo 10:

Cuando despertó, la red Diktyon ya no la cubría pero aun así no podía moverse. No sentía ninguna parte de su cuerpo, solo podía mover sus parpados, y respirar era extremadamente difícil dadas sus costillas rotas y lo que sea que la mantenía paralizada.

El techo sobre su cabeza era de oro y finos labrados imitaban un soleado paisaje. Con su vista periférica pudo observar antiguas columnas dóricas y bajo su espalda un mullido asiento la resguardaba de lo que seguramente fuese un marmóreo y frio suelo.

Más allá de un etéreo cortinado blanco podía observarse una cascada. Esta producía un hermoso arcoíris cuando la luz daba contra las pequeñas gotitas que salpicaba. En el ambiente reinaba un delicioso aroma a bosque y todo el lugar le hubiese parecido idílico si no fuese porque había sido prácticamente secuestrada.

- Bienvenida al Olimpo preciosa mía.

Hermione intentó hablar. Pero sus labios tampoco se movían. Nada en su cuerpo lo hacía y comenzaba a desesperarse. Esa situación le recordaba a cuando los mortífagos la atacaron bajo el hechizo petrificus totalus.

Lo único que le impedía colapsar, era saber que esta vez no tendría que ver morir a ninguno de sus hijos o a su esposo. Sentía miedo por Draco, pero él seguramente estaría a salvo con Xamira.

- ¿Sabes lo que es el asterosum?

Hermione parpadeó dos veces indicando que no tenía idea de lo que Apolo estaba hablando.

- es una antigua droga, querida. Esta paraliza completamente tus extremidades, pero te deja totalmente capaz de ver, oír y sentir lo que ocurre a tu alrededor, y sobre todo lo que le ocurre a tu cuerpo.

Los médicos romanos lo utilizaban cuando necesitaban amputar algún miembro...

Mis buenos amigos, los lobos arcadios, trajeron un poco de ella en uno de sus viajes en el tiempo… Nunca la he probado, ¿Cómo se siente?

Hermione mostró horror en su mirada y eso hizo que Apolo se regocijara. Había sido muy sencillo conseguirla en esta vida. Britomartis había huido de él por siglos, pero Hermione no. Ella se había entregado voluntariamente y para cuando la noche terminase, ella seria suya para siempre.

En esta vida, Britomartis era mucho más ingenua. Se parecía a ella pero, esta chica que estaba en su templo, no tenía idea de cómo tratar con los dioses.

Apolo ya no sentía amor por la ninfa que tantas veces lo había despreciado. Él solo quería poseerla con el único propósito de darse el lujo de obtener algo que había anhelado en el pasado.

- seguramente no lo recuerdes. Pero, una vez te dije que serias mía…

Apolo se inclinó y besó fugazmente sus labios. Hermione sintió asco. Ella había jurado que nunca mas volvería a sentirse tan indefensa como ahora y sin embargo ahí estaba, a merced de un dios que tenía una especie de vendetta contra ella.

Desde el fondo de su garganta se elevó un gruñido furioso. Todo su sistema intentaba luchar contra la droga paralizante. Pero sus esfuerzos eran completamente inútiles ya que su cuerpo no respondía.

- no te resistas Hermione… pasarán horas hasta que puedas moverte… Solo un dios puede vencer el Asterosum.- Apolo suspiró dramáticamente antes de seguir hablando. - Es una pena que no haya más Eycharistisi. Esa sustancia me hizo muy feliz en una época…

Según se, toda la Eycharistisi se perdió junto a la Atlántida. Debería preguntarle a Acheron... nuestro amigo quizá guarde un poco… para recordar sus viejos tiempos.

Hermione observó a Apolo con una mirada interrogante. No tenía idea de qué relación unía al dios con su líder ni que era eso que había nombrado.

- ¿tampoco sabes lo que es?- Apolo caminó a su alrededor con aire autosuficiente, le encantaba saberse más inteligente que su presa- déjame ilustrarte. Es un afrodisiaco atlante. Nuestro amigo solía ser adicto a él.

Apolo acarició su costado lascivamente y luego chasqueó sus dedos para cambiar su traje de cazadora a un peplo de una fina tela semi transparente, de color azul.

- deberías preguntarle. Eso si es que algún día permito que vuelvas a verlo... En su tiempo, él hizo cosas despreciables por causa de esa droga. Si yo tuviera un poco de eso, - su rostro denotaba un gesto soñador. - tú me rogarías porque te haga mía, querida.

¿Acheron adicto a algo?, imposible. Ese hombre era el ejemplo de la mesura. Aunque pensándolo bien, ella no tenía idea de cómo había sido Ash antes de convertirse en un cazador oscuro. La mayoría de ellos tenían pasados demasiado duros y por eso, cuando morían en condiciones violentas, solían volver para obtener su venganza.

Ella nunca se había detenido a pensar que sería lo que convirtió a su líder en el cazador primigenio. Cuál fue su motivo para regresar de la muerte y vengarse de quien sea que le hubiese hecho daño.

Hermione no entendía por qué Apolo le decía aquello. Ella estaba completamente paralizada, si él deseaba hacerle algo, podría hacerlo sin necesidad de una droga afrodisíaca. Seguramente él estaba intentando atormentarla antes de pasar a la acción.

Ahora que el momento de la verdad se acercaba, no estaba segura de si lo que había hecho era lo más inteligente. Se había entregado para evitar que Apolo siguiera matando humanos y arrojando Daimons contra sus amigos cazadores, pero de alguna forma sabía que no había conseguido su cometido.

Antes de desaparecer, Apolo había dado la orden de asesinar a Draco. Alejarse de él no había sido una solución, ella no había logrado ponerlo fuera de peligro. Solo le quedaba esperar que Xamira y Ash fuesen capaces de protegerlo el tiempo suficiente, como para que Apolo se aburriese y ya no quisiese hacerle daño.

Apolo movió su mano y en ella apareció una pequeña piedra de color azul brillante. Hacia doscientos años que Hermione había visto por última vez aquel objeto. La noche en la que Artemisa tocó su hombro y la marcó como una cazadora, la diosa había puesto su alma en una piedra exactamente igual.

- ¿sabes qué es esto?… oh, sí, sí que lo sabes y debes estarte preguntando, ¿por qué no me quema?, ¿por qué la tengo?

Con su poder, el dios hizo que Hermione cambiara su posición, desde acostada a sentada contra el delicado respaldo del chaise longue, donde la había dejado al llegar a su templo en el Olimpo.

- soy un dios muy poderoso mi preciosa cazadora oscura. Yo soy el gemelo de Artemisa, y así como ella puede tomar tu alma, yo también puedo hacerlo. La diferencia es, que yo puedo devolvértela.

Hermione no entendía nada. La bilis subía y bajaba por su garganta y la fuerte droga paralizante no le permitía hacer ningún tipo de movimiento.

Parte de su atención estaba puesta en el dios y su monologo de villano de una mala película de superhéroes. La otra parte intentaba pensar que haría para salir de aquel aprieto. Rogaba a su mente por una idea cuando sintió el más leve de los susurros.

-"invócame"

Estaba en serio peligro y justo cuando más necesitaba su mente, esta comenzaba a crear susurrantes voces femeninas. Incluso para ella, que había sido una bruja, y ahora se movía en esferas mucho más supernaturales, sentir voces era algo bastante inusual.

-"invócame, Hermione"

Ahí estaba de nuevo. Una voz femenina y extremadamente sedosa acariciaba sus oídos ordenándole amablemente. Apolo seguía con su monologo sobre haber obligado a su hermana a darle el alma, y de como Acheron se había enfurecido al saber que ella había sufrido las consecuencias de haberse negado a cederla voluntariamente.

-"invócame y liberaré tus poderes… sabes que puedo, confía en mi"

¡Un momento!, conocía esa voz. Ella ya había oído esa dulce vez muchas veces anteriormente. O mejor dicho había soñado que la oía. ¿Podría ser?

¿Cuan remota era la posibilidad de que Apollymi estuviese susurrándole al oído? Más aun cuando sabia, por Draco, que ella había sido encerrada en Kalosis tantos milenios antes.

Estaba casi segura de que su mente no había entrado en una especie de estado de fuga. La voz en su cerebro era real. Esa voz profunda era hipnótica y era la misma que había oído tantas veces en sus sueños a cerca de ser Britomartis.

- "solo hazlo. Invócame y yo me encargaré de Apolo por ti. Créeme. Puedo protegerte de él"

Hermione no perdía nada con intentarlo. En el peor de los casos, solo confirmaría que había perdido completamente la cabeza y probablemente aquello fuese igual de bueno si al final del día se convertía en prisionera permanente del dios.

Apolo seguía en su idílico mundo donde su discurso era interesante. Hacía varios minutos que Hermione no le estaba prestando atención, y aunque la creía completamente intimidada, ella no podía estar más lejos de aquel sentimiento.

Cerrando sus ojos, Hermione se concentró en la instrucción que Apollymi susurraba en su subconsciente. La diosa estaba de su parte y le decía que si le permitía, ambas se vengaría de Apolo.

La destructora llevaba siglos esperando para poder vengarse de Apolo. Culpa de él y su hermana, ella aun estaba confinada en Kalosis. Por culpa de ambos, ella no podía abrazar a su precioso hijo y sus protegidos habían muerto.

Desde que había despertado, Hermione no había podido sentir sus extremidades debido a la droga. Pero ahora que había invocado a la diosa, lentamente pudo sentir como sus manos se calentaban.

Sus brazos, antes completamente laxos, se extendieron de golpe y una ráfaga emano de sus dedos inundando el templo con una luz cegadora.

Apolo solo atino a levantar sus manos para escudarse el rostro, cuando sintió el calor del ataque de la ráfaga que lo desplazó casi diez metros del sitio en el que estaba parado.

Dada la cantidad de asterosum que había usado en Hermione, él jamás pensó que ella pudiese liberarse tan pronto y menos de esa forma. El dios estaba sorprendido por aquel hecho. Pero lo que más lo asombró fue el hecho de que sintiera el impacto de algo que no había existido en once mil años, fuera de Kalosis, viniendo de Hermione.

- "¡Apollymi!" - gritó Apolo en atlante – "este no es tu asunto. Retírate ahora".

- "si lo es, Olímpico" – escupió Hermione en idioma atlante.

Otra ráfaga de poder golpeó al dios y una risa siniestra salió de los labios de Hermione. Ella no tenía idea del idioma atlante, pero sin embargo estaba hablando como una nativa de la desaparecida isla.

El poder que la diosa emanaba a través de la cazadora oscura no le permitía a Apolo levantarse. Era la primera vez que experimentaba un poder semejante y eso lo aterraba.

- victoria para la araña, jajaja…

La voz de Hermione volvió a rugir con el viejo dicho atlante. "Victoria para la araña"… la paciencia gana el día.

- y hoy mi paciencia se ha terminado. ¡Despídete!

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9548 A.C. - Katoteros, cielo del panteón atlante.

- ¡Mata a ese niño ahora!

El furioso decreto de Archon, el rey de los dioses atlantes, hacía eco en los oídos de Apollymi. Luego de oírlo corrió a través de los marmóreos pasillos de Katoteros. Su delicado vestido se amoldaba a su abultado vientre mientras corría.

Cuatro de sus demonios Caronte corrían detrás de ella, protegiéndola de los otros dioses que estaban más que ansiosos por cumplir las órdenes de Archon.

La traición ardió en lo más profundo de su corazón. Ella había amado a su esposo con la fuerza de mil soles. Incluso lo había seguido amando luego de haber descubierto sus infidelidades, y al contrario de Hera con Zeus, ella si había dado la bienvenida a sus bastardos a su hogar.

Ahora él quería la vida de su hijo nonato. ¿Cómo podía hacerle eso? Durante siglos había estado intentando concebir el hijo de Archon… Era todo lo que siempre había querido. Su propio bebé. Ahora debido a la profecía de las tres pequeñas y celosas bastardas de Archon, su hijo iba a ser sacrificado y asesinado. ¿A causa de qué? ¿Las palabras que esas pequeñas mocosas habían susurrado? Nunca. Este era su bebé. ¡Suyo! Y si era necesario ella mataría a cualquier dios atlante que existiera, solo para protegerle.

- ¡Xiamara!, ¡Xanthiphe! Vengan aquí.

Ambas demonio aparecieron frente a ella en sus formas humanas y se postraron ante la diosa. Urgida, Apollymi las agarro a ambas por las muñecas y se las llevó a su templo en Kalosis, el reino infernal de los dioses atlantes.

Ella había nacido allí, en ese húmedo y prohibido lugar. Ese era el único reino que realmente asustaba a Archon. Incluso con todo su poder, conocía la oscuridad con la que Apollymi ejercía su supremacía. Aquí, con sus poderes reforzados, podría destruirle.

Como diosa de la muerte, destrucción y la guerra, Apollymi tenía una habitación en el opulento palacio de ébano que dominaba aquel sitio. Allí fue a donde llevó a sus demonios. Apollymi cerró las puertas y las ventanas de su habitación para hacer aquello en completa privacidad.

Xanthiphe te necesito.

La demonio tomó su forma real para poder ser más útil a su diosa. En su actual encarnación, el tono de piel siempre cambiante de Xanthiphe era purpura brillante, jaspeado con rojo. El largo pelo negro enmarcaba una cara de duende donde unos enormes ojos rojos brillaban con preocupación.

¿Qué necesitas, akra? —Preguntó Xanthiphe, dirigiéndose a ella con el término atlante para Señora y Ama. Apollymi no tenía idea de por qué Xanthiphe insistía en llamarla akra cuando ellas eran más hermanas que amo y siervo.

Proteged esta habitación de todo el mundo. No me importa si el mismísimo Archon exige entrar, lo matáis. ¿Entendido?

Tus deseos son órdenes, akra. Nadie te molestará.

Con el corazón martilleándole, Apollymi cogió su daga Atlante del cajón del tocador y la sostuvo en las manos. La empuñadura de oro estaba fría contra su piel. Rosas negras y huesos se entrelazaban y gravaban a lo largo de la hoja de acero que brillaba en la tenue luz. Esta era una daga creada para acabar con la vida. Hoy se usaría para darla.

Dio un respingo ante el pensamiento de lo que estaba por venir, pero no había otra manera de salvarle. Cerrando los ojos y agarrando la fría daga, intentó no llorar, pero una solitaria lágrima se deslizó desde la esquina del ojo.

Acostumbrada a sembrar el terror en el mundo, por primera vez sintió empatía por aquellos que solía atemorizar.

-¡BASTA! - Se rugió a si misma antes de limpiar su rostro.

Su bebé estaba en peligro y no había tiempo para ser cobarde. Era momento para las acciones, no para las emociones. Su hijo la necesitaba.

Temblaba incontrolablemente mientras surcaba la distancia que la separaba de la enorme cama de ébano. Al llegar, se tendió y tiró de su vestido para dejar su vientre expuesto.

Apollymi pasó una mano sobre su distendido estómago donde su hijo estaba esperando, protegido y todavía en peligro. Jamás volvería a estar así de cerca de él. Jamás lo sentiría patear y revolverse sin descanso mientras ella sonreía con tierna paciencia.

Por culpa de las tres bastardas que Archon había tenido con una olímpica iba a separarse de su hijo, incluso aunque todavía no fuera tiempo para que Apóstolos naciese. Pero la destructora no tenía elección. Cuanto más tiempo demorase, mas peligro correría él.

- Sé fuerte por mí, hijo mío.

Apollymi contuvo el aire antes de rajarse el vientre de lado a lado con la filosa daga. Su sangre comenzó a derramarse y teñir la blanca sabana de la cama, pero no le importaba.

En silencio y sin necesidad de recibir órdenes, Xiamara apareció a su lado y con sumo cuidado extrajo al niño del vientre cercenado, mientras Apollymi observaba llorosa a su bebé.

La demonio quitó la bufanda rojo sangre que rodeaba su cuello y envolvió a Apóstolos en ella antes de tendérselo a Apollymi y hacerle una profunda reverencia. Xiamara respetaba a la diosa, ella misma tenía su propia hija apenas nacida y hubiese hecho lo mismo si su Simi hubiese estado en peligro.

Apollymi hizo el dolor físico a un lado, ignoró su gran herida y tomó a su hijo entre sus brazos y lo sostuvo por primera vez. La alegría la atravesó al darse cuenta de que él estaba completo y vivo. Era tan diminuto, tan frágil, perfecto y hermoso. Más que nada, era suyo y lo amaba con cada parte de sí misma.

- Vive por mí, Apóstolos.- dijo ella, sus lágrimas fluyendo finalmente. - Cuando sea el momento oportuno, volverás aquí y reclamarás tu lugar por derecho como rey de los dioses. Me aseguraré de ello.

Bajó los labios sobre su pequeña frente. Sus ojos se abrieron entonces para mirarla. Mercurio y plata, iguales a los de ella, remolinantes. Y contenían una sabiduría que por lejos seria mucho mayor la suya. Sería por aquellos ojos que la humanidad reconocería su divinidad y por consiguiente lo amenazarían.

Apóstolos acarició su mejilla con un diminuto puño. Era como si el bebé entendiese que todo aquello lo hacía por él. Ella sollozó ante el contacto. Dioses, ¡No era justo! Era su bebé. Había esperado toda una vida por esto y ahora…

- ¡Maldito seas, Archon, maldito seas! Nunca te perdonaré por esto. – Apollymi abrazaba a su hijo contra ella y no quería dejarlo ir. Pero debía hacerlo.

- Xiamara, Ponlo en el vientre de una reina embarazada. ¿Lo has entendido?

- si akra. ¿Qué debo hacer con el hijo de la reina?

- intercámbialo, mátalo, haz lo que quieras.

La demonio asintió mientras pensaba, a toda velocidad, a donde llevaría al niño, y que haría con el hijo verdadero de la reina a la que engañase.

Antes de entregarlo, Apollymi encerró los poderes de su hijo. Si alguien sospechaba que era su hijo, lo matarían al instante. Los poderes de su bebé estarían encerrados hasta que él fuese lo bastante fuerte como para manejarlos.

El rosado bebé de ojos de mercurio no era muy distinto a otros cientos de bebés humanos, salvo por su mirada. Sus poderes no aparecerían hasta que algo los desbloquease. Y ese algo, al ser hijo de una diosa de la destrucción y la ira, sería una profunda sed de venganza.

Ahora estaría a salvo. Ni siquiera los dioses sabrían lo que había hecho. Apollymi se sentó allí, observando el vacío vientre donde minutos antes su bebé había estado. Su corazón gritaba, queriendo que su hijo volviese.

- Xiamara, es hora…

La demonio hizo una reverencia antes de desvanecerse cargando al dios infante. Con el corazón roto, Apollymi se tendió en su sangrienta cama. Quería sollozar y gritar, ¿Pero de qué serviría? Eso no haría ningún bien. Sus lágrimas y ruegos no evitarían que Archon matara a su hijo.

Sus bastardas lo habían convencido de que Apóstolos destruiría su panteón y reemplazaría a Archon como rey de los dioses. Así sería. Aunque fuese lo último que hiciese, Apollymi vería a su hijo Apóstolos sentado en el trono de katoteros.

Tres meses después. En una isla griega, la Reina Aara yacía sobre su cama dorada con su cuerpo bañado en sudor mientras batallaba por traer a su segundo hijo al mundo. Incluso a través de aquel inmenso dolor, nadie en la corte había visto a su reina tan feliz como aquel día.

El aposento estaba atestado de funcionarios de la corte y el Rey estaba de pie al lado de la cama con su jefe de estado y su primogénita, Ryssa. Una niña pequeña, que a pesar de su corta edad ya era considerada la más hermosa de toda Grecia.

- ¡es un muchacho! – proclamó felizmente la comadrona, mientras envolvía al recién nacido en una manta blanca.

- el benevolente Apolo y su hermana, la compasiva Artemisa nos han favorecido con un heredero. - Proclamó el rey.

Un grito alborozado recorría a los ocupantes del aposento. El reino tenía a su futuro regente entre ellos. Ryssa veía extasiada a su nuevo hermano. Con solo siete años de edad ella saltaba, feliz, por haberse convertido en hermana mayor.

-¡Zeus tenga misericordia de nosotros, el príncipe está mal formado, Majestades!

Los reyes alzaron la vista con los rostros marcados por la preocupación.

- ¿Cómo?

La comadrona se los acercó. Aparentemente el bebé era perfecto y berreaba mostrando al mundo cuan fuerte eran sus pulmones.

- ¡NO PUEDE SER! - sollozó la reina - ¡ES CIEGO!

No es ciego, Majestad —dijo la sabia más anciana, mientras se adelantaba por entre el grupo de gente. Sus ropajes blancos estaban profusamente bordados con hilos de oro y llevaba puesta una corona de oro ornamentada sobre su desvaído pelo gris—. Fue enviado a ti por los
dioses.
Toda la corte observó con recelo a la reina

- ¿Fuiste infiel? -la acusó el rey.
-No, nunca.
-¿Entonces cómo es que él salió de tus caderas? Todos aquí somos testigos.

Todos en el aposento miraron a la sabia quién clavó sus ojos sin expresión en el diminuto bebé indefenso que clamaba para que alguien lo sostuviera y le ofreciera consuelo. Calor. Pero nadie lo hizo.

- Él será un destructor. Este niño, —dijo la sabia, su anciana voz sonaba fuerte para que toda la corte pudiese oírla— Su toque traerá la muerte a muchos. Ni siquiera los mismos dioses estarán a salvo de su ira.

¿Cómo podría un mero bebé hacer daño a alguien? Él era diminuto. Indefenso.

Entonces ¡mátalo ahora! —ordenó el rey a un guardia para que sacara su espada y matara al niño.
— ¡No! —dijo la sabia, deteniendo al guardia antes de que él pudiera consumar la voluntad del rey. - Mata a este niño y toda Grecia perecerá. Es la voluntad de los dioses, deberás criarlo hasta la edad viril.

-No criaré un monstruo - gruñó el rey.

- No tienes ninguna opción.- La sabia tomó al bebé de la comadrona y se lo ofreció a la reina.

- Él nació de tu cuerpo, Majestad…- dijo la sabia, arrastrando la atención de todos de vuelta hacia ella y a la madre del niño. - Es tu hijo.

El bebé berreó aún más alto, estirándose otra vez para alcanzar a su madre. Ella se encogió alejándose de él.

-No lo amamantaré. No lo tocaré. ¡Aléjalo de mi vista!
La sabia condujo al niño hasta su rey.

- ¿Y qué hay de ti, Majestad? ¿No lo aceptarás?

- Nunca. Ese niño no es hijo mío.

La sabia respiró hondo y presentó al niño a la cámara. Su agarre era flojo, sin amor o compasión evidente en su toque.

- Entonces será llamado Acheron, por el río de la Tragedia. Como el río del Inframundo, su viaje será oscuro, largo y duradero. Será capaz de dar la vida y tomarla. Caminará por la vida, solo y desamparado, siempre buscando la bondad y siempre hallando la crueldad.

La sabia miró hacia abajo, al niño en sus manos y pronunció la simple verdad que perseguiría al niño por el resto de su existencia.

- Que los dioses se apiaden de ti, pequeño. Nadie más lo hará.

Y así fue. Acheron apenas tenía siete años cuando fue vendido como esclavo a su tío paterno que vivía en la Atlántida.

Su vida se convirtió en un infierno mucho antes de tener edad suficiente para saber lo que sucedía en verdad. Solo por el color de sus ojos lo habían condenado a una vida de miseria y desesperanza.

Apenas tenía veinte años cuando decidió que su vida no era vida y prefería estar muerto que seguir siendo sometido a los malos tratos y castigos que conllevaban ser un esclavo en el propio palacio de su padre.

Un amigo de su tío le había dado eycharistisi hacia un tiempo y a pesar de sus esfuerzos por conseguirla cada vez, ni siquiera la potente droga ayudaba a que se evadiera de su cruel realidad.

Solamente su hermana Ryssa mostraba algo de compasión por él, y eso era solo cuando estaban a solas. A sus diecisiete años ella había removido cielo y tierra para encontrarlo, y lo había llevado al palacio de su padre creyendo que así su pequeño hermano viviría en paz. Ryssa era tan hermosa como ingenua.

Intentando ayudar a Acheron, ella había puesto un peso mayor sobre su espalda. Incluso la más baja de las alimañas de la jungla recibía mejor trato que el príncipe heredero que había sido vendido como esclavo.

Ese día, su hermana sería entregada al dios Apolo en matrimonio. Grecia y la Atlántida habían mantenido una sangrienta guerra por varios años, y a su padre se le había ocurrido que entregando a la princesa, el dios Apolo los favorecería.

Acheron había perdido su último remanso. Sin Ryssa en el palacio, nadie se interpondría entre su espalda y cualquier látigo que pendiese del cinturón de los señores que circulaban en la corte.

Decidido a morir de una buena vez, había entrado al templo de Artemisa. Había intentado acabar con su vida demasiadas veces, y siempre fallaba. Dejar de comer, ser azotado hasta el cansancio o incluso los filosos cortes en venas importantes, nada funcionaba.

Invocó a la diosa pensando que ella lo sacaría de su miseria. Ella era una diosa virginal y con suerte su harapienta presencia en el templo la ofendería lo suficiente como para acabar con su vida. Como todos sus intentos, este también falló.

En vez de asquearse y fulminarlo en aquel sitio, ella se había obsesionado cuando él la besó intentando hacer que ella se sintiese deshonrada y lo aniquilase.

Cuando Acheron cayó en la cuenta de lo que había hecho, ya era tarde. La hermosa diosa se había convertido en lo único bueno que existía en su vida. Se enamoró profundamente de su inocencia y fue con ella que se sintió, por primera vez, como un hombre normal.

Artemisa se obsesionó con aquel hombre que no le temía ni la reverenciaba. En todos sus siglos de vida, ella no había conocido a nadie tan valiente como su Acheron y fue por eso que decidió meterlo a escondidas en su palacio.

Nadie en el Olimpo debía saber lo que hacia la, en apariencia, virginal diosa. Si alguien supiese lo que ella hacía en su templo con un simple mortal, su estatus de diosa se perdería. Ella amaba a Acheron, pero más amaba su pedestal.

Acheron apenas había cumplido veintiún años cuando Ryssa y su pequeño bebé murieron. Una reina Apolita los había enviado a matar por despecho y él no había podido hacer nada para evitarlo.

Apenas había cumplido veintiún años cuando Apolo, iracundo, lo arrastró por todo el palacio de Ryssa y ordenó que lo atasen como a un animal y abrió su cuerpo desde la garganta al vientre con una daga.

Apolo no mató a su cuñado porque este no pudo defender a la princesa y a su hijo. Apolo mató a Acheron por celos. Artemisa no cumplía ninguno de sus caprichos desde que lo mantenía como un juguete, y no había querido traerle a Britomartis luego de que ella se suicidase esa mañana.

Su gemela tenía la capacidad de revivir a los muertos, y Apolo estaba acostumbrado a usar los poderes de su hermana a su antojo. Saber que ella estaba enfocada en otra cosa, que no fuera complacerlo, lo había enojado lo suficiente como para destripar su pequeño juguete.

Lo que Apolo no sabía, es que con ese acto, él había sellado el destino de la raza que había creado, de una nación completa y de todo un pueblo que perdería siglos de tradición y conocimiento, como era Grecia.

Apollymi solo tardó quince minutos en destruir y hundir completamente la orgullosa nación Atlante. Solo le había tomado cinco minutos destruir a su panteón. Archon fue el primero en morir. Culpa de él, ella había estado separada de su hijo y ahora no se detendría hasta obtener la cabeza de quien había osado dañar a Apóstolos.

Había destruido casi toda Grecia y había decidido continuar con el resto del mundo cuando Artemisa se apareció ante ella. La diosa pelirroja apareció cargando el cuerpo sin vida de su hijo.

Ya nada quedaba del sonrosado bebé que ella había extraído por la fuerza de su vientre. Ahora Apóstolos era un hombre joven y apuesto, de gran altura. Su hijo seguía siendo hermoso aun estando muerto.

Apollymi cargó contra Artemisa y ella usó el cuerpo sin vida de Acheron como escudo. Solo así escapó de la ira de la gran destructora. Usando a su hijo contra ella, Artemisa consiguió que la diosa detuviese su derrotero de destrucción y volviese a Kalosis.

A cambio de que aplacase su ira, Artemisa le prometía a Apollymi traer a Acheron del reino de los muertos y mantenerlo a salvo. Solo por amor a su único hijo fue que la destructora cedió.

El único sentimiento que Acheron tenía cuando despertó era rabia. Al fin había conseguido morir y de golpe había sido traído de nuevo a la vida. Su hermana y sobrino habían muerto, su nación había sido destruida por una diosa a la cual no conocía. Y había sufrido la peor de las traiciones ese día. La mujer que amaba lo había dejado morir como un animal.

Artemisa se había quedado quieta y sin hacer nada mientras Apolo lo asesinaba, y ahora le reclamaba pleitesía por haberlo revivido. Más que ira, él tenía un profundo resentimiento. Se sentía traicionado por la diosa que juraba amarlo y no había movido un dedo cuando su hermano lo asesinó como a una bestia.

El momento más confuso de su vida fue cuando descubrió quien era realmente. Apollymi se había aparecido ante él como una sombra y le había contado toda la verdad, luego de que su poder divino se desatase finalmente.

Apollymi era su madre, él no era un simple mortal, y su regalo de cumpleaños fue katoteros, el cielo atlante, junto una demonio infante para cuidar. La madre de la demonio había muerto intentando evitar que Apolo llegase a él, y Apollymi había pensado que la pequeña Simi podía ser una buena compañía para su hijo.

Saber que era un dios fue lo más confuso y complicado que alguna vez tuvo que procesar. Su resentimiento hacia Artemisa era tal, que demoró casi dos milenios en volver a contestar sus llamados.

Solo había vuelto a verla cuando ella lo contactó para decirle que había creado cazadores oscuros. Ella los había creado para que lo ayudasen a cazar a los Daimons, que había estado cazando en solitario por los últimos dos mil años. Los Daimons eran aquellos Apolitas que se negaban a morir a la edad que Ryssa tenía cuando la asesinaron y para eso mataban humanos, para quitarles sus almas y extender sus existencias.

Habiendo estado del lado en desventaja de la maldad humana, Acheron había desarrollado el don de la compasión mucho más fuerte que nadie. Incluso siendo hijo de su madre, él no podía concebir un mundo sin la humanidad y fue así como se convirtió en su campeón y protector.

Fue esa compasión la que Artemisa usó contra él. En el afán de volver a tenerlo en su cama, ella había comenzado a crear cazadores oscuros y los utilizaba para obtener la atención de Acheron.

Por once mil años aquella treta había funcionado. Ash había soportado estoicamente los berrinches de sus cazadores oscuros y había cumplido cada capricho de Artemisa con tal de conseguir todo lo que ellos necesitasen.

Él nunca había podido ver en persona a su madre. Apollymi había regresado a Kalosis luego de que él volviese a la vida y todos sabían muy bien que ella terminaría lo que había empezado si alguna vez volvía a salir. Así que Acheron solo podía conversar con ella cuando Apollymi extendía sus poderes hacia él. Cualquier contacto real con su madre podría destruir la tierra, y eso era lo último que él quería.

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Chi sintió como una lágrima resbalaba por su mejilla al ver al humano tenido en un gran charco de sangre. Cuando Ash le aseguró que rescatarían a Hermione, el mago había dado su último aliento y sus ojos grises habían quedado vacios.

Todos los cazadores oscuros que estaban allí se sintieron mal por el hombre que yacía ahí. Habían perdido a Gülfem, Hermione había desaparecido y ahora un inocente moría por algo en lo que no tenía nada que ver.

Ash quería gritar de la rabia. Obviamente no había visto venir la muerte de Draco y por más que quisiese hacerlo, no podría ir en busca de Apolo para obtener una retribución por sus crímenes. Si él se enfrentaba al dios del sol, probablemente lo mataría y eso haría estragos en la tierra porque el mismo sol se apagaría.

Si Apolo moría también lo haría Artemisa. Aunque la había amado en el pasado, y ahora ya no lo hacía, eran los cazadores oscuros los que le preocupaban. Si su diosa creadora no estaba, ellos caerían y se había sacrificado tanto por ellos que verlos desaparecer le causaría un dolor demasiado profundo.

Xamira peinaba el cabello de Draco mientras lloraba silenciosamente. Era una demonio joven, pero podia comprender que la muerte de Draco era injusta.

- shhh - susurró Ash, cubriendo las manos de Draco con las suyas.

Por fin Acheron había entendido aquello que Savitar le había dicho aquel día. Él tenía que elegir sabiamente, no podría traer a todos, no a Gülfem al menos, pero si había logrado traer a su amigo nuevamente.

Los tormentosos ojos de Draco estaban llenos de lágrimas y la confusión que sentía podía dilucidarse a través de ellas, mientras miraba a Acheron.

- Respira despacio y con calma – dijo Ash, su tono de voz era tranquilizante y profundo.

Chi y los demás observaron en asombrado silencio como el mago, que había muerto segundos antes, volvía a abrir sus ojos. Acheron no solo había traído de la muerte al tipo, sino que con un movimiento de su mano, su herida sanó.

Ellos creían que solo Artemisa era capaz de traer a los muertos nuevamente a la vida. Si bien sabían que Acheron era un tanto diferente a ellos, por haber sido el cazador oscuro original, no tenían idea de cuan poderoso era él realmente.

Mientras Draco asimilaba la idea de haber vuelto de la muerte, Acheron les ordenó a los restantes cazadores que volviesen a casa. El amanecer se acercaba y ellos debían ponerse a salvo.

Ninguno de los presentes quería moverse de allí, al menos no hasta saber cómo Acheron había hecho para aniquilar a tantos Daimons, como se había materializado de un sitio a otro y principalmente, como había revivido a un muerto. Pero ninguno era tan osado como para hacer preguntas abiertamente.

Solo bastó una mirada acerada de su líder, para que todos girasen sobre sus talones y comenzaran a descender la colina rumbo a sus hogares. Ellos secretamente pensaban que tendrían tiempo, más adelante, para indagar sobre la verdadera naturaleza de Ash.

No alcanzaron a hacer dos pasos, cuando una fina niebla los cubrió desde las espaldas y todo lo que había ocurrido aquella noche cambió en sus recuerdos. Ninguno de los cazadores recordaría, jamás, haber visto a Ash haciendo algo fuera de lo común para uno de ellos.

Acheron Parthenopaeus no tenía problemas con el hecho de ser un dios por derecho propio. Él no lo escondía por miedo, más bien lo escondía para que sus cazadores pudiesen sentirse un poco más cómodos con él. Si ellos se enterasen de lo que él realmente era, probablemente tendrían pánico y no confiarían en su capacidad para liderarlos.

El único que no sufrió un cambio en su mente fue Draco. Él había probado ser capaz de guardar secretos y Acheron confiaba en que él no divulgaría lo que había ocurrido allí.

- ¿Cómo te sientes?

-¿sinceramente? – Draco se incorporó e inspeccionó la rotura en su camiseta y la sangre que lo bañaba. – confundido hasta los huesos. ¿Soy una especie de cazador oscuro?, ¿Quién me trajo?, ¿aun conservo mi alma?

- yo te he traído. Y no, no eres un cazador. Tu alma está donde se supone, en ese departamento solo juega Artemisa.

- ¿entonces?, ¿Qué soy?

- alguien único... Un Draco…

-¿Cuánto más viviré?

- eres inmortal, excepto que estés muerto.

- eso no tiene sentido.

Acheron se incorporó y tendió la mano para que Draco pudiese ponerse de pie.

- la mayor parte de la vida no lo tiene.

Draco estaba a punto de comentar algo cuando una hermosa y extremadamente alta pelirroja se presentó ante ellos. Ella estaba completamente vestida de blanco y finas cadenas de oro ajustaban su traje entorno a su armoniosa figura.

- ¿Qué quieres Artemisa?, nadie ha solicitado tus servicios esta vez…

- ¿sabes? un hola de vez en cuando no te haría daño, Acheron.

- ve al grano

Draco observaba atónito el intercambio entre Ash y la diosa. Sabía que él tenía un trato directo con ella, pero nunca creyó que sostuviesen ese grado de familiaridad.

- Es Apolo. Su templo está bajo ataque.

- ¿Hermione ha despertado los poderes de Britomartis?

- ¿Brit de vuelta? no, ella no. El problema es tu madre.

La oscura ceja de Ash se elevó en gesto interrogante. ¿Qué tenía que ver su madre con todo aquello? Si ella hubiese salido de Kalosis, él lo sabría y más importante aun, toda la humanidad lo estaría sufriendo.

- tu madre Acheron. ¿La recuerdas? ¿La perra alta, rubia y extremadamente cabreada, que mandó a toda su familia al olvido por una rabieta?

Los remolinantes ojos plateados de Ash llamearon de indignación ante la descripción que Artemisa hacia de Apollymi. Si bien era bastante cierto de que ella estaba enojada la mayoría del tiempo, Artemisa no era quien para hablar así de ella.

- sabes que no fue por una simple rabieta… además ella está encerrada en Kalosis, ¿Cómo podría Apollymi ser un problema en el Olimpo?

- no lo sé, parece que tu mami se ha aliado con la cazadora. Apolo corre peligro, Acheron. Debes ir a contenerla antes de que lo dañe.

- bien…

- ¿bien qué? ¿Iras?

- sí…

- bueno, entonces date prisa. - Artemisa estaba desesperándose al ver que Ash no parecía entusiasmado con la idea de ir a socorrer a su hermano.

- dije que iría Artie, no que lo haría de manera urgente. Adelántate, llegaré en un momento…

Con un movimiento de mano, Acheron obligó a la diosa a volver a su propio templo en el Olimpo. Necesitaba un instante a solas para trazar un plan y, además, estaba seguro de que sería injusto negarle a Apollymi y a Hermione un poco de diversión con el bastardo. Acheron solo llegaría a tiempo para que no lo matasen, pero no se acongojaría si ellas lo herían un poco.

- Xami, cariño. ¿Puedes hacerme un favor?

Xamira observó al dios frente a ella con sus enormes ojos ambarinos. Ella podía distinguir la verdadera naturaleza de Acheron, pero no entendía por qué él camuflaba sus poderes y fingía ser humano.

La niña se vio tentada a negarse, pero en el último instante observó a Draco y este le hizo un imperceptible asentimiento que la convenció de aceptar.

- ¿Puedes vincularte a Draco y protegerlo, en caso de que se encuentre en peligro?

Xamira sonrió. El dios con disfraz no solo había traído a Draco del reino de los muertos, sino que se veía genuinamente preocupado por él. Seguía confundiéndola el esfuerzo que él hacía para disimular su poder, pero decidió que podía confiar en el hombre alto y de cabello negro.

Draco dio un respingo cuando Xami se convirtió en un pequeño dragón justo antes de volar hacia él y posarse sobre su brazo con la forma de un estilizado dragón purpura.

- entonces… ¿así se siente?

- si...

Un rastro de fuego subió por su brazo y se posó sobre su pecho. Cuando observó pudo ver que ahora Xamira estaba tatuada sobre su corazón. Ese ardor explicaba por qué Acheron solía saltar sin previo aviso y de la nada ponía cara de estar quemándose. Seguramente Simi se movía sobre su cuerpo en esos momentos.

- ¿y ahora?, ¿Qué haremos Ash?

- ahora, tu y yo haremos un pequeño viaje…

-o-

N.a: fin del capítulo. Espero que les haya gustado. Como verán ahora sale un poco más de la historia de Ash, y si bien me he basado un poco más en su propio libro dentro de la saga de cazadores oscuros, he modificado un poco las cosas como para mantener los spoilers al mínimo. Estamos en la recta final de esta historia y espero que me sigan acompañando como hasta ahora. ¡HASTA LA PROXIMA!