Sí, el frío podía ser infernal. Invierno, infierno. A una letra de distancia. La lexicología del invierno. La climatología del infierno.
Pero no era invierno. Estaba acurrucada, como animal herido, casi desnuda, rodeada de musgo, como un ángel caído, al pie de un pino.
Todavía era el Bosque del Ghoul. Bruma densa, laberinto de coníferas de elevadísima altura piramidal. La vista no se podía alargar más allá de dos o tres coníferas porque la neblina plateada ocultaba el mundo más allá.
Estaba exhausta, raquítica, no había comido más que dos pajarillos que atrapó con sus propias manos, y eso en el curso de una semana. Porque sí, llevaba siete días deambulando por el bosque del Ghoul sin el esperanzador atisbo del otro extremo del valle, habitado por colonias de aldeanos y donde el rigor del ZDWORLD no era tanto como en La Capital y las ciudades aledañas.
Estaba cubierta por cortezas de árbol; debajo de ellas, nada más que tenues ropas rotas por todos lados la protegían del frío omnipresente del bosque. Le llevaba ventaja al Ghoul: no lo había visto, aun cuando, en un arranque de cólera, lo había desafiado, lanzando invectivas a los árboles, que conocían las entrañas del Tiempo; escupiendo anatemas contra el Viento y la Niebla, todo conjugado, todo estrecho como un mar de desolación. Pero nada. Ni una respuesta de los espíritus que invocaron en sangrientos ritos los antiguos cultos de Dionisio. Ni un espectro. Ni una voz de auxilio de un alma en pena. Ni un grito del Ghoul. Ni un solo eco.
Tuvo qué vencer su asco y engullir larvas. El cuerpo crocante de los escarabajos le provocó el vómito en incontables ocasiones. Se había convencido de que iba a morir. No tenía el menor conocimiento para distinguir la naturaleza tóxica o benigna de las diversas bayas que podía encontrarse a trechos: unas verdes, lisas pero fétidas; otras de un tierno color amarillo, con diminutas prominencias puntiagudas; rojas, aterciopeladas como el durazno, de aroma dulce, pero que se encontraban en medio de pámpanos amenazadores, con púas como los rosales, pero apiñados en numerosos racimos y en filas ininterrumpidas como la dentadura de los tiburones. Desistió de la dulce promesa de los frutos silvestres en detrimento de la certidumbre de la entomofagia, de la cual se había documentado años atrás, cuando asistía a la escuelita como todos los chicos, gracias a un excéntrico profesor de biología que además de exponer la consabida clase con contagioso entusiasmo, enriquecía con datos, informaciones de primera mano. Según la FAO virtualmente todos los insectos eran comestibles y altamente nutritivos. Aun así, las patitas retorciéndose y el centro jugoso de ciertos coleópteros resultaba ser una experiencia aterradora y repugnante.
Ansiaba una barbacoa de pinkys. Pensaba que, de toparse con un Revenant y una manada de demonios salvajes, podría utilizar del cráneo de aquél como cuenco, y el aparato lanzacohetes para encender una prometedora hoguera. Los huesos le servirían para improvisar un asador en el cual haría chirriar jugosos cortes de pinky, mientras que en el cuenco podría cocer la sangre colectada con insectos y larvas. Esto último, mejunje satánico, tendría un efecto vivificador como ningún elixir producido por las élites científicas del ZDWORLD. De eso estaba segura.
Pero por ahora estaba encogida como una de esas mismas larvas que encontraba bajo las rocas más grandes, entre hojas podridas y cochinillas. La fiebre comenzaba a rebajar su dignidad vital. El fogoso arrebato revolucionario de antes; el ansia de los baños de sangre, todo se iba cubriendo de nubes de desesperanza. Iba a morir sin poder cambiar ese mundo putrefacto, esa espantosa mentira que quería vencer al sol y los astros. Llevó las manitas ásperas y cuarteadas hacia los costados: el tacto con las costillas la hizo estremecerse, de asco, miedo e impotencia. Respirar la atmósfera húmeda le ardía en la garganta. Ensanchar los pulmones era un suplicio. ¿Morir? ¿tal vez soñar?
Y soñaba con centauros y campos de batalla. Fuego, sangre, heces. Pero también con la Torre abolida. Y con una corona aplastada. Los hombres, a sus pies, habrían de renegar de sí mismos. Delirios de una grandeza despótica. Ansias de ferocidad. Había qué ser feroz para con los seres humanos, que ya se encontraban en la postrer decadencia. Su almohada de musgo susurraba ideas atroces, de inconcebible crueldad: ¿y si toda utopía era imposible? ¿y si la decadencia de los hombres los había vuelto completamente impotentes para Ananda, para el Goce, para la Libertad, y todo lo que uno como Rey podía ofrecerles era una cómoda cárcel?
Como una lombriz pisoteada, Okami no era capaz de pensar: los pensamientos fluían como un cauce torrencial, libres de voluntad, de orden, de conducta, desorientados como pájaros espantados por el tiro al aire del cazador.
